
Un cronista de Brando, defensor rústico, desempolvó su camiseta de Racing para patear prejuicios. Jugó un partido de fútbol mixto y confirmó que ahí afuera, en las canchas del barrio, podría haber una Messi
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"Dejá de hacerte la Messi", gritan cuando una de las chicas se enreda entre gambetas y pierde la pelota por el lateral. La referencia al mejor jugador del mundo es una súplica ante el egoísmo, la canchereada en exceso, sencillamente porque nadie, en ninguna parte, puede apilar jugadores como él. Las chicas se ordenan, defienden y atacan con ímpetu, dan pases largos y juegan con criterio. Unos minutos después, a las 21.55, llega la Griega. Mientras la lluvia oblicua humedece el lateral derecho de la canchita y la zona norte de la ciudad comienza a inundarse, la Griega se quita la campera, deja su mochila en un rincón y se ata los botines. Lo hace apurada, mientras da alguna excusa por la tardanza con las pocas palabras que sabe de español. Después se pone de pie y hace señas. Está parada ahí, en calzas negras y con unas medias flúo que enguantan sus tobillos. Es la jugadora número 10, a la que estuve reemplazando hasta ahora. Fueron 25 minutos desprolijos que me llevaron del mediocampo a la defensa, hasta terminar en el arco, nervioso y apabullado por una sensación ambigua: nunca jugué bien al fútbol, soy alto e ineficaz con mis piernas y la poca destreza que tengo la convierto en energía defensiva. Di algunos buenos pases, perdí otros, me robaron la pelota un par de veces. En resumen, una tarea mediocre.
Acepto el cambio y, mientras recorro la cancha con mi vieja camiseta de Racing con la publicidad de Rosamonte, los equipos se rearman: son 6 chicas y 4 pibes en este martes de fútbol mixto en La Canchita de Belgrano. A Franki, la Griega y Ani –sin dudas la mejor jugadora, que aprieta y ralentiza el ritmo, que la pisa y distribuye desde el mediocampo– se les suman Pablo y Marcos. Del otro lado, Bruno, Alex, Coqui, Lu y Meli, una punta de pelo corto, potencia y buen remate. El partido terminará 9-6 a favor del team de Coqui y Meli, pero será solo un detalle. Entre zapatazos y pisadas, habrá cambios de velocidad, piques cortos, chicas yendo al piso, metiendo la gamba y recibiendo algún que otro pisotón casual.
A riesgo de caer en la falsa metáfora, la imposición del empeine y la tan temible sobrenarración futbolística, vamos con un ejemplo. Ani, mediocampista talentosa, para la pelota en el centro de la cancha, la pisa debajo de la suela y mete la pausa. Agazapado, Bruno le bloquea el paso. Ani abre la cancha para la Griega, que, como un wing de los de antes, llega al fondo y mete el pase en profundidad. Pero Coqui defiende, bloquea el latigazo y sale jugando. Entonces viene el momento que eclipsa: Ani no deja salir a Coqui e impide el contraataque. A la primera oportunidad, va al piso, raspa y le roba la pelota. Fuera del área, se toma un momento. Después remata de puntín, a lo Chelo Delgado, buscando el ángulo más lejano del arquero. Zapatazo. Gol. Afuera, dos o tres espectadores cruzan miradas. "Estas chicas la mueven en serio", dice uno.
Para Claudia, encargada nocturna de La Canchita, ubicada en Olazábal y las vías, cada vez es más común ver fútbol mixto. Estamos en Belgrano, a dos cuadras del Barrio Chino, cerquita del templo Chong Kuan, los locales de animé, los mercados orientales y las albóndigas de cerdo bañadas en aceite de soja. Acá, el grupo de Franki y Anabel juega dos partidos a la semana: fútbol femenino los domingos por la tarde y mixto los martes por la noche, cita que ya lleva cerca de tres años ininterrumpidos. "Al principio, el fútbol de chicas era mucho más tranquilo y con los chicos un poco más power. En realidad con los pibes se hacía un poco aburrido, porque a veces no te la pasaban, jugaban mejor, corrían mucho más y no los alcanzabas. Ahora, después de tres años, el fútbol con las chicas se volvió más fuerte, se sumaron algunas que juegan en equipos como la UBA o la UP y el nivel subió mucho. La verdad es que todo se emparejó", confiesa Franki, diseñadora de imagen y sonido e hincha de River, mientras fuma un cigarrillo post partido. "Pero ojo", aclara, "a veces vienen pibes que están acostumbrados a jugar con pibes y que son re-brutos, y se nota la diferencia. Capaz que quieren lucirse de más, no la pasan nunca, se la comen todo el tiempo. Más allá de esto, a mí no me gusta mucho que el chabón se frene por jugar con chicas".
A la hora de armar los equipos, la clave está en diversificar por puesto, talento e intensidad. Los chicos ponen juego y músculo, pero, en realidad, no hacen la diferencia; es más, el plus de fuerza, velocidad y técnica se puede dar también con las chicas que entrenan. "Igual tenemos ciertos códigos de convivencia en la cancha y los respetamos. Y cuando no, se habla, onda terapia grupal post partido", dice Coqui, defensora aguerrida y fana de Racing.

Pateando mitos
Ya sabemos que las chicas juegan al fútbol, pero ya es hora de desarmar una serie de mitos fundacionales del imaginario tribunero masculino. ¿Se acuerdan de la frase "No me pidan que cabecee", el zeitgeist de Vestuario, aquella campaña publicitaria de Canal 13 lanzada a principios de los noventa? En la previa de un match, los futbolistas parecían la exasperación del universo minita: se peinaban, fingían aplicarse rush y estaban más preocupados por el look que les imponía la camiseta que por el partido en sí. Pasaron veinte años y Vestuario es una verdadera pieza de arqueología cultural. Las chicas juegan bien y cabecean sin perder la femineidad. Es más, en el césped sintético de La Canchita, las chicas combinan los shorcitos, las calzas oscuras, los rodetes y las medias anaranjadas con botines Puma y raspadas de tobillo, todo sin perder el divismo."Venimos con lo que haya. No sé si hay una preocupación estética en el look. No compré nada, salvo los botines, que son los de Messi del año pasado, que me cebé porque los quería. Sí, un caprichito", comenta Franki con una sonrisa.
Ani entremezcla la psicología y la música con los picaditos amateur y las jornadas de entrenamiento en el campo de deportes de la UBA. Su link con el fútbol comenzó de chica, cuando su abuelo la llevaba seguido a La Bombonera. Después sobrevino un largo vacío de años: no tenía con quién jugar, ni en el club ni en el colegio, con lo cual todo rumbeó hacia el handball y el tenis, hasta que, hace cuatro años, se armó el grupo del fútbol 5.
Se sabe: el fútbol femenino está estigmatizado en casi todas partes del mundo, salvo en algunos países asiáticos y en Estados Unidos, donde por ley se exige que las universidades destinen la misma cantidad de dinero al deporte masculino que al femenino, lo que genera un combo de oportunidades y motivación. En Argentina, al poco interés de los clubes se suman la ausencia de políticas concretas, los prejuicios y la invisibilidad mediática. ¿Alguien puede mencionar, sin googlear, al menos una jugadora de la Selección Nacional?
"Me pasa mucho, cuando conozco a alguien y le cuento que juego, no lo puede creer. Imagino que no soy parte del estereotipo que habrá de la chica que juega al fútbol. De todas formas, veo que se está hablando mucho del tema y nos están reconociendo más; las cosas, poco a poco, van cambiando", opina Ani.
¿Está bueno el fútbol mixto? ¿Vale la pena? Para Alex, otro de los habitués de los martes, una de las claves es la diversión, algo que viene a desterrar uno de los mitos sobre las chicas y el fútbol: que es aburrido jugar con ellas. "A veces veo a los pibes que vienen a jugar después y se reputean, se ponen de mal humor, se pone todo muy competitivo. Acá, de repente, nos divertimos un poco más. Como hay distintos niveles de juego, te lo tomás un poco más tranquilo".
En la cosmogonía futbolera, tanto de los encuentros mixtos como femeninos, hay que dar por tierra otro asunto: la belleza y el talento pueden ir de la mano. Además, producto del cruce de vestuarios, se han formado parejas y coqueteos, un secreto que pide reserva.
Todos los domingos, post picado, las chicas van a tomar algo al Cisne, un bar que queda a dos cuadras de La Canchita, donde ven los partidos de la fecha. Ani se sabe los nombres de todos los jugadores y entrenadores, Franki sigue a River y no se pierde los partidos del Barcelona. Las chicas entienden, saben, y Messi es la referencia máxima, el nombre que se repite una y otra vez. Del "acá no viene ningún Messi" en pleno partido hasta las confesiones del after game: "A mí Messi me parece muy lindo, aunque nadie me cree. A mí me gustaba desde hace mil años, aunque nadie me cree", arremete Franki.
¿Y el Mundial qué onda? Varias de las pibas tienen el álbum de figuritas, aunque, se quejan, las figuritas son caras y las de los argentinos no se consiguen. Y ya planean juntarse, con comilona incluida. "Vamos a ganar el Mundial. Defensivamente somos un poco chotos y siempre que nos enfrentamos a un equipo de verdad, como Alemania, sólido, se nota que tenemos un montón de falencias. También pasa que no están acostumbrados a jugar juntos, con lo cual se complica un montón. Pero vamos a ganar, es obvio".
Hace un par de domingos, en un festejo de cumpleaños que incluía un verdadero arsenal de gastronomía árabe (falafel, humus y tabule), un par de chicas futboleras se pegaron al televisor. Veían el resumen de la fecha, los goles, las mejores jugadas, las polémicas. Una confesó: "Yo soy mala, juego abajo y no me pasa nadie. Si me entusiasmo, te aprieto desde atrás. A veces a los pibes les agarra miedo y pierden la pelota".Lo que faltaba: tienen garra y les sobra aguante, la tarjeta de identidad rioplatense.






