
Geishas: anfitrionas del amor
Iconos del Japón histórico, quedan apenas unas 200 en la isla. Y mantienen viva una tradición de siglos en un país en permanente cambio. La Revista estuvo en Kyoto y se asomó a su arte, lleno de encanto y misterio
1 minuto de lectura'
KYOTO, Japón.– En la oscuridad de la tibia noche, una joven con la cara pintada de blanco pasó como una ráfaga. Excitado por la presencia etérea y fugaz, el desprevenido visitante alzó la voz, como quien descubre que llegó a bingo. Luego le siguió el intento de sacar su cámara de fotos y robar el retrato de una geisha en acción.
Las geishas no llevan la cara pintada, lo corrigió Tomoe, su acompañante japonesa. Son las maiko, las aprendices de geisha, las que blanquean su rostro. El rito se remonta a tiempos inmemoriales, cuando estas mujeres, expertas en el arte de entretener a los hombres, debían imponer su figura frente a la luz mortecina de las velas.
La segunda aclaración que la anfitriona lanzó como un dardo ante lo que percibió como inminente e incómoda requisitoria, es que las geishas no son prostitutas: no cambian dinero por sexo. Geisha quiere decir artista. Ellas son mujeres capacitadas en brindar placer intelectual, ideales para la tertulia, sólidas en las artes y la historia japonesas, y hábiles para la música y el baile. Eso es una tradición. Y en Japón, como en muy pocos lugares, las tradiciones tienen la persistencia del fuego.
Kimono celeste, cinturón bordado con hilos de oro, una especie de mochila con detalles de flores o de pájaros: el atavío no le permite un paso más largo, pero logra un ritmo vivaz aun sobre las geetas, esa especie de sandalia de madera con la que se la ve segura y cómoda. La maiko no se siente una atracción turística en sí misma, aunque lo sea. No se detiene para la foto. En la arteria central del barrio Gion Kobu, iluminada por farolitos de papel de arroz que destilan reflejos rojizos, la guardia para conseguir el souvenir de su imagen da resultado, aunque la muchacha no acepta posar.
Esta joven es una de las últimas 200 geishas, aprendices incluidas, que quedan en Japón.
El panorama de la extinción tiene una explicación más occidental que oriental: las chicas ya no quieren hacer el esfuerzo de dedicar años y años al estudio profundo de la cultura de su país y, menos aún, tener una actitud de sumisión hacia el hombre.
Kimonos de seda
Una anécdota que rememora los tiempos finales de la Segunda Guerra Mundial ayuda a poner en contexto cómo vivían esas míticas mujeres. En su libro Vida de una geisha: la verdadera historia (Ediciones B, 2002), Mineko Iwasaki, considerada la mejor de su generación, cuenta que cierta vez, cuando se brindaba una comida en honor del general MacArthur, tuvo que soportar un pedido que la incomodó. Ella lucía un kimono espléndido que dejó prendado al norteamericano. El se lo hizo saber y le pidió llevárselo. Mineko le respondió que sus vestidos llevan su alma y que si quería su kimono debía también llevársela a ella. "Puede ocupar mi país, pero no mi alma", le hizo saber. El militar desistió y se volvió a su patria. Ella siguió en Japón.
Los kimonos son prendas preciadas y tienen valores exorbitantes. De seda pura, con hilos de oro y diseños cargados de simbolismos, suelen ser el sueño de las mujeres japonesas que quieren mantener viva la tradición.
Los precios de las buenas prendas oscilan entre los 8000 y los 30.000 dólares, y los accesorios, que cobran una relevancia fundamental, también tienen valores altos: un buen cinturón, también de seda, llamado obi, puede alcanzar los 3000 dólares.
Kyoto fue la capital del imperio desde el año 794 hasta la restauración Meiji, en 1868, cuando el shogunato de Tokugawa decidió trasladarla a Tokio. Los japoneses dicen que Kyoto, que se salvó de las bombas aliadas durante la guerra, conserva "el sabor del Japón". Algo de eso hay, porque el movimiento de sus más de dos millones de habitantes no resquebraja su atmósfera de pueblo, con el aroma de lo antiguo y lo venerable.
Los templos son uno de los atractivos más grandes de la ciudad. Una ciudad que se acostumbró a los récords: unos 40 millones de japoneses llegan hasta aquí cada año para constatar la belleza del Pabellón Dorado o del templo Rokuon-ji, joya arquitectónica del siglo XI, revestida con placas de oro, que servía de sitio de solaz para el emperador. O quedan impactados con la imponencia del templo de Kiyomizu, que desde hace un milenio balconea desde el faldeo de un cerro verde y exuberante, y es lugar de veneración para budistas y sintoístas.
Ese atractivo, el de los templos y sus historias, es bien considerado, pero las geishas son el secreto del éxito de Kyoto.
Las casas de estas damas están en unos distritos, dedicados especialmente al disfrute de los placeres estéticos, que reciben el nombre de karyukai. Como casi todo en Japón, esa expresión tiene un significado: el mundo de la flor y el sauce. Mineko Iwasaki dice que por eso cada geisha es, en esencia, hermosa como una flor y, a la vez, elegante, fuerte y flexible como un sauce.
Desde muy jóvenes, las mujeres cuyas familias deciden enviarlas a las casas de geishas, o posadas –las okiyas–, comienzan un camino de sacrificios para llegar a sobresalir en su arte: aprenden con minuciosidad la música y las tradiciones de su país. Siguen un riguroso programa de clases y ensayos, comparable a los de una bailarina, una cantante de ópera o una concertista de las que llegan a estrellas en Occidente.
La responsable de una okiya es la madrina, por decirlo de alguna manera, de la joven que ingresa en la casa. Brinda apoyo a la aprendiza de geisha durante el tiempo en que la niña se esfuerza por convertirse en una profesional, un lapso que puede extenderse entre cinco y siete años. Cuando la geisha comienza a trabajar y a ganar dinero, resarce a la propietaria de la casa por todo lo que se invirtió en el período de su formación.
Las geishas y las maiko desarrollan sus actividades en exclusivos salones para banquetes, a los que suelen asistir las clases más poderosas del Japón. Lugares donde el costo de la cena excede los límites de la imaginación. Algo similar ocurre con el valor del servicio de las geishas: las cifras se mantienen en una nebulosa y nadie es capaz de hacer un cálculo con visos de realidad. Aquí, en Kyoto, dicen que es parte de un secreto muy recóndito que envuelve a estas mujeres y su arte.
Las callejuelas de este barrio ya no tienen ni la mística ni el fulgor de los años previos a la guerra, suelen deslizar los que vivieron los dos momentos. Admiten que las costumbres perdieron potencia. Los restaurantes más caros y selectos de esta ciudad están en esta zona de Gion Kobu. Y los asistentes, muchos de ellos todavía contratan los servicios de las geishas. Por suerte. Eso permite, entre otras cosas, que los visitantes tengan a la mano una de las más enigmáticas escenas que el imaginario popular retrata cuando piensa en Japón: el andar fugaz y etéreo de esas pequeñas mujeres que, con la cara pintada de blanco y su halo de misterio, pasan como una ráfaga en plena noche, decididas a no dejar morir las costumbres milenarias de su país.
Para saber más:
www.inmortalgeisha.com
www.japan-guide.com
Geisha por un día
La voz de la guía resultó una vez más un susurro providencial. Una geisha hecha y derecha parecía acercarse. Era pleno día y el turista se encaminaba al templo Kiyomizu entre la multitud de japoneses y otros extranjeros que habían decidido copiar su idea. "No saque la foto; ella no es una geisha", lo detuvo con ternura. La joven que lo rozó y le sonrió, envuelta en el tradicional atuendo de una geisha, peluca de geisha y zapatos de geisha, no era una geisha. Los padres de las chicas que pisan la adolescencia no pueden negarse a cumplir el deseo de sus hijas. Si bien algunos rasgos de "occidentalización" se advierten a simple vista en la manera de vestir, el afán por mantener las costumbres ancestrales es la quintaesencia del ser japonés.Por unos pocos yenes (o no tan pocos) se puede conseguir, cerca del templo Kiyomizu, varios estudios que se toman toda la mañana para hacer de una chica común una verdadera geisha. Previo pago de unos 5000 o 6000 yenes (unos 60 dólares), las niñas se entregan al arte de los expertos. El maquillaje con polvo de flores que vuelve blanca la cara, el intenso rojo en los labios, los ojos enmarcados en negro para resaltarlos y el peinado. Como el tocado verdadero y original de una geisha lleva muchas horas, ya vienen pelucas para la ocasión, con el resto del atuendo. El combo nipón ofrece una foto del tamaño de una postal con el templo que la joven elija como fondo: un recuerdo para siempre.
El baile de los cerezos
KYOTO, Japón (De un enviado especial).– La penumbra de la noche en el barrio de Gion Kobu permite ver, con suerte, el paso de geishas y maikos que van camino de sus trabajos en las casas de té o en los más renombrados restaurantes de la zona, donde exponen sus virtudes. Pero no es el único momento en que puede admirarse su arte: los bailes populares son la oportunidad pública para turistas locales y extranjeros de ver a estas misteriosas mujeres en acción. No hay muchos festivales en que participen las geishas. El más famoso es el que se realiza cada abril. Lleva el nombre de Miyako Odori, el Baile de los Cerezos, ya que es la época en que toda la ciudad –y el país entero– se viste de florcitas de color rosa pálido y comienza a cundir en las personas el espíritu de la primavera. Las exhibiciones de danza son de gran vistosidad y la capacidad de Kaburenjo, el teatro propio de las geishas, se vuelve escasa. Allí, ellas despliegan sus kimonos, sus peinados y, fundamentalmente, su arte para el baile, que recrea y mantiene las tradiciones de esta isla.
1
2Quiénes fueron las “royals” europeas que más gastaron en moda en 2025 y cuánto invirtió Máxima en su vestidor
3Las cinco mejores plantas para tu habitación, según un experto en jardinería
4Renunció a un trabajo estable y hoy recorre el país sobre dos ruedas junto a su perra: “El tiempo no vuelve más”



