
Gente de campo
Viven y trabajan en zonas rurales, más allá de las dificultades y los conflictos. Historias de vida de seres anónimos que, tierra adentro, encontró LNR en un viaje de 3000 kilómetros a través de cinco provincias argentinas
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Cirilo Fuentes es encargado de una estancia del norte correntino. En la última gran inundación, en 1998 –que afectó a las provincias de Santa Fe, Entre Ríos, Corrientes, Chaco, Formosa y Misiones–, su patrón perdió 700 vacas, 30 cerdos, 43 ovejas y 80 caballos.
“El agua llegó por encima de las tranqueras, y así estuvo más de veinte días”, dice Cirilo, con la mirada perdida en el horizonte. Era Semana Santa.
Algo más de 18 millones de hectáreas quedaron tapados por el agua, en una de las peores inundaciones del siglo pasado. Hubo 17 muertos y 120.000 evacuados. 450.000 cabezas de ganado –el equivalente a 185.000 toneladas de carne– perecieron bajo el agua, y la agricultura de la zona afectada –645.000 hectáreas– sufrió pérdidas irreparables por un total de 1040 millones de dólares.
Cifras que ya casi han desaparecido de la memoria campesina porque el campo es siempre ir para adelante, aunque la tristeza les haya perforado el corazón.
Hubo un tiempo no muy lejano de tierras tranquilas, tranqueras abiertas y rondas de mates amargos que endulzaban los anocheceres mientras los abuelos les contaban a sus nietos historias fantásticas, todas mentirosas. Tan creíbles eran los relatos de apariciones y luces extrañas que viboreaban por encima de los maizales, que daba lo mismo la verdad o el engaño. Al fin y al cabo, el sueño siempre vencía al miedo.
Hubo un tiempo, en esos lugares, en que el cielo y la tierra eran la misma cosa. No había noche que el chacarero no caminara por su campo a paso lento, como si quisiera no lastimar la tierra, para inflar sus pulmones con el mejor aire y, de cuando en cuando, llevar sus ojos al infinito para disfrutar de alguna estrella fugaz o descubrir el brillante recorrido de un satélite.
Hubo un tiempo de campos serenos en la llanura pampeana, en la chaqueña, en la mesopotámica. Tiempo de caminantes y de bochas; de taperas y escuelas con alumnos y maestros; de boliches, sulkis y tractores. Luz de vela, farol de noche y baile en los galpones ferroviarios pegados a las estaciones, que siempre estaban cerca. Tiempo de curanderos que curaban el empacho y los parásitos, y también de borrachines que curaban de palabra el dolor de muelas empujados por sus dones alimentados a pura ginebra.
Hubo un tiempo no muy lejano de campos parecidos a los de ahora, aquí y allá, pero sin tanto miedo, tanta furia, tanta desconfianza y tanto rencor como ahora. Todo junto.
Casi sin que el chacarero se diera cuenta, el campo pasó del percherón al tractor con aire acondicionado, de la yerra al chip, del ferrocarril al camión, del caballo a la 4x4, de la luz mala al GPS, del telegrama al celular, de las cooperativas a los monopolios, de los relatos a las asambleas, del monte a los agroquímicos y de la vaca a la soja.
Es probable que algunos ignoren que más allá de esa frontera visible de maíz, vacas y soja hay gente separada de la discusión actual. Como Cirilo Fuentes, como muchos otros.
Hecker, el avicultor
De sacrificios, tristezas y de ir para adelante sabe bastante Salvador Hecker, un paisano de 90 años y uno de los pocos chacareros que decidió no abandonar la tierra que ocuparon sus mayores, en Basavilbaso, un pueblo de 9000 habitantes en el sudeste de Entre Ríos, en la colonia judía de Lucienville. Sentado sobre el viejo arado con el que trabajaba su padre, y que ahora quedó como muestra de la herramienta más preciada de los primeros inmigrantes, don Hecker entrecierra los ojos y dice: “¡Si me habré cagado de frío acá arriba! ¡Hasta los percherones tiritaban!” Luego viene el silencio. Se dice que el silencio es la voz del alma.
El campo de Salvador Hecker, de unas 160 hectáreas, está atendido por Carlos, uno de sus hijos. Carlos (51) tiene 6 hijos, y tres de ellos van a la facultad. No siguió los pasos de su padre en la agricultura y la ganadería. Hace un par de años cambió de rubro. Se hizo avicultor y produce 25.000 pollos integrados por año. “A mí me traen los pollitos, yo los crío, los cuido, los alimento y a los cuarenta días, más o menos, los vendo. Me pagan 50 centavos por pollo, y de ahí tengo que sacar todos los gastos. Esto es como un Fórmula 1, y lo que hace falta es la pista para despegar. La pista son los galpones, los criaderos. Cada galpón cuesta 200.000 pesos, tengo dos, que los construí con mis propias manos, para achicar gastos, y todavía los estoy pagando.”
León Hecker, el padre de Salvador, había llegado a Lucienville en 1904, cuando abandonó su pueblito natal, Jersón, en Rusia, como tantos otros que buscaban escapar de la persecución antisemita y los pogromos, las matanzas indiscriminadas que tuvieron su origen en 1881 tras el asesinato del zar Alejandro II.
“Igual que mi hijo, que levantó sus galpones con sus propias manos, mi padre levantó esta casa hace más de cien años. Aquí vivieron mis padres, vivimos Renée, mi mujer, y yo; se criaron mis hijos y ahora viven algunos de mis ocho nietos”, recuerda Salvador. Y otra vez el silencio. “La casa está… pero la glicina se secó. Tenía como cincuenta años, pero un día dejó de florecer, y al poquito se secó, ¿vio?”
Salvador y Renée viven en el pueblo, en Baso –como le dicen a Basavilbaso–. “Es que ya se me está haciendo larga la vida, y mis hijos nos han mandado allí –dice Salvador–. Pero no me hallo, no me adapto. Por eso, cada vez que puedo me vengo para acá. Es lo mismo que la naturaleza: trasplantás un arbolito nuevo, y prende; trasplantás un árbol viejo, con raíces profundas, y se muere.”
–¿Y que pasó con las vacas?
–Vacas no tengo más. No tenía muy muchas. Y tuve que liquidar una parte porque yo siempre le aconsejaba a mi hijo que no se endeudara en dólares, pero los viejos no sabemos nada, ¿se da cuenta? Y vendí las vacas, nomás. Además, con lo que me quedó compré la casa en Baso, pero la puse a nombre de mi hija. Como ella tiene menos hectáreas que Carlos, le puse la casa a su nombre. Después los hermanos se van a arreglar. Espero que sí. Yo creo que sí.
López, el cerealero
El 18 de junio de 1906, dos años después de la llegada de León Hecker a la Argentina, anclaba en el puerto de Buenos Aires el barco que lo traía a Salvador Antonio López desde España, luego de treinta días de navegación. Tenía 16 años y era un agricultor andaluz, de Lijar. Igual que sus padres y sus siete hermanos. Pero no todos emigraron a la Argentina: dos se quedaron en Lijar, acompañando a sus padres. Salvador y los otros cuatro hermanos tomaron rumbos distintos.
Mientras en Lijar los López que quedaron subsistían trabajando en las quintas del cura del pueblo, que les arrendaba la vivienda a cambio de entregarle un chancho por año –ése era el contrato–, Salvador deambulaba en busca de su destino. Trabajó en algunos campos de Mendoza y de Buenos Aires, en Trenque Lauquen y en Pearson.
Seis años más tarde, en 1912, mientras apoyaba activamente la causa de los campesinos en el Grito de Alcorta, conoció a María Fernández, que también había llegado de España. Por esos tiempos, el pequeño pueblo de Arribeños, en el noroeste de la provincia de Buenos Aires, llevaba nada más que seis años de fundado. Salvador y María se casaron y se radicaron allí, para no irse nunca más. Los vecinos de los López eran Timoteo Alfaro, el carnicero; Julio Desveuz, el herrero; Jorge Zulliva, el maestro; Bautista Cova, el almacenero; un cura que iba a dar misa de tanto en tanto, un policía, el jefe de estación, el gerente y un par de empleados del Banco Nación, y un grupo de colonos más. Arribeños, como tantos otros pueblos rurales de la llanura pampeana, no paraba de crecer. Pero, así y todo, Salvador López nunca alcanzó a comprar su propio campo. Debieron transcurrir casi setenta años para que su sueño se cumpliera.
En plena noche cerrada, abrazada por una espesa nube de polvo, la cosechadora levanta la soja bajo la atenta mirada de Saturnino López y de sus hijos, Alberto y Gustavo López, los nietos de Salvador.
“Yo nací el 11 de octubre de 1930, pero recién le pude mostrar el título de propiedad de este campo a mi padre en 1970, cuando tenía 40 años. Lo compré con un crédito del Banco Nación; era un campito de 96 hectáreas que ahora mis hijos lo extendieron a 30 hectáreas más. Eso es todo lo que tenemos –cuenta Saturnino, con una mezcla de nostalgia y satisfacción–. Ahora también están mis tres nietos, así que vamos por la cuarta generación de agricultores en Arribeños. No es poca cosa, claro.”
Con los puños apretados, mientras las cinco potentes luces de la cosechadora se pierden en la inmensidad del campo y la noche, Saturnino dice: “El campo siempre será lucha y sacrificio. Hay que estar acá para darse cuenta”.
Y después sigue: “El campo, históricamente, produjo trigo, maíz y ganado. La diferencia de ahora es la soja y la tecnología. En la época de mi padre, e incluso en la mía en los primeros años, el maíz se cortaba con la azada y se trabajaba con caballos. No había tractores ni cosechadoras. Para juntar dos mil o tres mil bolsas de maíz se necesitaban veinte hombres. Ahora, un solo hombre en una cosechadora le hace 2000 quintales de soja en el día. Eso cambió la calidad de vida del agricultor. Por eso digo que antes la vida del campo era muy sacrificada. Y las mujeres llevaban la peor parte, porque además de criar a los hijos tenían que trabajar en la cosecha, atender la quinta y darles de comer a treinta peones. Hasta este paro, al campesino se lo veía como a los ricos de la Argentina, pero no es así. Yo, por ejemplo, compré este campo con un enorme sacrificio, porque hasta no hace mucho, digamos unos treinta años, se vivía en taperas de barro. Ahora ya no se ven luces en el campo: se han venido todos para el pueblo”.
Con andar firme y seguro sobre la soja recién trillada, recuerda: “Lo de mi padre fue bravo, porque todo era empezar, y sin nada. Yo nací en el 30, cuando la famosa crisis. Mi padre me relataba que se la pasaba muy mal. Decía que ni siquiera se podía ir al pueblo porque no había plata ni para comprar el pan. Mi madre tenía que coser nuestra ropa, además de hornear el pan, criar gallinas para comer, y eso, nomás. Después vino la crisis de 1939, cuando empezó la guerra. En el primer año de la guerra nosotros llegamos a tener 12.000 bolsas de maíz entrojado. En ese tiempo se entrojaba el maíz, se juntaba a mano con la espiga entera, se llevaba en bolsas, se hacia la troja, donde cabían hasta 2000 bolsas, y así llegamos a acumular 12.000 bolsas, porque no arrimaban los barcos al puerto. No se podía vender nada y la cosecha se acumulaba. O se perdía. O se malvendía. En ese tiempo, cuando usted terminaba de juntar el maíz, venían del Banco Nación y le medían la troja, el diámetro por el alto, y así sacaban los quintales que contenían las trojas. El banco nos pagaba 2 pesos por quintal. Con esos 2 pesos uno tenía que pagar los gastos de juntada, y de almacén, porque en el almacén se compraba todo con libreta y el almacenero esperaba hasta que termináramos de juntar el maíz o el trigo”.
–¿Qué es lo que más extraña del campo que conoció?
–Extraño eso, vivir en el campo. Antes, uno iba al pueblo una vez a la semana. Ahora vivimos en el pueblo, hay tele, un buen baño, calefacción; es más cómodo. Se está mejor, pero no es lo mismo.
Rosales, el tambero
A treinta kilómetros de Arribeños, a las tres de la mañana, en las afueras de Agustina, uno de los pueblos más pequeños del partido de Junín, en el noroeste de la provincia de Buenos Aires, Ramón Ceferino Rosales rumbea, apurado y bajo la fresca de la madrugada, hacia el corral. Pronto se le unirán Leonardo Encina, su primo político, y Alberto Alvarez, el único empleado del tambo Don Leo, propiedad de Oscar Tambuzzi, hijo de don Leonildo, que heredó el establecimiento al morir su padre. Ramón alquila el campo, y es socio de Oscar en un porcentaje de lo que produce el tambo.
En esas cien hectáreas no hay soja, ni trigo ni maíz. Sólo están las doscientas Holando-Argentino dispuestas a entregar, todos y cada uno de los días del año, algo más de 5000 litros de leche. Y todos y cada uno de los días del año, un camión de La Serenísima atracará al pie de los tanques para llevarse, según dice orgulloso Ramón, “el producto más noble del campo”. La Serenísima le paga al tambo 71 centavos por cada litro. “No me quejo por el precio –dirá Ramón–. Podría estar un poco mejor; en algunos lugares pagan 80 centavos, pero igual no me quejo.”
Tres horas más tarde, cuando el sol empieza a entibiar, aparecerá María Ester, la esposa de Ramón, mate en mano, para iniciar la mateada de todos los días, de todos y cada uno de los días del año, con “el Ramón, el Alberto y el Leo”.
Mientras el tambo produce y la mateada se prolonga en silencio, José, de 5 años, y Marcos, de 7, los hijos de Ramón y María, reclaman el mate cocido con pan y manteca a los gritos. Son las seis y media de la mañana, y María tendrá apenas media hora para limpiar la casa. A las siete y media, llevará los chicos a la escuela del pueblo. José va a salita de 5 y Marcos está en primer grado.
A las ocho, el tambo está en lo mejor de su producción y María, en el peor momento del día: a partir de ese momento, tendrá cuatro horas para lavar ropa, planchar, arreglar un poco el jardín, ir a buscar a los chicos al colegio y regresar para hacer la comida.
El próximo ordeñe será a las cuatro de la tarde. Es tiempo de descanso para las Holando y para Ramón, María, Leonardo y Alberto. Las vacas mugen mitigadas. “¡No sabés el alivio que es para ellas cuando les extraemos la leche! Calculá que hay ubres que cargan hasta cuarenta litros, y la presión las hace sufrir mucho. Si traés al trote al campo una vaca cargada de leche la hacés pedazos. Por eso no podés quedarte dormido ni atrasarte en el ordeñe, porque enseguida levanta mastitis: se enferma la ubre”, explica Leo. Mientras, María bañará a los chicos, preparará otra ronda de mates y se pondrá a controlar que José y Marcos hagan los deberes que les encargaron las maestras. El ordeñe terminará a las ocho. Una hora antes, María se pondrá a encerar los pisos (“lo hago día por medio, pero cuando estoy muy cansada encero una vez en la semana; ése es mi único descanso”) y dejar todo listo para preparar la cena. Cenarán a las nueve. Mirarán un poco la televisión, conversarán sobre cosas que han pasado durante el día y se irán a dormir.
Ramón, que hace poco cumplió 40, cuenta que en la casa lo maneja todo su mujer, y en el campo y en el tambo lo maneja todo él. “No es feo el trabajo, pero es sacrificado; mucho más sacrificado que el del agricultor, diría yo. El tambo es de lunes a lunes; no hay feriados ni fiestas; es todo el año.”
María y Ramón son tamberos de toda la vida. “Mi papá era tambero en Vedia, donde yo nací. Y a este tambo lo conozco desde que tenía 18 años, cuando acá trabajaba mi papá, y también Ramón. En este tambo mi marido y yo nos pusimos de novios, hasta que un buen día el papá de Oscar, don Deonildo, nos preguntó si queríamos estar acá. Y acá nos quedamos. Yo me casé a los 20, y gracias a Dios ahora tenemos dos hermosos hijos, un buen trabajo, a veces salimos a hacer los mandados juntos, vamos a las fiestas que organiza el jardín, mi marido aprobó un curso sobre inseminación artificial y… Eso, estamos bien. Para mis 35 años que tengo, creo que está todo bien. Pude cumplir algunos sueños, y espero poder cumplir otros.
–¿Qué sueños pudiste cumplir?
–Yo soñaba casarme de blanco. Y lo hice. Como dice el refrán, hay que seguir remando que a la orilla llegás. Sigo luchando, y remando. Es la ley de la vida. Y el otro sueño es que nuestros hijos algún día puedan tener su propia casa. Acá estamos bien, pero es casa ajena. Y los chicos tienen que criarse en casa propia. Así es.
Druetto, el ganadero
Se cuenta que entre los viejos chacareros siempre se recuerda una frase que dice: “Por algo tiene cola la vaca: cuando lo necesitás, te agarrás de ella y la vaca te saca”.
Lejos de los pollos, la soja y el tambo, en San Martín de las Escobas, en el sudoeste de la provincia de Santa Fe, Jorge Druetto (50), hijo y nieto de ganaderos, acomoda un par de bancos alrededor de una mesa de madera, debajo de un generoso eucalipto, se frota las manos, mira para un costado, y pasa a explicar. “Este dicho es como un modo de explicar que el recurso ganadero es fundamental, siempre, y en los momentos de crisis aún más. Los que somos ganaderos de toda la vida sabemos que es así. Y así fue también cuando hubo que superar la crisis de 2001. El campo «tuvo cola», y con su cola nos sacó. Y tantas otras veces, si hurgamos un poco más en la historia nacional. Y ahora, mirá vos, nos encontramos con que la patada la recibe el campo por parte del Gobierno.”
El abuelo de Jorge, Juan José Druetto, fue de la primera promoción que tuvo servicio militar. Hoy tendría 120 años. Llegó a San Martín de las Escobas desde otra zona de Santa Fe, se radicó y la conoció a Magdalena Barbero, que fue su esposa. Tuvieron diez hijos, seis varones y cuatro mujeres, pero uno murió al nacer.
“Mi papá fue un enamorado del campo y yo, si bien a los 17 años me fui a estudiar bioquímica, nunca pude desprenderme de esto. Soy bioquímico, aunque ya no ejerzo. Ahora me dedico al estudio de la biología molecular, a la técnica del ADN. Hacemos investigaciones para que los toros que ustedes ven en aquel lote tengan genes adecuados para una mejor productividad. Son animales dirigidos a impactar sobre las razas cebú. Este es un momento del campo en el que hay que comprender todos los fenómenos que se vienen dando. La migración de la ganadería hacia las zonas marginales hace que las madres tengan que tener una cierta cantidad de raza cebuina. Eso trae como consecuencia cosas a favor y cosas en contra. A favor, es que son vacas que pueden producir muy bien en condiciones muy extremas de clima, de pastizales y demás. En contra, es que tiene cierta influencia sobre la calidad de media res (se llama media res al después del desposte). Por eso se necesitan toros que mejoren la calidad del ternero, esto es, que la madre esté bien adaptada a su medio y que produzca un ternero con mejor calidad. Hoy estamos trabajando en el orden de 225 vaquillonas por año.
El campo de los Druetto, de 146 hectáreas, se llama Viejo Manso (“le pusimos ese nombre en honor a nuestro padre, que ahora tiene 87 años y vive en el pueblo”). Jorge tiene tres hijos, y en el establecimiento trabajan Ignacio Giaccone, veterinario, y Gabriel Osecca, encargado del campo, casado con Rita, la hermana de Jorge. De las 146 hectáreas del campo, Jorge y Rita explotan 55; las restantes están alquiladas.
“Mi familia hace 126 años que está con las vacas, y si vos tuvieras la oportunidad de conocernos mejor te enterarías de que no somos oligarcas ni elitistas y que sólo nos mueve una pasión profunda por la ganadería, que nos hace persistir en ella aun cuando la rentabilidad de la actividad es muy baja o nula y el futuro carece de buenos augurios. Por eso seguimos en esta actividad, y la usamos como una forma de resistencia. No resistencia a un gobierno, sino a una situación. Porque yo te quiero plantear otro escenario: supongamos que la soja deje de ser rentable; va a pasar lo mismo que ahora: el chacarero se va a desesperar y querrá volver al tambo y a las vacas, pero se va a dar cuenta de que de la vaca a la soja pasó muy rápidamente, casi sin darse cuenta, pero de la soja a la vaca hace falta tiempo y capitales. Ya sé que éste es un escenario improbable, pero puede suceder. Con la economía nunca se sabe. ¡Y ahí quiero ver qué pasa con la sojización del campo! ¡El desastre que será para miles de productores de soja! Por eso, no podemos hacer con el campo lo que se nos canta. No es así la historia. El gobierno no está errado en todo. En lo que está tremendamente equivocado es en la metodología. Es un gobierno anticuado frente a un campo avanzado, por lo menos en esta zona. Yo veo que entre el campo y el gobierno hay una diferencia de cuarenta años.”
Druetto recuerda que, cuando era chico, en San Martín de las Escobas había alrededor de 15.000 vacas. Esos campos en donde nacían y se desarrollaban los terneros y vaquillonas, con el tiempo fueron derivando a la agricultura, hasta llegar, finalmente, a la soja.
“Este ejemplo es representativo de lo que ocurre en el país: hoy tenemos la misma cantidad de vientres, es decir, vacas con capacidad para parir, que teníamos en 1974, pero con la diferencia de que ahora la población se duplicó. Y ahí está el problema de la carne. Cuando el ganadero ve que sostener una vaca es contraproducente, no es que sea alguien desesperado por la rentabilidad, sino que es alguien que está preocupado por su supervivencia como productor. Y si la vaca no le responde porque los precios no lo acompañan, eliminará la vaca del campo, como pasa ahora. El vientre es el único que nos puede dar un ternero cada año, que es, en definitiva, nuestro alimento. Entonces, al eliminar a los vientres, o a la vaquillona que será futuro vientre, estamos comprometiendo nuestro futuro. Debemos tener es un respeto máximo por eso.”
–¿Cuánto cuesta criar una vaca?
–Criar un ternerito desde que nace y esperar a que se haga vaquillona con capacidad para quedar preñada, cuesta entre 1400 y 1600 pesos. Después, el costo de una vaquillona al parir depende de todos los gastos, pero está en los 2000 pesos. Ahí estamos en los 3400... 3600 pesos. Y hacer una ternera recién nacida que irá para consumo está en el orden de los 800 pesos. Por eso hay que entender que el ganadero tiene plazos que son imposibles de modificar. Si yo hoy quisiera tener 1000 terneras, necesito 800.000 pesos. Que no los tengo, y que muy pocos los tienen. Si yo pretendiera arrancar mi negocio con esa cantidad de ganado, tengo que pensar en el orden de los millones de pesos para empezar a ver plata, mientras que con la soja la plata la ves a los seis meses de plantada la semilla.
Vida de peones
La maza cae seca como una guillotina sobre la hoja de acero de un elástico, y el yunque, que aguanta el golpe reparador, devuelve, para no ser menos, un campanazo como de catedral. El estruendo espanta a las aletargadas palomas monteras que hasta ahí se protegían del frío de la mañana, todavía en penumbras, en suave arrullo sobre la viga principal, en lo más alto del enorme y viejo taller de columnas de hierro, techo de chapas y paredes de ladrillos enmohecidos, copia exacta de los talleres ferroviarios existentes en la Inglaterra de mediados del siglo diecinueve.
El aleteo se vuelve frenético. El revuelo se agiganta y hará que la nube de polvo y plumas grises crezca como un tsunami hasta quedar suspendida en el aire endurecido por la humedad, el guano, el aceite quemado y el óxido que, al fin, terminó por cubrir, capa tras capa, todo rastro del progreso que alguna vez, hace muchos años, conoció Coco Trípodi, un italiano de 66 años y 33 de mecánico de ferrocarril, dueño del mazazo que despertó casi lo único que hoy sobrevive en el taller y también en el playón de depósito de vagones y locomotoras del antiguo Ferro Carril Oeste (hoy Sarmiento), de capital inglés, savia de Mechita, un pueblito del partido bonaerense de Bragado, orgullo de ayer.
A unos doscientos metros del taller, el barrio ferroviario, conocido en su época de esplendor como colonia ferroviaria, conserva, aunque algo remodelado, gran parte de las ciento diez casas que fueron levantadas entre 1900 y 1910, primero, para los obreros que construyeron el taller y el playón, y después, para los trabajadores del ferrocarril. Las casas –ladrillo a la vista, pisos de madera, techos de zinc– se dividían en tres categorías de acuerdo con la jerarquía laboral de cada ocupante. La forma de urbanización de la colonia –que disponía de agua corriente y cloacas– responde en su diseño a las viviendas rurales inglesas del siglo XVII, y a la corriente owenita, raíz del movimiento gremialista inglés, y que, instalada en la Argentina, era parte de la organización social de la actividad ferroviaria. Robert Owen (1771-1858), pensador socialista inglés, fue el primero en formular la idea de la legislación laboral y de la protección del trabajo.
“Quedamos poquitos –dice Coco–. Antes éramos un montón; esto estaba lleno de máquinas, de herramientas, de trenes. El pueblo vivía del campo y del ferrocarril. Había más obreros que palomas, le digo.”
Muy lejos de aquí, en Santiago del Estero, hay un pueblito de 2000 habitantes (“2000 si sumamos a los chicos”, dirán), sobre la ruta 34, que se llama Malbrán. De allí son Enrique Maldonado (22) y Gregorio Contreras (38). Y hoy es su día de suerte: un estanciero de la zona los llamó para alambrar y desmalezar algunas hectáreas.
“Hace unos diez años que el trabajo de peón cayó muchísimo –cuenta Gregorio, que no para de cavar pozos–. Por eso, cuando no trabajo en el campo hago changas para la municipalidad, que es donde más trabaja la gente del pueblo. Como peón rural cobro 40 pesos por día, pero hay otros lugares que le pagan 25. Y no alcanza para nada. Un día quise comprarme una campera y me pedían 300 pesos. Y yo no puedo trabajar una semana para comprarme una campera, porque también tengo que vivir, ¿no, amigo? De los treinta días que trae el mes, con suerte trabajaré veinte; de los veinte tendría que trabajar siete para la campera y dos días más si quiero un par de zapatillas. Para peor, la casa donde vivo es alquilada. La dueña me pide 150 pesos por mes, que son cuatro días de trabajo. Por suerte, no me cobra la luz.”
Según el convenio firmado por la Unión Argentina de Trabajadores Rurales y Estibadores con el Ministerio de Trabajo de la Nación, en vigor desde el 1º de diciembre de 2007, un peón rural no especializado debería cobrar 47,52 pesos el jornal, más 6,24 pesos para la comida. La escala para los peones mensualizados va desde 1080 pesos –peón general– hasta 1265,27 –mecánico tractorista–. Entre el personal jerarquizado, el puestero de estancia cobra 1190,81 pesos; el capataz, 1313,58, y el encargado, que es el escalafón más alto, cobra 1385,67 pesos.
Como dijo Francisco (“dejémoslo en Francisco, nomás”), otro peón de estancia pero de Vera, en el nordeste de Santa Fe, “gano lo que marca la ley, pero los patrones siempre pierden”. Francisco cobra 1080 pesos mensuales.
–¿Cómo se las arregla?
–Yo tengo cinco hijos, todos pichones; ninguno tiene más de 15. De los cinco, trabajan tres. En los campos, claro. De peones, sí.
Díaz, el productor de porcinos
El trabajo infantil en la Argentina está regulado por la Ley de Contrato de Trabajo, de 1976, que establece en 14 años la edad mínima de admisión en el empleo en cualquier actividad, persiga o no fines de lucro. La excepción está dada en la ley de trabajo agrario, que exceptúa de la denominación “trabajo infantil” cuando el titular de la explotación es del grupo familiar del niño.
Se calcula que unos 400.000 niños menores de 14 años trabajan en las distintas zonas rurales del país.
Seiscientos kilómetros al este de Malbrán, luego de atravesar la provincia de Santa Fe y el río Paraná, en Arroyo Vega, Esquina, provincia de Corrientes, Miguel Alfredo Díaz (52) recorre su criadero de porcinos mientras César (18) y María Florencia (12), dos de sus tres hijos, se acercan para saludarlo porque llegó la hora de ir al colegio. “Salvo María Josefina, la más chiquita, y mi mujer, Silvia, que es maestra, todos trabajamos en el criadero”, explica Miguel, hijo de un farmacéutico y nieto un médico pediatra compañero de estudios de Bernardo Houssay.
“Hasta el 2003 estábamos en la ganadería –dirá enseguida–, pero se nos hizo un cuello de botella en el Banco Nación y no nos quedó otra que liquidar toda la hacienda. Fue antes del corralito. Y lo de la pesificación fue toda una mentira, porque para terminar de pagar se nos fue tres veces arriba lo que debíamos. Vendimos todo. Nos quedamos sin nada, y tuve que alquilar el campo. Todo el campo, unas 940 hectáreas, herencia de mis padres, Alina y César Augusto Díaz, que comenzaron a comprar estas tierras allá por 1943, cuando todo esto era nada.
“Ahora pusimos con unos parientes de Buenos Aires este criadero de porcinos, y volvimos a empezar. A empezar de cero. Tenemos 50 chanchas y tres padrillos. Es un proyecto ambicioso, nuestra pyme, porque yo ya no quiero saber nada con los bancos. Ya muchos dolores de cabeza nos dieron.”
El padre de Miguel, que además de ganadero era farmacéutico en Esquina, había plantado cuarenta hectáreas de olivos, pero como las demandas interna y externa se redujeron drásticamente, en 1976 su hijo decidió terminar con la producción. Tiró abajo la plantación y reforzó la ganadería. “Pero la ganadería no funcionó; entonces, me volqué a los cerdos. Ahora el olivo volvió a rendir y con mi familia decidimos intentar otra vez con la plantación, como un segundo recurso. Plantaremos olivos otra vez, en esas mismas cuarenta hectáreas. Si todo va bien, a los dos años alcanzaríamos media producción, y a los cuatro años la producción será completa.
–¿Y si el olivo no funciona?
–Bueno, tal vez habrá que repetir la historia de mi padre. Pero tengo confianza. Además, siempre está el recurso del criadero. De acá a dos años, espero tener 3000 crías de cerdos. Para eso trabajo fuerte desde las seis de la mañana hasta las ocho de la noche. Nos va a ir bien. Nos tiene que ir bien, ¿no?
Pueblos olvidados
Cientos de pueblos nacidos entre fines del siglo XIX y comienzos del XX perdieron su razón de ser. Primero se los relegó al aislamiento y, finalmente, al olvido. Mechita, cerca de Bragado, que llegó a tener 5000 habitantes, hoy no supera los 1900. El campo profundo sufre la falta de políticas que eviten el éxodo hacia las ciudades. En la Argentina –según la Fundación Recuperación Social de Poblados Nacionales que Desaparecen, Responde– hay 602 pueblos con menos de 2000 habitantes en riesgo de desaparecer, además de 124 que no han crecido en los últimos 10 años, y 90 dejaron de figurar en el censo de 2001.
- En Misiones hay 14 pueblos que no figuraron en el censo de 2001.
- En Río Negro hay 18 pueblos con decrecimiento poblacional.
- La provincia de Buenos Aires tiene 213 pueblos en riesgo.
- En Anzoátegui, La Pampa 165 personas vivían allí en 1980; hoy son 8.
- Puerto Bermejo Viejo, Chaco, se redujo un 75,4 % entre 1991 y 2001.
- Chaguaral, en Orán, Salta: 11 personas en 1980. Los censistas de 1991 y de 2001 no pasaron por ahí.
- Tramo 16, en Santiago del Estero. Hace 25 años que su población no varía: 309 habitantes.
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