
Iñaki Urlezaga, el bailarín argentino más reconocido en el mundo, no cambia por nada las tijeras de su ciudad natal desde hace más de veinte años.
1 minuto de lectura'

Por Lucas Garófalo - Fotos de Mariana Roveda
Probablemente, la danza sea la disciplina que mejor combina la fuerza con la fragilidad, una dualidad que se pone de manifiesto en los cuerpos de los bailarines, robustos y a la vez delicados. ¿Pero qué pasa con los peinados? Más o menos lo mismo, sobre todo si el bailarín en cuestión se dedica a interpretar obras de época. Ese es el caso de Iñaki Urlezaga y sus rulos, una mata espesa de pelo negro capaz de adoptar mil formas diferentes dependiendo de lo que cada nuevo desafío requiera. Obviamente, mantener esa cabellera no es una tarea para cualquiera: Iñaki se peina él mismo antes de subir al escenario, y solo deja que una persona le corte el pelo.
¿Qué tan importante es para vos tener un peluquero de confianza?
Es fundamental, porque me permite trabajar con tranquilidad. Hace veinte años que me corta la misma persona. Yo voy, me siento, y lo dejo en sus manos. Él sabe todo: conoce mi trabajo, conoce mi cabello.? Eso me da la seguridad de que no voy a tener que salir a buscar una peluca para interpretar a algún personaje, algo que sería muy incómodo. Además, yo bailo obras de época, así que no puedo tener el pelo corto, ni moderno, ni canchero. En ese sentido, mis necesidades son más específicas. Siempre tengo que estar peinado un poco al estilo de Oscar Wilde, y eso requiere que me mantenga con el pelo largo.
¿Te molesta?
En algún momento me gustaría poder tenerlo corto, sí. Igualmente, yo nunca me vestí a la moda, por ejemplo, así que tanto no me molesta. No es que estoy exigiendo el último corte de pelo, la última información.? Al contrario. Pero tampoco quiero vivir toda mi vida peinado así. Ojo, no es que salgo a la calle peinado como Oscar Wilde, pero el pelo largo y con rulos siempre da ese aire romántico.
¿Cómo te las arreglás cuando estás de viaje, lejos de tu peluquero?
Es todo un drama. En el mejor de los casos, trato de cortarme antes de viajar y de aguantar ese corte hasta mi vuelta. Y si no, bueno, mala suerte. El tema es que si estoy en Londres, no hay problema, pero ¿en China? Es muy difícil comunicarse, tienen otra textura de cabello, usan otra variedad de peinados. Una vez en Moscú, año 1993 más o menos, pos-Unión Soviética, me metí en un lugar en el que no usaban crema de enjuague. Me pusieron un champú cualquiera y pretendían cortarme con esa mata toda enredada.

Con todo ese pelo no hay indicio alguno de calvicie, ¿no?
No. Cuando tenía 18 años, el primer peluquero de danza que me peinó me dijo: "Uy, querido, cuántas canas". Así que sufro más por ese lado. Pero nada grave por ahora.
¿Hay diferencias entre el peinado del Iñaki de entrecasa y el del que sale a la calle?
Ninguna. Cero cuidado. Me ducho, y así como salgo del baño, salgo a la calle. Hasta uso un champú dos en uno para hacer más rápido.
El único momento en que me ocupo verdaderamente de mi peinado es cuando tengo que subir al escenario.
¿Quién te peina antes de una obra?
Me peino yo, me maquillo yo, todo el arreglo personal siempre es mío. Son muchos años, así que estoy acostumbrado. A esta altura de mi carrera ya me conozco muy bien y sé cómo hacerlo, no es algo que padezca ni mucho menos.
¿Cuál fue el peinado que más te costó lograr?
Raya al costado a la gomina, tipo años 40, Carlos Gardel, esa onda. Fue el año pasado, cuando hice la obra Dios se lo pague. Entre mis rulos, la cantidad de pelo que tengo, y que cuando uno baila se pone desprolijo enseguida, fue dificilísimo. Porque además tenía que hacer de millonario y de mendigo a la vez. Y un mendigo no se va a andar peinando con gomina. Cuando vos ves la película, es divina, claro, porque hacían un corte y al actor lo volvían a peinar. ¡Pero en el ballet no hay cortes! Así que me las tuve que ingeniar...





