
Honestidad brutal
Ser sincero es una virtud, pero en estas épocas de confusión donde todo es ambivalente la sinceridad se convierte en un arma de doble filo. Hay una especie de necesidad imperiosa de decirlo todo, confesarlo todo y ser brutalmente honesto, no importa a quién perjudiquemos con nuestras declaraciones. Como siempre, los personajes públicos somos los primeros en caer en la trampa mediática de las confesiones exclusivas. El afán de no caretear, verbo inventado en los 80 y conjugado hasta el hartazgo a partir de entonces, nos empuja a no guardar ningún secreto y ante nuestro ejemplo de incontinencia verbal, el resto de la población nos imita y ataca sin piedad con todo un arsenal de bombas mediáticas que descubren con sádico placer pequeños-grandes misterios familiares que en otras épocas estaban limitados a la más absoluta privacidad. Muchas veces eran secretos a voces, pues todo el mundo sabía de la existencia de amantes secretarias de papá o del tío, supuestos amigos del alma de alguna que otra tía o, por qué no, de mamá, que no siempre era una santa. La familia sospechaba con fundadas razones que la gran fortuna de algún pariente tenía puntos oscuros que no excluían algún que otro delito no excarcelable y la sexualidad de unos y otras era tan sospechosa que no dejaba lugar a dudas. Pero todo eso formaba parte de un territorio más o menos inviolable que el código familiar o amistoso trataba de mantener en la sombra total o, como máxima audacia, en la penumbra del famoso de eso no se habla.
Esa hipocresía social era detestable y, como toda mafia, insultaba a los espíritus libres denominados ovejas negras o vergüenza de la familia, que a veces explotaban y, hartos de farsas, vomitaban las verdades arrancando violentamente máscaras de pacatería y falsa honorabilidad. Y los libres pensadores aplaudíamos y nos solidarizábamos con esos rebeldes.
Eran actitudes positivas, en tanto y en cuanto pusieran los puntos sobre las íes y evidenciaran injusticias flagrantes, reivindicando los derechos individuales con los que cada ser humano cuenta para vivir su vida como mejor crea sin perjudicar a nadie, rechazando de plano la victimización de los que se meten en vidas ajenas aduciendo que las elecciones de los otros los dañan, porque ¿qué va a pensar la gente de mí si mi nena se divorcia? o si no estudiás una carrera vas a provocar mi muerte por el disgusto, o prefiero tener un hijo ladrón y asesino antes que homosexual. Todo bien, pero como todo en esta vida es un ir y venir de extremo a extremo ahora el péndulo se fue para el otro lado y, sin que nadie pregunte ni le importe, nos descolgamos con descripciones detalladas de cuanta acción privada hayamos protagonizado, en una especie de juego de la verdad superficial y coqueto. Creemos que no tener secretos es más atractivo, más cool, más posmoderno, vaya uno a saber. Vuelvo a decir, los conocidos somos los más bocinas, y este vejete se incluye entre los que con tal de no parecer pacatos, hipócritas o caretas prefieren contestar a todo lo que públicamente se les pregunta, pero deberíamos recordar que no por el hecho de ser famosos parecemos aptos para ser ejemplo y sin darnos cuenta podemos influir sobre los que nos admiran. Muchas veces la influencia es positiva, como cuando asumimos enfermedades y formas de enfrentarlas con fuerza y energía positiva, pero otras contamos cosas que supimos manejar en un determinado contexto, en una determinada época, con un entorno social, familiar y económico muy particular que no tienen nada que ver con las condiciones actuales. Y así, con las mejores intenciones, de esas de las que está sembrado el camino del infierno, podemos provocar problemas graves a nuestros seguidores.
Por eso hay que pensar antes de transmitir experiencias que fuera de contexto pueden ser tan tremendamente negativas para los otros como altamente positivas fueron para nosotros. Sinceridad, siempre. Sincericidio, nunca.
El autor es actor y escritor






