
J. S. Mill está cancelado
"Camille Paglia debería ser removida de su cátedra y reemplazada por una persona homosexual y de color". La petición online de los alumnos de la Universidad de las Artes de Filadelfia, que incluye que se prohíban las conferencias públicas de la escritora y crítica social, y que venda sus libros en el campus, sostiene que sus ideas "no solo son controvertidas, sino peligrosas".
Paglia, que se define a sí misma como transgénero –"Me visto de varón desde que iba al colegio", dice–, se opone sin embargo a la ola trans, de la misma manera que, aunque se define como feminista, critica desde hace décadas la "visión sentimental sobre las causas de la violación" y, más recientemente, que a las chicas "se les inculque que el mundo es un lugar peligroso en el que no pueden tener el control sobre sus propias vidas". Paglia siempre fue polémica y tuvo detractores desde la publicación de su primer libro, Sexual Personae, de referencia para muchas feministas incluso o justo porque pone en contradicción algunas de las ideas hegemónicas del movimiento.
Pero ese sano espíritu crítico que tradicionalmente se incentivó en los claustros hoy choca contra una cultura que prefiere cancelar lo disruptivo antes que cuestionar o enriquecer su cosmovisión. En la Universidad de las Artes de Filadelfia encontró, por ahora, un límite en la incondicional defensa de la libre expresión por parte de su presidente, David Yager: "El llamado a suprimir las voces disidentes se ha vuelto demasiado frecuente. No podemos permitirlo. Limitar la diversidad de voces en la sociedad erosiona la democracia. Las universidades deben promover el intercambio de ideas: es una de las razones que da sentido a su existencia".
Paglia no es la única destinataria de los dardos de la cultura de la cancelación. Todos los días leemos en las redes llamados a "cancelar" a alguien que compartió una opinión cuestionable o impopular boicoteando su trabajo y poniéndolo en ridículo. Todos los días alguien decide que es mejor callarse antes que ser hostigado por pensar distinto. La transgresión, antes considerada motivo de respeto y admiración, parece haber sido cancelada también en aras del respeto por la diversidad, aun cuando lo diverso resulte cada vez más homogéneo. Casi todas las personalidades con cierta exposición pública fueron canceladas alguna vez por alguien en los últimos tiempos. Al activismo del hashtag no le importa demasiado el contexto ni el tenor de un comentario, sino la tranquilidad moral de sentirse del lado de lo que está bien.
Los argumentos contra el discurso de Paglia dicen que sus ideas son ofensivas y hasta podrían llevar a quien las oiga al suicidio. Pero cancelar la libertad de expresión porque podría ofender a otros o por las reacciones que pueda suscitar es por lo menos autoritario. ¿Debería prohibirse acaso el cine de Tarantino porque tal vez estimule la violencia de algún espectador hipotético? ¿Con qué estándar deben medirse las ofensas? ¿Hay ofendidos cuyas voces merecen más atención que otras? ¿Qué posibilidad de redención o de cambio tiene una persona cancelada?
Hace más de cien años John Stuart Mill respondió con claridad a esas preguntas: "Impedir la libertad de expresión es cometer un robo a toda la humanidad, a la posteridad y a la generación actual; a los que disienten de esa opinión más que a los que acuerdan con ella. Si la opinión es verdadera, se les priva de cambiar error por verdad; si es falsa, pierden la claridad de la percepción producida por su colisión con el error". Probablemente el propio J. S. Mill sería cancelado por esta generación que parece haber olvidado que el cambio es parte esencial del progreso, y para poder cambiar, es necesario cuestionar el pensamiento establecido.
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