
¿Lujo all-inclusive o inmersiones en el Tercer Mundo en versión caribeña? Una isla y dos realidades en un viaje alucinante por las contradicciones que aguardan en la costa del mar más turquesa.
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Por Hernán Ferreirós.
El avión de Delta Airlines me deja en el aeropuerto de Montego Bay, la segunda ciudad más populosa de Jamaica (unos 500 mil habitantes). Tras una hora y media de rebotar con una combi por un camino que parece bombardeado (montañoso, de sólo dos manos y sin banquinas, como todas la rutas del país), llego a Negril, un área costera situada en el extremo oeste de la isla. Cinco minutos después, estoy flotando en el mar Caribe. Este es el ideal platónico del mar. El mar de las novelas de Conrad y Stevenson: imponente, imperturbable, transparente como Evian en la costa y oscuro y amenazante a lo lejos. Estoy en la 7-Mile Beach, literalmente, una playa con siete millas de costa ininterrumpida.
En ambas direcciones, una espesa vegetación, subrayada por una línea amarillenta que la separa del agua, parece seguir para siempre. El lugar tiene casi los mismos colores que muestran las fotos de promoción turística: el agua es casi turquesa y la arena, casi blanca. Sólo el cielo se rebela y no termina de abandonar el gris.
Tras otros cinco minutos de flotar en completo relax y casi sin esfuerzo, cortesía de la espesa salinidad del agua, un motor se detiene a mi lado.
"Tengo este jet ski para vos", me dice un hombre de unos 30 años, negro, delgado y fibroso, sentado al volante y con un gorro de lana verde y amarillo a pesar de los 32 grados. "No, gracias, prefiero nadar." "¿Querés ganja?", es la segunda oferta. "¿Cuánto vale?" "Doscientos cincuenta dólares la onza", me dice sin pensarlo. En el aeropuerto de Atlanta había tomado la precaución de cambiar dólares americanos por jamaiquinos o jai. A setenta dólares jamaiquinos por dólar americano, me estaba pidiendo el insólito precio de poco más de tres dólares por una bolsa del tamaño de un puño llena de porro. Me da la bolsa y espera en el agua a que vaya a mi habitación a buscar el dinero. Ni pienso en no volver. Cuando le entrego los billetes, su mirada me indica que no sabe si está tratando con un timador experto o con un completo idiota. Yo aún no sabía que toda transacción con turistas se hace en dólares americanos. Los jai son para el consumo interno. En la costa, el área turística, los comerciantes se extrañan –y acaso decepcionan- al encontrar un blanco con jai. Esta venta no fue la excepción. Cuando el hombre del jet ski me explicó que la onza de porro estaba 250 dólares americanos aprendí mi segunda lección acerca de Jamaica: todo es negociable. Finalmente, acordamos la mitad de ganja por cuarenta dólares, con un rizla (papel de fumar) extra large de regalo. Al finalizar la transacción, el hombre golpea tenuemente su puño contra el mío y me dice: "Respect".
Siento que pasé un rito de iniciación: que negocié con habilidad y que se me saludaba como a un par. Unos días después, Paul, el chofer que me llevaría a Kingston, me dice: "Esa cantidad de porro está a unos doce o catorce dólares. Pero tuviste suerte. Por el clima, en Negril está el de más calidad. Antes de meterme en la iglesia era el único que compraba: si vas a fumar, hay que fumar lo mejor", me explica con una amplia sonrisa a medio llenar.
Vale la pena aclarar que el porro en Jamaica es ilegal. Sólo se puede fumar dentro de las comunidades rastafaris (que, en el país es una religión muy minoritaria: hay unos 50 mil, el resto de los jamaiquinos pertenece a alguna iglesia evangélica o protestante). No es conveniente ser visto fumando en lugares públicos. La policía se muestra muy activa en el combate contra la marihuana ante los turistas. En mi salida del país, sólo por tener discos de Bob Marley, The Abyssinians y The Congos en mi valija y unos anteojos espejados puestos, una oficial de la aduana me practicó una revisación corporal minuciosa con guantes de látex.

Dos Jamaicas
Jamaica es una isla de unos 250 kilometros de largo y 40 de ancho. El 93 por ciento de la población es negra. Tiene cerca de tres millones de habitantes, de los cuales la mitad se reparten entre las dos ciudades principales, Kingston y Montego Bay, y el resto vive en el interior de país, donde los precios no siguen el ritmo del turismo. La costa jamaiquina es el área de los turistas, de los dólares, de las negociaciones, de las ofertas de drogas y sexo, de los resorts. Si bien las playas son públicas, las mejores fueron copadas por los múltiples resorts
all-inclusive
que apenas permiten la libre circulación en los primeros metros de arena tras la rompiente. Más allá, es propiedad privada. Algunos llegan incluso a alambrar la playa hasta metros dentro del mar para desalentar la circulación de lugareños. En Montego Bay, un artesano ubicado del otro lado de la reja, que convertía la costa de un resort en una playa privada de facto, me dijo: "Vení de este lado. Salí de «Jamérica» y vení a ver la verdadera Jamaica".
Los lugares más célebres del país son parte de "Jamérica", como el popular Rick’s Café, situado en el West End Road. Este enorme bar plantado sobre acantilados (desde los que algunos saltan, pero no es recomendable: hubo varios heridos) ofrece una vista impactante, en cinemascope y tecnicolor, del atardecer sobre el mar, mientras una mala banda de reggae desgrana covers de Marley. El porrón de Red Stripe está cinco dólares. Los tragos, el doble. Al revés de la demografía nacional, el 93 por ciento de la concurrencia es blanca.
Para llegar a Jamaica, no hay más que cruzar la calle. En la vereda de enfrente, con una vista panorámica al paredón trasero de Rick’s Café, hay una serie de bares de lugareños: suelo de tierra, un reproductor de cd con ragga, una mesa de pool y ni un cliente. El bartender me escanea con la mirada y selecciona la razón por la que debo estar ahí: "¿Smoke?", me pregunta, al tiempo que me enseña una bolsa de residuos con medio kilo de porro. "No, ya tengo." "¿Querés conocer a mi mujer?" "No, gracias." "¿Una cerveza?" "Está bien." "¿Me invitás una a mí?" "OK." Acto seguido, el hombre extrae dos Red Stripe, abre la mía con un encendedor, la golpea con la suya sin abrir, me dice: "Salud" y vuelve a guardar su cerveza cerrada en la heladera. Si bien la cerveza aquí cuesta casi la mitad que en Rick’s, me acaban de birlar 250 jai en la cara. Los jamaiquinos jóvenes, que crecieron con el turismo norteamericano, parecen tener la urgencia de obtener la mayor cantidad de dinero posible en cada roce con un turista. Por eso, son pocos los blancos dispuestos a salir del ambiente protegido del resort (donde todo se paga mucho más caro que lo que se puede perder ante una avivada jamaiquina, desde luego). Los que lo hacen deben sortear esta primera barrera que el jamaiquino les impone: si sos turista, tenés que pagar.
Algunos días después, conozco a otro artesano que se presenta como Tryin’ Freddy: tiene la barba completamente blanca y un cuerpo tan vital que no cuaja con los surcos de su cara. Vende collares de caracol y coral a los turistas, pero añora el país de su juventud, antes de los resorts. "Si tenía hambre, iba a un árbol y tomaba una fruta. Ahora, cuando tomás algo, siempre hay que pagar, de un modo o de otro hay que pagar", dice haciendo el gesto de ir preso. Es común que muchos hogares jamaiquinos, fuera de las ciudades, aún cultiven parte de los alimentos que consumen. Algunas de las comidas más populares –como el bread fruit (un fruto con aspecto de ananá y gusto a pan) o el ackee (que, servido con bacalao, constituye el plato nacional)– crecen en árboles que se encuentran por todas partes. Pero esta existencia mansa, que puede permitirse ignorar el frenesí del consumo capitalista, está en sostenida desaparición desde el establecimiento de la industria turística.
El turismo
La mayor parte del flujo turístico viene de Estados Unidos (Miami está a menos de una hora de avión). Los turistas norteamericanos son recogidos en los aeropuertos de Kingston o MoBay en combis que los transportan directamente al hotel o resort all-inclusive de su elección. Hay resorts para familias, como las cadenas Beaches o Riu, y hoteles para parejas, como las cadenas Sandals o Hedonism (que alienta el nudismo y la libertad sexual). Estos cuestan un promedio de 300 dólares la noche por persona, con todo incluido (la calidad del servicio varía incluso entre diferentes hoteles de la misma cadena). El público de clase media que suele tomar esta opción quiere maximizar lo que paga y jamás abandona el resort, en muchos casos ni siquiera para ir a las playas, que suelen permanecer semivacías. Los mismos empleados alimentan miedos y prejuicios y desalientan las salidas a menos que sea en tours contratados dentro del hotel. Es cierto que existen algunos riesgos. Como muchas capitales tercermundistas, Kingston registra un alto grado de violencia, con cifras llamativas de asesinatos a mano armada. También hay un número elevado de accidentes en las estrechas rutas ("Lo único que los jamaiquinos hacemos rápido es hablar y manejar", dice mi chofer Paul). Sin embargo, la resistencia a conocer "la verdadera Jamaica" entre los turistas de los resorts parece una mezcla de desinterés por lo diferente y el prejuicio de que los otros, los no-norteamericanos o no-europeos, son inherentemente peligrosos.
Una opción alternativa a los resorts u hoteles internacionales y que aleja un poco al visitante de la paradoja de los paquetes turísticos (que consiste en llevar gente a otro lugar del mundo para hacerla sentir como en casa), se trata de visitar pequeños hoteles locales. Las tarifas oscilan por los 120 dólares la noche, a los que hay que sumar todos los gastos de la subsistencia diaria. A fin de cuentas, la erogación es similar y la calidad del servicio, en cuanto a confort y prestaciones del lugar, inferior.
La alternativa más económica, y que sí ofrece una experiencia distinta de Jamaica, consiste en alquilar habitaciones a familias del lugar. La práctica es corriente y en algunos sitios del interior del país, donde no es habitual el turismo, es la única opción.
De todas las áreas turísticas del país, la que más creció en los últimos años es Ocho Ríos, cuyo nombre es una corrupción de "Los chorreos", como fueron llamadas durante la dominación española las cascadas que bañan la región, hoy rebautizadas Dunn River Falls. Esta zona, ubicada al norte de la isla, es de las más prósperas del país, con nuevas edificaciones por todas partes, bajos niveles de delincuencia y varias atracciones familiares, como las mencionadas cascadas o Dolphin Cove, donde los visitantes pueden nadar con delfines.

Kingston
Desde ocho ríos vale la pena viajar hasta Kingston, sobre todo porque el viaje, de menos de dos horas, obliga a atravesar Fern Gully, una alucinante selva tropical tan densa que la vegetación forma muros verdes de plantas y árboles de una decena de metros de altura a ambos lados del camino. Cada tanto, hay puestos de artesanías que venden tallados en iron wood, una madera tan dura que no flota, pinturas, souvenirs o el Jelly Coconut, un coco helado expertamente seccionado con un machete para dejar apenas una membrana en uno de los extremos por la que se inserta una pajita. Luego se parte al medio y se toma la pulpa, que, dicen, tiene propiedades antioxidantes.
Kingston es la capital y la ciudad más importante de Jamaica. Tiene una población cercana al millón de habitantes, que en las horas pico, parece estar toda en la calle manejando su auto. Como buena parte de las capitales del Tercer Mundo, presenta enormes contrastes. En las afueras de la ciudad abundan las villas de emergencia, la edificación es baja y está abandonada o a medio terminar. En el uptown, con una impresionante vista de las Blue Mountains (donde se cultiva el café que lleva su nombre), está New Kingston, que combina el distrito financiero y los rascacielos con jardines tropicales y las impactantes residencias del segmento más rico de la población. El llamado downtown no es el centro de la ciudad, sino un área comercial que registra los mayores índices de delitos. Es el lugar de compras de la población de bajos ingresos y, para los jamaiquinos jóvenes, la zona más hip de la ciudad. Se aconseja no visitarla sin un acompañante local porque abundan los comerciantes callejeros que no dejan de presionar al turista hasta que logran vender algo. El idioma excluyente del área es el patois (el dialecto popular, la apropiación local del inglés atravesada por las lenguas de los otros colonizadores de las islas), que resulta totalmente inescrutable incluso para un visitante anglófono.
Monumento al "sueño jamaiquino", una de las atracciones más visitadas de la ciudad es Devon House, la residencia del primer millonario negro de Jamaica. En el otro extremo del espectro está la casa de Bob Marley, que, convertida en un museo, se conserva tal como cuando el músico la habitaba. Se pueden ver su ropa, su cuarto, su cocina y hasta su estudio de grabación casero que sigue activo y es utilizado por sus hijos cuando están en la ciudad. Cerca de la casa de Marley, sobre el Marcus Garvey Drive, se encuentra su sello grabador: Tuff Gong, que también puede ser visitado y que permite observar todo el proceso de factura de un disco, desde el registro (el estudio se renta con ingeniero a tres mil jai la hora, unos 45 dólares) hasta la factura del cd o el vinilo: todo se hace en las instalaciones. El sótano guarda el remanente de vinilos de 12 o 7 pulgadas del sello (el formato nunca perdió vigencia en Jamaica debido a los Soundsystems, fiestas en las que los dj aún pasan discos simples en sus bandejas). Estos se venden a seis y a tres dólares cada uno. Kingston es el único lugar de Jamaica donde parece haber un movimiento musical activo. Los viernes a la noche suele haber conciertos de dancehall y los domingos, desde las iglesias, llegan a la calle voces extraordinarias, que hacen olvidar por un momento la pobreza y la decadencia que se percibe en buena parte de la ciudad.
La experiencia de Jamaica es de luces y sombras y tras verla de cerca, está claro que nadie que haya salido al menos por un minuto de un resort pudo haber acuñado la insólita frase "Jamaica no problem".
<b> EL ELEGIDO: SANDALS WHITEHOUSE </b>






