
Jorge Nedich Gitano y novelista
La de Jorge Nedich es una historia mágica. Vivió en campamentos hasta los 17 años. Aprendió casi solo a leer y escribir. Está en la Universidad sin haber terminado el primario. Y sus relatos reciben elogios y premios
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Argentino. Ex fotógrafo de plaza. Gitano, hijo de gitanos, nieto de gitanos. Vendedor de estampitas y bolsas de naftalina. Estudiante de Letras en la Universidad de Lomas de Zamora. Escritor. Nada raro, dirán ustedes.
Claro que no.
Siempre que crean que no haber hecho el colegio primario ni el secundario, pero estar cursando el primer año de la carrera de Letras en una universidad y no saber leer ni escribir correctamente hasta los 28 años, ser a los 40 un escritor con dos novelas publicadas, otra por publicar y un premio literario ganado en Italia, es cosa de todos los días.
-Te pongo Serrat, porque me parece que vos tango no escuchás.
Dice Jorge Nedich en su casita de Quilmes. Su madre, Rosa, una mujer dulce con ojos como tifones, entra y sale de la cocina. Ella tira las cartas. Jorge, claro, nunca puso el cuello bajo la baraja.
-Mi madre lo hace convencida. Claro que las gitanas siempre fueron perseguidas por este tema, y yo ahora veo con asombro que personas que se dicen tarotistas o astrólogas van a almorzar con Mirtha Legrand, y hasta el Presidente tiene una de confianza.
Jorge Emilio Nedich es la traducción más o menos exacta del rumano de Giorge Milan Nedich. El hombre tiene los modales afilados y una manera de hablar cultivada en el mejor de los huertos: pocas palabras, frases precisas. Vive, desde los 17 años, en esta casa edificada sobre un terreno en el que alguna vez se desperezó al sol un monte de naranjos. Pero hasta esa edad, durante casi dos décadas, él y su familia fueron gitanos nómadas. Jorge habitaba un mundo de carpas, montando y desmontando campamentos, enhebrando rutas en un ómnibus transformado en vivienda, vendiendo artesanías, peines, estampitas. Todavía una de sus hermanas, Susana, viaja por la Argentina en casa rodante, girando sin ganas de parar.
-Para ser nómada hay que prescindir de todo. No hay que llevar sillas ni mesas, con una taza y un edredón estás bien.
Se crió escuchando a la luz del fogón los cuentos de aparecidos que contaba el abuelo Tete, que al niño Jorge mataban de susto, pero que después repetía en rueda de amigos.
-Contaba historias de marcianos, de fantasmas. Me estremecía cuando me las contaba a mí, pero asustar a los demás me provocaba un placer enorme. Claro que yo no era mi abuelo Tete. El tenía un manejo increíble de los silencios.
Cuando Jorge tuvo 6 años, mamá Rosa decidió que era hora de estudiar. Enarboló las polleras, lo llevó al colegio y le aplicó el discurso: "Hijo, tenés que estudiar para ser el primer doctor gitano". Agregó que no se fijara en burlas. Que no peleara. Jorge, que había visto cómo las mamás de los demás chicos desgarraban con ojos desconfiados las largas polleras floreadas de Rosa, volvió a su carpa después de clase sabiendo un par de cosas de la vida: que la infancia es un lugar cruel, que los gitanos no son siempre bienvenidos, que ciertas madres son una de las cosas buenas de este mundo. -A la semana nos fuimos a trabajar a Roque Pérez y dejé el colegio. No tuve tiempo de seguir mi carrera como doctor.
En Roque Pérez la familia cosechaba maíz mientras el abuelo Tete fabricaba ollas y sartenes. Allí, Jorge dio sus primeros pasos en una materia que se inventó: constancia. Se empecinó en repetir los garabatos aprendidos en aquella escasa semana de colegio, hasta terminar el colegio. Un galimatías incomprensible, un mantra formado por algunos palotes y la letra a. Mi mamá me ama. Mi papá me mima.
-Cuando volvimos a Quilmes me llevaron al mismo colegio. Le mostré el cuaderno a mi maestra. Ella me acarició un poco, a lo mejor conmovida, ¿no? Pero al mes nos fuimos de nuevo. Ya no volví más. Me gustaba mucho el colegio. Me acuerdo que estábamos aprendiendo la tabla del 2, y habían hecho un concurso, te preguntaban cuánto era 2 x 2, yo gané y me dieron una bolsa con diez o doce bolitas. Pero no sabía la tabla, sumaba rapidito. Incluso ahora hago eso. No sé las tablas. Me enteré muchos años después de que la multiplicación es una suma abreviada. Como ves, tengo motivos para sentirme dos siglos atrás.
De la escuela se fue infectado. Tocado por el virus de la letra escrita. La alucinante extensión de tinta y de papel. El, nada menos, representante de una raza que transmite su fuego de padres a hijos sin necesidad de incómodos papeles.
Empezó a responder a ese canto de sirena. Las letras, las palabras, crecían como uvas enloquecedoras en los carteles, las plazas, los bares y las calles de las ciudades que recorría vendiendo estampitas y naftalina, lavanda para la ropa, señora. Con timidez primero, con la furia de los primeros ardores después, descorrió los pliegues del idioma. Enhebró la ene con la e (ne), la ene con la a (na). -Me enseñó a leer un amigo. No es gitano, se llama Fernando Cabrera. Yo tendría 8 o 10 años. Iba a la casa a jugar ajedrez. Entonces le pispiaba el cuaderno y le preguntaba qué dice acá. El me decía: "Pero che, ¿no ves que dice mamá?" Cada día, volvía a la carpa con los ojos llenos de palabras nuevas. Se especializó en la lectura atenta de carteles -Se alquila, Se vende, Huevos frescos- e historietas. Empezó a comprar revistas usadas. El Tony, D´Artagnan. En la carpa decía que eran revistas regaladas porque su padre, Ipe, no veía con buenos ojos que el chico gastara plata en esas cosas. A los 14 o 15 años era fotógrafo de plaza. Con un pony y una cámara minutera, se marchitaba de vergüenza recorriendo parques bajo la mirada indiferente de las niñas en flor y volvía a la carpa, a escribir poemas de amor autoritarios y a leer Afanancio. -Ni yo entendía lo que escribía. Imitaba la letra de los globitos de la historieta. Incluso hoy no puedo escribir ni leer en cursiva. No puedo leer apuntes de mis compañeros de facultad.
De a poco, empezó a descubrir cosas que no le gustaban en su mundo. La policía, por ejemplo, entrando en los campamentos con amenazas y sobornos viles. Algunas personas entonando la palabra gitano como quien dice otra cosa.
-Un día recorrés el pueblo y ves otras cosas. Yo vendía estampitas y veía a la gente en los bares, las plazas, comiendo, charlando, bien vestida. El nomadismo no te permite vestirte bien, no te vas a poner una camisa de seda para estar en una carpa. Entonces empecé a sentir la diferencia. La cosa mágica de los gitanos, la libertad, la pasión, existían, pero también existían la discriminación, el miedo, el mito de que son ladrones. Me enamoré de la hermana de un amigo que no era gitano, y ella de mí. Cuando nos empezamos a mirar, no me dejaron ir más a la casa. Lo que me pasó en mi adolescencia les pasa a todos los gitanos. Incluso ahora, cuando llega el momento de conocer a la familia de alguien que es tu pareja, es un examen donde te pueden bochar.
Pareja. Esposa. Novia. Un día, Jorge cumplió 15 años. Mamá Rosa y papá Ipe lo llamaron y le hablaron como se les habla a los hijos adultos, a punto de caramelo para ser casados.
-Habían ahorrado plata y me dijeron que alcanzaba para buscarme una esposa, porque a la gitana hay que pagarle una dote. Tenían una chica en vista y querían mi opinión. Ella era dos o tres años mayor. Yo propuse que en vez de casarme, compráramos una casa. A ellos les pareció bien. La verdad, casarme y pagar ya me pareció demasiado.
Compraron el terreno y empezaron a construir. Ante los ojos de Jorge creció un palacio de paredes firmes, un sitio para descansar de las rutas. -Hoy, el 90% de los gitanos vive en casas. Viven en carpa los que no tienen plata para comprarse una vivienda. A mí me produjo una gran felicidad establecernos, y mis padres, si bien tenían ganas, tenían 40 años, habían vivido nómadas toda su vida, sus padres y sus abuelos y los abuelos de sus abuelos habían sido nómadas. Se encontraron en una casa donde había ducha, electricidad, artefactos. A mi vieja había una serie de elementos que la volvían loca. Si ella con un calentador y una taza estaba bien. Cuando aparecí con un secarropas me dijo: Llevate eso, que yo no meto la ropa ahí.
Jorge tenía 17 años cuando la caravana tocó tierra firme. Empezó a leer más y mejor. El país de las sombras largas. Papillon. -El problema con los libros fue que pasé de los globitos y los dibujos a páginas llenas de letras. La coma, el acento y el punto me traían problemas. Entre cortes y cortés no encontraba diferencia. De 500 palabras entendía 30. Sólo a los 28, 29 años, empecé a leer libros por autores y me enteré de que existía algo que se llamaba taller literario. Empecé a ir. Entendí que día lleva acento, pero ya tenía muchas cosas escritas. En mi primer taller literario caí muy antipático, porque escondía el cuaderno abajo de la mesa. Una compañera me dijo que nadie me iba a robar las ideas, pero cuando vieron el cuaderno se dieron cuenta: lo mío era todo una sola falta de ortografía, sin espacios entre las palabras, sin comas ni puntos, ni nada. Cuando llevaba mis trabajos a las editoriales me sacaban corriendo. Con razón, porque tenía errores de puntuación, de redacción, de sintaxis. Una vez le dejé una novela a Andrés Valle, de la editorial Torres Agüero. Me llamó, me dijo: Leí tu novela, está repleta de errores pero tiene cosas muy lindas, si querés la corregimos. Estuvimos un año corrigiendo. Me costeé la edición, y esa novela fue Gitanos. Salió en 1994.
Jorge Nedich tenía 34 años, todavía cometía horrores ortográficos y seguía sin entender demasiado bien qué era toda esa historia de puntos y comas. Pero la novela fue premiada en Italia y traducida al italiano.
-Eso produjo que la editorial publicara mi segunda novela, Ursari, en 1997. Después lo conocí a Guillermo Schavelzon, le llevé mis cosas, me dijo: Me gusta lo que hacés, tenemos que trabajar. Eligió una novela que escribí hace diez años. Es una historia sobre el pueblo gitano. Y la estamos trabajando. El bisnieto, nieto e hijo de analfabetos, devino escritor. Quizás el único escritor gitano de América latina, y seguramente uno de los pocos del mundo, hijo de una cultura que prefiere no tomar nota de casi nada. El hombre que confundía casa con caza tiene dos novelas publicadas, tres escritas sin publicar, una de ellas llamada La extraña soledad de los gitanos en manos de un agente literario, Guillermo Schavelzon -en cuyas filas figuran escritores como Ernesto Sabato, Ricardo Piglia, Federico Andahazi, Angeles Mastretta y Héctor Tizón-, más un ensayo sobre el pueblo gitano y un libro de cuentos. El tema casi excluyente de sus libros es la gitanería. Y él, como todo gitano que se precie, siente pánico por el trabajo en relación de dependencia. Madrugar para otro, vender su fuerza de trabajo, es vergüenza y deshonor. Por eso vendió autos por su cuenta, fabricó camperas de cuero.
-Pero me fundí con el tequila. Ahora hace dos años y siete meses que estoy desocupado. Un amigo mío tiene una empresa de productos cosméticos para autos y me da trabajo dos o tres veces a la semana, visitando una pequeña cartera de clientes. Con eso pago mis impuestos, me dedico a estudiar, y el resto del tiempo me siento a la computadora. Claro que me molesta vivir con lo justo, estar subocupado, pero elegí escribir y estudiar. Mientras, parezco un adolescente de 14 años: tengo que compartir la gaseosa con un amigo para pagarla a medias. Ja.
Tiene un plan de lectura propio: lee al menos diez novelas nuevas por año, y relee cinco. Autodidacto hasta el abismo, siempre sintió que por no haberse escolarizado, aunque pudiera citar de memoria a Foucault, era un ignorante. Por eso, cuando en 1997 tuvo noticias de la ley que permitía que los mayores de 25 años que no habían hecho el colegio secundario entraran en la Universidad rindiendo un examen de nivel, se fue derechito a la UBA. Facultad de Letras. Donde una empleada lo miró de arriba abajo y enhebró la perla que faltaba: "Pero usted si no hizo la primaria, ¿para qué pierde el tiempo?" -Me sentí mal, porque había gente y me dio mucha vergüenza. Al año siguiente junté coraje y me fui a la Universidad de Lomas de Zamora. Me dijeron que presentara una carpeta con algún trabajo que tuviera que ver con la carrera a la que aspiraba. "¿Nada más?" , pregunté. "Nada más", me dijeron. Ahí fue de nuevo, con sus libros. Lo aceptaron. Lo llamaron para dar el examen. Aprobó con creces. Al momento de hacer la ficha de ingreso el profesor le preguntó, con puntos suspensivos y todo: "Colegio primario cursado en..." "Ningún lado", respondió Nedich, sincero hasta los callos.
-El hombre puso cara de usted me está cargando. Le expliqué que era gitano, que fui nómada hasta los 17 años, y el hombre me mandó a la Secretaría Académica. Ahí dos personas, Néstor García y Catalina González, me apoyaron mucho. Hubo que poner abogados que sentaran precedente y, bueno, ahora ya tengo mi libreta universitaria. Parece que soy el único en la provincia, y no sé si en el país, que no ha hecho ni primario ni secundario y está en la universidad. Estoy fascinado por todo lo que aprendo, pero me llama la atención que la Universidad elija una manera de conocer, y elimine todas las demás. Al ser autodidacto no te queda otra que ser amplio, entonces es curioso que la Universidad sólo contemple una forma de llegar al conocimiento. El hecho de que yo haya ingresado en la Facultad sin haber hecho el colegio primario ni el secundario te da una pauta de que no es tan necesario pasar por esa instancia. O que no es la única manera, en todo caso. Pero vení, mirá.
Dice.
En la pared del living, aplastada bajo un vidrio limpísimo, late la tapa de su primera novela. -Cuando la publiqué me acordé de lo que me había dicho mi mamá el primer día del colegio, que yo iba a ser el primer médico gitano. Entonces le arranqué la tapa, la enmarqué y se la regalé, como si fuera mi diploma. Debe ser lo primero que limpia cada mañana. Cuando se la di me dijo: "Claro, a mí me tenés que regalar la tapa". Es que mi vieja no sabe leer.
"Tienes olor a ranas..."
Cuando yo tenía diez años, mis padres comenzaron las tratativas con los padres de una niña, que en el futuro debería haber sido mi mujer. Una o dos veces a la semana, escuchaba a mamá exaltar las bondades del matrimonio y me decía: -Stievo, ella por una cuestión de honor se conservará virgen. Tú, con un poco de esfuerzo, lo lograrás. A los quince años se casarán, a los diecisiete serán padres y a los cuarenta abuelos tupidos. A partir de allí la vida será realmente placentera con las tres generaciones juntas, fuertes y jóvenes. Sabes que esas cosas le agradan al Nazareno y con ello basta para estar en la Gloria y a la derecha del Señor.
Yo me había enamorado de las palabras de mamá y sentí ganas de hablar con mi prometida, aunque tenía muy claro que no quería casarme. Cuando Pea estaba bañando los caballos en el arroyo, intenté hacerle creer que buscaba espumones, y en un instante de arrobo la contemplé, mal vestida pero aseada. A juzgar por lo que dijo yo debía estar igual. Ella dejó el cepillo y entrelazando sus dedos me dijo nerviosa: -Tienes olor a ranas.
-Y tú a caballos -le contesté.
Pea se avergonzó y, a partir de ese día, comenzó a empingorotarse con ropas exageradas para sus años. Un tiempo después, salió de su carpa con flores en las trenzas. Su andar era distinto, su aire más digno y otra luz había embellecido sus ojos. Cuando me vio, se acercó temblorosa y me dejó en la mano el pimpollo de una rosa, roja y húmeda: era su primer día femenino y me había dejado a mí la posesión de su fecundidad. Algunas noches después, pensándola, perdía la inocencia. Entonces le pedí que llevara azahares en el pelo y que guardara para mí un jazmín entre sus pechos. Ella contestó: -Falta menos de un año para la boda y, si te decides, tendrás todas las fragancias que desees. Seré orquídea, pensamiento, malvón o rosa, pero olerás el jazmín cuando me lleves de mi casa a la tuya.
(Fragmento tomado de A la más hermosa de las princesas, cuento de Nedich)






