
Juan Carlos Mesa Un chico Suar de sólo 70
El humorista volvió con todo, al modo de un Terminator cordobés, de la mano de Adrián Suar, que demostró que su olfato no es sólo para descubrir novatos
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Cuando nada hacía suponer que sus ancestros le torcerían el destino y el matrimonio la circunferencia de la barriga, era un alumno virtuoso capaz de recitar versitos de memoria. Tenía pasta de artista, y eso quedó demostrado el día que su madre lo presentó en el programa infantil Gorjeo y Doña Tremebunda, en Radio LV3, donde la criatura conmovió a la audiencia con rimas de Germán Berdiales.
Diego Isidro nació para ser poeta, aunque por esas vueltas de la vida se convirtió en Juan Carlos Mesa. Pese a haber transitado por los caminos del humor durante más de cuarenta años, nunca dejó de escribir poesías, su primera vocación.
-De chico me sabía de memoria la oda a Víctor Hugo de Rubén Darío, que es extensísima -cuenta-. Los romances de Lugones, Belisario Roldán, Juan Ramón Jiménez.... Esa afición por recitar la descubrió mi maestra de sexto grado, Pilar Rodríguez Pérez, que siempre me incluía en los actos escolares. Así empecé a expresarme, a través de mis poetas preferidos.
"En los días de lluvia me refugio en un libro de Fernández Moreno o Rega Molina y no está lejos la idea de publicar mis poemas, porque ya tengo un montón escritos. El último, por ejemplo, es para Sofía, mi nietita de 2 años, y se titula Mi nieta aprendió a soplar.
"Pero no puedo escapar a mi perfil. He trabajado mucho en otro género y eso es lo que la gente espera de mí. Una vez en un programa de televisión se me ocurrió recitar unos versos que le escribí a mi madre. Pero la gente empezó a reírse pensando que era en broma..." Razones biológicas explican tamaña injusticia poética, porque Juan Carlos Mesa tiene en los genes un cortocircuito de andaluces oriundos de Cádiz y cordobeses de sangre madrileña, y eso en su provincia natal alcanza la categoría de don, más aún si el hijo pródigo lleva en su metro noventa la gracia de unos kilos mal repartidos y unos ojos verdes y redondos como uvas. El cóctel resulta irresistible, aunque él asegure que el grosor de la figura vino por añadidura y que el resultado de tantos años de escribir, dirigir, conducir y protagonizar programas de radio, teatro y televisión no es gracias al linaje, sino puro romperse la cabeza ante una página en blanco.
Este señor grandote -no gordo, sino grandote- tiene el pelo prolijamente doblado en las zonas donde el tiempo se especializa en dejar huellas y la vitalidad de quien acaba de nacer. Próximo a celebrar los 70 y tras pasar una larga temporada sin propuestas laborales (salvo un programa radial en Córdoba y una fugaz aparición en Operación Rescate, con Norma Aleandro) regresa a la pantalla convertido nada más y nada menos que en chico Suar. Y eso a esta altura es casi todo, incluso para alguien que en el gremio ya es marca registrada.
"Mi alejamiento llegó cuando la tele empezó a evaluar el tema de los costos, y yo siempre trabajé con elencos grandes, estaba acostumbrado a escribir para muchos. Pero la pantalla perdió la paciencia. Está mal que lo diga en este momento, pero Adrián logró que exista un antes y un después de él, porque le devolvió a la televisión un género marginado por los intereses económicos de las empresas. Sobre todo, creyó en la gente mayor. Lo que son las cosas: pensar que una vez yo lo convoqué a él para trabajar en mis programas..."
Nació un 15 de mayo en la capital mediterránea, hijo de una bailarina de jotas -a su vez, hija de un español que trajo las romerías a Córdoba- y un andaluz nacido en Algodonales y dueño de un almacén de ramos generales ubicado en la avenida Bustos López, la calle de las naranjas.
"Papá decía argonale en vez de algodonale. Eso de apocopar es muy andaluz. En Córdoba te dicen aiquise, en vez de hay que irse, o sabusté por sabe usted. Yo en lo personal he recibido esas corrientes culturales. Además, mi familia era gente con mucho sentido del humor. Los andaluces, especialmente, tienden a exagerarlo todo, y a mí me encanta ese humor que apela a la fantasía y al absurdo. Papá era un tipo repentista, ocurrente. Llegó al país a los 16 años y nunca perdió su acento ni el gusto por contar cuentos a veces sanos y otros no tanto, siempre dentro de esa línea de no agraviar. Una vez me invitó a comer Mirtha Legrand y me pidió que le contara un cuento andaluz y yo le dije que no podía porque nunca he dicho una mala palabra por televisión. Y me dijo: Bueno, yo lo autorizo. Entonces conté el cuento de mi padre...
-A ver...
-Dicen que el río Nava, en España, venía muy crecido, pero tenían que cruzarlo para llegar al pueblo. Estaba ahí un lugareño que iba con su borrico a buscar agua a la Sierra Morena y mientras esperaba para cruzar se le acerca un cura que le pregunta: "¿Va pal pueblo? ¿No me cruza usted en burro?" "Pues vamos, padre", le contestó. Y se suben. Mientras cruzaban, el río creció y el agua ya casi les llegaba a las rodillas cuando el chico escucha que el cura había empezado a rezar en voz baja. "Padre -le dice-, viene usté rezando." "Sí, hijo, ¿por qué?" "No, trate usté de no rezar porque este burro es muy católico y si lo escucha se va a hincar y nos vamos los dos de culo al agua..."
¿Ves? Es un cuento muy inocente que pone acento en lo surrealista. Yo he seguido siempre esa línea y he tratado de no traicionarla. A veces hice algún que otro guiño, una pequeña concesión, pero por lo general el humor político, el negro y el abiertamente grosero jamás me interesaron. Estos años sin trabajo fueron un shock para mí en ese sentido, porque este género ha sido muy vapuleado. Cuando priva lo soez y se invade la privacidad de las personas para hacerlas reír, es muy difícil sentarse ante una máquina de escribir y pretender ser sutil.
A los 17 años, mientras terminaba el bachillerato comercial se convirtió en un voraz lector de Cervantes. En los ratos libres componía canciones en la guitarra y por las mañanas trabajaba como repartidor en la panadería de don Vilches. De haber podido, hubiera estudiado letras en la Universidad porque era evidente su vena de escritor. No en vano a los 18 años obtuvo un premio por su poesía Carta a mi madre, y luego el galardón municipal por un soneto dedicado al General San Martín.
Alcanzó una gloria modesta antes de cumplir con el servicio militar, cuando compuso Cueca para doña Pepa y Zamba de tus trenzas, unas coplitas cuyanas que se hicieron muy populares en los años 50 gracias a que renombrados folkloristas le pusieron música.
"Papá empezó a sentirse orgulloso de mí. Se sintió un poco tocado por esa cosa impensable de que yo pudiera escribir algo que interpretaran otros. Eso fue una constante que me dio mucha alegría en la vida. Tuve la suerte de escribir guiones para gente como el Dringue Farias, Pepe Biondi, Olmedo, Porcel, Verdaguer, Balá, Tato Bores y, últimamente, para los especiales de Alfredo Casero, que hace un delicioso humor absurdo", recuerda, sentado en su estudio y custodiado por las jirafas de madera que le regaló su hijo Juan Carlos. Porque Mesa padre adora a los animales. Tanto, que una vez llevó un burrito a vivir al jardín de su casa con tal de no dejarlo abandonado en la vía pública.
En la ficción, Américo Baigorria dirige un diario hecho a la medida del mundo Polka, y esta vez el personaje que le ha tocado en suerte de cómico tiene poco. En nada se parece al joven de 27 años y cintura fina que hizo el house organ de Radio LV1 hasta que el director de la emisora descubrió que era más entretenido que toda la programación junta, pese a ser una síntesis de reclamos sindicales en tono de farsa.
¿Vos escribís esto? ¡Qué lindo! ¿No te animás a hacer un programita cómico?, le propuso. Así fue como casi sin proponérselo salió al aire La troupe de la Gran Vía. Fue un bautismo de fuego y puntapié inicial de una carrera que arrancó en la Docta con fuerza. Entonces no había conocido a Edith, y su grupo musical La Gauchada pasaba sin pena ni gloria por los festivales folklóricos.
"Se convirtió en un programa que escuchaba todo el mundo. Recordemos que en esos años no existía la televisión, y la radio también permitió que mi conjunto se popularizara en la provincia. Nos ganábamos la vida así. Yo escribía, conducía el espectáculo, hacía la coreografía y recitaba mis poemas gauchescos para preludiar los sketches, que eran bastante simpáticos. Hasta 1964 actuamos en todas las fiestas patronales. Así conocí a mi mujer, en un baile que organizaron en su pueblo. Yo siempre digo que nos ahorramos una suegra porque mi hermano Edgardo se casó con la otra hermana. Fue cuando renuncié a mi estado longilíneo. Me di cuenta en una esquina al tiempo de casado, cuando un mocoso me dijo: ¿Se lustra, gordito? Pero así como me ves, en Córdoba todavía me dicen El Flaco Mesa."
La ciudad que lo vio nacer como artista lo acogió entre sus favoritos. El despertador fue la audición radial más escuchada en las mañanas mediterráneas durante casi una década. De ahí, el gran salto. La imagen irrumpió en la vida cotidiana y, de debutar en Canal 10 con El show de Sancho, un ciclo de entretenimientos diarios, fue convocado para redactar con Basurto y Garaycochea Los sueños del gordo Porcel, en 1964.
Semejante estirón profesional demandó una mudanza familiar a una ciudad extraña y enorme, donde el dialecto no tenía nada de andaluz.
"Al principio, la transición fue un traumatismo muy grande. Había tanta gente aquí... Ríos humanos que salían de la boca del subte. Y usaba esa frase que es el lugar común del tipo del interior: a mí Buenos Aires no me gusta para vivir. Lo mismo que lo de que las medialunas de Mar del Plata son más ricas por el agua. En ese trajín mi tutor artístico me invitó a pasar al 9 junto con todo su equipo de guionistas. Y fui. Ahí hicimos en 1965 La matraca, con Santiago Bal, y al año siguiente nos mudamos al 13. Ahí vinieron grandes éxitos, como Los Campanelli, La tuerca, Gorosito y Señora... Terminé adaptándome. Acá nacieron mi hijo menor y mis dos nietos."
Se acomoda en la mesa de su estudio. Suena el teléfono y parece que deberá cambiar los horarios de la tarde, porque las grabaciones en Polka son intensas. El dice que mientras el cuerpo aguante, allí estará.
"Rescato esta nueva manera de hacer reír y entiendo a la juventud, pero hay otras maneras de enriquecer el humor. Sin necesidad de ciertos recursos, el público aprueba lo que ve. Ejemplos son los humoristas gráficos, que no necesitan de la grosería para imponer personajes. Mirá Mafalda cuánta vigencia tiene y sin decir más de me cache en dié.
"La juventud es transgresora. Hoy dicen las cosas como nunca se podrían haber dicho años atrás y es difícil ir en contra de esa corriente. Acá me someto, el libro me parece bien estructurado. Y no me quejo de mi suerte. De todas maneras tengo guardados guiones listos para salir, aunque no es fácil. Las cosas han cambiado mucho. Ahora se trata de ver cómo intereso a alguien para poder realizarlos. Yo solamente escribo."
Mesa con todo
El nuevo chico Suar no acaba de salir de un casting, precisamente. A juzgar por la seguidilla de títulos en orden cronológico que acusa su currículum, Juan Carlos Mesa ha hecho en calidad de autor o actor casi un programa por año desde que en 1964 abandonó la capital mediterránea. Para ser más precisos, un total de sesenta comedias para televisión, diez programas de radio, catorce películas, veintinueve obras de teatro y café concert, que le valieron cincuenta premios y distinciones, entre otros, cuatro Martín Fierro.
Además, fue director artístico de Radio Splendid, integró el comité de programación de Canal 13 y tuvo un éxito radiofónico por Mitre, que todavía se recuerda: El tenis de Mesa, donde todas las mañanas ponía el libreto, la voz y toda la gracia para deleite de los oyentes.
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