
Kumari: ser diosa
En el reino de Nepal, miles de fieles adoran a una diosa viva. Sacerdotes, astrólogos y videntes la eligen entre las niñas de 2 y 3 años. Entrevistarla fue, literalmente, una experiencia mística
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"Durante el siglo XVIII, Taleja, una divinidad hindú, visitaba al rey Trilokya en su alcoba para conversar y jugar a los dados. Taleja, diosa al fin, se presentaba con la forma de una mujer de particular belleza. Una noche el rey, cansado de los juegos de azar, intentó poseerla. Taleja, ofendida, huyó. Pero la diosa aún tenía algo que decirle, así que la noche siguiente se presentó en los sueños del monarca para avisarle que regresaría en el cuerpo de una niña de otra religión, y de la casta de los orfebres, considerada por entonces como impura. Había encontrado una buena forma de ser escuchada y, de paso, con divina ironía, mantener al soberano a distancia."
Esta era la leyenda que Armara Batshasari, el abuelo y mentor de la Kumari, me explicaba antes de permitirme traspasar la puerta. Sobre la parte superior de la entrada, se veía un cartel blanco con letras amarillas: Diosa viviente.
Según la tradición, Taleja permanecerá en el cuerpo de la niña hasta que la caída de un diente, una lastimadura o la llegada de la pubertad le produzcan alguna pérdida de sangre. Ese será el momento en el que la abandonará para ir en busca de otra virgen.
Por una escalera desvencijada, llegué a una sala amplia, donde se ubicaba un trono de metal y madera. El color rojo, símbolo de pureza, era predominante y el humo del incienso inundaba la escena.
Esto ocurría en la ciudad de Patan, donde la Kumari es la deidad primordial de sus doscientos mil habitantes.Sentado en el suelo y descalzo, debía aguardar.
¿Cómo se sabe que es la elegida? De todas las niñas que se presentan entre los 2 y 3 años, se seleccionan a las que cumplan con las treinta y dos características físicas. Algunas de éstas son: ojos negros, tez clara, piel aterciopelada, poros pequeños, pies proporcionados y, en especial, no presentar cicatrices ni evidencia alguna de haber sangrado. Las que son aprobadas por los sacerdotes enfrentan la prueba de la bravura.
Ciento ocho búfalos son degollados. Sus cabezas, desparramadas en una sala oscura con velas plantadas entre los cuernos, esperan la llegada de las postulantes. Las pequeñas deben mantener la calma durante toda una noche, demostrando que están respaldadas por una fuerza superior.
"¿Ella fue la única que resistió?", le pregunto al abuelo.
"Habían quedado tres -responde-, y la decisión terminó en manos de los reyes del país. Nepal es una monarquía constitucional. La reina las puso en fila y les dijo: Ven, Kumari, ven. Una se quedó dormida, la otra buscó a la madre y mi nieta se dirigió a los brazos de la reina." No cabía duda: Taleja, la que eligió su cuerpo, respondía al llamado. Con pasos suaves, la Kumari entra en la habitación y ocupa su trono. Dirige la mirada hacia un punto distante.
Hace unos meses cumplió 8 años. Me habían advertido que no se le permitía reír o hablar demasiado. Usa un vestido rojo brillante bordado con hilos dorados. En la frente tiene dibujado el tercer ojo, con el que puede ver más allá de lo que los mortales alcanzamos a distinguir con sólo dos. En el caso de tener que ahuyentar a los malos espíritus, confía en que éste le será de suma utilidad. Pulseras, collares y brazaletes son elementos que cumplen la misma función en la lucha contra la oscuridad de la que siempre regresa victoriosa.
Sobre una bandeja con ofrendas, apoya sus pies descalzos y empolvados de rojo. A un costado, seguramente como una concesión para que la Kumari no llore, hay una muñeca vestida del mismo color que ella.
Esperaba ver a una diosa y me encontré con una niña triste.
Durante el día, luego de los ritos de purificación, recibe a los fieles.
"¿Quiénes vienen a verla?" El abuelo me contesta: "La gente de Patan y muchos extranjeros. En general, vienen a pedir buena fortuna, curarse de enfermedades y, en las épocas de exámenes, nunca faltan los estudiantes" El comportamiento de la Kumari cuando es visitada se interpreta hasta en el menor de sus detalles. Taleja, la diosa que se hospeda en ella, envía a sus fieles por ese medio noticias de sus destinos. Si tose o se molesta hay que estar preparado para la mala suerte; si todo se desarrolla con normalidad, el futuro puede ser promisorio.
Consentida, pero prisionera. Para ser una diosa, hay que pagar un precio alto. La familia debe evitar que la Kumari llore o se enoje, y eso implica conformarla y cuidarla en exceso.
Recibe regalos de sus seguidores y es mirada con veneración, pero le está prohibido salir de su casa-templo. Sólo durante las festividades que preside se muestra en la calle. Lo hace sobre un trono que sus seguidores cargan al hombro, para que sus pies no toquen el suelo, y el único camino que recorre es hacia el santuario consagrado en su honor.
No va al colegio y casi no puede tener contacto con los de su edad. Le están prohibidos los juegos en donde corra el riesgo de lastimarse, por lo que pasa muchas horas delante del televisor. La mínima raspadura acaba con su reinado y, por ende, con los donativos de sus fieles y la pensión que recibe del Estado y que el abuelo administra minuciosamente.
Sigue una dieta estricta y recibe un cuidado especial para que sus dientes de leche sólo caigan cuando los definitivos estén bien desarrollados.
Al observar la expresión del rostro de la diosa algo se notaba: la niña estaba aburrida.
"¿Puedo preguntarle algo a ella?" Sin estar convencidos me concedieron el permiso: "¿Qué hace la Kumari a lo largo del día?" "Me levanto y tengo que purificarme; para eso vienen los sacerdotes; luego miro la televisión y juego con las muñecas." "¿Y amigos?" "No, no tengo. A veces me visita mi prima." "¿A qué te gusta jugar?" "A las muñecas", y mira a la Barbie que tiene al costado de su trono.
"Cuando seas grande y dejes de ser la Kumari, ¿qué te gusta-ría ser?" "Maestra de muchos chicos de mi edad." "¿Qué te explicaron acerca de lo que significa ser una diosa?" La Kumari se encoge de hombros y hace un gesto de no importarle. La llegada de su primera menstruación, o cualquier otra causa que implique sangrado, le hace finalizar el tiempo de su vida divina y la convierte en una más entre las adolescentes de su edad. Regresa a la vida normal sin haberse preparado para eso.
Los padres, que estaban orgullosos de tener una hija elegida, se encuentran con una adolescente muy poco instruida y acostumbrada a recibir favores. Si el momento del desarrollo es complejo para cualquier joven, lo es mucho más para la Kumari, que no sólo ingresa en el mundo de los adultos: al mismo tiempo lo hace al de los mortales. Pero las dificultades no terminan allí. Cuando llegan a la edad de casarse, hay otra leyenda que las está esperando. Contraer matrimonio con una mujer que fue Kumari es de mala suerte.
Taleja, la deidad que huyó del rey y de sus dados, era de esas divinas a las que le gustaban los canallas y terminó, enamorada, en los brazos de un demonio.
Al enterarse los otros dioses, mucho más formales, la intimaron a finalizar con esa relación tan desprolija y, de paso, con la vida del que la tentaba. Taleja resistió, pero finalmente optó por envenenarlo.
Mientras lo hacía, le juró a su amada víctima fidelidad eterna. Eso, en boca de la diosa, terminó siendo una promesa endemoniada. El diablo volvería en cada ocasión en la que apareciera otro hombre, para asegurarse de que esa promesa se cumpla.
Por eso abundan las historias de pretendientes de ex Kumaris muertos en circunstancias poco claras y sin tener a quién presentarle un reclamo.
Pero no a todas les toca la misma suerte, algunas logran superar el maleficio. Niñas bellas terminan siendo mujeres hermosas, y eso es suficiente para que muchos jóvenes pongan en duda la veracidad de la historia. Si ellas no pretenden que sus maridos las adoren, como lo hacía el pueblo cuando eran pequeñas, es probable que terminen llevando una vida normal.
Tano fue Kumari hace quince años. A pesar de eso, me recibe vestida como si aún se encontrara en funciones.
Se sienta en su trono y mira la pared que está enfrente de ella. Intento iniciar una conversación, sin lograr que me responda.
Su hermano me comenta que pasa días enteros sin pronunciar palabra, que no logró regularizar su vida y que casi no sale a la calle.
Parecería que cuando Taleja dejó su cuerpo le llevó las ganas de vivir o, por lo menos, el saber cómo hacerlo. Por sencilla que se presente la vida cotidiana, en cualquier lugar del planeta, hay que estar entrenado para enfrentarla.
Hace una seña para que me acerque. Me coloca una pasta roja entre los ojos para bendecirme y entiendo que da por terminada la entrevista.
El culto de la Kumari se extiende por todo el valle de Katmandú y su pueblo la venera sin distinción de clases sociales. Rodeada de historias increíbles, es una devoción que nos resulta difícil de entender. Casi como para ellos, desde el otro lado del mundo, comprender las nuestras.
Europa con sus princesas tristes y Nepal con sus diosas solas. Parecería que la suerte estuviera del lado de la mayoría, a la que nunca se le cumplen los sueños.






