
Llueve más, y llueve distinto: las precipitaciones son más extremas y torrenciales. También cambió el régimen de vientos. Las causas y consecuencias de la nueva humedad
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Durante mis vacaciones, en un campo de los alrededores de San Pedro, al norte de la provincia de Buenos Aires, llovió en tres días la misma cantidad que usualmente cae durante todo un mes de febrero promedio. Los paisanos estaban embroncados, porque venían de una sequía fuerte, y preferían que el agua cayera de a poco, de manera más espaciada, para aprovecharla mejor. Toda junta, decían, no sirve.
"Espero que la estén cosechando", me dijo un especialista del INTA vía Twitter , cuando me quejé del clima (las redes sociales son una manera sofisticada de mantener charlas de ascensor). Cosechar o recolectar agua es muy usual en las regiones del planeta donde la lluvia tiene el mismo régimen de apariciones que el cometa Halley, y está comenzando a verse también en algunas zonas rurales productivas de la Argentina, en los últimos años, por las alteraciones en las condiciones metereológicas: en la región centro-oeste del país, el corredor que va de la soja a los vinos, llueve un 50 por ciento menos que hace cien años.
Semanas después de San Pedro, viajé a Puerto Madryn, una ciudad con muchos problemas de disponibilidad de agua dulce, que me recibió con un combo de lluvia y viento que los diarios calificaron, al otro día, de "temporal". Para mí había sido apenas una lluvia fuerte, pero el calificativo –el mío y el de los chubutenses– tiene su lógica: en Puerto Madryn llueve poco (toda la provincia viene de una sequía sostenida desde 2007 y, en 2011, llovió 20 por ciento menos que en 2010, según el INTA) y en Buenos Aires, donde vivo, nos estamos acostumbrando cada vez más a la lluvia y al clima selvático, una mezcla de humedad y calor imposible de disipar.
Si tomamos los últimos cincuenta años, en Buenos Aires la cantidad total anual de lluvia aumentó 250mm. De un promedio de 1050 mm anuales, en los 60, pasó a 1300 mm en la década 2000-2010, lo que representa un 20 por ciento más de agua de lluvia. Además, cada vez llueve más torrencialmente: las precipitaciones extremas (más de 100 mm en 24 horas, que son las que descontrolan la ciudad) registradas en las últimas tres décadas (1980-2010) se triplicaron respecto de las tres primeras del siglo XX. Estos datos están publicados en el Atlas Ambiental de la ciudad de Buenos Aires, un estudio de clima a cargo de Inés Camilloni , doctora en Ciencias de la Atmósfera e investigadora del cambio climático. Entonces, si llueve más y llueve más fuerte, ¿somos una ciudad tropical? "Las regiones tropicales tienen una diferencia de temperatura entre verano e invierno muy baja, y acá eso no sucede", dice Inés, que, sin embargo, reconoce que los veranos son más largos, avanzando sobre los otoños.

De hecho, tampoco está haciendo más calor en Buenos Aires. La lógica es que a medida que las ciudades van creciendo, registran mayor cantidad de lluvias por el incremento de la llamada " isla urbana de calor ", que es la acumulación de calor absorbido por las millones de toneladas de hormigón, que hace que a la noche no refresque como sí sucede en áreas suburbanas, y que provoca que la tendencia a llover sea mayor. Esto no está pasando en Buenos Aires. Por el contrario, el calor viene descendiendo. "El valor medio anual de la isla urbana de calor en la ciudad fue un grado centígrado más caliente en los años 70 que en la actualidad", dice Camilloni, que trabaja en el Centro de Investigaciones del Mar y la Atmósfera, dependiente de la UBA y el Conicet, después de un estudio que comparó las temperaturas registradas en el barrio porteño de Villa Ortúzar con las del aeropuerto de Ezeiza, entre 1976 y 2007.
Entonces, si no hace más calor, ¿por qué llueve más? "Para que llueva hace falta vapor de agua (que no necesariamente se genera por evaporación en el mismo lugar donde se produce la lluvia) y mecanismos atmosféricos eficientes que hagan ascender el vapor de agua para que se enfríe, condense y forme nubes y precipitación. Por lo tanto la lluvia puede haber aumentado porque hay más vapor, o porque los mecanismos que lo hacen ascender son ahora más eficientes", dice Camilloni, que reconoce que el estudio del cambio climático aún se encuentra en etapa de detección –identificar los cambios observados– y que para muchos fenómenos resta establecer la atribución de ese cambio.
En lo que sí coinciden los científicos es que se trata de modificaciones originadas por el cambio climático , producido por causas naturales y humanas, entre éstas, básicamente la emisión de dióxido de carbono (CO2). En la Argentina, la emisión de CO2 per cápita (o huella de carbono) es de 5,71 toneladas al año, muy por debajo de los registros de un norteamericano (20 tn) o un inglés (11.81 tn).
En Buenos Aires, para empeorar el escenario, también cambió la dirección del viento, y se incrementaron las sudestadas, que traen el agua a la ciudad desde el río. La altura del Río de la Plata, determinada por el nivel del mar, los vientos, y el aporte de los ríos Paraná y Uruguay, está creciendo 1,7 mm por año. "A partir de la década del '70 aumentó la frecuencia de ocurrencia de sudestadas, y en coincidencia con el incremento de la frecuencia de vientos del este debido al desplazamiento del anticiclón del Atlántico Sur, se aceleró el aumento del nivel del río en Buenos Aires", dice Inés, que advierte que de continuar esta tendencia, "toda la región se vería afectada debido a un aumento en la frecuencia de inundaciones en áreas bajas y al incremento de la erosión en algunas zonas costeras".
Lo ideal sería hacerle una toma de judo al agua y usar su fuerza para transformarla en un recurso positivo. Pero no hay manera: lo que abunda y moja, daña. "No veo cuáles pueden ser las ventajas de tener una ciudad más lluviosa, a menos que estemos pensando en usos agrícolas dentro de la ciudad", dice Leónidas Osvaldo Girardin, director del Programa de Medio Ambiente y Desarrollo de la Fundación Bariloche. "En las cuestiones urbanas, no veo por dónde pueden venir los beneficios. Tal vez en algunos lugares en los cuales haya problemas con la recolección y distribción de agua potable. En el ámbito urbano, las lluvias complican", explica.
El pronóstico extendido para los próximos veinte años es complicado. El estudio "Cambio climático. Plan de Acción. Buenos Aires 2030", elaborado por la Agencia de Protección Ambiental de la ciudad, señala que para ese año tendremos un aumento "en la frecuencia, duración e intensidad de eventos climáticos extremos" y que las sudestadas "continuarán aumentando levemente y dando lugar a un aumento en la frecuencia de las inundaciones y anegamientos de la ciudad" . Deberemos acostumbrarnos al agua, y dejarla escurrir.
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