
La cultura ahorista, ese árbol sin raíces
¿Cuánto puede sostenerse en pie un árbol sin raíces? Apenas hasta el primer viento fuerte. ¿Qué es un árbol sin follaje? Un tronco estéril. Traslademos a la experiencia del tiempo estas inquietudes botánicas. Visualicemos entonces el tronco del árbol como si fuera el presente, las raíces como el pasado y la fronda como el futuro. Sin pasado el presente es frágil y vulnerable, apenas se sostiene. Sin futuro no hay proyección, no existe trascendencia ni sentido orientador, el presente es infecundo, no deja huella. El presente que hoy vivimos bien podría describirse, a la luz de esta comparación, como un árbol sin raíces y sin copa. Y tiene un nombre. Ahorismo. La cultura de lo inmediato, de lo quiero todo y lo quiero ya, aunque no sepa para qué, aunque no me importe de dónde viene, aunque me desentienda de lo que seguirá.
El sociólogo y pensador polaco Zygmunt Bauman (1925-2017) estudió extensa y profundamente en su obra esta adicción a la fugacidad, esta incapacidad de dar forma, contención y proyección a los procesos, a los vínculos, a los propósitos, a las visiones. Lo definió como "vida líquida". Otros pensadores contemporáneos abordaron también la cuestión. Stephen Bertman (profesor emérito de Lenguas y Cultura en la Universidad de Windsor, Ontario, Canadá) la definió en su libro Hyperculture: the price of speed (Hipercultura, el precio de la velocidad), como "cultura ahorista" o "cultura acelerada". El antropólogo noruego Thomas Hylland Eriksen la analizó en su ensayo La tiranía del momento. En esta cultura no existe la pausa, no hay momentos de reflexión y de autopercepción, el bullicio externo, en la forma de mensajes, redes sociales, series en streaming y conexión de tiempo completo, remplaza al silencio interior, un segundo de tardanza en una respuesta desata ansiedades, hiperventilación, taquicardia, impaciencia patológica. Los contactos son superficiales, anhelantes, no hay paciencia para los procesos, se corre detrás de resultados e incluso se abandona esa carrera antes de obtenerlos o de valorarlos. El proyecto de vida, escribe Bauman en su último trabajo (Maldad líquida, en coautoría con el lituano Leonidas Donskis), ha sido remplazado por una veleta, que gira permanentemente y cambia de orientación según el viento o las "tendencias", esa manía contemporánea. A propósito de esto, Jack Shafer, editor de la sección Press Box en la revista online Slate, dice: "Desde que empecé en 2003 a rastrear los medios en busca de tendencias apócrifas, me he topado con cientos de noticias nacidas de experiencias personales que, sin cifras que las respalden, son elevadas a la categoría de tendencia global". Y con la misma velocidad sus impulsores (o influencers, ese subproducto de la cultura consumista y epidérmica) desaparecen y son olvidados y remplazados por otros, que serán tan fugaces como ellos.
En la cultura "ahorista" los deseos se multiplican geométricamente y, lejos de proveer gratificación y calma, generan más y más insatisfacción y descontento, porque la provocación de deseos (industria fundamental en el capitalismo tardío) va a mayor velocidad que la saciedad de estos. En esa vorágine no hay tiempo ni espacio mental o emocional para restablecer conexiones entre el pasado y el presente ni, mucho menos, para imaginar y construir un futuro (tanto individual como colectivo) que vaya más allá del próximo deseo. Esto significa que no se agradecen ni comprenden legados ni se generan herencias. Aceptar los códigos y condiciones de la cultura "ahorista" lleva implícito el riesgo de convertirse en tronco sin raíces ni follaje, de no recibir ni dejar registro de la propia existencia. No es lo mismo, en definitiva, vivir en el instante, sin noción de pasado ni de futuro, que vivir en el presente, considerándolo y honrándolo como fruto del pasado y semilla del futuro.
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