
La desaparición de un poeta
El autor evoca y presenta con sencillez al gran público la singular figura del brasileño Haroldo De Campos, fallecido recientemente en San Pablo a los 74 años, al que lo unió una profunda amistad
1 minuto de lectura'
Para un escritor no es recomendable morir a fines de agosto, en pleno verano europeo. Los periódicos se ocupan de otras cosas: del calor, los embotellamientos en las autopistas, los incendios de los bosques.
Pero, sin embargo, hubiera valido la pena dedicar un poco de atención a la desaparición (acaecida en San Pablo, a los 74 años) de Haroldo De Campos, uno de los grandes poetas de nuestro tiempo.
Debido a los incidentes del verano, que hicieron que yo mismo estuviera lejos de mi casa, donde tengo toda la obra de Haroldo De Campos, debo hablar de ella sin poder hacer ninguna cita, y también porque la mayor parte de la fama del poeta se debió a la poesía concreta, que es de carácter eminentemente visual y no sólo juega con la composición tipográfica, sino además con los colores.
¿Cómo se podría hacer para dar una muestra en estas líneas? Pero sí puedo decir algo acerca de ese personaje excepcional que fue mi querido amigo durante cuarenta años.
De Campos vivió siempre (cuando no estaba de viaje por el mundo) en San Pablo, Brasil, ciudad cubierta de smog y atravesada por autopistas entre rascacielos que recuerdan la megalópolis de Flash Gordon, una ciudad para nada vivible como la bellísima Río de Janeiro.
Pero Haroldo la amaba como si fuera el ombligo del mundo. En San Pablo vivía su Brasil profundo, en el que convi-vían los ritos del candomblé, el recuerdo de los cangaceiros, y una enorme y moderna tradición y traducción literaria y artística.
A principios de la década de 1960, cuando lo visité, De Campos y sus amigos se reunían en el João Sebastian Bar, entregados a experimentos de neovanguardia (anticipándose diez años a los italianos y a los franceses), celebrando al mismo tiempo -siguiendo las huellas de otros grandes escritores modernistas como Mario y Oswald de Andrade- el canibalismo brasileño.
Estuvieron también entre los primeros que se empaparon de la semiótica del gran filósofo estadounidense Peirce, en ese momento menospreciado por la academia de Estados Unidos y en vías de ser redescubierto en Italia y Alemania.
Y contemporáneamente, por medio de la revista Noigandres, Haroldo, su hermano Augusto y Decio Pignatari iniciaban sus experimentos de poesía concreta que hicieron escuela en todo el mundo.
Aunque su obra, que ha recibido muchísima atención en diversos países, es poco conocida en Italia, donde no existe un solo volumen de su poesía traducida, para los apasionados Haroldo era un maestro.
Visitaba nuestro país, donde tenía muchos amigos, y nosotros viajábamos a Brasil para ser introducidos por este grupo de iluministas étnicos en la experiencia literaria más avanzada y en el descubrimiento de nuevos pintores primitivos que daban vida al politeísmo de ese país increíble.
Haroldo era majestuosamente jovial, de risa contagiosa, un entusiasta de la palabra.
Quizá su fama se haya debido fundamentalmente a los experimentos de vanguardia, pero Haroldo era un fino conocedor de diversas literaturas y -mientras mantenía un ojo en Joyce- fue un formidable traductor de grandes poetas, desde Cavalcanti hasta Goethe, y prestó enorme atención a la poesía china, además de haber sido (no temo afirmarlo) el más grande traductor moderno de Dante.
Seis cantos do Paraíso fue publicado, en 1976, por el Istituto Italiano di Cultura de San Pablo, pero el volumen tuvo una circulación casi clandestina en Italia. Traducir a Dante es muy difícil porque, como señaló Douglas Hofstadter en Le ton beau de Marot, usualmente los traductores no saben si recrear los términos arcaicos o modernizarlos, y suelen desalentarse ante las dificultades del endecasílabo y las exigencias de la rima, que les permitirían conservar la respiración dantesca.
Haroldo consiguió superar todas esas limitaciones. El Paraíso es ciertamente la parte más difícil, pero los cantos del Paraíso de De Campos suenan al mismo tiempo como algo medieval y modernísimo, porque consiguió verdaderamente recrear en su portugués-brasileño las imágenes y los sonidos de la Divina Comedia.
Es terrible dar la impresión de que uno se hace publicidad a expensas de la muerte de un amigo, pero quienes quieran encontrar al menos una página de la traducción del canto 31, sobre la cándida rosa, podrán hallarla en mi libro Dire quasi la stessa cosa. No es necesario que lo compren, sino que basta con ir a una librería y buscar en la página 297.
Aunque uno no sepa nada de portugués, conviene repetir en voz baja el Dante de De Campos: Aforma assim de uma candida rosa... Tal vez así se entienda mejor lo que he querido decir.
The New York Times/LA NACION (Traducción: Mirta Rosenberg)
El autor es italiano, semiólogo y ha escrito numerosos libros






