
La esclavitud de las nueras
Aunque tarde, en el Japón del microchip llegó el momento de que las esposas jóvenes se liberen de la tiránica costumbre de servir a su suegra sin chistar: una ley que descargaba sólo en las mujeres la dura responsabilidad de cuidar a los mayores
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Furukawa, Japón. - Hace dos años, incapaz de seguir soportando la situación, Fumi Sasaki mudó a su familia de la casa de su suegra. "No fue por nada en particular, sino tan sólo debido a una acumulación de pequeñas cosas que de repente explotaron -dice-. Simplemente pensé ésta es mi propia vida y debo vivirla antes de que quede aplastada..."
Son palabras audaces para una nuera, que en japonés se dice yome o, más formalmente, oyome-san. Pero hasta la suegra, Shizuko Sasaki, de 64 años, declara que aunque la decisión de su nuera la dejó perpleja al principio, acabó por entenderla. Después de todo, Fumi se estaba quedando calva debido a la tensión que le causaba la convivencia.
"Yo decía todo lo que quería, y tal vez eso causaba tensiones -dice Shizuko, que también es yome de su propia suegra, de 87 años-. Por supuesto, me preocupaba que mi oyome-san no me prestara atención, pero bueno, tampoco yo fui una oyome-san modelo."
La de las yome es una categoría en extinción en Japón, donde una nuera debía anunciar ¡ittekimasu!, un equivalente de volveré, cada vez que deseaba salir de la casa y no podía hacerlo si su suegra no le respondía.
"Yo tenía que someterme a mis suegros todo el tiempo cuando era una yome -dice Mihoko Suwagara, de 67 años, que vive con su hijo Kanichi, su nuera Yuko, de 41 años, y los hijos de ambos-. No estaba en posición de dar opinión, porque mi opinión no contaba. Tampoco tenía dinero propio."
En comunidades rurales como ésta, a unos 250 kilómetros de Tokio, donde las generaciones trabajan juntas en los campos, las mujeres como Fumi, de 36 años, son una excepción. Pero la tradición de que padres e hijos -y a veces incluso tres generaciones- vivan juntos casi ha desaparecido en las áreas urbanas de Japón. Y a medida que las parejas jóvenes han empezado a abandonar los hogares de sus mayores, el número de ancianos que viven solos ha aumentado súbitamente, generando un problema social para el gobierno japonés.
La gente mayor de 65 años que vive sola, o en pareja, constituía el 46% del total en 1999, a diferencia de lo que ocurría en 1972, cuando sólo representaba el 20%. Durante el mismo período, el número de familias de tres generaciones viviendo bajo el mismo techo decreció del 56 al 30%, y casi todas las que quedan viven en regiones rurales.
El deseo de abandonar el hogar de los mayores se generó por diversos factores -entre los que figuran la seducción de las ciudades, el deseo de las mujeres de trabajar fuera de la casa y la independencia que se logra a partir de una mayor riqueza-, pero parece haber un motivo más fuerte: "Las mujeres jóvenes ya no quieren ser oyome-san", dice Shiro Yamakazi, que supervisa los programas para ancianos del Ministerio de Salud y Bienestar Social.
El gobierno japonés ha tenido que reemplazar a las oyome-san, asumiendo la carga de cuidar de los ancianos. Para su crédito, el gobierno ofrece una gran diversidad de servicios para los ancianos en su propio hogar, desde cocineros hasta atención de enfermería.
En realidad, la costumbre de que varias generaciones vivan bajo el mismo techo es "relativamente nueva y artificial", según expresó Emiko Ochial, especialista en sociología familiar del Centro Internacional de Estudios Japoneses de Kioto. Antes de la era Meiji, que abarcó desde 1868 hasta 1912, casi todas las parejas japonesas vivían separadas de sus padres.
A medida que aumentó el promedio de vida, al gobierno le resultó más conveniente que la familia se hiciera cargo del cuidado de los ancianos. "El gobierno Meiji quiso que la familia se convirtiera en una unidad de bienestar social, en la que los más jóvenes fueran responsables de los mayores, y lo instauró como ley -dice Ochai-. El sistema siguió vigente después de la guerra, pero esa ideología -que en realidad no estaba muy arraigada en la tradición- se debilitó más y más durante las décadas del 60 y 70".
De este modo, el gobierno, que antes podía contar con que la nuera cuidara a los padres de su esposo, ahora se ve obligado a construir un sistema público que la reemplace, a medida que los jóvenes se mudan para vivir por su cuenta en diminutos departamentos, y las mujeres se han vuelto más autosuficientes, seguras e independizadas.
Un estudio realizado en 1993 por Kiyoshi Hiroshima, un demógrafo de la universidad de Shimane, demostró que aunque la tasa de natalidad había disminuido, dando a los hijos más oportunidad de vivir con sus padres, el número de jóvenes dispuestos a vivir por su cuenta había aumentado considerablemente desde 1980. El sistema de pensiones también ha contribuido a esta tendencia, ya que ha proporcionado a los mayores la posibilidad de vivir en forma independiente. "Ha sido importante la mejoría de la situación económica -dice el profesor Hiroshima-. Durante las dos últimas décadas, las pensiones a los ancianos han sido cada vez mejores, y eso les permite afrontar una vida más autosuficiente."
Pero es dificil que sus hijos disfruten de la misma seguridad. Los analistas financieros han estimado que, para el futuro, los planes de pensiones públicas y privadas necesitarán un incremento de, al menos, 80 trillones de yens. El mayor promedio de vida crea, para las generaciones más jóvenes, una carga más pesada que nunca.
"Es duro tener que cuidar a los ancianos -dice Masanao Susaki, de 47 años, un agricultor que cultiva arroz-. Creo que a todos nos gustaría cuidarlos en casa, pero veo en nuestro vecindario que cada vez más gente pide asistencia pública." El señor Susaki y su esposa, Akemi, junto con sus tres hijos, vive con su madre y su padre, su abuelo de 92 años y su abuela de 86. Ademi, de 39, y su suegra, Satsuki, de 66, han tenido dos vidas muy diferentes como yomes de dos generaciones. "Cuando mi madre era joven -explica el señor Susaki-, una yome era parte de la fuerza laboral de la familia." Satsuki recuerda que en su juventud debía usar carbón para cocinar, en tanto su nuera, Akemi, tiene el auxilio de los más novedosos electrodomésticos. "Todas estas cosas eléctricas y electrónicas han simplificado mucho todo el trabajo", dice. Su suegra cuidó a sus hijos mientras ella trabajaba en los campos, y jamás se le ocurrió pedirle que los cuidara mientras ella salía o iba a ver amigas. "Ellos tomaban todas las decisiones y manejaban el dinero -rememora-. Hasta teníamos que decirles a los niños que les pidieran dinero al abuelo para pagar la escuela, porque nosotros no teníamos nada."
Cuando Yoko Nasuno se casó, unos 25 años atrás, fue a vivir con sus suegros. "Tenía idea de cómo sería, pero no fue tal como yo esperaba -comenta-. Era trabajo verdaderamente duro. Ni siquiera tenía tiempo para leer el diario." En verano, se levantaba a las 4, iba a los campos para asegurarse de que tuvieran suficiente agua de riego y volvía a preparar el desayuno y a lavar la ropa, a mano. Después regresaba a trabajar al campo por unas horas, volvía a preparar el almuerzo y luego, otra vez al campo.
Cocinaba la cena, acostaba a sus hijos, lavaba los platos y se acostaba alrededor de las 23. Su vida era un poco más fácil en invierno, porque los campos estaban nevados y podía levantarse una hora más tarde. "Debía recibir a cualquiera que viniera de visita, por lo que tenía que interrumpir mi trabajo. Y siempre tenía que avisarle a mi suegro dónde estaba, aunque sólo fuera al jardín", dice Nasuno. Su suegra falleció recientemente, pero durante una década, ella la cuidó y se ocupó del tratamiento. La bañó y la alimentó, y no desea que sus hijas deban hacerse cargo de las mismas tareas. "No quiero destruir la vida de mis hijas", dice. ¿Su vida hubiera sido más feliz si hubiera vivido aparte de sus suegros? "En vez de elegir vivir separada de ellos o con ellos -dice-, si volviera a nacer nunca me casaría."
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