
La herencia de don Scannapieco
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Un antiguo ventilador convive con una radio igualmente añosa, en el local que ofrece 58 sabores de helados. La historia comienza en 1915, con el arribo a Buenos Aires del pastelero italiano Andrés Scannapieco (apellido que da nombre a la heladería).
Desde entonces, don Scannapieco trabajó en casi todos los reductos pioneros en el arte de combinar lácteos y frutas con sabiduría. La vieja heladería Vesubio, la desaparecida Minestrone y la mítica Saverio fueron testigos del crecimiento de Scannapieco como maestro heladero.
"En 1938, mi papá logro independizarse y abrió este lugar. Somos la cuarta generación que trabaja aquí e intentamos conservar vivo el espíritu artesanal que caracterizaba a la elaboración de helados por aquella época", detalla Emilio Scannapieco, uno de los tres hijos de aquel italiano devoto a las dulzuras heladas.
Los sabores naturales dominan las preparaciones de la casa, lejos de la presencia de sustancias artificiales y colorantes. Algunos detalles que confirman la preparación artesanal enorgullecen al heladero: "Se trabaja sólo con vainilla en chaucha para realizar la crema de ese gusto y selecciono personalmente las frutas, siempre frescas", explica.
Profesor de piano, Emilio dedica su vocación por los acordes para musicalizar el local de acuerdo con las características de los clientes. "Si hay jóvenes, me juego por Piazzolla; para los mayores puede ser folklore, algo de Los Chalchaleros", señala Scannapieco.
Así, entre canciones y sabores ("clásicos, pero que siempre tienen en cuenta las preferencias del público", dice en referencia a la música y a los helados, por igual) trascurren los días en la heladería. Uno de los pocos sitios donde, todavía, las etapas de elaboración y venta de los productos son responsabilidad exclusiva de dos personas, ambos descendientes de un visionario que soñaba con la heladería propia.
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