
La industria de la felicidad
Ser feliz ya no es materia de poetas. Hoy, sociólogos, economistas y legisladores ven en el bienestar individual una responsabilidad colectiva ligada a las políticas públicas. Incluso existe un mapa de los países más alegres y de los más desgraciados del planeta. Cómo y por qué la felicidad se transformó en una ciencia medible
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Vivir en una buena sociedad y en un hábitat amigable, convivir en democracia, no dejar pasar las oportunidades, estar en pareja, tener trabajo, confiar en los demás, ser creativo, gozar de buena salud, sentir el reconocimiento de los otros, y hasta comer chocolates, son algunos de los factores que nos harían más felices, según varios de los últimos estudios que se han hecho en el mundo sobre el tema. En 2008, la felicidad es medida por especialistas como si fuera una ciencia empírica, con ahínco. Sociólogos y psicólogos la han puesto en sus agendas de investigación, y hay quienes la quieren traducir en cifras sin discusión, como el economista y parlamentario inglés Richard Layard, que propone en su libro Happiness: Lessons from a New Science (2005) que el parámetro de la felicidad de un país reemplace al del crecimiento para medir su progreso. Y va más lejos: insiste en que debería ser la meta de toda política económica moderna.
Desde esa perspectiva, no extraña que el World Database of Happiness de Rotterdam, Holanda, tal vez el instituto de investigación más especializado en el tema, observe más de tres mil estudios sobre felicidad publicados en el mundo en los últimos veinte años. El WDH se dedica exclusivamente a esta “sensación” (con esa palabra se la describe en los estudios) y a todos sus parámetros. Sus informes se basan en cientos de encuestas e investigaciones sobre cada país, desde sociológicas hasta económicas y turísticas.
Dime dónde vives...
En su libro La geografía de la felicidad –según el semanario inglés The Economist “la última contribución al creciente campo de la psicología positiva” (ver recuadro)–, el periodista norteamericano Eric Weiner plantea un “mapa turístico-sociológico” de los países más felices y de los más tristes del globo, basándose en los estudios del WDH. Con él diseñó su viaje exploratorio, que incluyó las naciones más representativas de los dos extremos de la escala. El estudio le permitió ver que los nórdicos, sobre todo los daneses, los islandeses y los finlandeses, son los pueblos más felices de la Tierra en 2008. Y que los africanos habitantes de Tanzania y Zimbabwe se encuentran en el otro extremo.
Weiner, que lleva muchos años de carrera periodística como corresponsal de guerra en unos 30 países del globo, decidió escribir su libro una tarde en que, reflexionando, se dio cuenta de que llevaba casi media vida trabajando en los lugares más desolados e inhóspitos del planeta. En medio de bombas, trincheras y edificios semidestruidos, se preguntó: “¿Por qué no conocer también los sitios más felices?”. Fue el punto de partida de su aventura.
La travesía fue una peregrinación de dos años por distintos continentes, salpicada por regresos a Washington para ver a su familia. Así nació La geografía de la felicidad, que él considera un catálago de ideas (idea travelogue).
En el otro extremo, el profesor Eric Wilson –también norteamericano–, de la Universidad Wake Forest en Carolina del Norte, se declara en contra de la búsqueda de la felicidad como la panacea del siglo veintiuno. Así lo afirma en su libro, recientemente publicado, Against Happiness: In Praise of Melancholy. Para Wilson, la obsesión del mundo –y sobre todo de sus compatriotas– por huir de la pena desprestigia la melancolía, “fuente de la creatividad, el genio y el brillo intelectual a través de los siglos”. En ese sentido, Weiner dice en su libro que los felices de hoy serán los nuevos tristes de mañana, porque buscar la alegría termina por crear frustración.
El “bonus latino”
Los países latinoamericanos gozamos de un bonus especial cuando se mide nuestra felicidad. Los expertos, entre ellos el WDH y Weiner, lo llaman “bonus latino”, y es el responsable de que, en las mediciones, muchas de nuestras naciones obtengan resultados positivos de contento, aunque sufran pobreza, duras condiciones de vida e inestabilidad política.
Es el caso de Colombia y de México, que en todos los gráficos figuran lejos de la línea de riqueza, pero, paradójicamente, cerca de la de felicidad. El periodista Eric Weiner explica esta situación por “los fuertes lazos familiares que existen en las sociedades latinoamericanas. Está comprobado que la familia y las redes de solidaridad social son factores decisivos en la sensación de satisfacción y contento”. El excluyó Latinoamérica de su estudio porque casi todos sus países caen en la media.
“La satisfacción de vida promedio en América latina es mucho más alta de lo esperable si nos atenemos a su riqueza y situación política. No sabemos bien por qué...”, dice uno de los grandes expertos mundiales que le otorgan a la felicidad el peso de una ciencia. El profesor de la Universidad Erasmus y director del WDH, Ruut Veenhoven, ha dedicado su carrera como sociólogo y psicólogo social a estudiar las curvas y los resultados de cientos de investigaciones sobre el gran tema que lo apasiona desde fines de los años sesenta. A los 66, lleva media vida observando y midiendo los parámetros del contento en los países.
Veenhoven no se complica al definir la felicidad y explica desde Rotterdam: “Es la apreciación subjetiva de nuestra vida. En otras palabras, cuánto le gusta a uno la vida que uno lleva”.
–¿Cuáles son los factores principales que influyen en la felicidad personal?
–Vivir en una buena sociedad y en un hábitat amigable, tener talento y valentía para tomar las oportunidades y contar con un poco de suerte.
El profesor Ruut Veenhoven dirige también el Journal of Happiness Studies, publicación especializada en el tema.
Acerca de cuál es la razón que hace que quienes más gozan de la existencia en este mundo sean los escandinavos, Veenhoven no duda: “Son países ricos, democráticos, bien gobernados y que respetan los derechos de sus mujeres. Sus sociedades ofrecen un amplio abanico de posibilidades y dejan mucho espacio para que el ciudadano común se desarrolle y respire”. Porque la libertad, sostiene, es otra condición para ser feliz.
Cuando Weiner comenzó su peregrinación por los países más satisfechos llegó, naturalmente, a los nórdicos. En su lista figuraban Suecia, Dinamarca, Noruega, Islandia y Finlandia. Eran los punteros en felicidad junto con Suiza y Austria, según los datos del WDH, que fue su brújula en el tema. Desde Washington, recuerda: “Me di cuenta de que los nórdicos son pueblos muy homogéneos desde el punto de vista racial, además de vivir ordenadamente debido a la estabilidad de sus sociedades. Los suizos, por su parte, son muy felices porque tienen mucho control de su vida: en la democracia de que gozan, en su actitud discreta hacia el dinero y porque comen mucho chocolate, que aumenta las endorfinas. Islandia, que también visité, es feliz por otros motivos. Es un país pequeño, con un gran sentido de comunidad y muy creativo: publica más libros per cápita que ningún otro en el mundo”.
Para explicar, en cambio, porqué Zimbabwe se halla al final de la lista del WDH –ocupa el lugar 94, con un 3,3 en la escala del cero al diez– el profesor Veenhoven es claro: “Es un país pobre, antidemocráctico y mal administrado. Una nación fallida”.
Pobres, pero felices
La pobreza, sin embargo, es un factor curioso en las mediciones de satisfacción de las naciones. Hasta cierto nivel de desarrollo, la riqueza hace definitivamente la felicidad. Sin embargo, al elevarse el ingreso per cápita en una nación pareciera que el dinero deja de influir en la sensación de contento. Enriquecerse pierde potencia. “En ese sentido, sólo los países menos favorecidos por la fortuna sienten más bienestar a medida que aumenta su riqueza. En las naciones ricas, no tiene influencia”, agrega Veenhoven.
Esa fue también la tesis de Richard Layard. Y también, que toda política pública debe hacer feliz a la gente. Layard fue uno de los primeros en decir alto y fuerte en Europa que el bienestar de un pueblo es tarea colectiva.
Pero sin duda uno de sus postulados más importantes es el que afirma que la felicidad que reporta el ingreso va en relación con las expectativas de cada cual, según su mundo de referencia. En simple: el primero en adquirir un auto de lujo se sentirá espléndido, pero cuando todos en su entorno lo pueden hacer la satisfacción que le reportó la compra desaparecerá. Más aún, según Layard, un aumento en el ingreso de quienes te rodean hiere tu felicidad. Porque el ingreso no sólo sirve para comprar, sino para compararnos. Es la medida de cuánto somos valorados por otros. Si todos aumentan su poder adquisitivo, permanecerán más infelices aquellos cuya posición sigue estando bajo la media, aunque también hayan mejorado.
Layard cree que las enfermedades mentales son una de las causas principales de la infelicidad. Por eso, desde 2006 lidera una campaña en Gran Bretaña para proporcionar terapia a quienes sufren de depresión y ansiedad.
En su libro Happiness: Lessons from a New Science, el profesor Layard echa luz sobre paradojas del desarrollo en los países con mayor ingreso. “Las personas en Estados Unidos, Japón y Gran Bretaña, por nombrar algunas sociedades de altos ingresos per cápita, no son más felices que hace cincuenta años, y eso que su estándar de vida ha subido a más del doble. No sólo no se declaran más felices, sino que sufren el aumento de devastadores índices de alcoholismo, depresión y criminalidad”, dice, y propone algunas soluciones que se internan en el diseño de políticas públicas para controlar, por ejemplo, la tendencia a trabajar demasiadas horas en desmedro de sanadoras horas de ocio.
Layard habla simple para decir verdades que son comprobables con estadísticas. “El dinero no hace más feliz a las personas, pero sí el estar en pareja. Es un hecho que los casados y enamorados viven más tiempo y en mejores condiciones.” Por el contrario, según todos los estudios, el divorcio y la separación son uno de los principales motivos de infelicidad en todos los estratos socioeconómicos.
Otra causa fundamental de tristeza profunda es el desempleo. “El trabajo no sólo otorga ingresos. También le da sentido a la existencia; por eso, la pérdida de él es desastrosa: afecta la autoestima y las relaciones sociales del individuo”, analiza Layard. En Washington, Eric Weiner está sorprendido por el éxito de su libro, que escribió simplemente para responderse a sí mismo.
–Y hoy, ¿usted es más feliz que antes?
–Buena pregunta. Diría que hoy soy menos infeliz de lo que era antes de escribir mi libro. Uno de los problemas que causa el querer desesperadamente correr tras la felicidad es que las expectativas se disparan. Y eso es peligroso. Si uno se descuida, el resultado puede ser contraproducente. Por eso, he aprendido a mantener a raya mis expectativas. Antes de mi libro, yo era el típico norteamericano convencido de que la felicidad era un problema netamente personal y privado. Aprendí de mi equivocación. Ser feliz es una responsabilidad colectiva, que nos atañe a todos, y que está definitivamente unida a las relaciones humanas.
revista@lanacion.com.ar
Estudio sobre la relación entre salud emocional, bienestar y felicidad para los latinoamericanos realizado por BMC Innovation Company e Ipsos para Coca-Cola
Para saber más
El secreto de la felicidad
The Economist
Según una investigación realizada en los Estados Unidos, los optimistas casados extravertidos son más felices que los introvertidos pesimistas solteros, y los republicanos son más felices que los demócratas. Las enfermeras disfrutan más la vida que los banqueros, y ayuda ser religioso, sexualmente activo y graduado universitario con un viaje corto al trabajo. Los ricos se ríen más que los pobres, pero no demasiado. La mayoría de la gente dice que es feliz, pero quizá se deba a que es lo que se espera de ella.
Tras haber ignorado el tema por mucho tiempo, los psicólogos, economistas y científicos sociales ahora se dedican a la felicidad con empeño; esto significa estudiar por qué la gente no es tan feliz como debería. Puesto que la felicidad ahora es considerada por los ciudadanos de los países prósperos más un derecho que algo que se persigue, la infelicidad se ha convertido en señal de fracaso, debilidad y fuente importante de temor. “Se podría decir que feliz es el nuevo triste”, escribe Eric Weiner en The Geography of Bliss (La geografía de la felicidad).
Weiner, que se autoproclama “persona no feliz”, usó la base de datos de Rotterdam para descubrir dónde vive la gente más feliz, y viajó a esos lugares en busca de sus secretos. “¿Están contentos?”, le pregunta a la gente de Islandia, Tailandia, India y Holanda. “¿Ha visto nuestros baños públicos? –responde un hombre en Suiza, uno de los países más felices–. Están muy limpios” (además el paisaje es bellísimo, los trenes funcionan en horario, el gobierno es atento y la tasa de desempleo es baja). En Qatar, tierra de opulencia, donde se considera que la felicidad es voluntad de Dios, se responde nerviosamente a la pregunta de Weiner; uno de los interrogados le sugiere que “debe convertirse en musulmán” para conocer la felicidad. En la apacible Tailandia, todos están “demasiado ocupados siendo felices como para pensar en la felicidad”.
Weiner ofrece observaciones coloridas, incluso cuando prueba hakarl, tiburón podrido, una especialidad islandesa. Entre las anécdotas se cuelan cosas interesantes. Descubre que los lugares más felices del mundo son a menudo homogéneos étnicamente. Los lugares menos felices (como Moldavia) son en general ex repúblicas soviéticas, donde las nuevas libertades políticas se ven limitadas por la desconfianza generalizada, el nepotismo, la corrupción y la envidia. Para los británicos, la felicidad es un producto transatlántico, un importado sospechoso (“Nosotros no nos dedicamos a la felicidad”, bromea un tipo). Mientras los estadounidenses “trabajan más horas y viajan hasta el trabajo mayores distancias que cualquier otro pueblo del mundo”, al mismo tiempo son los que más se esfuerzan por ser felices y en muchos casos son incapaces de ver su propio fracaso; quizá porque la búsqueda de la felicidad es un “derecho inalienable” en Estados Unidos.
Es esta “obsesión estadounidense por la felicidad” la que Eric Wilson ataca en su diatriba Contra la felicidad. Profesor de inglés en la Universidad Wake Forest, de Carolina del Norte, Wilson ha producido una declaración contra el abrazo lascivo de una “felicidad maniática”. Y hace sonar una estridente alarma: “En este momento estamos aniquilando la melancolía”, dice, lo que nos privará de la creatividad, el genio y la brillantez intelectual que devienen de este pesar. Para poder experimentar la belleza y la luz, también debemos tener muerte y oscuridad. Pero con los antidepresivos, los aparatejos de alta tecnología y el botox, se busca desesperadamente crear “un valiente nuevo mundo de buena fortuna persistente, de alegría sin dolor, felicidad sin penalidades”.
Wilson ataca a la cultura consumista (“la felicidad a través de la adquisición”), la Iglesia (“compañías de la felicidad”), la política (“aplaudimos entusiastas su creciente descrédito”) y, más que nada, esa gente blanda, robots felices, con sus “mentes delgadas como el papel”. ¿Pero quiénes son estas personas incapaces de sentir dolor y tristeza? Wilson parece no ver que el creciente complejo industrial dedicado a la autoayuda en Estados Unidos no indica “un contentamiento flácido”, sino su ausencia. Como escribe Weiner, desde la década de 1960 la “tasa de divorcio de EE.UU. aumentó al doble, la tasa de suicidios adolescentes se multiplicó por tres, la tasa de crímenes violentos se cuadruplicó y se quintuplicó la población carcelaria”. También están en alza la depresión, la ansiedad y otros problemas de salud mental, asegurando que habrá abundantes personas melancólicas para escribir poesía y componer música por bastante tiempo. Por cierto que hay poco riesgo de erradicar el blues. Como dijo una vez Eric Hoffer, un filósofo social estadounidense: “La búsqueda de la felicidad es una de las principales fuentes de infelicidad”.
Traducción: Gabriel Zadunaisky
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