La intimidad que nace en los ascensores

Hernán Iglesias Illa
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5 de julio de 2014  

Hace poco pasé unos días en un departamento en el piso 19 de un edificio que tenía un ascensor chiquito y lento, para dos o tres personas, que tardaba casi un minuto y medio en hacer el trayecto desde o hasta la planta baja. El viaje tenía el efecto de una amansadora. Si estaba excitado por salir a la calle, a ver el sol o a encontrarme con alguien, la lentitud del ascensor me quitaba parte del entusiasmo. Si volvía cansado, con ganas de tirarme en la cama o ver televisión, el transbordo al piso 19 demoraba el placer hasta lo que en ese momento parecía, de espaldas contra el espejo, buscando señal en el teléfono, una eternidad.

Una vez compartí el viaje con una vecina desconocida, una señora de rulos y anteojos, que bajó conmigo desde el piso 17. En esos dos metritos cuadrados, hombro con hombro, nos ignoramos lo mejor que pudimos, oyendo el ruido de nuestras respiraciones, deseando que el suplicio de esta intimidad forzada terminara lo más pronto posible.

En Lifted, una historia cultural de los ascensores, el alemán Andreas Bernard cuenta que la primera expansión de los ascensores, en la segunda mitad del siglo XIX, coincidió con la racionalización e higienización de las ciudades de Europa y los Estados Unidos. A medida que las ciudades ensanchaban sus calles, aireaban sus edificios y diseñaban sistemas para evitar el hacinamiento de los siglos anteriores, el ascensor, esa caja claustrofobia, volvía a poner a burgueses y no burgueses uno al lado del otro. Pasaba algo parecido en los contemporáneos trenes de larga distancia, que apilaban extraños durante horas o días; pero el ascensor, dice Bernard, tuvo un efecto más duradero. Hasta mediados del siglo XIX, los departamentos más apetecidos eran los que estaban en los pisos más bajos, a pesar del ruido y la falta de luz. Con la llegada del ascensor, "indolentes, fatigados y aristócratas", como decía un artículo de Harper's en 1853, pudieron subir a los pisos de arriba, luminosos y con buenas vistas, que antes ocupan los sirvientes.

De esa época de revolución industrial todavía quedan ecos en el ascensor, primero a vapor, después neumático, después eléctrico. Sin ascensor, no habría rascacielos ni ciudades modernas. Para muchos, el primer ascensor fue el del trabajo: hordas de oficinistas llenando las cabinas, colocándose en orden, como detalló Erving Goffman, el primero cerca de los botones, el segundo en el rincón opuesto, el tercero en algún lugar contra el fondo, el cuarto en el medio, todos mirando en la misma dirección (hacia la puerta), como en Mad Men, donde el ascensor es una de las escenografías más sugerentes, alguna frase venenosa.

El cine y la publicidad han aprovechado esta doble condición del ascensor, que es al mismo tiempo un refugio y una cárcel. El oficinista aburrido sueña con que se abran las puertas y aparecer en una playa, con una modelo y una cerveza patrocinada. En una película, dos personas encerradas más de 15 minutos en un ascensor descompuesto terminarán, por la mezcla de intimidad y anonimato, inevitablemente a los besos. Cuando se abren las puertas, penetra la luz cegadora de la realidad: el sueño de vivir para siempre en el ascensor, como en una isla desierta, ha terminado.

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