
La música de The Truman Show
y el minimalismo
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Un poco antes de la mitad del film, cuando Jim Carrey (Truman Burbank) vuelve a encontrarse con Sylvia, la única figura desencuadrada de la ficción que despertará su amor, suena el Larghetto del Concierto Nº 1 de Chopin, en versión de Artur Rubinstein. Se trata de una interpretación antológica incorporada a la historia de las grabaciones, porque nunca nadie volvió a expresar el Larghetto como lo hizo Rubinstein. Esto demuestra la buena información musical del director Peter Weir, puesta de relieve en su docena de largometrajes, entre ellos Testigo en peligro o La sociedad de los poetas muertos . Pero, salvo un par de alusiones mozartianas, es la única inclusión de música clásica en la película. El resto se mueve en la esfera de lo que se conoce ahora como música minimalista y quedará como otro de los grandes hallazgos de Peter Weir.
Es difícil encontrar algún tipo de música tan simbólica de la sociedad actual que la escrita según las pautas minimalistas: un tema reiterado de manera incesante y sólo alterado de tanto en tanto por pequeñas variantes con un horizonte que, aunque lo parezca, nunca es el mismo; una apelación insistente que, como los mantras tibetanos, termina por dominar el pensamiento.
The Truman Show incorpora a la música minimalista como parte de sus entrañas. Pero es tan fluido su funcionamiento en medio de la absorbente trama, que el espectador corre el riesgo de no advertirla con su real dimensión musical. Viene muy bien el CD, recientemente lanzado por el sello Milan, con 21 temas de la banda sonora en la que se hace notorio que, incluso en aquellos no compuestos por Philip Glass (autor mayoritario de la banda junto con Burkhard Dasllwitz) el estilo muestra la fuerza imaginativa del renovador norteamericano.
Al escoger el minimalismo para apoyar su reconstrucción de un gigantesco culebrón, Weir buscó una música que emitiera señales muy comprensibles. Cruda y persistente, participa con toda naturalidad de la ideología anunciada al comienzo del film: mantenerse lo más ajena posible a la aparatosidad y retratar una época sin carácter, incapaz de elegir.






