La otra mujer de Brasil
Benedita da Silva vivió en una favela casi toda su vida. Es diputada oficialista y pionera de la política social y de género. Una charla sobre la marginalidad, la religión y el poder
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Es la primera mujer negra que llegó a senadora en Brasil, en 1994. Ha luchado para que el 20 de noviembre fuera declarado Día de la Conciencia Negra. "Bené", como suelen llamarla, creó la Comisión Permanente de los Derechos Humanos en la Cámara de Diputados de su país. Nació hace 69 años en la favela Chapéu Mangueira, en Río de Janeiro, y desde muy joven trabajó para convertirse en una líder. Pertenece al Partido de los Trabajadores (PT) desde su creación. Es incondicional de Lula y fue su ministra de Asistencia Social y de Combate del Hambre. Fue secretaria de Estado, vicegobernadora de Río de Janeiro y luego gobernadora. Benedita da Silva se casó por primera vez a los 16 años, es viuda y casada nuevamente con un músico ("con Antonio Pitanga, que es muy bonito"). Tiene dos hijos (Eucenia, de 45 años, y Pedro Paulo, de 43) y 8 nietos. Ha participado intensamente en la campaña de Dilma Rousseff y hoy es diputada federal electa (asumirá el 1° de enero). Aportó un fuerte caudal de votos de la Asamblea de Dios, un universo de electores evangélicos que tienen como referente al obispo Marcelo Crivela, sobrino del fundador de una de las ramas más numerosas y fanáticas de dicha Iglesia. Benedita afirmó: "Después de un obrero presidente, sólo faltaba una mujer presidenta". En el momento del ballottage tuvo un rol protagónico cuando Dilma se pronunció a favor del aborto. Benedita llamó la atención de sus seguidores evangélicos para que no hicieran hincapié en un tema específico, sino que apoyaran "el proyecto global de la candidata".
Es alta, grandota, y tiene ojos intensos, cabello en mota; aros, pulseras, anillos y reloj que brillan como el oro.
A principios de este año vino a la Argentina, a la provincia de San Luis, como parte del programa El carnaval de Río de Janeiro en San Luis, donde movilizaron camiones con escenografía, músicos y bailarines. Una propuesta para considerar esta fiesta como una forma de inclusión social.
-¿Cómo pudo salir de la favela?
-Fue muy difícil, porque mi familia era muy pobre. Aprendí a trabajar desde muy niña, y también empecé temprano a actuar en política. Me convertí así en una dirigente, buscando mejores condiciones de vida para que las mujeres tuviéramos un empleo que no fuera sólo el trabajo doméstico. Y ahí comenzamos a organizar la comunidad en la Asociación de Moradores.
-No era una época fácil políticamente.
-El presidente era Castelo Branco. Todos esos años trabajamos para que Brasil pudiera tener mayor libertad política. Cuando alcancé la edad suficiente para poder votar, no había elección directa para presidente. Estuve en el PT desde su fundación, con la conducción de Lula. A los 40 años voté por primera vez a un candidato a la presidencia de la República y lo voté a él, a Lula. Antes no se hablaba de votar en Brasil.
-Siempre se dice que las favelas están manejadas por los carteles de drogas.
-Las favelas fueron abandonadas durante muchos años por el poder público, lo que alimentó una ciudad partida en dos. Las favelas quedan allá arriba. Los derechos son para los que están aquí abajo: salud, educación, escuela, trabajo, seguridad. Como si la gente no necesitara esas cosas. Hoy, el poder institucional actúa mejor, las conducciones se fortalecieron, la conciencia del derecho aumentó, y por eso el poder público se tiene que hacer presente, porque la comunidad se preparó. Desgraciadamente, ella no puede ocuparse de expulsar la marginalidad. Por eso, el gobierno federal, junto con el estadual, tiene un programa de seguridad ciudadana que trabaja con el Poder Judicial, y el poder público está dando oportunidades de escolaridad y trabajo. Estamos trabajando para que los bandidos no dirijan a la comunidad.
-Nombres importantes participaron en estos proyectos: Brizola, Darcy Ribeiro...
-Brizola comenzó con esto, con la educación durante todo el día, junto con Darcy Ribeiro, cuando creó los CIEP (Centros Integrados de Educación Pública). Pero no logró tomar en cuenta la urbanización, ni hacer un diagnóstico mejor de la situación económica y de la situación de las distintas personas. Porque estar en la favela no significa que todos son iguales. Todos son pobres, pero con diferente cultura; vienen de diferentes estados. Hoy tenemos una política para esos espacios.
-Es interesante el camino que usted hizo y adónde llegó.
-Yo fui la primera mujer gobernadora del Estado de Río de Janeiro. Fue un período muy corto (abril de 2002 a enero de 2003), porque el gobernador, Anthony Garotinho, salió del cargo para ser candidato y yo ocupé su lugar durante 9 meses.
-Ser mujer y negra es complicado en Brasil...
-Sí, con certeza. Brasil es un país mestizo, donde la mayoría de la población no es blanca y, por el color de su piel o por causa de su género, quedó excluida de todo el proceso de desarrollo. Hoy tenemos una política nacional de género, política nacional de igualdad racial, pero está claro que no vamos a resolverlo sólo con esas medidas.
-¿Hay empresarios negros poderosos?
-Sí, comenzando por Pelé. El no es sólo una personalidad del deporte; es un gran empresario. Hay otros negros que tienen negocios, pero son minoría. Somos minoría en la iniciativa privada, pero somos mayoría en la pobreza. Hoy tenemos una política de incentivo, que tiene incidencia directa en la mujer y en el negro. Pero aún tenemos un gran desafío por delante.
-¿Cuál es el presidente que ha dado más espacio a las mujeres y a las mujeres negras?
-No es porque yo sea del partido del presidente Lula, pero el movimiento de mujeres en Brasil, que actúa mucho, y principalmente en Río, encontró en el PT un mayor espacio. A través de la bancada del PT empezamos a discutir la cuestión de los cupos para las mujeres y la obligatoriedad de los partidos de tener mujeres para competir al mismo nivel de los hombres, con un mínimo del 30%. La creación, por el gobierno de Lula, del Ministerio de Igualdad Racial hizo que tuviéramos fondos para las áreas de educación, salud y trabajo. Yo fui la primera ministra del gobierno de Lula, en la cartera de Asistencia Social.
-¿Cuánto pesa la religión en la socialización y en la inclusión? ¿Se incluye a través de la religión?
-Yo soy una persona religiosa y también de un partido de izquierda, cosa que no es común para los religiosos. Soy evangélica, protestante. El trabajo de inclusión de las iglesias, no sólo de las protestantes, es fortísimo. La religión tiene una historia en Brasil.
-¿Usted sabe que, en la Argentina, muchos espacios en canales de televisión y en radios son comprados por religiosos brasileños?
-En Brasil tenemos muchos programas de evangelización. En los medios de comunicación la mayoría son evangelistas. Ahora la Iglesia Católica empieza a ocupar también ese espacio, y hoy está cambiando su liturgia, su forma de comunicarse con las personas. Está más dinámica, más alegre.
-¿Cómo se vive el primer día fuera de la favela?
-Difícil. Fuimos a vivir a una casa con Pitanga. Se casó conmigo y me sacó de la favela.
-¿Usted ya era funcionaria?
-Sí. Mientras fui concejala, diputada y senadora viví en la favela. Sólo salí cuando fui gobernadora. Por una cuestión de seguridad tuve que ir a vivir a la Casa de Gobierno.
-¿Y cómo fue el primer día en la Casa de Gobierno?
-Como algo común. Porque la Casa de Gobierno es muy rica, con espacios enormes, pero yo tenía conciencia de que estaba allí temporalmente. Lo encaraba como mi lugar de trabajo.
-Seguramente, en la favela no tenía empleada. ¿En la Casa de Gobierno sí?
-Después de algún tiempo tuve empleada porque por mi actividad política podía estar en casa sólo el fin de semana. Como viajo mucho, la persona que trabaja conmigo termina siendo mi amiga, porque compartimos todo. Cuando salí del gobierno -perdí la reelección- fui a vivir en la zona oeste de Río -Jacarepaguá- , en una casa bonita donde vivía Pitanga con sus hijos (que fueron a vivir conmigo cinco años en la favela).
-¿Es muy distinta la vida fuera de la favela?
-Me costó mucho adaptarme. Porque fui a vivir a un condominio, donde la gente no se habla. Y yo me había acostumbrado durante 57 años al "¡hola, vecina!", "¡hola, fulana! Venga, ¿cómo está su hijo?" Aquel diálogo permanente, aquella fiesta, hoy no la tengo.





