
La piedra redonda que inspiró su libertad, cruzar el lago hasta el bosque bajo la lluvia
Esa tarde, sumida en arraigada tristeza, había sacado de un empujón el bote de remo para cruzar el brazo norte del lago bajo la lluvia hasta el bosque y llegar a la pequeña cascada de piedras redondas. Era casi verano, pero aún no estaban sus flores preferidas, margaritas y amancay andinas. En sus bolsillos llevaba, como le había enseñado su abuela, cáscaras de naranjas secas y un manojo de clavos de olor, que las raspaba con los dedos en el bolsillo para luego olérselos. Su casa estaba rodeada de ríos que bajaban de los Andes, pero solamente en este se encontraban piedras de diferentes tamaños, perfectamente redondeadas por la erosión. Setenta y cinco millones de años de rodar a los tumbos por lechos de arroyadas las convertían en el más bello signo de esperanza. Lisas y lustrosas, libres de asperezas. Desde pequeña sabía que se parecía a ellas, solo que sus tumbos de abrasión no solo le pertenecían: traían el arraigo y la voz muda de siglos de resignación, ilustrados en las opacas voces de doctrinas establecidas, que devastaban los más bellos y jóvenes sueños del mañana. En un libro había leído: "A mi imagen y semejanza".
Hasta ese día todo parecía una súplica cargada de mudez. Ella sabía que sus ahorros eran solo una suma de alientos, un caudal ilegible para las personas que la rodeaban, gobernadas por todo lo dispuesto, escrito con cincel en piedra por siglos, para que nadie lo olvide. ¿Cómo luchar contra esa roca perene, perpetua de vetustos símbolos humanos, con tan solo los suspiros de anhelo de una niña encumbrada en ilusiones de libertad? Ella sabía que en algún lugar guardaba fuerza suficiente para quebrar los presagios de ordenada pulcritud que pasaban de generación en generación.
Pensaba: "¿Hasta cuándo debo esperar? Quiero una vida que me lleve a lugares que estén más allá de este sumario de reglas y normas elegidas para mí, ajan mi alma, deshojan mis dedos del tacto, despueblan en desamparo mis mágicos sueños". Un corazón yermo, inexplorado, tiene la peor de las muertes, lo hace en el trágico silencio de la imposición, la inercia y el hábito.
Sepan –se decía– que de nada sirve todo lo que han elegido para mí. Daré unos pasos tan pequeños y minuciosos que nadie sabrá de ellos hasta que esté tan lejos como lejos pueda. Pero no escaparé de noche, como los ladrones. Serán mi alma y mis manos colmadas de naranjas con clavos de olor y una piedra redonda las que abrirán la puerta con la pura y noble grandeza de mi convicción.
Encendió un fuego como le había enseñado su padre, juntando astillitas de un árbol seco quebrado por la nieve, las que están debajo del tronco al reparo de la lluvia, muy secas. Las guardó en su campera para que no se mojaran. A los pocos minutos, con solo un fósforo, el fuego crepitaba ahogado por el estrépito de la cascada, mientras escribía acompañada por una nueva piedra redonda que apenas le entraba en la mano.
Juntó todas las cenizas calientes y enterró allí para que se cocinen dos huevos de pato que había encontrado el día antes cerca de la laguna. Los comería junto con el té que tenía en un pequeño termo en su mochila.
Ella no sabía que serían aquellos bosques, montañas, lagos, turberas y mayines quienes le darían su deseada libertad, le habían enseñado un lenguaje evidente que no se podía aprender en libros. Un dialecto que la acompañaría siempre y que contenía la sabiduría de la espera, la paciencia y la observación.
Muchos años después, una noche en París, colmada de serena alegría, se fue a dormir por última vez, sosteniendo en sus manos aquella piedra redonda que inspiró su valerosa libertad.
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