La señorita Inés

Más interesada en la calidad que la cantidad, Estévez es considerada una de las intérpretes más impactantes de su generación. Ahora se plantea abandonar por un tiempo la maquinaria televisiva para volver a la actuación en estado puro
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9 de diciembre de 2001  

-Cada vez que me subo a un avión pienso: "Si el avión se cae en este momento, ¿estoy satisfecha con lo que hice?" Y siempre me digo: "Sí".

No lleva maquillaje, casi no lleva zapatos. Ropa lleva, pero poca: un vestido -con un escote abismal- que la esculpe como una flor invertida. Una flor de mucha calidad.

-Claro que faltan algunas cositas, pero hasta acá está bien.

Calidad es una palabra importante en la vida de Inés Estévez, precisamente en su acepción más popular: la calidad como lo opuesto a la cantidad, lo poco pero bueno y más que bueno, excelente, y más que excelente, sublime.

La casa blanca de Inés Estévez es una provocación descarada. Los marcos, las puertas, los muebles, las cortinas, las sillas, los zócalos, los techos, las lámparas, todo es blanco incandescente. Los -pocos- toques de color (la cortina azul del baño, una silla en el living, las flores rojas y lilas en los cuencos de vidrio) deslumbran porque son pocos. La cama con dosel es blanca, el sillón donde está sentada es blanco y el vestido que usa es blanco, con unos deslumbrantes toques de color: una flor roja. Otra verde.

-¿Tomamos unos mates?

Dice.

La casa es la muestra de lo mucho que puede decirse con tanta nada. La prueba de que necesita poco, y ese poco que necesita lo necesita por poco tiempo, y ese poco tiempo durante el que lo necesita es mucho más placentero si está atravesado por un par de crisis de terremoto. A Inés le gusta el movimiento. Le gusta el ascetismo. Le gustan los cambios.

-Todo lo que hay en mi casa es útil, más allá de que sea lindo. Todos los muebles tienen rueditas, así puedo cambiarlos de lugar. La rutina, más que asustarme, no me gusta. El único bombazo de colores es el vestidor, allá al fondo. A la vista cuelgan pantalones, faldas, sedas, gasas, vestidos, abrigos. ¿Qué se puede esconder en una casa sin grandes armarios ni cofres ni cajoneras? La casa es despojada de un modo intimidante y bravo.

-No soy una persona que acumule. La ropa, los libros que ya leí, los termino regalando. El otro día decíamos con mi hermana Ana que en mi familia somos desapegados, lo cual me parece una virtud cuando están incluidos el cariño y la comunicación. Con la pareja igual. Soy dedicada y espero lo mismo, pero no me gusta el término necesitar. Amar es una cosa, pero necesitar implica dependencia. Si necesitás a alguien es porque temés carecer de eso, y no tiene que haber temores en el afecto real. Tiene que haber seguridad.

La casa podría participar, sin problemas, de un campeonato de belleza de revista de decoración. La reformó solita y sola mientras grababa Vulnerables, el programa en el que interpretaba a Jimena Soria, esa muchacha de labios gordos de rouge, un ser lastimado que se hacía pis encima y tenía una madre -interpretada por Leonor Manso- adicta a un par de oscuridades: las anfetaminas, los novios de su hija. De modo que cada jornada, cuando terminaba de grabar, corría a su casa a controlar la obra. Los albañiles no la entendían. Llegaba con los labios pintados a fuego e insistía en que la bañera iba, sí, en esa enorme habitación sin puertas, detrás de una ventana enorme sin cortinas.

-Deben haber pensado que yo estaba loca.

La señorita Estévez introdujo, también, un jazminero ambicioso que trepa por el baño como si fuera la selva. Orondo.

Ella juega sola

Se fue a los 18 años de Dolores, provincia de Buenos Aires, el pueblo en el que nació y creció. Se hubiera ido antes -a los 12- para estudiar danzas en el Teatro Colón si sus padres -Carlos, martillero público, y María Magdalena, profesora de francés- la hubieran dejado. Es la menor de cuatro hermanos -uno vive en San Bernardo, el otro en Brasil, la otra, Ana, en Buenos Aires-, estudió danzas clásicas desde los 4 años, fue tímida hasta el dolor, creció sin televisión y no se aburrió nunca.

-Yo no me aburro. Nunca me aburrí. Cuando era chiquita y me portaba mal, mamá me encerraba en el baño. Llegó un momento en que empecé a encerrarme sola, porque me di cuenta de que nadie me jorobaba. Me acuerdo que lo pasaba bomba, me peinaría, jugaría. No sé.

Creció con la certeza de que Dolores no, de que algo había que hacer. Empezó a hacer teatro vocacional en el pueblo y apenas terminó el colegio marchó a la Capital, con la venia temerosa de sus padres. -Los asustó que viniera a no se sabía qué. Salió bien, pero en aquel momento les pareció algo... impreciso.

Conocía a una sola persona en Buenos Aires: Roberto Calandri, el director del grupo de teatro de Dolores. Cuando Calandri supo que llegaba la niña del campo a la gran ciudad, la invitó a sumarse al elenco de una comedia musical para chicos: Saltimbanquis.

-Los primeros años en Buenos Aires fueron de mucha confusión. Mamá se las había ingeniado para que en mi casa hubiera horarios y que nosotros creciéramos sanos y coherentes. Mamá es una señora muy linda, tiene mucha hidalguía, es muy digna. Tiene 62 años y estudia idiomas, hace un taller literario, está haciendo teatro porque es actriz vocacional. Y, volviendo, cuando vine a Buenos Aires yo tenía la intención de sentirme un poco Hucklberry Finn, de no tener horarios, de permitirme andar de noche por la calle, sola. Esas cosas que se suponen que están vedadas a las mujeres.

Mientras buscaba participaciones en la tele -y le decían no- y bolos en el cine -y le decían sí-, consiguió trabajo en un taller de cerámica y al mes de mudada llamó a sus padres para decir que listo, que no le enviaran más dinero. Que Inés se arregla sola.

-Sabía que era difícil para ellos y la apuesta era mía, no me venía a estudiar Abogacía. Quería ser independiente también porque me parecía que la dependencia económica implicaba dependencia de todo tipo.

Vivía en pensiones, departamentos compartidísimos, en la plaza, en la calle. En Retiro. Pero esto no es algo de lo que ella quiera hablar mucho.

-Viajaba a Dolores todos los fines de semana a dedo, a comer comida de madre. O a comer, punto.

-¿Llegaste a pasarlo mal, a no tener para comer?

-Sí... no... sí. Sí. No quiero decir pasarlo mal, no quiero hacer una apología. Era una búsqueda. No era Estrellita, mi pobre campesina, sino Cocodrilo Dundee. Pero la verdad es que hubo momentos en que no tuve dónde vivir y no tuve dónde dormir. Tampoco plata para pagarme un hotel. Y hubo veces que supe lo que era no tener para comer. Pero este criterio de mirá lo que me costó llegar acá es un criterio que yo no tengo.

Busca cada palabra con la concentración de alguien que no quiere errar el salto, y desliza, sin muchas ganas, dos o tres polaroids que sirven de muestra de esa época en que fue un cowboy por la ciudad.

-Tengo algunas imágenes que... no sé si contarlas... No son nada grave, pero... No, qué sé yo... éste... de haber dormido en el camarín de un teatro habiéndome colado, y al día siguiente hacer malabares tremendos para que no me vieran salir, o de... pero todo eso lo veo como de hace cinco vidas atrás. Esto que estamos revolviendo para mí es un pasado tan remoto que me parece que te hablo de una película que vi, que protagonizó otra persona. He tenido varias transformaciones y aspiro a seguir teniéndolas. Soy pro crisis, en el sentido de estar propensa al cambio, liviana. Hoy no me cambio por la que era hace diez años ni a patadas. Y espero que siga siendo así, porque creo que he evolucionado y me siento cada vez más fresca y más vital, y más serena. Y lo paso mejor.

Elogio de la crisis

Empezó a asomarse por la tele con Ficciones, un programa que dirigía Sergio Renán por lo que entonces era ATC. Tenía 24 años cuando hizo Cipayos. En 1992 su participación en el musical El diluvio que viene le valió un Premio ACE en el rubro revelación. Matar al abuelito, la película en la que actuó junto a Federico Luppi, hizo que se alzara con el premio como mejor actriz en el Festival de Biarritz de 1994. Un año antes, en 1993, por su papel de amante joven de Rodolfo Ranni en la quinta temporada de Zona de riesgo, estuvo ternada para un Martín Fierro. En 1995 ganó el Cóndor de Plata por su rol en La nave de los locos, la película de Ricardo Wullicher, y en 1997 recibió el premio a la mejor actriz en el Festival de Huelva por La vida según Muriel, de Eduardo Milewicz. En 1998 hizo teatro -Ha llegado un inspector- y su primer trabajo televisivo para Mundo Pol-Ka: Verdad consecuencia. Al año siguiente reincidió con Suar e interpretó a Jimena Soria en Vulnerables, personaje que fue elogiado en toda la galaxia y por el que recibió el Martín Fierro como mejor actriz dramática en el año 2000. En noviembre de 2001, ganó el Konex como una de las mejores actrices de la década, empatada en el mismo rubro con Mercedes Morán y Lydia Lamaison. Contado así parece fácil. Premios, éxitos, aplausos, medallas, besos. Sólo que a fines de la década del 90, durante un año en el que parecía que todo marchaba bien, murió su padre y ella se separó. En 1997 Inés Estévez estaba bien.

Vivía a tres cuadras de donde vive ahora -otra casa blanca, amplia, luminosa- y compartía cuentas y techo con su pareja de entonces, el fotógrafo Lucio Boschi. Era casi verano y faltaba poco para que Inés se embarcara en un viaje de dos meses para la filmación, en el Sur, de La vida según Muriel. Usaba un vestido turquesa que la hacía parecer un hada liviana y feliz. El viaje al Sur le parecía toda una experiencia y la posibilidad de extrañar a su muchacho, parte de lo necesario. Lo que sucedió después fue una clara demostración de que siempre ocurre lo inesperado.

-Estando en el Sur, me enteré de que mi papá tenía cáncer. Papá era un señor entrañable. Lo extraño todavía. Yo me sentía responsable, impotente por estar lejos. Con mi padre tenía una relación armoniosa, profunda y bella, y sentía que no estaba preparada para perderlo. Cuando volví sabía que lo iban a operar y que había pocas probabilidades de que fuera bien. Simultáneamente, me separé, en un momento en que no hubiera querido separarme. Mi padre murió y yo me separé, y fueron demasiados golpes juntos. Me quedé sin padre y sin el apoyo del hombre que en ese momento amaba, y fue muy loco porque al mes siguiente murió Roberto Calandri, mi padrino artístico. Así que fue una especie de seguidilla y de hecho me enfermé.

Arrastra, de esa época, un cuadro de fatiga crónica. Un stress intangible que corroe vitaminas y minerales, y transforma un cuerpo que insiste en ser sutil en alguien de quien hay que ocuparse un poco más.

-Nada grave.

Dice y junta los pies sobre el sillón.

-Las crisis son muy buenas y son para que uno crezca. A las cosas no hay que resistírseles, hay que atravesarlas, expresar el dolor, pero sin dramatizar. Después la vida me fue llevando por buenos lugares personales y profesionales y hoy en día estoy en pareja, apoyada como nunca lo estuve por un hombre generoso y compañero, y tengo una casa divina y tengo mi trabajo que está en el mejor momento, y amigos que me adoran, y tengo una vida linda. Entonces... todo pasa.

Ese mismo año, ese mismo día, Inés Estévez decía, también, que no quería saber nada del physique du rol: "Me gustaría que se me convoque para hacer algo muy diferente a lo que hice. Me están llamando para hacer chicas románticas, etéreas, y a mí me gusta la intensidad. Me gustaría hacer un personaje joven y quebrado. Quebrado". Jimena Soria, de Vulnerables, no existía siquiera como sospecha. Entonces: o las casualidades existen o la señorita Inés siempre se sale con lo que quiere.

-Sí, sí, cada vez más tengo la sensación de que hay que tener cuidado con lo que se sueña, porque termina cumpliéndose. Pero eso debe querer decir que uno está en el camino correcto. Todo el último año de Vulnerables yo pensaba "El año que viene quiero hacer comedia, porque si no me voy a morir", y me llamó Marcelo Tinelli para formar un elenco en tono de comedia. Y con Jimena me di los gustos de mi vida. Cuando Adrián Suar me lo propuso pensé que se me iba a arruinar la carrera. Me dijo: "Quiero que hagas un personaje insoportable, habla todo el tiempo, se hace pis encima, nadie la aguanta". Fue una brecha de ternura lo que hizo querible al personaje, pero era muy difícil, porque me impuse un comportamiento y una apariencia física muy border, que rayaba en el estereotipo. Pero como siempre digo que la corrección me parece enemiga del arte, y que lo peor que me puede pasar es que me digan que estoy correcta, prefiero arriesgarme y que me digan que estoy mal.

Cuatro amigas, el programa que en tono de comedia sale hasta el 20 de este mes por Telefé, los lunes, a las 23, con libro de Gustavo Bellati y Mario Segade, mezcla el desenfado confesional de la serie americana Sex and the City con la imaginería bobo-alucinógena de Ally McBeal. El rating promedio es de 16 puntos, y las críticas no fueron malas, pero ella sólo se animó a verlo casi un mes después de su estreno.

-Siempre me pasa eso. Nunca voy al cine a ver un estreno junto con el público. Ni loca. A mí me enchalecan. Voy, me saco una foto, hago como que entro en la sala y me siento en la escalera a fumar un cigarrillo. No me aguanto el terror que me produce. Siempre que me veo pienso que pude estar mejor. Con Cuatro amigas estuvo muy bueno transitar una cierta liviandad. Venía de llorar a las ocho y media de la mañana y de pronto experimentar la sensación de una mujer moderna, con otros problemas, fue bueno.

La mujer invisible

Cuando actúa es invisible. Un instrumento discreto, un fondo neutro en el que resalta la fiebre roja de un personaje extremo. Todo eso, sin haber estudiado actuación. Ni un poquito así. Porque, dice, teme que la técnica actúe como un corset sobre esto que a ella le sale así, tan natural. Este año participó en la película La fuga, de Eduardo Mignona, y baraja proyectos para el año que viene: una obra de teatro, un telefilm. La televisión no la desvela.

-Siento que estoy llegando a un punto de inflexión. Hasta acá estuvo bien, ahora, ¿por dónde agarramos? Después de los cuatro últimos años de televisión hubo un momento de crisis en el que empecé a preguntarme si yo estaba preparada para encarar esta profesión con el grado de exposición que implica. Me pregunté si a los 50 años quiero seguir teniendo este grado de exposición, y la respuesta es no. Quiero salir del vértigo televisivo y tratar de volcarme a recuperar lo que me impulsó a dedicarme a esto. Yo siento que hay que perseguir la calidad, y para perseguir la calidad hay que huirle un poco a la cantidad. En el trabajo pasa eso, y con el afecto pasa igual. ¿Vamos a estar juntos? Bueno. Vamos a pasarla bomba. ¿Pasa una semana que no nos vemos? No nos desesperemos. Hablemos por teléfono. Si encontrás a alguien que te acompañe en eso, genial. El problema es si te encontrás con alguien que no. Pero bueno. No es mi problema, graciadió.

Fabián Vena es el hombre que la acompaña -graciadió- en esto que ella es. El hombre que fue su compañero de teatro y televisión -jugaban el rol de novios en Verdad consecuencia, y el de hermanos en Ha llegado un inspector, dirigidos por Sergio Renán-, su amigo y ahora su pareja.

-Estamos en pareja desde hace tres años, pero no estamos viviendo juntos. Nos habíamos hecho muy amigos trabajando y como estábamos separados, cada uno ayudó al otro a buscar su casa. Entonces en una revista publicaron que estábamos buscando casa para ir a vivir juntos. Nunca habíamos hablado de nada, pero dijimos: "Han escrito esto, evidentemente estamos negándonos algo". Nos rendimos a la evidencia y empezamos a salir. Y la verdad es que es un hombre atípico. Tiene una sensibilidad muy grande, y está muy seguro de sí mismo, con lo cual no lo pone inseguro nada, ni mi éxito personal o profesional. No sólo no lo asusta que yo brille, sino que me alienta para que brille. Si te ponés la minifalda le encanta porque estás divina y él tiene la suerte de estar al lado tuyo, que es lo que dice él, no lo que digo yo. Hace 3 años que hace teatro y yo televisión, con lo cual tenemos horarios muy distintos, y no convivir nos viene genial. Vive a tres cuadras, somos vecinos, ja. Los dos veníamos de convivencias, los dos teníamos la necesidad de tener nuestro espacio, dormimos casi todas las noches juntos, y cuando la vida se pone complicada por el trabajo o por lo que sea, decimos cada uno a su casa, y hablamos mañana. Así, si la pareja se termina, se va a terminar porque se terminó, no porque dejás la ropa tirada. Lo de la media naranja es un cuento. Hay que ser una naranja entera. Media naranja... no me gusta, hay algo incompleto en ese término. A mí no me interesa una persona que me complete. Con Fabián compartimos cosas más profundas que la hornalla de la cocina o la cuenta del teléfono. Lo cual no significa que un día uno decida convivir y listo. Pero, ¿por qué atenerse a los moldes, quién puede contar con la seguridad de una promesa? Yo prefiero la seguridad de un deseo.

Ha llovido. Los móviles (blancos) del jardín hicieron clin y clan, el viento removió glicinas y naranjos, y los zorzales cantaron como si fuera de madrugada. Suena el timbre.

-Es Ana, mi hermana. Dicen que somos parecidas.

Ana se asoma y sí, son muy hermanas. Se quieren. Inés dice que Ana tiene un talento único para el diseño, y Ana dice que Inés siempre supo lo que quería y que cocina superlativo, como la vez del bavaroise de durazno digno de chef.

-Sí. Salió rico. Pero este último tiempo no cocino.

Aclara Inés, con tono de hermana menor amparada en la teoría del 127 por ciento.

-Cuando estoy en una situación o tarea, me entrego 127%. Me puedo equivocar, pero sé que voy a haberme ocupado de todo con la concentración que eso merece. Tanto en el trabajo como en el afecto como en la casa. No voy a desatender una escena porque en casa tenga un drama y viceversa. Llego ahí, y estoy en el detalle. No voy a perder esa posibilidad de ser...

Entonces lo dice. La frase que la resume como un verso bien plantado.

-La posibilidad de ser... impecable... en lo que hago.

Luego de un rato uno se acostumbra. Las paredes, los muebles, las lámparas, dejan de ser tan blancos y empiezan a ser una ausencia discreta. Un marco invisible donde atruena el reventón sangriento de una flor. La silla roja. Los ojos de esta mujer.

Agradecimientos: Mariana Dappiano, Honduras 4932; Nadine Z, diseñadores del Bajo, Florida 971; Madre Tierra, Gorriti 4955.

Peinó: Impagliazzo Lomensa.

Maquilló: Constanza Yabéz.

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