
La suerte está echada
Lo aleatorio existe y se empeña en recordárnoslo una y otra vez
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Tras ser nombrado procónsul en las provincias de la Galia Transalpina y lanzarse a la conquista de territorios que hoy son parte de Francia, Bélgica, Holanda y Alemania, Julio César se enteró de que en el Senado de Roma sus enemigos conspiraban contra él. Había crecido demasiado y pretendían cortarle las alas. Al mando de sus ejércitos victoriosos cruzó entonces el Rubicón y marchó sobre Roma. Antes de cruzar ese río, que corre entre los Apeninos y el Adriático, emitió una frase que desde entonces (siglo I antes de Cristo) se habría de repetir millones de veces en la vida de la humanidad: ¡Alea iacta est! La suerte está echada. Esto significaba que no habría vuelta atrás y no existía certidumbre sobre lo que habría de ocurrir. Alea es una palabra latina que refiere a los dados, al azar, y de ella deviene la idea de lo aleatorio, lo que no entra en ningún cálculo, lo imponderable. Julio César venció a sus enemigos conservadores en lo que se llamó la Segunda Guerra Civil de la República de Roma, y quedó al frente del imperio.
Hoy, en la era de los GPS, de los cálculos de probabilidades, en una época rabiosamente resultadista, cuando cuesta admitir la incertidumbre y convivir con ella (gracias a lo cual, por ejemplo, el consumo de psicofármacos adquiere características endémicas), acaso sus soldados hubiesen dudado de seguir a Julio César, o él mismo hubiera consultado a todo tipo de asesores en busca de un éxito garantizado. Es lo que suele hacerse aquí y ahora en las decisiones personales, en las organizacionales, en las políticas, en las económicas y hasta en las deportivas. Florecen las encuestas, los estudios de mercado, las disciplinas normativas (que señalan cómo deberían ocurrir las cosas) en angustiosos y repetidos intentos por desplazar a la suerte y el azar y reemplazarlos por información y cálculos preventivos que a menudo confunden más de lo que garantizan. Porque lo aleatorio existe y se empeña en recordárnoslo una y otra vez. Pero nos cuesta aceptarlo (¿cómo va a existir después de tanto adelanto tecnológico y científico?), y entonces buscamos lo que el implacable ensayista libanés Nassim Nicholas Taleb llama posdicciones. Estas son explicaciones a posteriori que intentan demostrar que eso que ocurrió, y que dio vuelta nuestros planes, expectativas, certezas y previsiones, ya lo sabíamos desde antes y no nos sorprende. Como el boxeador que sonríe después de haber recibido un tremendo mandoble que no vio venir. En una cultura que no se atreve a convivir con el azar, con la aleatoriedad, con la incertidumbre, los especialistas en posdicciones florecen bajo diferentes nombres y categorías.
El problema es que al ofrecer explicaciones aparentemente lógicas, pero incomprobables, la posdicción lleva a tomar decisiones que posiblemente serán nuevamente erróneas. Los hechos pasados no explican los hechos futuros, dice Taleb en su trabajo ¿Existe la suerte? Y agrega que más datos (en el afán de blindarnos contra la incertidumbre) no garantizan mejores decisiones, pero sí más confusión. Y en el afán de suprimir lo aleatorio nos desprotegemos, perdemos habilidades para reaccionar ante el imponderable, tercerizamos (hacia el GPS tanto material como humano) nuestra posibilidad de comprensión, reacción, reciclamiento y reorientación a partir de los propios recursos e inteligencia. Olvidamos cómo nuestra especie sobrevivió y avanzó en situaciones críticas y desconocidas. Aunque no lo aceptemos, Alea iacta est. Hay que cruzar Rubicones y fluir con lo que viene. O quedar inmóviles como estatuas.






