
La ultima frontera
Una región de la Patagonia chilena que es casi como un impenetrable entre los campos de hielo continentales, encajonada por la cordillera de los Andes y el océano Pacífico del lado argentino
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A estas alturas de la historia de la humanidad, que se tracen caminos no es motivo de asombro, especialmente en el más antiguo significado de camino, una "vía que se construye para transitar". Eso ocurre y ocurrió en todo el planeta, pero si acontece en una de las regiones más impenetrables de la Patagonia sí es suceso.
Hasta hace pocos años, en La Ultima Frontera, Chile, no había rutas, ni buenas ni malas, ni asfaltadas ni de ripio, no había.
En aquella intrincada geografía están, de un lado, la cordillera de los Andes, y del otro, el océano Pacífico, muy próximos entre sí. Entre ambos hay canales extensos, fiordos como laberintos, cerros de paredes verticales, bajos pantanosos y un régimen de lluvias que nutre una densa selva.
En medio, la región está entrelazada por los campos de hielo continental Sur y Norte. Incluso desde el paralelo 49°, más o menos a la altura de El Chaltén, pero en Chile y hacia el Sur, entre la línea de altas cumbres y el Pacífico, solamente hay hielo, virgen y puro hielo eterno, que cae como ventisqueros a los fiordos. De todas formas, ese intríngulis topográfico y la furia climática no fueron escollo para que las carreteras fueran, sudorosamente, corriéndose hacia el Sur. La carretera austral ya llegó a la orilla del lago O´Higgins, aislado del Norte por décadas. Y por si eso no fuera suficiente, ya están en pleno avance las rutas a Entrada Mayer, a Caleta Tortel y al Montt, el glaciar más meridional del Hielo Continental Sur, conllevando la ambiciosa meta de alcanzar Punta Arenas por el borde occidental de los Hielos. Y allí, ruta que se empieza, ruta que se termina. Quien es viajero frecuente de la Patagonia austral, pescador, naturalista o aventurero, tiene a esta especie de Impenetrable patagónico como una de las asignaturas pendientes y sigue muy de cerca los progresos del Camino Austral, donde hasta ayer mandaban los ríos navegables y las sendas para caballo.
Los cambios en la mitad meridional de la XI Región todavía se están barajando. Pueblos que por décadas dominaron la movida por el lago Buenos Aires-General Carreras como Chile Chico, Balmaceda o Puerto Ibáñez decrecen o estacionan. Y otros se expanden de cara a nuevas expectativas, por ejemplo, el turismo. La Ultima Frontera es una región bella y exótica, pero no todo allí es color verde. No abundan los recursos, el índice de alfabetización todavía es bajo y la densidad poblacional también. Para contrarrestar esa realidad el Estado aplica ayudas, subvenciones y subsidios en alimentos, transporte, quita de impuestos, ventas a plazo o salud. Un carnet certifica el derecho a los subsidios. "Entre Cochrane y Puerto Vagabundo pagamos 2500 pesos sobre lo que al público cuesta 3500. Y aquí no se pagan impuestos, excepto en los comercios", dice una señora de Caleta Tortel.
La penetración de las rutas hacia los hielos -construidas por el Cuerpo Militar de Trabajo- tiene en algunos pueblos detractores y adherentes. "La gente está dividida en opiniones, pero toma posición de acuerdo con sus intereses. Los lancheros, en contra. Los comerciantes dicen que la ruta traerá rebajas en las mercaderías. Pero cuando haya caminos tal vez se terminen las ayudas y el flete será más caro."
Caleta Tortel es la próxima misión para los soldados viales, pueblo en la desembocadura del río Baker. Hasta hoy "los pobladores se ubican donde puedan llegar en bote" porque en Caleta Tortel no hay calles ni coches, sino pasarelas de ciprés que se elevan sobre unas aguas marinas sin aroma a mar.
Allí, el cura para la misa llega una vez al mes, igual que el médico. Para comprar frutas y verduras frescas hay que esperar la lancha subvencionada de los martes, jueves y sábados, que funciona entre Puerto Vagabundo y Caleta Tortel como colectivo, correo y flete.
Caleta Tortel es una bahía de pescadores que no pescan. Tiene 500 habitantes y es un lugar del que los jóvenes no emigran. "Ellos aceptan la vida tranquila del lugar. Se dice que la TV es mala influencia, pero los cabros ven también lo negativo que ocurre afuera", señala el locutor local Delfín Velázquez. La historia de la colonización de esta región por la vertiente sur está asociada al Baker, el río más caudaloso de Chile. Allí se hicieron concesiones de tierra a empresas ganaderas y madereras. Hace más o menos cien años las compañías llegaron de Punta Arenas, de Tierra del Fuego, o de la Patagonia argentina.
Lucas Bridges, autor de El último confín de la Tierra, también estuvo allí. Durante su estada en Aysén, Bridges hizo obras insólitas, muy adelantadas para la época y el lugar.
En un tramo del río Baker que se cierra con acantilados abrió un túnel en la roca que mira hacia el lecho del río y por el que Lucas hizo pasar mulas cargadas con fardos de lana. El 80% de la comuna está ocupado por santuarios naturales de aguas incontaminadas, como la Reserva Nacional Katalalixar, accesible solamente por mar, y parte de los parques Bernardo O´Higgins y laguna San Rafael, que protegen los dos campos de hielo, incluido el monte San Valentín, el más alto de la Patagonia austral. Pese a tanta pureza, la vegetación que rodea Caleta Tortel es "renuevo". Cuentan que en Ayseín hubo incendios que no se apagaron por años. En los años 40 la atmósfera quedó negra y tan espeso fue el humo que habría llegado al Atlántico igual que en los 90 las cenizas del Hudson, volcán no lejos de allí. La madera que se explota es la de ciprés quemada, que preserva su calidad aun en esa condición. "El lado positivo de aquellos grandes incendios es que hoy esa madera da trabajo. No dejan extraer árboles vivos", refiere Delfín Velázquez.
El ciprés es, junto con el alerce, muy valorado por sus cualidades: liviandad, durabilidad, flexibilidad y buen perfume. Todo Caleta Tortel huele a ciprés; las pasarelas son de ciprés, las casas son de ciprés, los escalones son de ciprés, al igual que la plaza, los muelles y los barcos. "Cuando te vayas sabrán que estuviste en Caleta Tortel, uno se lleva el olor a ciprés encima."
Hasta la implantación de una pequeña red de aeropuertos y el inicio de los estudios para el Camino Longitudinal Austral, a fines de los años 60 y hasta entrados los 80, la XI Región se mantuvo prácticamente incomunicada del resto de Chile. Más allá de la asistencia por cielo y por mar, el territorio vivió ligado a la Argentina, a Santa Cruz y a Chubut; aún hoy un alto porcentaje de la peonada en las estancias argentinas proviene de Aysén. De ese contacto los colonos de La Ultima Frontera heredaron el gusto por el mate amargo. En las fiestas populares de pueblos como Villa Cerro Castillo o Cochrane se juega al truco (un truco franco, con ligereza, picardía y menos parla, a doce por chico y con flor) y se baila chamamé, vals, o quizá ranchera. Las rancheras, pura cepa mexicana, son una curiosa devoción. El traslado de ganado se hacía por el lago Pueyrredón, Santa Cruz, recuerdo inalterable en antiguos pobladores como Irián Landeros: "Estábamos una semana trasladando la hacienda hacia la Argentina". Hoy, Irián es el campesino que vive más próximo del ventisquero Montt, extremo norte del Hielo Continental Sur, sobre la costa de un canal de mar bravío e impredecible.
El vecino más a mano "vive a dos horas y media de navegación" y tan presente está el glaciar en su vida que el Montt puede servirle de pronóstico. "El ventisquero truena cuando va a venir mal tiempo." Su hija Valeria Brunilda atiende una cálida pensión en Caleta Tortel y pasó su infancia en el glaciar. "Veníamos a Caleta Tortel con el agua escarchada -expresa Irián-. Todos remaban un poco, pero era un largo viaje, de días." Por fortuna, los tiempos de navegación a sangre quedaron atrás. Como otros glaciares de la Patagonia, el Montt ha cambiado su aspecto. "El ventisquero era más lindo antes. Se retiró cientos de metros, ahora baja como barranco al mar y no tiene desprendimientos." Igual, el glaciar sigue siendo el mayor atractivo para los contados turistas en Caleta Tortel, incluso por constituir la entrada de una de las exploraciones más ambiciosas hechas en el hielo continental. En diciembre de 1960, Eric Shipton y un grupo anglo-chileno comenzaba el primer cruce norte-sur, desde allí hasta La Cristina, lago Argentino. Fue el origen de las grandes expediciones deportivas por el Hielo Sur.
No hay conversación con los ayseninos en la que no salga a colación el padre Antonio Ronchi, misionero milanés nacido en 1930, que brindó hasta el final de sus días asistencia incondicional a los necesitados. "El padre Antonio era muy buena persona -recuerda Landeros-. Nos ayudó en tiempos difíciles a vender madera en Punta Arenas, consiguiendo a cambio 200 animales."
La labor del misionero fue pródiga. Instaló una docena de radios, construyó microcentrales hidroeléctricas, formó centros de investigación científica e industrias artesanales. Levantó las típicas capillas de tejuelas y diseñó barcos para uso comunitario, como uno que jamás fue botado y descansa en Caleta Tortel, sin nombre, como un gran Arca de Noé. Otro barco de su autoría sí finalmente llegó al agua y actualmente navega las aguas del indómito San Martín/O´Higgins con el nombre Pirincho. Este intrincado lago, compartido por la Argentina y Chile, está situado apenas al norte del lago del Desierto. Villa O´Higgins es la única población del lago, en el valle del río Mayer. Los fiordos y el mar no están a la vista y la vida de esta aldea transcurrió de cara a las estancias de ambos lados de la frontera, si bien sólo las argentinas generaron cierta riqueza. "Si las estancias aquí en Chile alcanzan a cinco o diez mil hectáreas, únicamente se pueden utilizar mil, por los terrenos escarpados."
Ahora que hay conexión por tierra Villa O´Higgins existe para sus coterráneos. El pueblo comenzó a organizarse en torno del nuevo camino, y los viejos lazos de comunicación alrededor del lago pierden peso. ¿Una paradoja de todos los caminos? Lo más cerca es Cochrane, a 225 intrincados kilómetros, distancia antes impensable para los aldeanos. Además, "el camino a veces se corta" y el cruce obligado de barcaza a través del fiordo Mitchell puede suspenderse con temporal. La carretera acerca y acorta distancias, pero las que ella misma crea. De todas formas, eran 331 personas en 1990 y hoy 500. "Tenemos salida más frecuente de forma interna -afirma el alcalde José Fica Gómez-. Y si bien hay más flujo de turistas, nuestra gente vive todavía de la producción ganadera y del municipio."
Un solo navegante recorre regularmente el lago O´Higgins, Antonio Vidal, capitán del Pirincho, del Blanca Estrella y licenciatario del Soberanía. El hombre viste gorra de marino y su cara está curtida por el viento y la tensión que renace en cada viaje como si fuese el primero, por un lago "con pocos puertos, olas cortas y de pasajes extremos como el Cabito de Hornos".
Antonio Pirincho Vidal es oriundo de Chiloé. Sus anteriores creaciones de coihue y lenga, la Victoria y la María Estela, yacen bajo las aguas del lago. Los puestos aislados de los brazos occidentales del lago dependen de él, porque Pirincho realiza los recorridos quincenales que el Estado financia para asistirlos. "Trabajo con la necesidad de los pobladores y aunque el agua es ¡peligro vivo! no se puede estar pensando siempre en eso."
Ninguno de los más inestimables exploradores y científicos de la Patagonia austral pasó por alto la bravura del San Martín/ O´Higgins. Ilse von Rentzell -la primera mujer en el hielo-, que llegó hasta los pies del volcán Lautaro junto a Federico Reichert, o Alberto De Agostini, hicieron menciones sobre eso. En la Patagonia toda navegación está signada por vientos impetuosos, aunque el ritmo lo establece el capitán. "Yo me muevo como en el 1000, y no apresurado como en el 2000. Pero si hay buen tiempo no podés perder ni un minuto." Y antes del zarpe, el pronóstico que surge de los ojos de un nativo y no de los instrumentales. "Nosotros calculamos el tiempo mirando el cielo. Si hay nubes zepelines, vendrá malo."
Florentina Behamondez Barrientos, la mujer de Pirincho, es su tripulante. "Los abuelos por parte de mi madre eran de Chiloé y por parte de mi padre de la Argentina", lo que revela un patrón de inmigración común en apellidos del lugar, como Sepúlveda o Mansilla, que llegaron en las primeras décadas del siglo XX.
La vida de tripulante y de capitán, de Florentina y de Antonio, transcurre a flote. Durante los seis años que trabajaron en La Josefina, margen norte del lago, Santa Cruz, la nave Victoria resultaba cómoda para vivienda, incluso con la primera beba. "La teníamos anclada en la costa y yo bajaba a la estancia para cocinar." Villa O´Higgins se emplaza en un territorio signado por el cíclico renacer de disputas limítrofes, la ya resuelta del Lago del Desierto y la del Hielo Continental Sur, aún sin demarcar en el terreno a pesar de los tratados firmados.
"Nosotros nos mantenemos a un lado de los conflictos. Y nuestra población nunca ha tenido problema trabajando en el lado argentino -relata el alcalde Fica Gómez-. Hay buenas relaciones."
"Aquí en la Patagonia estuvimos toda la vida integrados a la Argentina", dicen en Villa Cerro Castillo. Y aunque el tema adquiera ribetes fantásticos ("una vez vino de visita un parlamentario de Santiago y sugirió que dejásemos de tomar mate y que no usásemos el che" -hace saber un parroquiano de Caleta Tortel-), la percepción del tema para los colonos de la parte más alejada de Aysén no se deja arrastrar por actitudes instigadoras.
En lo concreto, las asignaturas en torno de la demarcación de límites, las resueltas y las pendientes, se mueven como un péndulo para la integración real. Y las prorrogadas por acuerdos desconcertantes, como algunos del Hielo Sur, pesan más. Un proyecto de creación de un parque binacional para proteger el huemul en el glaciar Mosco está paralizado, la navegación entre la Argentina y Chile por el lago está interrumpida, las excursiones andinísticas requieren de permisos burocráticos y las travesías fuera de los circuitos convencionales son por el momento vistas con aprensión por las fuerzas del orden. Mientras tanto los campos se vacían ("el verdadero poblador de la Patagonia se está perdiendo") y las tierras se venden "casi regaladas", a capitales foráneos, sin ocuparse en forma genuina.
Los confines de la XI Región están en pleno proceso de cambio, por una política impulsada desde el Estado; lo que con seguridad influirá sobre las dos caras de los Andes. Eso es La Ultima Frontera, reserva incontaminada que todavía la literatura de la Patagonia no ha abarcado en su totalidad y que tiene la posibilidad, por determinación de su pueblo, de ser paradigma de integración como, en lo cotidiano, sucedió desde los primeros pasos dados por los pioneros.
Del lado argentino
Las comunas más australes de la región de Aysén limitan con la provincia de Santa Cruz. Por proximidad física, son las estancias las que han tenido un vínculo más estrecho con La Ultima Frontera. En medio de la crisis del sector, los productores subsisten en Tucu Tucu, en el río Ñires, en el río Belgrano, en las nacientes del río Chico y en el lago San Martín, varios reconvertidos a la actividad turística.
Entre las que mantienen labor plena está Alma Gaucha, 90 kilómetros al sudoeste de Las Horquetas, un emprendimiento de tipo familiar sostenido por el esfuerzo de varias generaciones de Reichert y Lockhart. "Vivimos donde cuesta llegar, donde los caminos son malos -dice Susana Lockhart-, donde tenemos que rogar todos los años para que una máquina de Vialidad se digne pasar, cuando ellos quieren, si es que quieren." La ruta provincial 36 -que pasa frente al casco- se convertiría en paso internacional. Ahora que el Camino Austral llegó a Villa O´Higgins, y luego de períodos de abandono, en 2001 se trabajó en la calzada, pero los operarios ya se volvieron a casa. Por su situación geográfica, el costo en los Andes es alto. El deterioro de los caminos, incluyendo la postergada 40, encarece los gastos. El agro en Santa Cruz está en quiebra; más de la mitad de los establecimientos ganaderos estaría cerrada. El gobernador mandó a elaborar un proyecto para revertir la situación, pero aún no pasó nada. En el oeste santacruceño se preguntan si hay quienes quieren que los campos vacíos prosigan así, por las molestias que las estancias causarían al capital minero. "Si encuentran mineral, no es lo mismo una tierra abandonada que una funcionando", presume un ganadero de la cuenca del río Chico. Ramón Lista y Carlos Moyano, colaboradores del perito Moreno, habían llegado hasta Tucu Tucu (1877-1878), pero fue el naturalista John B. Hatcher, Universidad de Princeton, el que llegó a los ventisqueros Narváez Grande y Narváez Chico recolectando fósiles.
El paisaje de Alma Gaucha es privilegiado. Ambos glaciares Narváez y el cerro Hatcher, a horas de caballo, están entre los menos conocidos del Sur. El calendario de este polo lanero se rige por la esquila de preparto en primavera, por rodeos, mantenimiento y la atención de turistas en verano, y finaliza el 10 de junio, hasta el paso de las nevadas. Alma Gaucha obtuvo las ediciones 2000 y 2001 del Premio Estancia de las Mil Estrellas, por la excelencia en los servicios.
El amor por la tierra es el empuje de los Reichert-Lockhart para soñar con el progreso de Alma Gaucha a pesar de las contrariedades. Susana y Raquel, recibiendo huéspedes; Walter y Enrique, en el campo. "Mi abuelo -dice Susana Lockhart- fue el primer médico argentino en Santa Cruz, enviado por el gobierno nacional en 1912 a fundar las Asistencias Públicas de Comodoro Rivadavia y de Santa Cruz, quedando para siempre en Río Gallegos. Mi padre fue a esa localidad, y allí se quedó también. La Patagonia nos fue atrapando a todos."
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