
La urbe a sus pies
Mientras abajo la ciudad bulle, en lo alto de Corrientes y Alem se dibuja una postal serena, con muchos más colores que el gris cemento
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Panorámicas, nota III de IV
¿Cómo se ve, cómo se siente Buenos Aires desde sus techos, sus terrazas, sus torres? LN R le propuso a un grupo de jóvenes escritores embarcarse en la tarea de escribir esas sensaciones
Dice el diccionario de sinónimos que lo alto es también lo noble, lo elevado. Lo que tiene mérito, valor, valía. Lo destacado, lo preeminente, lo cimero. Lo superior, lo noble, lo sublime. De lo bajo, en cambio, dice que es lo pequeño, lo enano, lo retaco y se pone, después, derechamente tremebundo para igualar -lo bajo- con lo ruin, lo soez, lo despreciable.
Una mujer con abanico de madera, cartera de charol pequeña y roja, mira por la ventana -esa ventana: piso 19, Edificio Comega, Corrientes 222, ciudad de Buenos Aires- y dice qué vista, qué belleza. Pero la mujer está sentada y todo lo que puede verse desde donde está es ese parche azul -y alto- que no cambia, que siempre permanece: el cielo.
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(Mirar, por primera vez, desde la ceja de un tapial, desde el techo de casa, desde los hombros del padre. ¿No era eso la infancia: ver cosas por primera vez desde otras partes? Después, cuando se crece, hay que esforzarse: renovar el asombro, inventar perspectivas más extremas.)
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El folleto dice que el Edificio Comega pertenece a la llamada "Segunda generación de rascacielos de Buenos Aires". Con ese aire sobreinformado que suelen tener, también, las etiquetas de museos, no aclara cuál es la primera generación de rascacielos, pero sigue diciendo que fue construido entre los años 1931 y 1934 por los arquitectos Alfredo Joselevich y Enrique Douillet, y que ya por entonces incorporó "las nuevas tecnologías dentro de un estilo netamente modernista, alejado de las corrientes eclécticas historicistas y del art déco". Sea como fuere, son las cuatro de la tarde y en el piso 19, donde funcionó desde 1934 una confitería que ahora es el restaurante A222 (sillones rojos, mesas de madera, paredes oscuras, café a veinte pesos la tacita), un grupo de gente se amontona en torno al Arquitecto que explica lo que rodea -paisaje urbano, moles, edificios- en el marco de un programa llamado Miradores de Buenos Aires, impulsado por la Dirección de Patrimonio e Instituto Histórico, dependiente del Ministerio de Cultura de la Ciudad.
-Estamos en un edificio emblemático, que marcó un cambio en la concepción de los edificios de altura. Abre las puertas a un nuevo tipo de rascacielos, ya desprovisto de ese ropaje historicista que tenían todos los rascacielos porteños, academicistas, tanto italianizantes como afrancesados, muy recargados, muy ornamentados, y este provoca la síntesis formal e incorpora lo que es el racionalismo moderno: líneas puras, paramentos lisos, un proyecto de planta libre.
Nadie pregunta qué son el academicismo, la planta libre, la síntesis formal, pero todos, en cambio, asienten con ese movimiento de alumno muy-bien-diez que avala, que dice sí, es verdad, yo lo garanto.
-Este edificio fue testigo del ensanche de la avenida Corrientes, que por entonces sólo estaba ampliada hasta la calle Talcahuano.
El Comega -dos volúmenes menores, una torre central más alta, un patio abierto- fue construido por la Compañía Mercantil y Ganadera SA y concebido como sitio de oficinas. Está en la esquina de Corrientes y Leandro N. Alem y, visto desde abajo, tiene una elegancia helada: un guante magro de mármol travertino. A sus pies hay un río de urbanidad salvaje: las obras de la línea E de subterráneos, la salida de tres bocas de la línea B, una avenida que suma seis carriles y otra que suma tres o cuatro, humos negros, autos que se torean, el sol a pico sobre espaldas nunca enhiestas, sudor, corridas, gritos. Pero lo que se ve desde su cumbre es otra cosa: desde su cumbre se ve serenidad.
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(La fascinación de las alturas. Buscar, en Google Earth, la terraza del edificio en que vivimos, la playa donde estuvimos en enero, la casa de un amigo en Bogotá. Ver imágenes de la tierra tomadas desde el espacio: una burbuja azul incandescente rodeada por la garganta espesa del vacío. Pasearse por las fotos de Esteban Pastorino tomadas con cámaras aferradas a barriletes: esa opacidad amenazante, sicótica, aterida de cosas aplastadas contra el suelo. La fascinación de las alturas: el salto, la estampida sobre el borde: el miedo terminal a esa fascinación.)
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¿Hay algo más prepotente que la altura? En noviembre de 2009, la crisis financiera del emirato de Dubai hizo temblar las bolsas del mundo: su PBI total era de 75.000 millones de dólares y su deuda, de 88.133 millones. Apenas dos meses después, en enero de 2010, se anunciaba, con bombo y con platillo, que Dubai acababa de inaugurar el rascacielos más alto del mundo: 828 metros, un chorro de -casi- un kilómetro de hormigón y de metal.
El Arquitecto, ahora, señala el horizonte: un edificio que culmina en caladura. Es, dice, el más alto de la Argentina. Se llama Le Parc Figueroa Alcorta y tiene 173 metros: algo menos de dos cuadras.
Las comparaciones, siempre tan intensas. En un mundo en que todo queda a dos clics y doce horas de avión de cualquier parte, llegar más alto parece ser una de las pocas formas de llegar más lejos que nos quedan: de mostrar quién manda.
Casi un kilómetro. Casi dos cuadras.
Las comparaciones, siempre tan intensas.
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El Arquitecto está parado frente a la ventana que da al río. Insiste con la tesis de que este edificio, señores, es testigo: testigo del entierro de Carlos Gardel, que arrastró a una masa de ciento treinta mil acongojados; testigo del paso del Graff Spee, en 1934. En días claros y noches severamente prístinas puede verse Colonia, en Uruguay. Hoy se ven, apenas, sobre el lomo viejo y lento del Plata, varios veleros que van a ninguna parte. La ciudad, desde aquí, semeja un barco inmóvil. Y sin embargo se mueve, va. Quién sabe dónde.
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La altura es indiscreta. Desde aquí Buenos Aires no tiene más opción y muestra sus capas geológicas, sus estratos: primero, una franja de edificios de tejas francesas, ventanas ovales, cúpulas nervadas, molduras, frontis, mansardas: la inteligencia dramática del ocio, lo inútil pero bello. Le siguen los cajones, impostados con piel de reciclaje, de los docks de Puerto Madero. Después, el vidrio y el acero, la vida air con al otro lado del canal: los eucaliptos que ocupan seis pisos de la torre Repsol-YPF. (Encerrar a la naturaleza para solaz de los encerrados: Bradbury y Barjavel escribían sobre esas cosas y las llamaban pesadillas.) Después, la Reserva Ecológica. Después, el río: no dice volveré, soy el futuro, pero podría.
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La escalera mecánica del subterráneo Línea B estación Leandro N. Alem escupe gente. Podría ser siempre la misma -gente- porque, desde aquí, sólo se ve una mancha roja, una mancha blanca, una mancha más oscura. Desde aquí no hay limpio ni sucio, ni caro ni barato, ni Patio Bullrich ni La Salada, ni radicales ni peronistas, ni piqueteros ni indignados. La altura es pura democracia, o pura tiranía, según se vea.
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Los autos doblan raudos, los colectivos se deslizan suaves, la gente cruza a tranco seguro el paso cebra. Todos saben adónde van, hacia dónde se dirigen. Nadie titubea. Por algo a Dios lo pintan siempre alto: si mirara desde aquí podría pensar que sus criaturas son nobles, revientan de certezas.
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En la esquina de Corrientes y Alem, sobre un estacionamiento cubierto con una media sombra, hay un cartel gigante, megalómano, que publicita un auto: "El diseño en la dimensión del hombre". Carteles desmesurados para decir la dimensión humana. Cosas que hace la civilización. Cosas que, a estas alturas, nadie le cuestiona.
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(Sobre la avenida Leandro N. Alem, entre Tucumán y Lavalle, el sol traspasa la copa de los árboles de las plaza Roma y derrama, en el asfalto, una electricidad verde, una espuma efervescente, acuática. Sólo por eso, por ver ese verdor tembleque que jamás podría verse desde el piso, vale la pena venir aquí. Subir, trepar hacia lo alto).
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Los edificios, sus terrazas: hay cosas que giran, caños, tanques, rollos de cables, pilas de ladrillos, azulejos, restos de mosaicos, antenas retorcidas. Allí se acumula lo que sobra, lo que ya no sirve, lo que no hace falta. Eso -ocultar la mugre a los ojos de los propios ensuciando el paisaje de todos los ajenos- debe querer decir alguna cosa. No sé bien qué.
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En diagonal al Comega, un edificio señero: el Dreyfus, circa 1925. Al pasar por la avenida Corrientes los autos se reflejan en sus vidrios y hacen que el Dreyfus parezca un móvil de Calder: los brillos, los colores, oleaje y movimiento. Al otro lado de la calle, una terraza, y sobre la terraza, una silla de plástico, blanca, sola. Mirando al río. Alguien ha plantado, allí, su madriguera. Un ser que sube cuando nadie ve. Un ser que asciende.
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Recortadas contra la Reserva Ecológica, dos construcciones nuevas, bajas, cuadradas, dos carteles: ABN AMRO, MAPFRE. La imagen es una viñeta de cómic, uno de esos dibujos retrofuturistas en los que edificios atravesados por una devastación reciente permanecen al acecho de la ferocidad vegetal, verde y jurásica, que ha engullido al hombre y a sus máquinas. Lo que quedaría después de una bomba neutrónica: las huellas del hombre, pero sin el hombre. Tiene su belleza. Su resplandor violento.
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¿La ciudad es gris? El verde claro de las cúpulas, el marrón del río azul cansado, el amarillo y rojo de las grúas de Puerto Madero, la cinta azul tiranosaurio de la autopista a La Plata, el negro altivo de las mansardas, el naranja inglés de los docks, el verde flameante de las lonas de los camiones en la avenida Huergo, el rosa viejo de la Casa Rosada, el amarillo del convento de San Ramón Nonato, el rojo óxido de hierro del techo de chapa del edificio del Correo Central, el verde brócoli de los árboles de la Reserva. ¿Es gris? ¿La ciudad es gris? Lugar común, el gris cemento.
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Después, afuera, abajo: el rebaño manso y seguro que se veía desde arriba es muchedumbre electrizada que atropella, putea, dobla a lo animal, farfulla, grita, no sabe dónde va ni para qué. La serenidad, vista de cerca, es su contrario: la rabia, el corazón salvaje de la ira. Eso debe querer decir alguna cosa. Pero tampoco sé bien qué.
La autora es periodista. Autora de los libros Los suicidas del fin del mundo (Tusquets, 2005), Frutos extraños y Crónicas reunidas 2001-2009 (Aguilar, 2009), escribe en diversos medios latinoamericanos y españoles, como SoHo, El Malpensante, Gatopardo, El Mercurio y El País, de España. Integró la redacción de LA NACION, con la que colabora.
Datos útiles
El programa Miradores de Buenos Aires, de la Dirección de Patrimonio e Instituto Histórico del Ministerio de Cultura porteño, organiza visitas guiadas gratuitas al piso 19 del Edificio Comega. Por consultas de días, horarios e inscripciones, se puede llamar de lunes a viernes, de 9 a 15, al 4323- 9400, interno 2756.
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