
La vejez: mitos y verdades
En las propagandas de las AFJP se los ve payaseando y bailando tap. Pero eso no refleja, tal vez, ninguna de las mil realidades de la tercera edad. Lo cierto es que el mundo no está preparado para lo que viene: un aumento espectacular de hombres y mujeres con muchos años, que querrán saber cuál es el lugar que la sociedad tiene reservado para ellos
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Hay pocas cosas más imperdonables que la vejez. Hay pocos paños fríos para una idea que lacera: todos llegaremos a viejos; la piel se lastimará de arrugas, el pelo se iluminará de canas. Y si llegar a viejo es la manera más eficaz para no morir joven, la vejez como lugar común no consuela. Muchos saltarían ese paso desagradable si hubiera otra forma de vivir muchos años.
Dicen que se pierde la memoria, que el entusiasmo se apaga, que la soledad arrecia. La televisión bombardea con estereotipos: el viejo bueno, el viejo gagá, el viejo tonto, el viejo generoso, el pobre viejo, el viejo verde. Las publicidades gatillan imágenes tranquilizadoras de viejos saludables, eternos jóvenes que bailan rock and roll. Las revistas llenan sus páginas con dulces jubilados pescando truchas en los lagos del Sur; abuelas piolas, viejos cancheros.
Estereotipos, mitos y prejuicios por donde se mire. De todo, menos gente real. De todo, menos los que trabajaron toda la vida y no llegan a fin de mes; los que sí llegan a fin de mes, pero ya no tienen con quién sentarse a tomar el té de las cinco porque todos murieron; los que tienen con quién, pero no pueden porque están enfermos. Los que se resignan, los que extrañan la juventud, los que se rebelan, los malhumorados, los comprensivos, los intolerantes, los abúlicos, los que están bien. Los que tienen 55 años y se niegan a envejecer dentro del molde.
-Hay una mirada social que determina cuál es el rol del viejo, y esa mirada hoy es prejuiciosa -explica el licenciado en psicología y profesor de la cátedra de Psicología de la Vejez de la UBA Leopoldo Salvarezza-. Este conjunto de prejuicios se llama viejismo. Los prejuicios negativos dicen que los viejos son todos enfermos, deprimidos, pobres, que no tienen sexualidad. Los positivos, que son todos buenos, sabios, amables, ricos. Y la paradoja es que la vejez es la etapa que mayor cantidad de variaciones de personalidades individuales presenta. Hay tantas maneras de ser viejos como viejos hay. Si no, se sale del este-reotipo del viejo achacado y se cae en el del por siempre joven, el viejo de la AFJP bailando el tap, que no es otra cosa que decir que todo lo bueno pertenece a lo joven y lo malo a lo viejo. Muchos viejos de ahora han sido jóvenes prejuiciosos y han creado esta imagen de la vejez, y ahora se la tienen que comer.
Salvarezza se ensaña. Dice que el mito del viejo oriental respetado es eso, un mito. Que lo del viejo bondadoso, lo del viejo egoísta, lo del viejo intolerante, lo del viejo comprensivo y consejero son parvas de mitos. Un joven rígido dará como resultado un viejo rígido, un joven inquieto dará un viejo inquieto. Se envejece según se vive.
-Hay países en los que los viejos viven mejor económicamente, pero la marginación es igual en todos lados. Lo económico es un problema dramático para gran parte de la población. Pero eso no es un problema atribuible a la vejez.
Kenneth Kemble es un hombre apuesto. Cuenta la leyenda que nadie se le resiste demasiado tiempo. El detalle es que tiene 82 años. Artista plástico, revolucionario, inquieto, organizó una muestra llamada La rebelión de los gerontes con obras de otros plásticos y propias. El común denominador es que todas las obras son de artistas mayores de 65 años. Sube y baja con meticuloso cuidado las escaleras de su casa de San Isidro y estira un par de hojas escritas por él mismo que acompañan su obra expuesta. Es un relato erótico; después explica que está inspirado en la relación con una muchacha que no prosperó.
-Está bien escrito.
-Sí, bueno, todas las mujeres que lo leen dicen que se excitan. Soy un exhibicionista. Por eso el texto. Con esta exposición lo que quiero desmostrar es que estamos vivos y que se dejen de j... Porque la gente no entiende que los viejos se pueden destacar. Los viejos no existen más. Cómo que no podés tener una erección. Claro que la tenés. El deseo sigue. Las enfermedades y todo eso también llegan con la vejez. Pero no hay resignación. Al menos, yo no la tengo.
Imagine, lector, a dos personas que esperan el fin de semana para estar a solas. Imagine que llega el sábado a la noche, cenan, ven televisión, se van a la cama. Imagine que cierran la puerta con llave. Que se acurrucan y se rozan, se buscan entre las sábanas.
Que se encuentran. Que se besan con furor. Que se duermen después abrazados, húmedos.
Imagine, ahora, que esas personas tienen 75 años.
Juan Hitzig es gerontólogo, especializado en medicina del envejecimiento. Explica que si hace 3000 años la expectativa de vida era de 25 años, a principios de siglo era de 46 y a esta altura del calendario es de 75 y subiendo. En un siglo, la expectativa de vida creció igual que en los 3000 años anteriores. Los viejos actuales son los primeros afectados por estos avances, pero destino de cobayo, no han sido alcanzados por los beneficios finales del plan que incluye, por el mismo precio, mejor calidad de vida.
"Un 75 por ciento de los viejos jamás va a tener trastornos o enfermedades mentales. Eso de que los viejos chochean es un prejuicio social", dice el especialista Hitzing.
-Cuando la gente que hoy tiene 80 años nació, sus padres pensaron: Qué suerte, tenemos un hijito que va a vivir 46 años . Esta gente es la primera sorprendida con su edad, porque envejeció pensando que iba a ser víctima irremediable del envejecimiento. Y así le fue. Nosotros no, tenemos la sensación de que podemos pilotearlo. No es lo mismo la generación de viejos que nació en 1910 que la gente que tenía 20 años en la década del 60. Los viejos van a hacer una revolución para lograr roles sociales que sean elegidos y no impuestos, pero lo vamos a hacer nosotros, no estos viejos de ahora.
Los viejos de ahora -insinúa Hitzig-, compraron vejez con fecha de vencimiento. Una versión caduca que empezaba a los 52 años y terminaba apenas después. Una vejez que se resignaba a los achaques y las enfermedades bajo la bandera de los años no vienen solos .
Muchos viejos chochean para no contradecir el mandato de la sociedad: el viejo tiene que chochear -sigue Hitzig-. Un 75% de viejos nunca va a tener trastornos mentales o enfermedades, cuando el mito es que el 100% de los viejos sufre trastornos. Los trastornos no son propios de la vejez. Son una patología. No es un orgullo ser un viejito achacado. Si soy un viejito achacado, soy un discapacitado.
Si desde el punto de vista médico se puede ser optimista en cuanto a nuevos tratamientos eficaces para enfermedades brutales como el mal de Parkinson, el Alzhaimer o la demencia senil, el problema acuciante es que los viejos actuales han perdido su rol social: si hasta 1960 los adultos mayores eran los que determinaban los valores fundamentales de la sociedad, a partir de 1960 ocupan sólo el rol de abuelo.
-Pero bueno, también hay que ver que los viejos siempre han tenido más espacio en las sociedades más autoritarias -advierte Salvarezza, a golpe de puño contra todo lugar común-. Cuanto más autoritaria la sociedad, más papel predominante de los viejos.
En los libros de lectura del colegio primario desde 1880 hasta 1930, las tres cuartas partes de las lecturas incluían personas ancianas. En los libros actuales, sólo un par de lecturas tienen algún contacto con la vejez o el envejecimiento.
-El viejo está relegado a un rol familiar, y esto es común verlo en el hecho de que todo el mundo les dice abuelo, cuando a la gente de menos edad no le dicen tía, madre, sobrino -aclara Julieta Odone, socióloga, investigadora del Conicet en Flacso.
En la Argentina, hablar de vejez es también hablar de un problema económico. Hay cuatro millones quinientas mil personas que tienen más de 60 años. La realidad, según el Indec dice que sólo el 65% de la población mayor a los 65 años recibe algún tipo de jubilación o pensión. El 15% de la población total del país de más de 60 años no tiene ninguna cobertura de salud. Un 7,6% de la población mayor de 65 años tiene sus necesidades básicas insatisfechas. Las cosas se ponen negras si agregamos que el segmento de población mayor de 60 representaba en 1995 al 13% del total (4.500.000 personas), en el 2010 subirá al 14% (8.500.000 personas) y en el 2050 ese porcentaje será del 23,4%, casi un cuarto de la población. Y si se puede asegurar que la expectativa de vida será cada vez mayor, nadie arriesgaría una sílaba en asegurar que la calidad de vida de esos años será buena. En un rincón del parque Rivadavia, el sol pega parejo las 17. Allí hay un par de mesas y todos los días, después de las 14, se reúne un grupo de amigos que pasan de los 70 años. Llegan con almohadones aparatosos, gorras de lana y sonrisas a todo vapor. Manuel tiene 72 años y no puede hacer otra cosa que ir a la plaza. Está casado y vive con su mujer, pero no tiene hijos y cobra la jubilación mínima: 147 pesos.
-A los treinta años ni me imaginaba que iba a estar acá, pensaba que me iba a jubilar bien. Pero si esto sigue así, cuando usted se jubile se va a requeteamargar. La gente nos mira con compasión. Dicen pobre, el viejito jubilado .
Manuel recuesta la boina para atrás y se escarba las manos. Sabe desde toda la vida que la vida es otra cosa. Elia es rubia, encasquetada en lana blanca y se ríe cuando se le menciona la posibilidad de concurrir a algún centro de jubilados para pasar el tiempo. -Mi amor -dice muerta de risa-, eso está muy bien, pero si usted no tiene para comer, se va a preocupar por ir a hacer yoga...
Antonio tiene dedos cortitos, mirada noble. Cecea, se cruza de brazos sobre el abdomen hinchado.
-Hay una edad para cada cosa. Por ejemplo, una pareja de gente grande haciendo pantomimas, dándose besos en la plaza... La gente dice mirá ese viejo estúpido lo que hace . Queda feo, cada cosa a su tiempo. Mire los chicos de hoy cómo se besan. Eso se hace por impulso. Y el impulso se pierde con los años.
Elia, que es su mujer, se retuerce en el banquito y lo mira con una sonrisa que quiere decir vaya uno a saber qué.
-No, mujer -la reta Antonio-. Si uno está en un sitio tranquilo, todavía, pero en este loquero...
Hay algo que enfría la tarde como un dedo malsano. Una pregunta que suena inocente, pero encierra una crueldad absurda, un ensañamiento innecesario. -Qué pregunta..., claro que me gustaría volver a ser joven, tener 19 años; qué lindo si fuera realidad. O volver a la niñez -sueña Antonio, que confiesa que la única vez que fue malo a sabiendas fue a los diez años, cuando se quedó con una peseta de vuelto.
-El stress -asegura el doctor Hitzig- es la causa principal de aceleración del envejecimiento. En el adulto mayor el stress afecta directamente el cerebro, al sistema nervioso. Eso trae angustias, depresiones. Mucha gente dice que los cerebros de los adultos mayores tienden a reducir sus funcio-nes, y es mentira. Una cosa es un adulto mayor que tiene estímulos, puede irse de viaje, y otra cosa es estar sentado en la plaza mirando alguna paloma... No hay mejor antídoto para envejecer bien que guardar un pesito en el bolsillo. El que no fue un tipo interesante, si ya era un tarado a los 50, 40 años más tarde sabés qué bien le sale el papel de tarado. Hay mucho viejo de m... porque hubo mucho joven de m... Hitzig se divierte derrumbando mitos como muñequitos torpes.
No hay valentía que le ponga el pecho a la desmesura del paso de los años. "Por regla general, el adulto -escribe el doctor Enrique Gómez Blotto, psicólogo clínico, en un trabajo acerca de la vejez- se comporta como si nunca hubiera de llegar a viejo. (...) Qué difícil es aceptar que estamos habitados ya por nuestra futura vejez, separada de nosotros por un tiempo tan largo que se confunde a nuestros ojos con la eternidad." -Cuando usted tiene 30 años, ni se imagina que va a ser vieja -resuena la voz acerada de Rebeca en un salón del Hogar Adolfo Hirsch. Ella supo desde siempre dónde pasaría la vejez junto a su marido. Decidieron que después de los 80 el hogar era lo mejor. Ella tiene 82 aterrizando en cada arruga-. El ocaso de la vida no es tan de color de rosa, pero si Dios da años a la vida, lo más prudente es vivirlos bien. Siempre guardamos 18 años en algún rincón del corazón, y ayudan mucho. Vivo aquí, aunque mi esposo falleció, porque mi felicidad es la tranquilidad que le puedo dar a mi familia. Muchas señoras que vienen acá no entienden que terminó esa etapa del departamento, los tres ambientes, los cachivaches y las cucharas del cristalero. Cronológicamente soy anciana, pero emocionalmente no. La percepción de uno mismo no cambia. Hace poco estudié cinco años de inglés para poder manejarme sola cada vez que voy a Nueva York. Estoy enterada, informada, me gusta hablar con gente de 18 años y por eso estoy al tanto de su lenguaje y no me escandalizo.
Hay quienes dicen que ante semejante aluvión de poblaciones envejecidas, no se debería invertir en prolongar vidas sin antes asegurarse de que esas vidas tendrán una calidad adecuada.
-Los viejos van a tener que apoyarse cada vez más en grupos de pares -advierte y prepara Julieta Odone-. Antes, una familia eran muchos chicos y unos pocos ancianos. En el futuro va a ser pocos chicos y muchos abuelos y bisabuelos. Y no está claro cómo van a sostenerse estas poblaciones.
Pero hoy en la Argentina muchos viejos son el único ingreso estable de familias pobres. Los roles están trastrocados: los viejos ayudan económicamente, crían a sus nietos, reciben a los hijos separados de vuelta en casa hasta que la tormenta amaine. Personas que habían imaginado su vejez con nietos los fines de semana, asado con los hijos los domingos y toneladas de tiempo libre, danzan al compás de mamaderas y jardines de infantes.
-Hay mucha gente -dice Patricia Guido, licenciada en psicología y secretaria de la Asociación Gerontológica de Buenos Aires (Ageba)- que en situaciones muy terribles no se deprime y sigue luchando por su vida y su independencia y su autonomía. No estamos preparados para aceptar distintos tipos de vejeces, vejeces más contestatarias, y la gente de mediana edad de nuestro país percibe que a los viejos lo que más los preocupa es el tema de la plata. Pero eso es porque la mediana edad en nuestro país está muy preocupada por su futuro. En los viejos asombra la posibilidad de adaptarse y acomodarse a esta situación. Lo que se ve es que para muchos lo más importante es seguir siendo independientes.
"La enfermedad es patológica; la vejez, natural. No son sinónimos".
Lía es entrerriana, tiene 74 años y llegó a Buenos Aires hace 13. A esa edad hizo un nuevo círculo de amigas, consiguió más trabajo del que podía abarcar. Vive de jubilación, pensión y es cobradora de un sanatorio privado. -Por más buenos que sean los hijos, hay que aspirar a mantenerse uno mismo hasta lo último que se pueda.
-Lo bueno es saber que los hijos están -dice Luisa, de 76 años, una voz aflautada que no para de hablar de sus nietos-. Yo hace 23 años que soy viuda, y vivo sola. Si llego a necesitar, yo sé que mi hijo está. Y si ellos necesitan, saben que yo estoy. Pero no hay que decir que soy vieja. En el espejo usted no se ve como antes. No sé el día que no pueda moverme cómo me voy a sentir. Pero hasta ahora me arreglo.
-¿Por qué supone que un día no se va a poder mover?
-Porque los años no vienen para cumplirlos nada más. Yo tengo mis problemas en las caderas, tengo la artrosis que me atacó las manos y a esta hora ya no me sirven más. Yo lo acepto como una ropa que se me va gastando. La quiero, me gusta y todo, pero llega un momento que no sirve más. Y yo pienso que conmigo va a pasar lo mismo.
Lía Daichman, médica especialista en gerontología y geriatría y miembro de la Sociedad Argentina de Gerontología y Geriatría, asegura que en la posibilidad de elegir reside el secreto de todo.
-Muchas familias toman decisiones por sus viejos y no les preguntan a ellos qué quieren hacer. Y lo fundamental es que a cualquier edad alguien pueda elegir.
Mechi, por ejemplo, llora en las escaleras de su edificio porque el hijo le quiere vender el departamento para que ella se mude cerca, ahora que es grande y por las dudas. -Yo le digo que a esta edad cambiarme de barrio es como sacarme la raíz. Ya tengo 70 años; a esta edad empezar a hacerme amigas otra vez..., pero él dice que se queda más tranquilo si yo voy a vivir cerca de su casa.
En la tranquilidad de Mechi nadie piensa, total ella ya es vieja. Y dice la voz popular que los viejos se ponen como chicos. Que la vejez es la segunda infancia.
-Eso es espantoso -se ahoga de indignación Lía Daichman-; espantoso y agresivo. Si la persona está en condiciones de decidir, es fundamental que haga lo que quiera.
-Cada uno es artífice de su vejez -dice Miguel Acanfora, secretario general de la Sociedad Argentina de Gerontología y Geriatría-. El que es activo toda su vida debe seguir siéndolo, y el que nunca movió un dedo es inútil que le digamos que hacer gimnasia le hace bien. El tema es que si vos al viejo le decís que tiene que superar un problema, va a tratar de superarlo. Si vos le decís todo el tiempo y bueno, señor, ya tiene ochenta años, querido, es normal que le dueña es distinto. Vejez no es sinónimo de enfermedad. La enfermedad es una patología y el envejecimiento es un proceso natural.
Si el geronte no alcanza los objetivos deseados, llueven ácidos corrosivos sobre su personalidad impura. Porque después de todo, cómo atreverse a ser distinto de la abuelita del zapato, del buen y querido Gepetto.
-Lo más terrible no es lo que los profesionales, los gobiernos o la gente creen de los viejos -se ofusca Lía Daichman-. Lo más terrible es lo que los viejos terminan creyendo sobre ellos mismos. Vos ves viejos que dicen ah, no, yo con ésos no me junto, son una banda de viejos . Y tienen ochenta, igual que ellos.
La vejez es algo así como la batalla de las Termópilas o el desembarco de Normandía: algo para lo que hay que estar preparado, expectante. Hay que avanzar hacia ese terreno incógnito leyendo decenas de folletos acerca de lo que hay que comer o dejar de comer, fumar o dejar de fumar, pensar o dejar de pensar, con las manos repletas de remedios. -Bueno -dice Lía, asombrada y tranquila-, no es que haya que prepararse para la vejez. Uno debería prepararse para la vida.
Inspiran y expiran, levantan los brazos y exhalan, doblan las cinturas, mueven las caderas suavemente. Abdómenes hinchados, pelos con spray, piernas endurecidas. En la escuela de Pringles y Estado de Israel, donde funciona un centro de educación no formal, hay talleres de idiomas, tapices, yoga, gimnasia, teatro, coro, y suman alrededor de 1300 personas las inscriptas, en su mayoría adultos mayores. A los 70 años, Rubén Mastrángelo se encontró sin trabajo, con su negocio de cañas de pescar lejos en el recuerdo y viviendo con una jubilación de cien pesos por mes. Ahora, solucionados sus problemas previsionales, cobra 500. -Uno ha tenido que privarse de ciertas cosas, estaba acostumbrado a salir al teatro y a cenar por lo menos una vez por semana, y eso lo he tenido que anular. Como jubilado uno se siente abandonado por el Gobierno, no por la gente. Pero acá por suerte puedo venir y me hace bien a la artrosis de la rodilla.
-Papá, bájese de ahí que se va a caer -le grita Doris a don Julio, de 80, que se trepa como una araña a las estanterías del almacén añoso-. A ver si todavía lo tengo que pagar por bueno.
Don Julio atiende un almacén en la calle Humahuaca, cerca del Abasto, y Doris se da una vueltita para controlarlo cada tarde.
-Yo le digo que cierre, que por lo que gana se deje de jorobar. Al final es una preocupación para toda la familia que un día se caiga, se quiebre la cadera y ahí sí que sonamos; no sé quién lo va a atender. Cuando vienen viejitos te transformás en el padre de ellos.
Lo que Doris no sabe ni sospecha es que cuando Julio trepa estanterías le está pisando el cuello a su propia quietud. En cada vuelto, en cada bolsita de queso rallado para los fideos del domingo, don Julio se compra gratis la diferencia entre el abismo de la decrepitud y una vida como corresponde. -Para cierto sector social, los viejos siguen representando el síndrome de la mecedora, el quietismo -dice el gerontólogo David Zolotow, especialista en orientación familiar y terapia de gente mayor-. Pero para otros sectores, los viejos son los que los miércoles van a reclamar por sus derechos, o las Madres de Plaza de Mayo. La sociedad hoy muestra dos facetas: por un lado la veneración y por otro el maltrato. Se espera que un viejo esté a disposición de los demás, que los hijos o los nietos lo despojen de sus pertenencias, que acepten el abuso de cuidar a los nietos todos los días. El fenómeno de la vejez aparece como una gran explosión en este siglo. Antes no era una preocupación la gente que se jubilaba, porque era poca.
-La necesidad de que te respeten sigue viva -dice Rosita, desde una silla del geriátrico Los Jazmines-, pero hay personas que porque vos peinás canas dicen bah, esta vieja no sabe nada . Como si porque uno fuera grande no entendiera.
Pelo corto, bastón, 82 años. Martillera pública hasta el año último, cuando se descompuso y sus hijos decidieron que lo mejor era que estuviera acompañada.
-No te podés desprender de la soledad. Porque si tuviste tu familia cerca muchos años y de repente te ves aislada, es como si ellos perdieran el cariño hacia vos, y no es así, es un bien que nos quieren hacer.
Anita intenta convencerse pero no puede, toda radiante y prolija. Ahora se conforma saliendo del bracete con alguna compañera, estirando el paseo hasta la iglesia de la otra cuadra. Pero que Anita se conforme no quiere decir que Anita esté contenta. Ramón Guttman es gerontólogo, vicepresidente de Ageba y vicepresidente para América latina y del Caribe de la Federación Internacional de la Vejez.
-En la Argentina sos una persona activa, y de un día para otro te jubilan y estás en tu casa sin nada para hacer. Cuando dejás de trabajar se debilita gravemente todo lo que sos, y el aislamiento social es peor que nada. Por eso la gente que se acerca a centros de la tercera edad o centros de jubilados, a pesar de que no supera un 15%, tiene mejor calidad de vida.
Pero no todos están dispuestos a hacer durante esos años de vejez lo que no hicieron durante el resto de su vida. Dar un golpe de timón y transformarse en personas afables, inofensivas, usuarias del turismo social, sumadas al trencito de jubilados por las aguas calientes de las Termas de Río Hondo. -Yo no tengo ni un amigo. Ni un solo amigo. Todos fallecieron, o están en sus casas. Yo nunca he sido socio de ningún club ni nada -dice Rogelio, 88 años, empresario de toda la vida, acorralado por una jubilación de 200 pesos y con un hijo que lo cuida como los ojos de su cara -. En los centros de jubilados hay poca gente con la que se pueda conversar. Pero mantener una conversación interesante no es fácil ni cuando uno es joven.
Rogelio almuerza en el microcentro con su hijo y por las tardes pasea, se cruza a la plaza, vuelve a su casa, enciende la radio. -Llevo una vida muy fuera de lo que pensaba. No puedo leer, y eso me entristece. Pero no quiero depender de nadie. He perdido el entusiasmo. A esta edad usted ve que todo es vanidad, se pone pesimista, melancólico. Se da cuenta de que tanto esfuerzo no produce lo que desea. Pero no quiere decir que porque yo sea así tienen que serlo los demás. Mire, cuando muere la ilusión del amor pierde también sentido la vida. Sabe... aunque no lo haga.... tener la idea de que si uno pudiera hacer algo, lo haría... mantiene con vida. Esa es la verdad: los viejos también se enamoran.
Como en Fausto , dice Rogelio -Como en Fausto . Siendo viejo se enamoró de Margarita y le vendió el alma al diablo para sentirse joven y tener el amor de Margarita. Ahí está el reflejo de las ansias de amor, aunque sea viejo.
Sonrisa postiza al viento de la tarde, sentando de perfil en el banco de plaza. con los ojos velados como por una tela de cebolla, acomoda en el banco las piernas flacas. -No tengo entusiasmo por seguir viviendo. La ilusión se apaga. Pero tampoco me quiero morir. No hay esperanza ni ilusión, pero no estoy esperando la muerte. No me quiero morir.
Envejecer, entonces, como manda la vida. Como si fuera una tarea digna de todo coraje.






