
La verdadera fierecilla
La primera vez que vi La fierecilla domada, comedia de William Shakespeare, tendría yo 20 años y fue en su versión musical, Kiss me Kate, donde el genio de Cole Porter y su socarrona visión del mundo suavizaba el mensaje misógino y machista del original. Mi adorado William me había dado un par de baldazos de agua fría que no aminoraron mi devoción hacia su poder creador, su maravilloso manejo del tempo escénico y la perfecta combinación de hondura psicológica con argumento entretenido. Uno fue el mensaje antisemita de El mercader de Venecia, donde el judío Shylock estaba pintado con trazos gruesos de avaricia y maldad aunque con su magnífico monólogo (“... si nos pinchan, ¿no sangramos?”) Shakespeare ofrece algo de equilibrio en la visión de una época y de una sociedad que habían condenado al judío a no tener tierra, autorizándolo sólo a comerciar con dinero.
De todos modos, el resultado era más que negativo y, si bien los parámetros de la época isabelina eran diferentes de los del siglo XX, sobre todo después de la Segunda Guerra Mundial, a los progresistas jóvenes de la década del cincuenta nos resultaba algo chocante esa “incorrección política” de nuestro idolatrado poeta. El otro baldazo me había caído encima con La fierecilla domada, o La doma de la bravía, en la que una demasiado independiente Catalina, hija mayor de un rico comerciante, no accede a la exigencia del padre de que, como primogénita, se case antes que su hermana menor, quien ya tiene pretendiente elegido y no puede concretar su amor por la intransigencia de la cocorita Catalina. Es entonces cuando aparece un pretendiente para la fierecilla, que lo desprecia con desplantes y contestaciones. ¿Cuál es la manera de convencer a la bravía? Autoridad, fuerza psicológica y unas palmadas en el trasero, o sea: “Ubícate, nena, que las mujeres nacieron para obedecer”. Y en un monólogo final Catalina reconoce que se equivocó fiero en la vida y que la mujer tiene que ser sumisa y delicada para “hacer honor a su género”, que su papel es el de esposa, madre y sirvienta a perpetuidad. Era lógico suponer que por aquellos años ese mensaje fuera el apropiado, pero el hecho de mostrar un carácter tan bien perfilado como el de Catalina, con objetivos de vida claros y contundentes, evidencia que ya en aquella época existía una soterrada rebelión contra la injusticia y que muy calladamente una pequeña parte de aquella sociedad estaba tratando de modificar tal situación.
Dos siglos más tarde, y en plena emancipación femenina, el cine norteamericano hizo uso y abuso del resorte “Fierecilla domada” castigando con palizas en forma de nalgadas muy sofisticadas: el galán tipo Cary Grant, de riguroso smoking, tenía extendida sobre una de sus rodillas a la elegantísima damita joven, díscola y generalmente millonaria, vestida con un soirée de satén blanco y pataleando furiosa por el castigo, tras lo cual todo terminaba con una reconciliación a beso limpio. El esquema se repetía entre rudos vaqueros y pretenciosas señoritas de New York, o matronas sargentas y sumisos maridos, que explotaban con un griterío autoritario hacia el final del film recuperando, así, su puesto de macho. Son tantos los malos chistes acerca de que “una buena paliza a tiempo ahorra juicios de divorcios y posteriores cuotas de manutención” que no es de extrañar que se haya instalado esa especie de “permiso social” para resolver las cosas a los golpes, con todo tipo de violencia física y verbal. Por suerte, en los últimos años el tema se discute, se muestra, se debate, e incluso en algunos países existe legislación que protege a los abusados (sean mujeres, hombres o niños). No es “corrección política”. Es sentido común. El que pega para imponerse es un peligro. Todos tenemos una bestia interior; es cuestión de domarla. Esa es la verdadera fierecilla, con perdón de mi amado Shakespeare.
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El autor es actor y escritor







