Las penurias que derivan del "síndrome de Babel"

Miguel Espeche
Miguel Espeche PARA LA NACION
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31 de octubre de 2020  

Conversar ya no es lo que era. Ahora es mucho más difícil. Ocurre que diferir en la perspectiva acerca de algún tema abre las puertas del infierno y nos sumerge en la pesadilla de la discusión eterna.

Algunos lo llaman "el síndrome de Babel", siendo un fenómeno que no sabe de fronteras y se extiende por todo el globo. No solamente es la política o la religión, sino que los ámbitos más íntimos, como la familia, la pareja o las amistades, caen contagiados por ese virus que transforma todo intercambio en batalla. Como si la torre de nuestra sociedad racionalista hubiese llegado demasiado alto y los idiomas y los sentidos de las palabras se hubieran multiplicado, sin que los traductores den abasto para generar puentes de entendimiento y concordia.

Mínimas conversaciones entran en una secuencia en la que incluso los no beligerantes se ven atrapados. Los intercambios van derivando hacia una competencia por la verdad, la razón, la naturaleza de lo "obvio" y el monopolio del sentido común que, de común, va teniendo menos cada vez. El que sabe ver percibe la angustia que opera bajo esas polémicas sin fin, con una violencia creciente, fruto del extrañamiento y el miedo que emerge de la situación.

Ahora bien: ¿qué hacer cuando no se desea entrar en esta Babel agobiante? ¿Cómo evitar que los vínculos terminen siendo un campo de combate habitado por quienes no quieren ser soldados, pero se ven llevados a la batalla por los "dispositivos discursivos" que tienen incorporados? Cuando esas batallas se dan en los mencionados ámbitos de la familia, la pareja o los amigos, el daño es particularmente profundo y doloroso, y bien vale encontrar la vuelta para no entrar en escalada.

Los años de práctica, así como algunas investigaciones sobre la naturaleza de los vínculos, nos están mostrando que la tendencia a la discusión decrece cuando se prioriza la dimensión afectiva por sobre las ideas y argumentaciones.

Identificar y comunicar un estado de ánimo no suele ser fácil, al punto de que en ocasiones parece ser más sencillo discutir acerca de la importancia (o no) del rol del Estado, la idea de lo que la pareja debiera hacer o no hacer, o de las ventajas o desatinos del lenguaje inclusivo, que identificar y blanquear un sentimiento propio o priorizar el vínculo por sobre el discurso argumental.

Claro, tengamos en cuenta que para lograr aunque más no sea un rudimento de lo antedicho se debe renunciar a algo que es sobrevalorado en nuestra cultura: el tener razón, como si en la razón habitara la verdad de lo que está ocurriendo. Y "lo que está ocurriendo" no es el "tema" acerca del que se habla, sino lo que sucede en y entre los interlocutores. Eso que pasa es siempre algo de naturaleza afectiva cuando la situación se da entre gente que se conoce y tiene cercanía. Pueden estar compitiendo, poniéndose a prueba, intentando no sentir humillación o sacar ventaja, buscando mantener un lugar determinado o socavando el lugar de alguien. todo esto (y tanto más) disfrazado del "tema" acerca del que se habla, abundando en razones y más razones.

Es un desafío a la honestidad y conciencia de cada persona discernir aquello que va por debajo del asunto acerca del cual se está polemizando.

La propuesta no es fácil. Son muchas las generaciones que buscan la "razón" de los argumentos por sobre la verdad que subyace en la esfera anímica del intercambio. Pero cuando se entiende dicha esfera subyacente, la concordia tiene más posibilidades de hacer lo suyo, sabiendo que "concordia" apunta, desde su etimología, a la unión de los corazones y no tanto a la puja de los "cerebros", que parecen cuerdos, pero terminan enloqueciendo a los que quedan presos de tantas argumentaciones, llevándolos a batallas infinitas y desoladoras que desangran toda relación.

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