LimoncitoÁcido: un chico rescatado del paco, su médica y una deuda vigente

El equipo de profesionales: Paula Zuccato, Paula Menossi, Silvia Pedemonte y Candela Casal.
El equipo de profesionales: Paula Zuccato, Paula Menossi, Silvia Pedemonte y Candela Casal. Crédito: Gentileza
Daniela Chueke Perles
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15 de abril de 2019  • 14:06

Es uno de esos chicos a los que nadie ve, nadie cuida, nadie reclama. Hasta que una suerte de varita mágica, le cambió la vida y hoy es motivo de orgullo para el equipo de salud que lo recibió en un hospital público y lo cuidó hasta que estuvo listo para poder ir al colegio, vivir en un hogar porque no tiene familia que se pueda hacer cargo, pero aun así puede decirse que es una historia con final feliz.

La historia que emociona profundamente a la doctora Paula Zuccato, médica psiquiatra infantojuvenil del hospital porteño al que llegó este nene, es la de muchos profesionales que ponen todo de sí enfrentándose a los molinos de viento de un sistema que no suele dar las respuestas necesarias para la protección de la infancia. En este caso, se pudo, junto con la jefa de sala de pediatría, la doctora Silvia Pedemonte, la psicóloga infantil licenciada Brenda Sais, la terapista ocupacional licenciada Candela Casal y la abogada de la Unidad de letrados doctora Paula Menossi, aunaron fuerzas para sacar adelante a un chico que desde que llegó al hospital en una ambulancia del SAME las conquistó.

Imposible mencionar a todos, pero lo cierto es que desde los policías que velaban por la integridad del niño -su ingreso al hospital fue judicializado- hasta las enfermeras y todos los que pudieran dar una mano, se convirtieron en la familia que el chico no había tenido.

Crédito: Gentileza

Tobi (no es su verdadero nombre) vivía en la calle, lo encontraron desmayado en el piso de la villa 31, con golpes, con signos de deterioro cognitivo y desnutrición, con signos de haber consumido paco -después verían que pese a su corta edad, estimada en 8 años y que después de mucho investigar se constató de 11, no solo era adicto sino que también era utilizado por un dealer para vender droga en el barrio.

Parece una locura en una ciudad como Buenos Aires, en un país como la Argentina que existan chicos en la calle, desnutridos, desprovistos de los cuidados esenciales, de sus derechos. Pero es así. No es un fenómeno nuevo. Es una contradicción que nadie se explica ante la cual el ciudadano de a pie no puede menos que sentir impotencia. De un lado el acceso a las últimas tecnologías, la abundancia, las viviendas inteligentes, la mirada hacia el futuro, la apuesta a la ciudad digital. Del otro la marginalidad, la pobreza, la vulnerabilidad social.

La infancia es la población más empobrecida del país: casi la mitad de los niños argentinos son pobres, según el último informe del Barómetro de Deuda Social de la Infancia de la Universidad Católica Argentina (UCA), que confirmó en junio de 2018 el dato de 48,1% de los chicos en situación de pobreza.

Y en ese marco, donde casi la mitad de los niños argentinos son pobres, a veces surge una luz de esperanza, un logro aislado, quizá más, impulsados por gente que no baja los brazos, que apuesta al futuro. Quien salva una vida, salva a la humanidad, dice el Talmud. Por eso esta historia merece ser contada una y muchas veces. Por eso la experiencia que este equipo de profesionales de la salud y de los derechos del niño que trabajó a pulmón durante varios meses de 2017 tiene que contarse. Porque historias con final feliz no se ven todos los días.

Cuando ingresó al hospital, Tobi estaba intoxicado por el paco, en estado de bajo peso y deterioro cognitivo. El cuadro implicaba un criterio de internación psiquiátrica y la responsable de su atención fue la doctora Paula Zuccato, médica psiquiatra infantojuvenil en dicho hospital en conjunto con todo el equipo de internación de pediatría. "Le estimamos la edad, no teníamos ningún dato de filiación, pesaba 20 kilos y no se le entendía cuando hablaba.", recuerda y explica "Por la ley de salud mental realizamos la internación psiquiátrica en sala de pediatría gracias al trabajo en equipo con la doctora Pedemonte". Entonces se puso en marcha un tratamiento de sostén conjunto con pediatra, psicóloga y psiquiatra para poder desintoxicarlo y que pudiera atravesar el síndrome de abstinencia, que en el caso del paco, suele ser complicado de manejar. Mucho más cuando se trata de niños.

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En una segunda etapa tuvo que hacer rehabilitación con una terapista ocupacional porque no sabía comer, no tenía habilidades sociales, y el proceso de reeducación finalmente dio resultados " Tuvimos que volver a encontrar al nene que había detrás de él. Cuando llegó no podía comunicarse, estaba muy asustado", evoca Paula entre lágrimas.

"Después de mucho insistir con los tratamientos conseguimos que volviera a jugar, que no se quisiera escapar, que pudiera incorporar ciertas conductas sociales, comer adecuadamente, tener horario, ir al baño, no escupir, no morder... Empezó a poder disfrutar del juego y aunque detectamos cierta dificultad cognitiva, que seguramente tenia de antes, sin que pudiéramos establecer desde cuándo, si fue desde su nacimiento, consecuencia del paco o secuelas de traumatismos craneales antiguos evidenciables mediante la inspección, estamos seguras de que podrá estudiar y desenvolverse como cualquier niño merece ", evoca la doctora.

Así, llegó el momento de salir del hospital, porque ya no tenía criterio clínico de internación. Habían pasado 4 meses y Tobi estaba listo para salir. El tema era... ¿adónde? Durante los meses en que permaneció en el hospital, el caso había sido judicializado, se había llegado a establecer contacto con la madre, adicta a drogas, una abuela que manifestó querer hacerse cargo pero no tenía recursos y un hermano un año mayor, también en situación de vulnerabilidad. La única alternativa era darle el alta para que ingresara un hogar convivencial el cual el equipo no encontraba adecuado para las singuaridad del niño, con el riesgo de que una vez allí, lejos de la red de contención que se había conformado en el hospital entre médicos, enfermeros, policías, abogada, que además de su trabajo profesional, le habían brindado amor y habían constituido lazos afectivos mutuos, pudiera recaer, o peor aún, decidiera escaparse y volver a las calles.

"Después de todo lo que habíamos logrado, pensar esa posibilidad era lo que más temíamos", confiesa Paula. "Es una impotencia muy grande que una siente al enfrentarse al sistema, al ver todo lo que se podría hacer y por burocracia o por leyes que no se implementan, no se llega a lograr", declara.

En ese sentido, destaca que la intervención de la abogada de la Unidad de letrados resultó de gran ayuda, porque es quien "removió cielo y tierra" para que el niño pudiera encontrar un lugar acorde a sus necesidades en lugar de permanecer en el hospital, con el peligro de contraer infecciones.

El día de la despedida fue una fiesta, llevaron torta, cosas ricas, jugaron y se abrazaron mucho. El ingreso al hogar de acogida significó un paso duro para todos, porque la recomendación fue que el niño se adaptase a su nueva situación y para eso debía ir ganando autonomía y desprenderse de los lazos establecidos con sus cuidadores en el hospital. Dolió pero había que seguir adelante, como médicos tocaba atender a nuevos pacientes

Pero las buenas noticias se comparten. Un año después, Paula recibió una foto de Tobi, alto, fuerte, feliz. Con su guardapolvos, yendo al colegio, por primera vez después de 6 años, finalmente lejos de las calles, de la adicción, con nuevos afectos y con la esperanza de un futuro.

Viral en redes

En Twitter el hilo de @limoncitoacido cosechó mil cuatrocientas respuestas, seis mil setecientos retuits y 18 mil me gustas.

La deuda que tenemos con las infancias vulnerables

  • Casi 600 niñas y niños viven en las calles porteñas. Según datos del 2017, cuando se realizó el primer censo popular de personas en situación de calle en la Ciudad de Buenos Aires. A fin de año se realizará un nuevo censo que arrojará datos actuales.
  • 48,1% de los chicos argentinos viven en situación de pobreza. Casi la mitad de los niños argentinos son pobres, según el último informe del Barómetro de Deuda Social de la Infancia de la Universidad Católica Argentina (UCA), de junio de 2018.
  • Los adolescentes consumen más drogas y alcohol. Aumentó el consumo de sustancias ilícitas y abuso de alcohol en la población de entre 12 y 17 años en todo el país, según relevamiento del Sedronar en 2017

La voz del especialista: "Los chicos denuncian que el principal problema actual de la infancia son los narcos"

El doctor Juan Facundo Hernández, abogado, candidato a Defensor del Niño y miembro del Colectivo de Derechos de Infancia y Adolescencia, que también integra la coalición Infancia en Deuda, no tuvo ningún contacto con la historia de Tobi. Pero conoce de cerca la problemática que afecta a miles de chicos de nuestro país que todos los días se enfrentan al riesgo de la drogadicción. "Uno de los grandes problemas, que requiere un abordaje integral de todas las instituciones y del Estado es el contacto de los chicos con los narcos de sus barrios", sentencia Hernández, quien destaca el trabajo que realiza su agrupación para visibilizar la problemática.

Incluso el riesgo de consumo de sustancias fue identificado por los propios niños y adolescentes como uno de los principales al crecer en barrios pobres. En octubre de 2017, el Colectivo presentó un informe alternativo elaborado por chicas y chicos de las provincias de Buenos Aires, Córdoba, Jujuy, La Pampa, Santiago del Estero y Tucumán.

Ese trabajo fue llevado al Comité de los Derechos del Niño de las Naciones Unidas que tiene la función de examinar y controlar a los Estados que, como Argentina, han asumido el compromiso de respetar los derechos de niñas, niños y adolescentes y garantizar su cumplimiento. Para dar cuenta de las políticas que están implementando en materia de infancia y adolescencia, los Estados rinden cuentas y presentan sus informes al Comité, con sede en Suiza.

Las chicas y chicos del Colectivo estudiaron durante un año el "consumo problemático de sustancias". Cuando terminaron el proceso tenían unas 30 historias de vida entre los 8 y los 21 años y una cantidad cercana a 700 datos para analizar obtenidos a través de encuestas a niños y jóvenes entre los 7 y los 24 años. Las conclusiones fueron que el consumo es "a la vez causa y consecuencia de una espiral de derechos vulnerados". Lo dicho, una deuda con la infancia que toda la sociedad tenemos pendiente.

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