
Literatura costumbrista
Por Leo Maslíah
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El hombre, según se ha dicho, es un animal de costumbres; pero la lectura no es una de ellas, o dejó de serlo hace tiempo. Yo, por ejemplo, que antes era capaz de hacer horas extras en el trabajo con tal de que el sueldo me alcanzara para comprar Condorito, abandoné casi por completo mi afición a los libros (ni siquiera me compro el Libro de Oro de Condorito, que reúne cada tanto las mejores tiras de la revista). A lo que no pude renunciar, sin embargo, porque me apasiona, es a la literatura costumbrista. Pero nunca la practiqué; la conozco solamente desde el lado del consumidor. Leí abundantemente no sólo a los novelistas occidentales que gustaron de tejer sus tramas con el hilo de las costumbres de la época y lugar en que situarían a sus personajes, sino también cuanto tratado antropológico cayera en mis manos, que fuera capaz de noticiarme sobre los hábitos cotidianos de cualquier pueblo actual o antiguo, americano, malayo, aguisimbio, caucásico o de donde cuernos fuera (por más que poca gente acostumbre llamar a esto literatura costumbrista y prefiera palabras como étnico o exótico ). Pero ahora voy a revertir esa situación. Porque pienso que en la vida no es solamente cuestión de obtener placer a costa de los demás. Hay que proporcionárselo a otros, también. A escribir literatura costumbrista, pues. Y yo lo voy a hacer de forma más pura que cualquier otro autor que haya conocido. Porque la mayoría de los autores costumbristas acostumbra intercalar, entre sus referencias a las costumbres, largas disgresiones que nada tienen que ver con aquello que permite adjudicarles el rótulo de costumbristas. Esa es una pésima costumbre, a la que yo me esforzaré en no adscribir. Y estoy predicando con el ejemplo, ya que no de otra cosa que de costumbres estoy hablando, o lo estaba en la frase que antecede a ésta, y sin duda es de lo que hablaré en la siguiente (¿podrá el lector perdonarme que haya incurrido en el mismo error que yo critico; vale decir, intercalar en el texto costumbrista una frase no costumbrista?). Porque aborrezco a los autores que acostumbran divagar, creídos de que sus lectores habrán de seguirlos acríticamente en todos sus caprichosos vericuetos mentales, movidos por una excesiva veneración del texto escrito, o tal vez por simple costumbre.
Sobre costumbres tengo mucho para decir. Hay gente, por ejemplo, que acostumbra levantarse a las seis de la mañana y tomar mate, amargo o dulce, acompañado con bizcochos o no. Interesante, ¿verdad? No. En verdad eso no es nada interesante. Podrá serlo para un esquimal, un mandarín o un bosquimano, que no tienen idea de lo que es el mate, pero acá, ese cuento carece de todo interés. Así que los editores que publican historias que hablan de eso ya saben adónde tienen que ir a buscar mercado para sus productos. Porque acá, por más afecto que sea uno a la literatura costumbrista, una historia así puede generar un sopor lindante con la catalepsia. Y el autor que habiendo empezado con eso de tomar mate a las seis de la mañana, para sostener el interés del lector, hace que ocurra un asesinato o que un plato volador aterrice en el fondo de la casa de los que toman mate, está jugando sucio, porque eso ya no es literatura costumbrista, ya que la historia podría sostenerse aunque los protagonistas estuvieran tomando café en vez de mate. Y si esto no fuera así, porque el mate jugara un papel crucial en la aclaración de quién es el asesino o en el interés de los alienígenas por visitar la tierra, lo central seguiría siendo el asesinato o el plato volador, y no la costumbre de tomar mate a las seis de la mañana, que sería un elemento accesorio y tan alejado de la literatura costumbrista como un tratado completo sobre la flora bacteriana de la yerba mate. Para terminar, diré que conozco muchas personas que no comparten mi afición por la literatura costumbrista. Quizás usted, lector o lectora, se encuentre también en esa situación. Sé que es un género difícil, pero creo que si hace el esfuerzo de acostumbrarse a él, le va a terminar gustando. Y si no le gusta, igual, no se preocupe, ya va a ver cómo después se acostumbra.






