
Lo cool: la proyección de un aura canchera es una suma de aprendizajes progresivos
Cuando, hace unos años, traduje mi domicilio de París a Buenos Aires, una palabra me acompañó, que allí como aquí servía para expresar la aprobación absoluta. Ni francés ni rioplatense, era el consabido adjetivo cool, en boga a fines de los 40 entre los músicos negros en ruptura con el hot jazz. C’est cool, es mooi cúuul, seis decenios más tarde, escuchaba por igual en mis dos capitales, para calificar obras, personas, creaciones o pilchas, juzgadas seductoras, exquisitas, de gran nivel, especialmente gratas, posesoras de un je ne sais quoi y en sintonía con la época y, sobre todo, relajadas, es decir, ajenas a todo énfasis y/o descontrol.
Pronto constaté que el cool criollo no siempre coincidía con el de la Ciudad Luz –e incluso, en ocasiones, lo contradecía. Es que la noción de cool es válida en tanto que valor compartido y, como tal, depende del contexto en que crece, de la circunstancia social, del horizonte cultural. Conviene en este punto precisar, para situar mejor el tema, que la más ajustada traducción al argentino del concepto contenido en cool es, como se sabe, canchero. Lo que no implica que se trate del mismo producto, aunque compartan la esencia. Mientras el cool nos remite a la música y a las vivencias de los negros de los Estados Unidos, el canchero nos planta en el centro físico mismo del territorio nacional-popular, el terreno de fútbol, y, más allá, el potrero originario. Esta diferencia implica, por supuesto, escalas de valores y opciones estéticas que divergen.
Lejos de ser un atributo congénito, como la belleza o la inteligencia, la proyección de un aura canchera es una construcción, una suma de aprendizajes progresivos, un manejo sabio de destrezas adquiridas y desplegadas con una soltura que no es otra cosa que artificio de mucho vuelo. Es una suerte de asignatura, a la que el candidato aspira precozmente, que cursa, no sin tropiezos, desde la pubertad pero en la que obtiene sus mejores notas ya adulto. No hay inocencia en lo canchero, ni aquella espontaneidad, a menudo involuntaria, que no deja de acecharnos en nuestros años flamantes.
Por cierto, es en la ropa que lo canchero encuentra su vehículo más idóneo. Demasiado patente para quienes suscriben a la elegancia, que es continencia, o, por supuesto, para quien se sitúa más allá de las convenciones; no deja de contar, y mucho, para una mayoría de modadictos.
En el empíreo de la moda oficial, donde pocos se visten pero que todos escrutamos, lo cool está encarnado, desde el año pasado, por el Gucci de Alessandro Michele, en ruptura total con el previo status sexy o muerte de la marca. Volcado de lleno al culto a un juvenilismo de raíces hippies, el autor, que señala como marcas de su estilo la excentricidad, el romanticismo y la languidez, cualidades raramente asociadas con una pose canchera, ha provocado así la irrupción insólita del cute –lo lindo, lo adorable, lo tierno– con una pizca de rebeldía, como nuevo signo de lo piola. Es un vuelco.
El mercado de la calle en otra vertiente, pero cruda, de la onda juvenil, sigue reafirmando la preminencia del repertorio atlético, con el calzado deportivo hegemónico y un repertorio de prendas en pase de devenirlo, y acunando a una clientela subyugada por la ilusión del forever young.
Mostrarse canchero ha sido un modo de gestionar el duelo por la pérdida de aquel candor inicial que tenemos, antes de que, como dice una canción de Janis Ian, el mundo haya hecho su sucio trabajo. En un momento en que la moda, reflejo de la sociedad, parece haber perdido su madurez, lo canchero de verdad sería que buscara recuperarla. David Bowie, el cool personificado.
El autor ha colaborado en Vogue Paris, Vogue Italia, L'Uomo Vogue, Vanity Fair y Andy Warhol's Interview Magazine, entre otras revistas






