
Lo que vendrá
En su nuevo libro, que la editorial El Ateneo publica esta semana, Víctor Sueiro acomete una vez más los temas que lo apasionan: la existencia, la permanente búsqueda de sentido, la aparición inesperada, pero definitiva, de la fe. Testimonios para sorprenderse y para creer, siempre
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En este libro hay nueve testimonios absolutamente independientes, que no tienen nada en común, al menos en apariencia. Testimonios reales, con el nombre y el apellido de sus protagonistas. Desde un pediatra que salvó muchas vidas y al que llaman cariñosamente "el brujo" hasta un psiquiatra que fue ateo hasta los 38 y, ahora, a los 55, es un referente católico gracias a un hecho risueño y asombroso. Madres dueñas del coraje y el milagro. Otro prestigioso médico que despliega misterios extraordinarios a los que es aficionado. Un hecho ocurrido en una parroquia de Buenos Aires que se mantuvo en secreto desde 1994 y que, al conocerse en detalle en este libro, va a repercutir, seguramente, en el mundo. Y dos mujeres, sobrevivientes de la tragedia de Cromagnon, que me cuentan, a través de una entrevista extensa y feroz, algunos hechos sobrenaturales que vivieron luego de aquel día, pero la impresionante fuerza del relato de lo ocurrido durante el desastre es tan desgarradora y real que decidí también publicarlo. Ambas cosas están mostradas en este adelanto exclusivo para LNR: lo sobrenatural y lo que nunca debería ser llamado "natural" porque suena como una falta de respeto por las víctimas. Lo que sigue son fragmentos elegidos de la larga charla.
A República de Cromagnon, entre tantos otros, entró una familia: Roberto, el papá, 41 años; Matías, el hijo varón de 14; Miriam, la mamá, de 39 años, y Romina, la hija, de 19. Sólo salieron con vida ellas dos. Roberto y Matías, los varones de la casa, murieron en ese espanto.
(…)
Los cuatro están en la escalera y, apoyados en la baranda, ven todo lo que ocurre en el salón. Miriam cuenta:
–En eso veo cuando el pibe prende la bengala, en el piso de abajo. Yo lo estoy viendo perfecto, de arriba, al pibe que está sobre de los hombros del otro chico, que prende la bengala.
–Eran dos pibes, ¿dos adolescentes?
–Dos pibes, claro.
–El de arriba no era un chiquito, un nene…
–No, no, no, el de arriba no era ningún chico… No, ya era un adolescente.
–¿Y todo esto lo declararon en algún lado?
–A nosotros no nos habían citado a declarar –dice Romina–. Pero yo estudiaba periodismo. Y bueno, me llamaron mis profesores, me querían ver. Yo fui y uno de los periodistas me dijo: "Todo esto lo tenés que declarar, ¿nadie te citó a declarar?", "No", le digo yo. "Quizás no me llaman porque saben que sé mucho…", porque yo le conté a él que mi mamá se sabía… se acordaba la cara del pibe. Y le digo: "Quizás no nos llaman porque saben que sabemos".
(…)
–Y el telgopor se derretía y aparecía una espuma de adentro. A los… Al minuto se cortó la luz –cuenta Miriam con pasión, recordando la pesadilla.
–Y humo, me imagino.
(Aquí Miriam cambia por completo el tono de voz. La respuesta la da muy pausada, masticando las palabras, entrecerrando los ojos como para ver mejor el recuerdo del espanto.)
–Humo negro… Pero negro…
–El telgopor, al quemarse... humo negro…
–Todo negro –dice–. Y parece que mordiera las dos palabras.
–Nunca en mi vida vi… –recuerda Romi y se calla.
–Nunca, jamás, en mi vida. Entonces yo le digo a mi marido… lo agarro así y le digo: "Bajemos"… Y él… "No, subamos". Y yo: "¡Bajemos!", "¡No, subamos!" Y Romi que me empuja y me dice: "¡Subí! ¡Hacele caso a papá y subí!". "Hacele caso a papá y subí", me gritaba.
–Pienso que mi papá pensó lo mismo que yo. Yo dije: "Estos tienen matafuegos, lo apagan, se abren las puertas y todos salen".
–¿Y el resto de la gente?
–Yo pensé "acá nos aplastan" –Miriam. Y Romina:
–Un caos… todo el mundo bajando, todo el mundo nervioso… Y había chiquitos, también. Lloraban.
(…)
–"Agarrémonos así", de los codos…– les gritó Miriam a los suyos.
–Enganchados.
–Sí. Cuando se corta la luz es cuando decidimos agarrarnos de los codos. "No nos separemos, por favor."
–A los dos segundos también se cortó la luz del escenario –dice Romi.
–¿También la del escenario?
–Sí, también la del escenario. Todo.
–Es decir, ¡ustedes no veían nada…!
–¡Nada! No nos veíamos ni nosotros. Si ponías una mano delante de tu cara, no la veías…
(…)
–Seguían en la escalera ustedes…
–No, ya estábamos arriba, en el primer piso.
–Y la gente corría bajando…
–Bajando, tirándose de la baranda… No se veía más. La gente no veía a nadie, ni la baranda…
–Mucha gente se tiró. Se tiró, porque la escalera estaba taponada por otros, era una pared de gente… –dice Romina.
(…)
–Yo me agarro así, entonces… lo último que... A Matías no lo escuché decir una sola palabra (Miriam dice eso y hace una pausa. Luego señala a su hija). Ella decía: "No puedo respirar, no puedo respirar" y yo le decía: "No respiren el humo éste, no lo traguen"…
–Yo de eso no me acuerdo… –dice Romina.
–"Larguenló", les decía yo. "Apenitas, en bocanadas chiquitas, pero larguenló…", les decía yo. Y lo último que escucho es la voz de mi marido que me decía: "No puedo hacer más nada, Negra, la puta madre que lo remil parió".
– a el humo lo había…
–Sí, ya lo había… lo había consumido a él. Y yo entonces lo sacudo, le digo: "No, ¿cómo que no podés hacer más nada? ¡Tenemos que sacar a los chicos!", le digo. "¡Escuchame, tanteemos con los pies, encontremos las escaleras y saquemos a los chicos!"…
–Todo eso en medio del desorden más absoluto, la oscuridad total… Y a los gritos…
(Fragmentos del relato de los hechos inexplicables)
–Porque yo todo el tiempo… veía… ¿viste?... lo veía a mi marido… él venía a terapia, pero no se acercaba a mi cama. El venía a terapia y hablaba con las enfermeras, pero no se acercaba a mi cama.
–¿Lo veías?
–Sí, lo veía… Lo veía y tal cual él se vestía, y él hablaba, y era su celular, y era todo y él daba todas las órdenes de cómo se me tenía que atender. Y a Mati lo soñaba, ¿viste? Me acuerdo que le decía: "Mati, nos vamos a ir de vacaciones, hijo, ¿qué falta para que termines el bolso? ¿qué más tenés que meter en el bolso?". "Me falta lo último, mami", me decía él. Y entonces yo le decía: "¿Qué es lo último?". "¡Lo último!". Le digo: "Bueno, ponete las pilas y terminá ese bolso". Le digo: "Oíme: ¿no querés ir de vacaciones con nosotros?". Y él me miró y me dijo "No sé, mami, me parece que me voy a ir con papi" (pausa). Así me contestaba.
(…)
–Después tuve otro sueño con Roberto, que estábamos en casa de Varela; que supuestamente él estaba… yo estaba así mirando televisión; enfrente tenía una silla, y él estaba atrás mío en otra silla. Y yo le hablaba y le decía: "Rober… con todo esto que pasó tenés que ir a cambiar el pasaje de los micros, porque el compañerito de Matías va a llegar primero que nosotros a Santa Teresita. Vamos hasta Florencio Varela y lo cambiamos". Entonces me decía él: "Sí, pará". "Rober, por favor", le digo yo: "¿Cómo hay que hablarte?", le digo. "Vamos, yo te acompaño." Y entonces él me dice: "Negra, ¿vos me ves a mí?"… Entonces yo me doy vuelta y…
–¿Eso fue en el sueño?
–Sí, en el sueño.
–¿Pero te pregunta eso, él?
–Claro. "Negra, ¿vos me ves a mí?", me pregunta él, sorprendido de que lo vea.
(…)
–Lo último que me pasa, que ahí fue cuando me mandan la psicóloga, es que yo entro como en una luz, ¿viste? Entro como en una luz grande… grande… como un círculo grande… pero una luz bárbara, ¿eh? Una luz hermosa que me metí de una, yo.
–¿Eso fue un sueño, también?
–No, eso lo viví. Eso lo viví, no lo soñé. Yo… no es un sueño que yo me desperté y dije: "Puff, se apagó". No. En los otros sueños sí, yo por ahí me despertaba y decía: "Mami, estuve con Mati", entonces mamá me decía: "No, Mati no está", me tranquilizaba. "Quedate tranquila", me decía mi mamá. Y entonces yo sabía que había sido un sueño, porque me había despabilado y sabía… Lo otro… Lo de la luz, no. Yo lo viví. ¿Me entendés? Yo entré ahí, lo vi a Matías y lo vi a Roberto.
–En la luz.
–En la luz. Yo entré a esa luz. Y ellos dos me empujan para que yo me vaya de la luz.
–Pero vos entrás y los ves a Mati y a Roberto…
–A Mati y a Roberto, pero los veo en distintas situaciones a Mati y a Roberto. O sea… Roberto lo tiene en el hombro, a Matías. Pero Roberto está con jean y remera. ¿Entendés? Y no me habla, y no deja que lo toque, yo lo quiero tocar y él no se deja tocar… él me hace así, como que no lo puedo tocar… Matías no. Matías está todo luminoso y está todo blanco, tiene como una túnica… blanca, y con todos sus rulitos hermosos, así, que le colgaban, y él automáticamente me ve y me abraza. Y me abraza y me dice: "Mamota, ¿sabés cómo yo te quiero?", me dice y me toca así la cara. Y yo le digo: "¡Ay, Matu!", le digo yo, "¡Qué lindo!", le dije yo, ¿viste? "Yo también te amo, hijo", "Yo también te amo, mami, pero vos tenés que ir allá", me decía. Entonces él con el dedo me indicaba así. Y yo miraba el dedo de él y en el dedo de él aparecía así la imagen de ella (se refiere a Romina). Toda llena de caños. Toda enchufada, ¿viste? Yo no la había visto nunca a Romi desde el accidente, pero ahí, cuando ellos me señalaban, la veía acostada, toda llena de cañitos, esas cosas. Y entonces yo miraba para allá y Matu me decía como que yo tenía que ir allá. Que yo tenía que ir allá.
(…)
–El agua de Lourdes nosotros se la llevamos, con mi psicóloga, a Romina. A terapia. Y se la pusimos.
–La trajo ella y me dijo: "Mirá, si vos querés yo se la pongo", "Sí, por favor", le dije, "ponésela". Entonces se la puso. Y a Romi después la operaron y el día de la Virgen de Lourdes le sacaron el respirador. El 11 de febrero.
–Prácticamente era volver a nacer, ¿no?
–Sí, porque yo le había pedido, a Ella. Le había pedido a Ella…
–A la Virgen de Lourdes.
–A la Virgen de Lourdes. Porque yo soy devota de la Virgen de la Medalla. Pero María es una. La Virgen es una.
–Eso es lo que me pasa a mí; para mí es una sola –interviene Romi.
–Yo me aferré tanto a la Virgen –dice Miriam– que pienso que a mí…
(Se interrumpe; es como si pensara mejor lo que va a decir, luego lo larga como quien confiesa algo secreto) "Yo no sé quién me sacó de Cromagnon, te juro que no sé. Pero si a mí me preguntás quién te sacó, yo te contesto: "A mí me sacó María, la Virgen". Así te lo digo, de una.
–¿Nunca apareció nadie que te dijera…
–No, nunca. Me sacó María.
(Matías tenía sueños recurrentes y poco antes del desastre se los contó a su hermana Romina. Ella los relata en esta charla y es inevitable advertir cierto carácter premonitorio y mucho asombro, tratándose de un chico que no tenía mayor apego religioso. Y hay mucho más. Toda esta historia está llena de preguntas sin respuesta. Como la vida misma).





