
Los amables extraños
En los momentos decisivos de nuestras vidas percibimos que dependemos exclusivamente de quienes nos son desconocidos
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Al concluir Un tranvía llamado deseo, culmina la parábola de la decadencia de Blanche DuBois, la protagonista de la obra teatral de Tennessee Williams. Una frágil belleza del sur de los Estados Unidos, Blanche es una solitaria cuyos sueños se estrellan contra la despiadada realidad que la rodea. Sucumbe al alcohol, a la pérdida de las ilusiones, a las mentiras sobre su pasado y, finalmente, a la locura. El médico que llega para conducirla al asilo se dirige a la extraviada como Señorita DuBois. Ella extiende confiada sus manos hacia el anciano desconocido y, mientras camina como si estuviera ciega, le dice: "Quienquiera que usted sea... Yo siempre he dependido de la amabilidad de los extraños".
La celebridad que ha alcanzado esa frase de Blanche no es casual. Es que encierra una de las claves esenciales de la experiencia humana. En los momentos decisivos de nuestras vidas percibimos que dependemos exclusivamente de la amabilidad de quienes nos son por completo desconocidos. Una de las circunstancias en las que esto se pone más claramente en evidencia es en la relación con quienes se ocupan de nuestra salud quebrantada. Nos acercamos a ellos desvalidos, desprotegidos, es decir, indefensos. Dependemos en esos momentos de la calidad humana del otro, de su capacidad para comprendernos, de su disposición para ayudarnos. Posiblemente pasaremos nuestros últimos instantes en compañía de personas que nos son totalmente extrañas. No sabemos quiénes serán el último médico, la última enfermera, el último confesor.
El reflexionar sobre esta situación debería alertarnos acerca de la necesidad impostergable de interesarnos por los demás, por los extraños que a diario ingresan en nuestras historias personales. No lo hacen sólo en sus instancias decisivas o cuando protagonizamos accidentes, desastres o graves conmociones sociales. Oficinas, empresas, escuelas, comercios, la calle, la vida, en fin, son escenarios de nuestros encuentros cotidianos con los otros. Dependemos de ellos. Por eso, asegurar el acceso de quienes integran la sociedad en la que vivimos a la mejor y más completa educación no constituye sólo un imperativo moral para con los demás. Es, también, una actitud de consideración y respeto hacia nosotros mismos.
No hace mucho, el profesor Jostein Gaarder, autor del Libro de Sofía, que introduce a los jóvenes en los problemas de la filosofía, se refería a la enseñanza de esa disciplina. Decía: "En Noruega todos los universitarios se dedican en forma exclusiva a estudiar filosofía por lo menos durante seis meses. Todos. Cuando me encuentro con mi médico, yo sé que él conoce a Kant y Descartes. Que puede opinar sobre problemas éticos con un espíritu esclarecido..." Una buena educación resulta imprescindible para convivir en una comunidad porque garantiza a sus integrantes el establecimiento de esos lazos de unión, el aprendizaje del lenguaje común y, sobre todo, la adquisición de una mirada compartida sobre el mundo. Que los demás nos respeten, que puedan entender qué nos sucede, que sean capaces de interpretar lo que valoramos y queremos son componentes esenciales de nuestro bienestar personal. Si comprendiéramos, como lo hace Blanche DuBois, que en las instancias decisivas estamos a merced de la amabilidad de los extraños, tal vez cambiaría nuestra concepción de la existencia como una aventura independiente, egoísta y, a menudo, construida sobre el desinterés acerca de la calidad humana y del destino de los demás.
Dice Séneca: "... mientras estemos entre seres humanos, cultivemos nuestra propia humanidad". Posiblemente una forma de hacerlo sea ocuparnos también de lo que les sucede a aquellos de quienes, no pocas veces, depende nuestra vida.
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