
Los felices 90 - lecciones
El Premio Nobel de Economía 2001, en el libro Los felices 90, editado por Taurus, analiza los factores que convirtieron a la década más próspera de la historia en la base de la crisis económica actual. Aquí, un fragmento del capítulo Contabilidad creativa
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En los años noventa, mientras Estados Unidos se esforzaba por exportar su versión del capitalismo al resto del mundo, también divulgó sus sistemas de contabilidad. Después de la crisis del Lejano Oriente, los países recibieron el mensaje de que debían adoptar prácticas contables sólidas; es decir, estadounidenses.
Lo irónico, sin embargo, es que si Estados Unidos hubiera adoptado las normas contables usadas en gran parte del resto del mundo, muchos de nuestros escándalos empresariales no podrían haberse producido.
Aunque existieran semejanzas entre las prácticas en Estados Unidos y en otros lugares, había una diferencia crítica: aquí, los auditores estaban sujetos a reglas, no podían salirse de ellas.
Todo lo que pudieran colar dentro de las reglas se consideraba apropiado. Ciertamente, el desafío que afrontaba un auditor/ consultor estribaba en conseguir que los libros de la empresa tuvieran el mejor aspecto posible sin salirse de las reglas. En contraste, las normas usadas en la mayor parte de los demás países exigían que el auditor certificara que las cuentas generales reflejaran una imagen fiel de la posición financiera de la empresa. Quizás hubo un tiempo en que la ética profesional bastaba para que tales juicios se dieran por supuestos.
Pero en el Estados Unidos de los años noventa lo que imperaba eran el dinero y los mercados; y esto significaba que aun cuando se cumplieran las reglas, la imagen general podía ser -y a menudo era- engañosa.
Para la mayoría de los estadounidenses, y para la mayoría de los habitantes del mundo, lo que resultaba tan inquietante en el escándalo de Enron y en otros era la injusticia.
Demasiadas personas que ya gozaban de pingües remuneraciones usaron información privilegiada para llevárselo todo, mientras animaban a los trabajadores a trabajar duro y mantener el dinero de sus pensiones en acciones de la empresa.
En su afán de justificar las enormes sumas que se adjudicaban a sí mismos, los líderes empresariales aseguraban que ellos habían creado valor y convertido las empresas en los potentes generadores de beneficios que aparentaban ser.
Claro que en más de un caso lo que habían creado era un castillo de naipes.
Pero lo que se ventilaba iba más allá del juego limpio. Para que una economía de mercado funcione bien, todos los participantes deben tener confianza en ella. Los inversores efectivos y potenciales necesitan creer en unas reglas de juego justas, basadas en información fidedigna, y no en un juego amañado en el que siempre ganan los que están en la onda buena.
Después de los escándalos de los años veinte y principio de los treinta, Estados Unidos aprobó una legislación que intentaba responder a los problemas que la Gran Depresión había expuesto; regulaciones que cubrieran cualquier eventualidad, desde los intentos de acaparar el mercado hasta el abuso de información privilegiada.
La Comisión del Mercado de Valores se creó en 1934 y, junto con otras comprobaciones y equilibrios (incluyendo pleitos en nombre de un colectivo), ayudó a consolidar un sentido de la ética profesional entre gerentes, auditores y otros actores del mercado, conduciendo a la creación de un mercado de valores de un tamaño sin precedentes, con una participación sin precedentes. En el pico que alcanzó el mercado en marzo de 2000, la capitalización de acciones estadounidenses (medida por el índice Wilshire) ascendía a 17 billones de dólares, o 1,7 veces el valor del PIB del país. La mitad de las familias estadounidenses poseía acciones.
El mundo ha cambiado muchísimo, sin embargo, durante los últimos sesenta años. Se han desarrollado nuevas formas de fraude. En el ambiente del todo vale de los años noventa, mientras los valores bursátiles se elevaban, los valores humanos se erosionaban, y las reglas del juego volvieron a tornarse terriblemente injustas, contribuyendo a inflar una burbuja que reventaría al poco tiempo de iniciarse el nuevo milenio. La controversia de las stock options a principios de los noventa me pareció en su momento un asunto enormemente significativo -quizá debido a mis propias investigaciones-, que había acentuado la importancia de contar con información fiable y exacta para que la economía de mercado pudiese funcionar.
Pero durante la época de prosperidad era difícil que esta cuestión suscitara el interés de muchos, excepto quienes se beneficiaban de prácticas contables inapropiadas.
Ese fue otro caso en que fiamos demasiado al juicio de los expertos, incluidos los del sector financiero y contable, aunque considerando sus intereses personales, deberíamos haber sido escépticos. Arthur Levitt tenía razón.
Había necesidad de mayores y más estrictos mecanismos de regulación.
Aunque no hubiera ningún método de garantizar con total seguridad que la información siempre sería exacta, al menos podríamos fomentar los incentivos adecuados. Las stock options distorsionaron los incentivos que recibían los gerentes; y las consultorías distorsionaron los incentivos que recibían los auditores. Las zanahorias se dirigían ahora en otro sentido -socavando los incentivos para ofrecer información correcta-, al tiempo que los cambios en las disposiciones sobre pasivos debilitaron la fuerza del palo. Y todo esto ocurría justo cuando aumentaban las dificultades para ofrecer información exacta, paralelamente al aumento de las oportunidades para ofrecer información engañosa.
Comencé este capítulo hablando de espejismos que nos remiten a la gran pregunta de lo que pudo haber sido.
¿Podríamos haber evitado la hinchazón de la burbuja sólo con haber propiciado una contabilidad más fiel de las stock options de los ejecutivos?
Nunca sabremos la respuesta. Pero de una cosa podemos estar seguros: en conjunción con otros problemas de contabilidad tratados en este capítulo, es obvio que la contabilidad inapropiada de las stock options vino a empeorar las cosas. Y ello contribuyó al carácter distintivo de los años noventa, el que infló la burbuja y agravó la crisis que vino cuando ésta reventó.
Los conflictos de intereses que hemos tratado aquí ya eran una noticia suficientemente mala; pero las consecuencias se han visto amplificadas por problemas similares o incluso peores en el sector financiero (...)
El autor es estadounidense. Se desempeñó como asesor económico del gobierno de Bill Clinton y como economista jefe y vicepresidente senior del Banco Mundial. Es una gran crítico de algunos aspectos de la globalización
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