
Los idiomas también se mueren
En una ola de destrucción sin precedente, es muy probable que desaparezca la mitad de las lenguas del mundo. ¿Deberíamos estar preocupados por esto?
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Cada lengua que se extingue tuvo una juventud vital. El eyak puede remontarse hasta una antigua lengua madre centrada cerca de los ríos Yukón y Tanana, en América del Norte. Hace tres milenios, un pequeño grupo se desprendió de la tribu, que también dio origen a las lenguas apache, navajo y atabaskan. La leyenda eyak dice que el grupo viajó río abajo en canoas hechas con troncos ahuecados y llegó a una tierra de bonanza. Allí encontraron huevos de aves -"los probaron, y eran buenos", dice la leyenda- así como abundancia de focas y salmones. Los lingüistas y los antropólogos creen que los eyak vivieron muchos siglos aislados, tal vez separados de otros pueblos por glaciares gigantescos. Para mediados del siglo XIX, los descendientes de aquel valeroso grupo sumaban varios cientos de personas y hablaban una lengua propia. Vivían cerca de Actual Cordova, sobre el golfo de Alaska. Los eyak tenían sus propios mitos, su propio folklore y sus propias canciones, que contenían su código moral.
Ahora la lengua eyak está a punto de extinguirse. Para ser preciso, el idioma morirá en un edificio de departamentos color verde pálido, en Anchorage, Alaska, de cuya puerta pende un cartel de advertencia: Terminantemente prohibidos los perros y las macetas colgadas de los balcones.
Una mujer eyak de 81 años llamada Marie Smith Jones, de cabello blanco y un poco sorda, vive en el departamento Nº 1. Desde que murió su hermana Sophia, en 1993, Marie ha sido la última eyak nativa que sabe que kaeltaak significa foca, o que daqiikih salle´llinuu debe traducirse como: ya han dejado de ser. Jones recibe ocasionalmente una llamada de Michael Krauss, director del Centro de Lenguas Nativas de Fairbanks, Alaska, que aprendió eyak por razones académicas. Pero con mayor frecuencia recuerda las palabras eyak mentalmente, o a veces en voz alta: "Sólo deseo escuchar cómo suenan", dice.
Jones es sólo una del número cada vez mayor de esa clase de solitarios. Según las estadísticas compiladas por Ethnologue, un catálogo de las lenguas del mundo, se ha estimado que existen 52 idiomas de los que sólo queda un hablante nativo, y 426 que están casi extinguidos, lo que significa que sólo queda de ellos un puñado de hablantes de avanzada edad. Algunos lingüistas prominentes predicen que la mitad de los casi 6000 idiomas del mundo habrán caído en el silencio para fines de este siglo, y que entre un 80 y un 90 por ciento de ellos morirán durante los próximos 200 años.
¿Deberíamos preocuparnos? Después de todo, la mayoría de la gente que vive en París o Nueva York o Ugadugu jamás ha oído hablar del eyak, y tampoco ha sentido su pérdida. Y aún más, algunas personas creen que la multitud de lenguas que existe en el mundo ha sido una plaga para la humanidad desde la Torre de Babel. El propósito del lenguaje, argumentan, es la comunicación, y la multiplicidad de lenguas sólo sirve para confundir. Un país devastado por las guerras como la República Democrática del Congo, por ejemplo, tiene más de 200 idiomas y dialectos. Resulta tentador suponer que si los 50 millones de habitantes del Congo hablaran la misma lengua, todos ellos estarían mejor.
Tonterías, dicen los especialistas en idiomas en peligro: las guerras no son causadas por las diferencias lingüísticas, sino por la intolerancia. Serbios y croatas hablan el mismo idioma, al igual que los somalíes, enzarzados en sangrientas luchas. Algunos expertos advierten, incluso, que la muerte de las lenguas es una amenaza para el bienestar general de la especie humana. Así como se considera vital para la salud del planeta la diversidad biológica, alegan, también lo es la diversidad intelectual y cultural.
"Si uno ve una pagoda antigua, no se siente tentado de demolerla -dice Michael Krauss-. Los lenguajes son pagodas intelectuales. Bueno, algunos son una pagoda y otros son un Partenón, pero hay que esforzarse por apreciarlos." Especialista en lenguas en peligro, Krauss ofrece argumentos en defensa de la diversidad lingüística. Uno de ellos es que protegiendo los idiomas, las sociedades preservan también conocimientos históricos, culturales y científicos. Muchos medicamentos modernos han sido producidos empleando el saber tradicional sobre plantas y animales: la quinina, por ejemplo, es un término quechua de una tribu indígena de América del Sur.
Las lenguas han sufrido altibajos desde el principio de la historia humana, pero la ola de destrucción actual no tiene precedente. La extinción tiende a producirse cada vez que las sociedades tecnológicamente más avanzadas arrasan grupos menos poderosos. Los colonizadores australianos contribuyeron a borrar más de 150 lenguas nativas durante los últimos 222 años, y hay otras cien al borde de la desaparición. En América del Sur, los españoles y portugueses han devastado decenas de lenguas nativas, y los pioneros ayudaron a destruir más de 300 lenguas nativas de América del Norte. De las cien lenguas que se hablaban en lo que ahora es California, sólo queda la mitad, y casi todas ellas sólo son usadas por algunos ancianos.
La globalización probablemente acelere la destrucción. El inglés, en particular, se está convirtiendo en el idioma indispensable de las personas de éxito de diferentes países y culturas. Eso ocurre, en parte, porque un número desproporcionado de los ricos del mundo habla inglés, y también porque el inglés es la lengua de la revolución tecnológica. Incluso antes de Internet, la televisión, los teléfonos, los viajes aéreos y otras innovaciones contribuyeron a la difusión de la lengua de las culturas y economías dominantes.
Los franceses están indignados ante lo que un académico ha llamado la insidiosa penetración del inglés, pero los hablantes de la lengua regional bretona, en el noroeste de Francia, sienten igual indignación ante el predominio del francés. Los hablantes del bretón suman 268.000, contra el millón que eran hace un siglo.
La obliteración de las lenguas menores puede parecer inevitable e irreversible. Pero los idiomas, a diferencia de las personas, pueden ser resucitados. El último hablante experto de la lengua indígena miami murió en la década del 60, pero Daryl Baldwin, de 37 años, ha hecho que el miami vuelva a la vida.
Cuando era estudiante en la universidad de Montana, hace una década, Baldwin se zambulló en la investigación de su lengua ancestral, estudiando textos escritos por misioneros y otros registrados en fecha tan temprana como el siglo XVII. Con la ayuda de un lingüista de la universidad de Berkeley, California, consiguió aprender el vocabulario, la gramática y la pronunciación del miami, y después se llevó el idioma a su casa. Ahora Baldwin, su esposa y sus cuatro hijos tienen una regla: siempre que sea posible, sólo hablan miami entre ellos.
Otros indios miami, de una tribu de alrededor de 7000 personas que viven entre Indiana y Oklahoma, se han sumado al esfuerzo. Han producido un CD para enseñar la lengua a los niños, así como libros de cuentos y varios diccionarios.
Sin embargo, tampoco pretende que sus hijos aprendan miami a expensas del inglés. "Un lenguaje es lo que hace que uno sea parte de un país -dice-. Pero en Estados Unidos prevalece la idea de que uno tiene que abandonar una lengua para aprender otra. Y no debería ser así." No obstante, revivir una lengua requiere un esfuerzo más que hercúleo por parte de unos pocos individuos. Algunos coptos cristianos de Egipto, cuya lengua ritual se remonta a la época de los faraones, han estado tratando de revivir su uso cotidiano durante décadas. Aunque han conseguido impedir la muerte del idioma, no han logrado difundir su uso entre los seis millones de coptos de Egipto. (El país fue conquistado por musulmanes árabes en el siglo VII, y el árabe es el idioma oficial.) Kamal Farod Ishaq, que habla copto en su casa y se reúne mensualmente con un grupo de revivalistas coptos, dice que para que el copto florezca, el gobierno debería colaborar. "Cuando los judíos consiguieron su propio país, revivieron el hebreo porque el gobierno los apoyó -dice Ishaq-. Si el gobierno siente que la lengua egipcia es la identidad de Egipto, y la enseña en escuelas y universidades, el idioma se difundirá."
Los gobiernos occidentales han contribuido a silenciar cientos de lenguas. Los inmigrantes europeos llevaron a Australia plagas virulentas y echaron literalmente a los aborígenes de sus tierras durante el siglo XIX. Las lenguas aborígenes sufrieron una decadencia aún mayor en la primera mitad del siglo XX, con el intento civilizador, que dio a los aborígenes educación y ropa occidentales y dosis forzosas de cristianismo e inglés. También el gobierno de los Estados Unidos sometió a las tribus indígenas, y obligó a los nativos a asistir a escuelas donde se prohibía el uso de otra lengua que no fuera el inglés. "Los gobernantes blancos sentían que debían destruir la identidad de los indios para poder apoderarse de sus tierras sin resistencia -dice Krauss-. También sentían que destruían idiomas inferiores al de ellos, y de ese modo favorecían a los nativos, elevándolos."
Tanto Estados Unidos como Australia han cambiado de rumbo en los últimos años. En 1990 se aprobó la ley de lenguas nativas americanas, para promover su estudio y subsistencia. En Australia, el gobierno financia programas destinados a preservar las lenguas que quedan y a expandir la enseñanza de las que se aproximan a la extinción.
Pero por cada historia alentadora hay decenas de idiomas que desaparecen. Mucha gente cree que una lengua como el eyak no tiene futuro. Además de ser la última hablante nativa del eyak, Marie Smith Jones es una de los dos eyak que quedan con vida. La cultura eyak fue prácticamente aniquilada a principios del siglo XX. Jones pasó gran parte de su vida adulta en medio de una bruma alcohólica y dejó de beber en 1970. "Me odiaba a mí misma porque no podía hacer nada para resistir el daño que se nos estaba haciendo."
Desde entonces, Jones aceptó la desaparición de su pueblo y el hecho de que ninguno de sus hijos, todos ellos de padres blancos norteamericanos, quiere aprender eyak. Sin embargo, aunque su lengua no sobreviva en la práctica, es probable que sirva como advertencia con respecto a otros miles de idiomas tendientes a caer en el olvido.
Palabras que ya no se irán
Miles de lenguas pueden desaparecer durante este siglo, y más de 420 ya son caracterizadas como casi extinguidas en Ethnologue, un catálogo de las lenguas del mundo. Todos los continentes están afectados.
- América del Norte.
Total: 103 lenguas.
Canadá: 12, México: 16, Estados Unidos: 75. - América Central.
Total: 8 lenguas.
Costa Rica: 1, El Salvador: 2, Guatemala: 1, Honduras: 2, Nicaragua: 1, Panamá: 1 - América del Sur.
Total: 53 lenguas.
Argentina: 4, Bolivia: 8, Brasil: 18, Chile: 1, Colombia: 3, Ecuador: 1, Guyana: 1, Perú: 10, Surinam: 1, Venezuela: 6. - Europa.
Total: 4 lenguas.
Alemania: 1, Italia: 1, Noruega: 1, Suecia: 1. - Asia.
Total: 59 lenguas.
Afganistán: 2, India: 4, Indonesia: 23, Israel: 1, Japón: 1, Laos: 1, Nepal: 5, Filipinas: 3, Rusia: 9, Taiwan: 6, Tailandia: 1, Timor: 1, Uzbekistán: 1, Vietnam: 1. - Africa.
Total: 39 lenguas.
Camerún: 8, República del Africa Central: 1, Chad: 5, Etiopía: 2, Guinea: 2, Kenya: 2, Nigeria: 13, Santo Tomé y Príncipe: 1, Sierra Leona: 1, Somalía: 1, Sudáfrica: 3. - Oceanía.
Total: 160 lenguas.
Australia: 140, Nueva Zelanda: 1, Papúa y Nueva Guinea: 12, Islas Solomon: 2, Vanuatu: 5.
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