
Los laberintos del sufrimiento
Según aseguran las filosofías orientales, los padecimientos del alma se deben a una concepción errónea acerca de nuestra verdadera identidad. Y eso es lo que explica el lama tibetano Gueshe Jaemphel, que a su paso por Buenos Aires dialogó con la Revista sobre cómo enfrentar nuestros males combatiendo el apego, el odio y la ignorancia
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Hay un viejo proverbio que ilustra: "Cuando dejes de sentir que eres el rey de la montaña, y te sientas, en cambio, que eres parte de la montaña, entonces sí serás un rey".
En la región más elevada del mundo, con una altura promedio sobre el nivel del mar de 4900 metros, también saben de esa actitud mental que consiste en verlo todo por debajo de los pies, como si se estuviese en la más alta de las cumbres.
Por eso, en el Tíbet, orgullo se dice "yo soy el rey". Porque allá, más que en ninguna otra región del planeta, es bien sabido que en las alturas no crece nada; todas las aguas van hacia el valle; abajo está la fertilidad. Y de ahí la correspondencia de la montaña con el orgullo. "La persona asolada por la vanidad no podrá florecer jamás; nunca evolucionará. Es fundamental aprender a ver las cualidades de los demás y a meditar sobre nuestros propios defectos.
El orgullo se alimenta del egoísmo, que es el principal obstáculo para desarrollar la mente altruista, compasiva, que nos conduce a la verdadera felicidad." Arropado en su hábito de monje amarillo y bordó, el venerable lama Gueshe Jaemphel, en su visita a Buenos Aires, escucha, reflexiona y responde a cada pregunta con el mismo encanto que genera al expresarse en su lengua materna: el tibetano.
Sus brazos de color ocre, al desnudo, dan la impresión de estar construidos en algún material rústico, entre terroso y mineral, capaz de proteger las antiguas sabidurías que parecen habitar bajo su piel.
"La mente altruista y la mente egoísta son mutuamente excluyentes –dice Jaemphel–, donde existe una no existe la otra. Pero a medida que vamos eliminando la segunda, que a largo plazo no conduce más que al sufrimiento, logramos más felicidad para nosotros y para los demás."
Jaemphel, que actualmente se desempeña como maestro residente en el Centro Nagarjuna de Barcelona, no perderá su sentido del humor en ningún momento de la conversación. Nada desdibujará la vasta sonrisa de su cara de luna llena. Ni el tema de la muerte, ni la crisis argentina, ni el hecho de tener que haber huido a la India en 1982… A lo sumo fruncirá el entrecejo, de tanto en tanto, como cuando se juega con la idea de qué haría Buda si viviese en la Argentina de hoy.
Su intérprete, también tibetano y sin apuro, lo traduce en un buen español: "Si Buda viviese aquí, en este momento, haría exactamente lo mismo que enseña el Dalai Lama Tensing Gyatso por todo el mundo".
El Dalai Lama aboga, entre otras cosas, por que los seres cultiven el altruismo y la bondad en lugar de darle tanta importancia a la ciencia, a fin de traerle paz a la humanidad.
–¿Qué le diría a un país inmerso en una crisis que abarca desde lo económico hasta lo espiritual?
–Creo que cuando en un país se atraviesan crisis tan profundas hay que buscar soluciones por medio del diálogo, y no de la fuerza, y de promover una fuerte coherencia y unidad entre todo el pueblo. Si los ricos y los pobres se apoyan mutuamente, el desarrollo del país mejorará enormemente. La prensa también tiene un papel crucial. Los problemas siempre aparecen en primera página; no hay que olvidar de difundir historias alentadoras. Cada habitante debe asumir una responsabilidad en pos de levantar el país.
El progreso material y el crecimiento interior de cada persona deben ir de la mano. Ambos aspectos son importantes. Ahora, no se puede decir que exista una técnica específica que produce un milagro; la espiritualidad debe aprenderse gradualmente. El primer paso tal vez sea la aceptación de la situación. Todo está interconectado. Las situaciones son el resultado de acciones pasadas.
–¿Estamos pagando algo así como un karma social?
–Por un lado, podemos decir que sí, que se están pagando acciones negativas del pasado; pero por el otro, lo que ocurre ahora en materia económica también es el resultado de no haber sabido administrar los recursos.
–¿Cómo explicaría el concepto de karma?
–Cuando se trata del karma estamos hablando de un mecanismo de causa y efecto; el resultado se corresponde con la causa. En nuestro caso, el de los tibetanos, que somos refugiados, es probable que estemos pagando por las acciones negativas que el mismo pueblo tibetano cometió en el pasado. Es como cuando un estudiante obtiene buenas notas. Ese resultado es producto de su esfuerzo. Lo mismo puede decirse del karma.
–En Buenos Aires hay uno de los más altos índices de psicoterapeutas per cápita. ¿Qué piensa de que tanta gente busque estar mejor por esa vía?
–Eso depende de cada uno. La psicología puede ayudar hasta cierto punto, pero el verdadero remedio está en las propias manos, en uno mismo. Creo que aquí habría que conocer dos puntos de vista muy interesantes sobre el concepto del yo. Hay una creencia muy fuerte en la India que sostiene que el yo es algo que existe independientemente, que no está relacionado con el cuerpo ni con la mente. Es el concepto de atma, alma. Es un yo en el que creen varias escuelas de la antigua India. El budismo, en cambio, niega totalmente la existencia de un yo con esas características de algo permanente, no transitorio, independiente y unitario. El yo, para el budismo, existe, pero en dependencia. Es lo que denominamos skandhas, que son factores o elementos agrupados con miras a explicar la constitución del individuo. Son cinco: cuerpo, sensación, percepción, predisposición y conciencia. Estos cinco fenómenos mentales constituyen el conjunto de la experiencia de los seres, y son tomados erróneamente como una entidad individual o yo. En realidad, son fenómenos transitorios y sin entidad propia.
–¿De ahí la comparación del yo con un carro, por ejemplo?
–Exacto. Uno podría preguntarse: ¿dónde está nuestro yo? ¿En las piernas, ojos, cabeza, cuerpo, brazos? Si desmontamos todos los elementos de un carro, no queda ninguna entidad independiente que pueda ser identificada como tal. Es más, cuando morimos seguimos teniendo mente; por tanto, el yo no depende del cerebro.
–La concepción de la psicología es opuesta a la de insustancialidad del yo que usted describe.
(Ríe) –El yo no es un objeto, sino una etiqueta. Todo lo que pensamos de nosotros mismos es una mera opinión. ¿Es el mismo yo el que está enfadado?, ¿el que está contento?, ¿el que está cansado?, ¿el que se divierte? No nos gusta la misma comida ni la misma música por la mañana que por la noche. No tenemos igual ánimo antes que después de trabajar. ¿Cuál de todos ellos es el verdadero yo? Todo está cambiando. Ninguno existe por sí solo, todo depende de las circunstancias. Nuestros juicios son muy burdos. Necesitamos meditar para investigar la naturaleza de totalidad de los fenómenos.
–¿Por qué es tan difícil comprender este concepto?
–Porque el nivel mental que estamos acostumbrados a utilizar es terriblemente superficial; escribimos, miramos televisión, pensamos en la casa, la mujer y los hijos, en comprar; no hay tiempo para mirar nuestro interior, no hay lugar para la vida contemplativa en esta sociedad. En vez de ver la totalidad, vemos nociones relativas de la realidad. Todos los males y los aspectos negativos que nos consumen surgen de tres problemas mentales: el apego, el odio y la ignorancia (de la interdependencia de todo). Meditar en el amor, la compasión y la ecuanimidad destruye esos elementos y trae paz a la mente.
–¿A qué se refiere con ecuanimidad?
–A la igualdad entre uno y los demás. Todos los problemas vienen del apego y del rechazo; por tanto, la ecuanimidad le proporciona felicidad a la mente: la pacifica y la tranquiliza.
–¿Y por qué nos enojamos tanto?
–En realidad, por egoísmo, porque las cosas no son como queremos. La consecuencia del enfado es el sufrimiento; la consecuencia de la paciencia es la tranquilidad. Si algo nos hace enfadar, el karma del enfado está dentro de nosotros. Lo que ocurre afuera es sólo circunstancial, la causa que dispara nuestro karma interior. Por eso, hemos de ver al que nos hace enfadar como un Buda que nos avisa de nuestros oscurecimientos.
Fotos: Daniel Pessah y Corbis
Para saber más
www.nagarjunabcn.org
www.budismotibetano.net/ pag/templonew.htm
Un camino espiritual
Gueshe Jamphel nació en el Tíbet central, cerca de Lhasa, en 1961. Se ordenó monje a los 19 años y permaneció tres años estudiando el Dharma en un monasterio. Luego de la invasión china de Tíbet, Gueshe-la buscó refugio en la India. Allí estudió el Dharma en la universidad monástica de Sera-Je y finalizó sus estudios con el grado de Gueshe Lharampa, en 1999, la más alta de las calificaciones para enseñar sutra y tantra. Ha recibido enseñanzas de S. S. Dalai Lama y de otros grandes maestros espirituales. En 2002, fue nombrado maestro residente del centro Vajrayoguini de Barcelona. A finales de 2003, lama Zopa mandó que se unificaran los dos centros Gelupas existentes en Barcelona (Nagarjuna y Vajrayoguini) al retirarse el Venerable Gueshe Lobsang Tsultrim del Centro Nagarjuna (perteneciente a la Fundación para la Preservación de la Tradición Mahayana) y Gueshe Losang Jamphel pasó a ser el maestro residente.
Para entender el budismo
Fenómenos mentales
Forma, sensación, discernimiento, composición mental y conciencia.
Estos cinco fenómenos mentales constituyen el conjunto de la experiencia de los seres y son tomados erróneamente como una entidad individual o yo.
En realidad, son fenómenos impermanentes y sin entidad propia.
Buda
Se refiere a cualquier ser que haya manifestado el potencial absoluto de su mente y, en especial, al Buda Shakyamuni. También designa el principio de la iluminación y la omnisciencia. Refugiarse en Buda significa tomar su vida como ejemplo y proponerse encontrarlo en la propia mente.
Bodhisattva
Todo aquel que ha hecho voto de llegar a la iluminación para el bien de todos los seres puede ser considerado un bodhisattva. No obstante, el nombre se aplica comúnmente a quienes han obtenido auténtica realización y se encuentran en alguno de los diez grados de iluminación previos al estado de Buda.
Dharma
De forma específica, designa el conjunto de las enseñanzas budistas, es decir, el Camino. En sentido gene-ral, el Dharma es la totali-dad de las escrituras budistas, que consisten en el Kangyur y el Tengyur. Refugiarse en el Dharma significa tomar las enseñanzas como camino.
Ciclo de la existencia
La existencia en el estado relativo es un ciclo de muertes y reencarnaciones sin principio ni fin, dentro de los distintos reinos de los tres planos de existencia. Su causa fundamental es la ignorancia, y su naturaleza característica es la insatisfacción y el sufrimiento.
Karma
La ley que gobierna el transcurrir de la existencia y según la cual el estado presente es resultado de acciones anteriores, mientras que las acciones presentes condicionan la existencia futura. Esta ley gobierna el devenir de todos los seres, tanto individual como colectivamente.
Nirvana
El nirvana del Hinayana es el estado de paz que resulta de la cesación de la ignorancia y de las emociones turbadoras. Para el Mahayana, otro de los caminos, es un estado temporal: hace falta desarrollar la compasión y los medios hábiles para la verdadera iluminación. Nirvana puede referirse a la paz hinayana o a la perfecta iluminación.
Dharmas mundanos
Las ocho consideraciones o preocupaciones básicas que motivan toda actividad mundanal: la ganancia y la pérdida; el placer y el dolor; la fama y el descrédito; la alabanza y la crítica.
Emociones turbadoras
Son las actitudes mentales que, con su raíz en la ignorancia, distorsionan la percepción de la realidad e impulsan a la acción descontrolada. Son las responsables directas de que se mantenga en marcha la rueda del sufrimiento. Son cinco: obnubilación, deseo, ira, orgullo y envidia.
Yana
Buda dio enseñanzas adecuadas a las distintas aptitudes intelectuales de los seres, y con el tiempo fueron clasificadas en tres grandes vehículos conducentes a la liberación: el Hinayana –que se basa en las Cuatro Nobles Verdades–, la disciplina moral y el control de la mente, que proporciona la liberación personal del sufrimiento.
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