Los lavacopas votan con los pies

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17 de octubre de 2020  • 12:13

Fue un economista norteamericano, Charles Mills Tiebout, quien acuñó la frase, no como una simple metáfora sino como un concepto político: los inmigrantes votan con los pies. Tiebout, que murió en 1968 con solo 43 años, sostenía que los migrantes que se desplazan de un área geográfica a otra buscan no solo una posibilidad de progreso económico que les es negada en su jurisdicción de origen, sino, fundamentalmente, un lugar para desarrollar su vida más afín con sus ideas. Incluso en los casos más dramáticos, migrar no se trata solo de dejar atrás un sistema ruinoso u opresivo, sino de ir hacia un ideal: una vida en paz, una existencia en libertad, un sistema que permita el crecimiento personal en razón del mérito y el esfuerzo.

La Argentina representó durante décadas esos ideales. Millones de europeos, primero, y más tarde de latinoamericanos, la eligieron por sus oportunidades. Aquí progresaron y, sin necesidad de migrar, sus hijos llegaron más lejos de lo que ellos lo habían hecho. Encontraron un país que requería trabajo y tierras que necesitaban labranza. Encontraron educación de calidad y una sociedad abierta y cosmopolita que asimilaba a todos. Un país progresista y de base liberal que les permitió soñar, crecer y dejar atrás, en el barco que los había traído, el recuerdo de miseria y guerras que los había impulsado a partir.

Con el tiempo y las crisis políticas y económicas, el proceso se fue gradualmente revirtiendo. La Argentina se alejaba de aquellos ideales, y los nietos de quienes habían venido empezaron a fantasear con irse. Europa, Estados Unidos, países como Australia y Canadá, pero incluso Venezuela durante la última dictadura militar, se convirtieron en destinos deseables para los argentinos que querían vivir en la seguridad política y económica de democracias tolerantes y libres. A diferencia de sus abuelos, muchos se fueron con un título universitario bajo el brazo para trabajar de lo que fuera. Los exilios son duros y comenzar de nuevo nunca es fácil. Algunos lo lograron y se quedaron para siempre, y otros, cuando las condiciones en la Argentina parecieron volver a ser las de sus ideales, volvieron a darle otra oportunidad a su país, y a ellos mismos.

Desde hace un tiempo, irse volvió a ser el único horizonte que muchos argentinos atinan a ver. Uruguay, con su estabilidad política y racionalidad económica, pasó a estar en boca de todos, aunque muchos otros piensan también en Europa, Canadá o Nueva Zelanda. Pero esta vez, mientras las redes sociales se llenan de testimonios de argentinos embarcando en Ezeiza con pasaje de ida o ya instalados en sus nuevos destinos, se observan también ataques a quienes deciden irse, comentarios peyorativos sobre la dura vida que les espera o descalificaciones personales hacia quienes, como estimaba Tiebout, están votando con sus pies.

¿Tanto cambió la Argentina, un país construido por el esfuerzo de inmigrantes, como para que hoy algunos denigren a los que deciden buscar en otro lado lo que aquí ya no encuentran? ¿Tanto se ha destruido la cultura del trabajo que "lavacopas" se convirtió en un insulto? ¿Tan perdidos están aquellos ideales que un día atrajeron a millones para que hoy se agravie a quienes parten a buscar una esperanza que acá ya no encuentran? Quizá sea todo esto lo que explique el deseo de marcharse y no una mera conveniencia impositiva, como deslizan algunos voceros de la Argentina intolerante. Estos tal vez no han leído a Tiebout, pero saben que irse es también una decisión política. Los que se van con títulos y los que no lo tienen, los que se van con un contrato o efectivamente lavar copas, votan con sus pies. Están decidiendo qué sistema creen el adecuado para su desarrollo personal y familiar. Y esta es una verdad demasiado incómoda para una Argentina que ya no encuentra sus mejores ideales.

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