Los skinheads buenos existen y abrieron un centro cultural

Queda en Villa Crespo y es el primero de su tipo en América latina; dictan talleres y hacen fiestas antifacistas abiertas a todo el público
Queda en Villa Crespo y es el primero de su tipo en América latina; dictan talleres y hacen fiestas antifacistas abiertas a todo el público
José Totah
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15 de abril de 2017  

"Papá, te presento a mi novio skinhead". La frase bien podría darle al jefe de familia el bobazo que tanto viene incubando. Y, sin embargo, toda esa mala fama que se ganaron los cabezas rapadas en los últimos treinta años en la Argentina (asociados sobre todo a movimientos neo-nazis) nace de un gran malentendido. Al menos eso piensa Nicolás Bondarenko, uno de los voceros de La Cultura del Barrio, el primer club social y deportivo skinhead antifascista/antirracista de América latina, que acaba de abrir sus puertas en Villa Crespo.

"Acá los neonazis no entran, saben muy bien lo que somos. Ellos son gente con mucha ira acumulada, que no construye nada. Este es un sitio multirracial, donde no hay xenofobia, machismo, homofobia ni ningún tipo de discriminación. Esa es la esencia de los skinheads", explica Bondarenko, y cuenta que La Cultura es un punto de encuentro de tribus urbanas de todos los palos, en donde se dictan clases de boxeo, se dan charlas, cursos, ciclos de cine, ferias y recitales.

La cultura del barrio: un club social y deportivo
La cultura del barrio: un club social y deportivo Crédito: Diego Spivacow / AFV

Brazos tatuados, remera negra apretada con cuellito y corte al ras, el entrevistado nos da una recorrida por el lugar: es una vieja fábrica reciclada de 1000 metros cuadrados, sobre la calle Murillo (entre Thames y Serrano), con una planta baja en donde funciona una barra de comidas y bebidas, un ring de boxeo en un gran salón al fondo y un primer piso. Las paredes están tapizadas de banderas y lemas que gritan: "Contra todo prejuicio".

El día de inauguración del club, hace apenas dos semanas, hubo una banda skin tocando, una feria del libro y, en simultáneo, una clase de estiramiento en la planta alta. Todos conviviendo mansamente, esa es la idea. Y todo se autofinancia: lo que juntan en las exhibiciones y las clases de boxeo, a precios populares, lo usan para conseguir pintura o arreglar baños. Así compraron el ring, hicieron una barra, la cocina, remozaron paredes y pusieron el gimnasio a nuevo.

La Cultura abre a las ocho de la mañana y durante toda la jornada tiene actividades para anotarse. En cierta forma, quiere recrear a los viejos clubes de barrio, en donde se cae a jugar a las cartas, hacer deporte y beber después del trabajo. No es raro ver a un abogado de traje, un grafitero, un punky, un cumbiero y un rude boy acodados y charlando en la barra, que también despacha platos veganos. Es que el lugar ya no quedó sólo en manos de las tribus sino también de los vecinos, que se apropiaron del espacio y se sumaron a festivales queer, ferias del libro punk y cónclaves feministas. "No nos interesa ser del under, este club es de la gente", invita Bondarenko.

"Somos un grupo de amigos que se juntaba a escuchar reggae, ska y punk; convocábamos a bandas del palo para hacer festivales en la calle y soñábamos con tener un espacio propio", recuerda. "No hay otro lugar así en el mundo", asegura, y comenta que en mayo van a viajar a Europa en pandilla (son 11 en total) a contactar centros skinhead con militancia antifascista en Hamburgo, Berlín y otras ciudades.

Contra todo prejuicio

Para entender la ideología de los fundadores de La Cultura del Barrio hay que prestar atención a la enorme bandera que cuelga en uno de los salones y proclama "SHARP, 20 años". Y remontarse todavía más, a 1969, cuando nació en el Reino Unido una subcultura llamada skinhead, integrada por jóvenes de la clase obrera, que con su forma de vestir (botas de trabajo, tiradores) y su música (ska, reggae) buscaban diferenciarse del movimiento hippie y la psicodelia.

Según los historiadores, el hecho de que se asocie a los skinheads con la violencia arranca en los 80, cuando el espíritu del 69 (pacífico en su esencia) fue malinterpretado por bandas de izquierda y de extrema derecha -neonazis-, que atacaban a judíos, inmigrantes y mendigos, principalmente en Europa y Estados Unidos. Para no quedar asociados al fascismo y a la discriminación, los skinheads fundaron en 1986 la agrupación SHARP (Skin Heads Against Racial Prejudice), divulgada en todo el mundo por la banda galesa The Opressed, que predica el antirracismo y la convivencia pacífica.

En la Argentina, los skinheads, que empezaron a hacerse notar como tribu a mediados de los 80, tampoco tienen fama de ser dulces criaturas perfumadas. Hasta hoy se los sigue involucrando en golpizas memorables y guerras de territorio (contra punks, en una histórica batalla en Parque Rivadavia, en 1996; o contra skaters, en 2013, frente a la Facultad de Medicina, por citar un par de casos).

A nivel musical, la movida skinhead de los 80 se alineó con un grupo under llamado Comando Suicida, pero según Bondarenko, recién en los 90 una parte del movimiento giró francamente al fascismo. "La verdad que entendieron todo mal", lamenta. Curiosamente, uno de los que captó primero que los skinheads originales no tenían nada que ver con el odio racial fue el cantante Boom Boom Kid. Hace más de dos décadas, al frente de su vieja banda Fun People, echó de un recital a los skinheads violentos y proclamó que, a partir de entonces, haría "hardcore gay antifascista". Esa noche, cuentan los que estuvieron ahí, una buena parte del público se fue del recital.

En cierto modo, la Cultura del Barrio viene a desterrar de una vez esa estampa violenta. En su formato de club social y deportivo, convoca a los vecinos a sumarse a su propuesta. Quizá, algún día, el "novio skinhead de la nena" realmente termine siendo el bueno de la película.

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