
Con el último capítulo de Mad Men, que se emite este mes, nos despedimos de las andanzas del genio publicitario Don Draper, el alcohólico y fumador más consecuente del mundo
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"Realmente es el fin de una era. Y qué era". Este tuit del 25 de marzo pasado emitido desde la cuenta oficial de los Golden Globe Awards venía con una foto: la del elenco completo de Mad Men en el escenario del Dorothy Chandler Pavilion de Los Ángeles, bañado en aplausos por los asistentes a la première de la continuación de la séptima temporada, la final de la serie creada por Matthew Weiner, que HBO está emitiendo en Latinoamérica desde el 6 de abril y que verá su fin el 17 de este mes.
Esa noche, a un año exacto de la emisión de "Waterloo", el episodio que cerraba la tanda inicial, la memoria insistía en loopear la última imagen de Don Draper (Jon Hamm). El genio publicitario, el hombre cuya seguridad exterior fue siempre la coraza perfecta para un interior frágil, el alcohólico y fumador más consecuente del mundo, aquel que estuvo a punto de perderlo todo a mitad de ese capítulo y, en los últimos minutos, sacó la cabeza a flote, lloraba ante un espejismo circa Broadway: Bert Cooper, el veterano socio de la agencia Sterling Cooper & Partners, se le aparecía como un fantasma amigable mientras cantaba "The Best Things in Life Are Free".
Finalizaba julio de 1969 y los espíritus americanos estaban más encendidos que nunca con la llegada del hombre a la Luna (no curiosamente Cooper moría después de escuchar, sentado en su sillón, la frase de Neil Armstrong: "Un pequeño paso para el hombre, un gran salto para la humanidad"). El acontecimiento, con su implícita noción de "progreso", combinaba un dato que había recorrido toda la temporada: la llegada de una enorme y ruidosa computadora (una de las primeras que fabricó IBM) a la agencia, con su amenaza de reemplazar cerebros humanos por cibernéticos. El resto de los capítulos recorría, como solo Mad Men puede hacerlo (pausadamente, a ritmo de film y con plena conciencia de la sustancia de la que están hechos todos y cada uno de sus personajes), el colapso de la relación de Roger Sterling con su hija, la compra de una parte de la agencia por su archirrival McCann-Erickson, la consolidación del talento de Peggy Olson (ver recuadro) y las vicisitudes de su protagonista principal, ese Don Draper que fracasaba en su segundo matrimonio, volvía a su puesto en la agencia, luego del derrape con la cuenta Hershey’s, y admitía que, después de todo, no tenía nada ni nadie.
Al cierre de esta nota aquí no se ha visto ni siquiera un segundo de la recta final de la serie, pero confiamos ciegamente en su showrunner Matthew Weiner. Desde que David Chase, el hombre clave de la "tercera era dorada de la TV", lo contrató como productor y guionista para las últimas tres temporadas de Los Soprano, este oriundo de Baltimore fue haciéndose un camino propio en la TV de calidad. Carrera que la idea y concreción de Mad Men terminaron de consolidar. Desde 1999, su guión del episodio piloto de un drama que giraba en torno de un moderno Jay Gatsby, atormentado self made man del ámbito publicitario neoyorquino en una época en que la actividad florecía (los dorados sesenta esperaban su oportunidad). Sería la cadena AMC, harta de ser un canal de cable que solo programaba películas del Hollywood clásico y de ver pasar uno tras otro los éxitos de HBO, la que en 2007 daría el salto y le pondría todas las fichas a una serie sin género reconocible, cuya obsesión por los detalles de época –no hubo y difícilmente vuelva a haber una ficción con tanta precisión en reproducir vestuarios, decoración y hábitos como Mad Men– y por mantener premisas narrativas propias del cine la volverían un acontecimiento cultural. Tapizada de premios (cuatro Emmy y tres Globo de Oro como Mejor Serie Dramática, por nombrar los más importantes de los más de sesenta recibidos), Mad Men ha regresado para dar las hurras. Ha sido un honor.
<b>Elisabeth, la grande</b>
Escribe el periodista Brett Martin en Hombres fuera de serie (2014, Ariel): "En muchos sentidos, Mad Men trata tanto la trayectoria de Peggy Olson como la de Don. (Matthew) Weiner admitió sentir un especial afecto por Peggy, esencialmente evidente, contra toda lógica, al atribuirle las debilidades (egocentrismo, irritabilidad, errores de juicio, frialdad hacia su bebé abandonado) que eran reflejo de las de Don, su jefe y mentor". El papel está extraordinariamente interpretado por Elisabeth Moss, quien desmiente un poco a Martin: "Podría considerarse un defecto el que ella sea romántica y un poco confiada, algo que la ha metido en problemas. Pero también hace a su personalidad, y es algo positivo. Además, eso la aleja de Don; allí se demuestra que, a pesar de lo que la gente muchas veces ha pensado (Peggy y Don son lo mismo), no es así". Moss, que en 2014 ganó un Globo de Oro gracias a su trabajo en la miniserie Top of the Lake y a que ha sido nominada cinco veces a un Emmy por Mad Men, rememora el momento del casting: "Recuerdo haber llamado a mi agente después de la audición y decirle que quería trabajar con ese hombre (por Matt). Es que hasta en sus ojos se podía ver que cuidaría la serie más que nadie. Además, sentí que fui Peggy desde ese primer instante". Uno de los momentos más bellos de la parte inicial de la séptima temporada es cuando Peggy y Don bailan a solas la versión de "A mi manera" de Frank Sinatra. "Antes de empezar a filmar la temporada, Matt me habló de esa escena. Yo me puse a llorar. Luego le mandé un mensaje diciéndole «jamás te pedí nada en siete temporadas, te ruego que no dejes de incluirla»".
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