
Málaga, la niña bonita
Condenada en un tiempo a ser apenas el punto de paso hacia las playas de Torremolinos, la ciudad de Pablo Picasso se ha puesto de pie y reluce como una joya bajo el sol de Andalucía. Una historia sobre el poder del esfuerzo, la inversión, la planificación y, sobre todo, la autoestima colectiva
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Tenemos 320 días de sol al año”, se vanaglorian los malagueños, “salerosos” por igual hombres y mujeres. La capital de la Costa del Sol puede bien ufanarse de sus dones naturales. Aunque la ciudad de Picasso, en realidad, tiene hoy bastantes más razones para sentirse orgullosa.
La última vez que pisé sus calles debe de haber sido unos 15 años atrás, cuando iba rumbo a Nerja, llamada “el balcón de Europa”, una costa acantilada sobre el Mediterráneo. Y no la recordaba como se la ve ahora. Tuve más bien una impresión de “ciudad patito feo”. Naturalmente, hacer el recorrido de rigor por Andalucía hacia la costa, esto es, Granada, Sevilla, Málaga, no la dejaba muy bien parada en la comparación.
La de Picasso era, por ese entonces, una ciudad mustia, casi como abandonada, condenada a ser un puerto sin arenas por la que había que pasar para ir a la playa.
Pero hace unos diez años los malagueños pusieron manos a la obra. Y hoy reluce bajo el sol con sus bellezas enhiestas e invitantes. La inversión de dinero, esfuerzo y planificación resulta por demás evidente.
“Sabíamos bien que debíamos diferenciarnos”, cuenta Arturo Bernal Bergua, director de Turismo. “Y diez años después podemos decir que, aunque aún queda mucho por hacer, la ciudad se ha posicionado como un destino de escapadas pero, sobre todo, cultural.”
Para gente de a pie
La ciudad invita a ser caminada. El centro histórico –completamente restaurado y rebosante de bares y restaurantes donde sentarse a comer y beber– posee una impronta propia, desde los nombres de las calles hasta los rastros dejados por árabes y romanos en su arquitectura, como la zona de los baños árabes donde salta a la vista esta influencia cultural, luego de ocho siglos de ocupación.
Cuentan que su puerto fue un punto muy preciado por los grandes comerciantes fenicios, que la fundaron sobre un monte en el siglo VII a.C. con el nombre de Malaka. Y a lo largo de las eras hasta tuvo el privilegio de ser una de las ciudades confederadas de Roma. Pero fue durante el dominio árabe que gozó de su momento de mayor esplendor hasta ser reconquistada por los Reyes Católicos en el siglo XV. De la época musulmana aún sigue en pie, dominando la parte más alta de la ciudad, la Alcazaba, que fue la fortaleza palacio de los gobernantes musulmanes, desde la que se puede tener la mejor vista de todo el territorio, además de quedarse boquiabierto por su esplendor arquitectónico. Y el castillo de Gibralfaro, construido para albergar tropas y proteger a la Alcazaba.
Al pie de la Alcazaba, otra reliquia: el teatro Romano, que, curiosamente, recién fue descubierto en 1951, de manera fortuita, y data del siglo I a.C. Durante los ocho siglos de dominio musulmán, muy cerca de las ruinas del teatro Romano, estaba la gran mezquita Aljama, donde hoy se alza la Catedral de la Encarnación, construida a lo largo de los siglos XVI, XVII y XVIII, aunque inacabada: le falta el remate de la fachada principal y la torre sur, por lo que se le ha puesto el simpático apodo de “la manquita”.
Pero Málaga es también una ciudad museo (ver infografía). De los más de veinte, quince de ellos están concentrados en una misma zona, el Casco Histórico. Obviamente, destaca la figura de Picasso, representado por su Museo Casa Natal y por el Museo Picasso de Málaga.
Da gusto
Pero Málaga tiene un don mayor que el del sol y las señales de la historia, y es su gente. Los lugareños no ahorran conversaciones llenas de anécdotas y risas, con una gentileza que hace que cualquier visitante se sienta como en su propia casa. Una señora muy emperifollada a la que le pregunté por una calle me acompañó hasta encontrarla, y por el camino me interrogó sobre mi impresión sobre su ciudad con un interés particular. “Si es que ahora está de lo más mona –me dijo–. Da gusto, ¿verdad? Mira –agregó, mientras se recorría el cuerpo con la mano–, yo soy malagueña de los pies a la cabeza, y estoy feliz de que a ti te guste todo esto.” A renglón seguido me preguntó mi nombre y remató su intervención con un “Eres muy bienvenida”, para luego emprender la retirada. Valga esto como ejemplo de lo que los malagueños son y prometen como trato.
Un trato que se hace palpable cuando la elección se desvía de la cultura y se sumerge en la vida cotidiana. Entrar en el mercado y ponerse a charlar con la gente; ir a la playa La Malagueta y dedicarse a la vida social con los parroquianos de los bares que ofrecen “pescaíllo frito” (aun en otoño o invierno, porque la temperatura rara vez baja de los 17/18 grados) es siempre un programa placentero. Y ni hablar de perderse por las callejuelas que nacen de la principal calle de Larios, porque puede deparar agradables sorpresas gastronómicas, como abusar del pulpo y las gambas hasta decir basta, todo regado por la gracia natural del malagueño.
En su empeño por crecer sin perder su naturaleza, la ciudad se ha embarcado en un proyecto a futuro que la compromete: Málaga, Capital Cultural Europea 2016, que promueve el desarrollo en los niveles locales, nacionales e internacionales.
“Eramos apenas una ciudad de paso hacia Torremolinos. Hoy podemos decir que nos hemos convertido en un cóctel –explica Arturo Bernal Bergua–. Málaga es su clima, su gente, su estilo de vida muy diferenciado del resto de Andalucía, su historia, su patrimonio, pero también apuntamos a seguir creciendo y mejorando hasta ser lo que soñamos ser.”
Para saber más: www.malagaturismo.com
Entre charlas y películas
El Festival de Cine de Málaga, que nació hace una década, se ha convertido hoy en una de las más interesantes vidrieras para la cinematografía española.
Es un punto de confluencia entre generaciones, además, dado que las películas que lo integran contemplan tanto la obra de los cineastas consagrados como de las nuevas generaciones. De hecho, buena parte de ellas son de operaprimistas. Tal como lo explica su director, Salomón Castiel, el festival, en cada edición, “potencia su apuesta por los lenguajes y formatos audiovisuales relacionados con las vanguardias y las nuevas tecnologías, en un intento de convertir a Málaga en el escaparates del conjunto del audiovisual español”.
Desde el cine español inédito en largometrajes, cortometrajes y documentales –géneros incluidos en la sección Territorio Latinoamericano, donde hubo fuerte presencia argentina–hasta las actividades alternativas, como música, exposiciones, debates, charlas, homenajes, el festival se ha convertido en un acontecimiento cultural, turístico y social que a lo largo de casi diez días hace hervir las calles malagueñas y convoca al periodismo especializado de buena parte del planeta. Desde la mañana y hasta entrada la noche, las hordas de cinéfilos se apropian del Casco Antiguo con sus discusiones acaloradas y su espíritu de festejo. Y es otro buen motivo para ir de visita a la ciudad natal de Antonio Banderas –ya que hablamos de cine–, que ostenta la presidencia de honor.
Más datos: www.festcinemalaga.com
En cifras
Además del incremento de los cruceros que atracan en su puerto, la ciudad de Málaga recibe cada vez más visitantes. De ellos, el 69 por ciento oscila entre los 26 y 65 años. El 71,9 por ciento proviene de Alemania, Francia, Reino Unido y EE.UU., y el 28,1, de España. El 92,2 por ciento califica su visita como muy positiva y el 88, 2 manifiesta su intención de repetirla. Más del 70 por ciento del total expresó motivaciones culturales para visitar la ciudad.
Fuente: Ayuntamiento de Málaga
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