
La tarde del 4 de enero de 2015, Thomas Gilbert Jr. apareció sin avisar en el departamento de sus padres, en Beekman Place, una de las calles más exclusivas del East Side de Manhattan (Nueva York). El joven de 30 años le pidió a su madre, Shelley, que saliera a comprarle un sándwich y una Coca Cola. Ella aceptó y dejó a su hijo a solas con su marido, Thomas Gilbert Sr., un financista de 70 años. Pero cuando regresó, apenas unos minutos después, la familia que había conocido hasta entonces ya no existía.
A las 15.30 de aquel domingo, el servicio de emergencias recibió una llamada desesperada desde el 20 de Beekman Place: “Creo que mi marido está muerto. Por favor, vengan rápido”, alcanzó a decir Shelley del otro lado de la línea. Acababa de regresar al departamento y de encontrar a su marido, Thomas Gilbert Sr., tirado inmóvil en el piso del dormitorio, con un disparo en la cabeza.
En un primer momento, la escena podía sugerir un suicidio. Pero algo no encajaba. Thomas Gilbert Sr. estaba boca arriba, con una pistola Glock calibre .40 apoyada sobre el pecho y cubierta por su mano izquierda, en una posición que, para los investigadores, parecía preparada. Tommy ya no estaba allí: se había ido antes de que su madre regresara. Las sospechas de la policía enseguida recayeron sobre él. La última persona que había quedado a solas con la víctima era su propio hijo.
La familia que parecía tenerlo todo
Antes de la tragedia, los Gilbert parecían haber alcanzado el sueño de la elite neoyorquina: éxito profesional, dos hijos educados en instituciones prestigiosas, un departamento en Manhattan y una casa de veraneo en los Hamptons.

Thomas Gilbert había desarrollado una extensa carrera en el mundo de las finanzas. Se había graduado en Princeton y en la Escuela de Negocios de Harvard, y durante décadas trabajó en Wall Street. En 2011 fundó Wainscott Capital Partners, un fondo de inversión orientado especialmente a empresas de biotecnología y salud.
A Shelley la conoció en una fiesta. Días después, la llamó para invitarla a salir. Ella apenas lo recordaba, pero aceptó. “Pensé que la cita no podía estar tan mal. Y no lo estuvo”, recordaría años después en una entrevista con The East Hampton Star. Se casaron en 1981.
Shelley también había hecho su propio camino profesional. Trabajó en finanzas y llegó a ocupar un cargo directivo en New Court Securities, una firma que más tarde pasó a formar parte de Rothschild Inc., uno de los nombres históricos de la banca internacional.
En 1984 nació el primer hijo de la pareja, Thomas Gilbert Jr., a quien todos llamaban Tommy. Después llegó Clare, la hija menor. Durante años, la vida familiar pareció transcurrir sin grandes sobresaltos: el trabajo, los colegios, los deportes y los veranos junto al mar.
En 1994 compraron una casa en Georgica Association, una exclusiva comunidad de Wainscott, en East Hampton. En una de las fotos que Shelley conservó después de la tragedia, los cuatro aparecen sonrientes, junto al perro, durante un verano en la playa. “Éramos una familia muy feliz”, diría ella al recordar esos años.
Tommy también parecía tener un futuro prometedor. Estudió en Buckley School, en el Upper East Side; después pasó por Deerfield Academy, en Massachusetts, y finalmente ingresó a Princeton, la misma universidad en la que había estudiado su padre. Era atractivo, deportista y buen alumno. Para su familia, todo indicaba que tarde o temprano encontraría su lugar.

“Él asistió a las mejores escuelas. Tuvo la mejor educación. Tiene un coeficiente intelectual de 140 y sus profesores hablaban de sus cualidades de liderazgo. Creo que lo tenía todo. Tenía una familia que lo quería mucho. Su padre era muy insistente en que triunfara y lo presionaba para que sobresaliera”, describió John Glatt en Interview with a Killer. Glatt es autor de Golden Boy: A Murder Among the Manhattan Elite, el libro en el que reconstruyó el caso.
Pero, con los años, algo empezó a cambiar. Tommy, que había crecido rodeado de oportunidades y expectativas, no conseguía construir una vida propia. Desde afuera los Gilbert podían ser vistos como una familia afortunada, pero puertas adentro comenzaban las primeras preocupaciones.
Las grietas
Las primeras señales aparecieron cuando Tommy estudiaba en Deerfield Academy. Hasta entonces, había sido un adolescente activo y muy querido por sus profesores. Jugaba al fútbol, básquet y béisbol, y también participaba en actividades solidarias. Sin embargo, hacia el final de la secundaria comenzó a cambiar. Se volvió más callado y distante. Al principio, Shelley creyó que podía ser cansancio, pero su marido, en cambio, sospechó que ocurría algo más.
“Aparece lentamente, es difícil de detectar”, recordaría Shelley años después en una entrevista con The East Hampton Star. Tommy empezó a evitar objetos porque decía que estaban contaminados y, con el tiempo, extendió esa idea al departamento familiar de Beekman Place.
Shelley también sintió que perdía conexión con él. “Podía leerlo como un libro abierto. Pero después el mapa cambió. De pronto, estaba tratando con un extraño”, contó.
Sus padres intentaron ayudarlo. Cuando finalmente aceptó consultar a un psiquiatra, el profesional recomendó internarlo, pero Tommy se negó. Con los años, los problemas de salud mental se volvieron cada vez más graves. Según reconstruyó The East Hampton Star, durante la adolescencia mostró signos de trastorno obsesivo compulsivo y depresión; más adelante, su cuadro fue vinculado con una posible esquizofrenia.
En Princeton, los problemas se profundizaron. Consumió marihuana, hongos alucinógenos y LSD. También pasó una noche internado por insomnio, aunque luego se retiró por su cuenta. Aun así, después de seis años, logró graduarse. Y desde afuera, él seguía pareciendo un joven privilegiado al que la vida le había dado todas la oportunidades.

Pero después de la universidad no consiguió construir una vida estable. Tuvo algunos trabajos esporádicos y siguió dependiendo económicamente de sus padres, que pagaban su departamento y sus gastos.
Durante el juicio, la fiscalía presentó esa ayuda como prueba de que era un hijo consentido. Shelley sostuvo otra cosa: que intentaban mantenerlo cerca y aferrado a las pocas actividades que todavía parecían hacerle bien. “El tenis y el surf ayudaban a aliviar su estrés. Eran casi como una medicina”, explicó. Sin embargo, nada alcanzó para detener lo que estaba ocurriendo.
Las señales de alarma
En 2014, los temores de la familia dejaron de pertenecer solo a la intimidad. Tommy se había distanciado de un antiguo amigo, Peter Smith Jr., quien obtuvo una orden de protección en su contra y más tarde declaró en el juicio que Tommy había intentado matarlo. Meses después, en septiembre de ese mismo año, un incendio destruyó la histórica casa de la familia Smith en Sagaponack. La policía investigó el caso como un posible incendio intencional y Thomas Gilbert Jr. había quedado bajo sospecha, aunque nunca fue acusado formalmente por el hecho.
Para Shelley, aquella sospecha resultó estremecedora. Hasta entonces, diría después ante el tribunal, nunca había considerado que su hijo pudiera ser violento. La preocupación ya no se limitaba a su falta de trabajo, su aislamiento o su dependencia económica. Por primera vez, aparecía la posibilidad de que Tommy pudiera lastimar a alguien.

También la relación con su padre se había vuelto cada vez más difícil. Thomas Sr. quería que su hijo se independizara, consiguiera trabajo y aceptara recibir ayuda psiquiátrica. Tommy, en cambio, veía esas exigencias de una manera cada vez más oscura.
Según contó el periodista John Glatt en el documental Interview With a Killer, el joven había construido una imagen perturbadora de su padre: lo percibía como una suerte de figura maligna que lo controlaba y le “robaba el alma”. Incluso, explicó el escritor, Tommy llegó a mirarse al espejo y sentir que su rostro se transformaba en el de su padre.
Así llegaron al comienzo de 2015: un padre que intentaba poner límites, una madre que temía perder a su hijo si dejaban de sostenerlo y un joven cada vez más aislado, dependiente y atravesado por una enfermedad que su familia no había logrado controlar.
¿Dinero o enfermedad mental?
La mañana del 4 de enero de 2015, Thomas le comunicó a su hijo que reduciría la ayuda económica que recibía. Según la fiscalía, ese fue el desencadenante del crimen: Tommy actuó en represalia porque su padre comenzaba a limitar la ayuda con la que sostenía su vida.
Horas después, apareció sin avisar en la casa de sus padres. Ahí fue cuando le pidió a su madre que saliera a comprarle un sándwich y una Coca Cola y cuando quedaron solos, disparó contra su padre con una pistola Glock calibre .40 que había comprado meses antes en Ohio. Después del disparo, colocó el arma sobre el pecho de su padre e intentó hacer pasar el crimen por un suicidio, según sostuvo la acusación y establecieron los testimonios presentados durante el juicio. Luego se fue del departamento.
Cuando Shelley regresó llamó al 911. En aquella comunicación, que años más tarde sería reproducida ante el jurado, la mujer terminó señalando a su propio hijo como el responsable del disparo. “Mi hijo le disparó a mi marido”, se la escucha decir en la grabación difundida durante el juicio, según reconstruyó The New York Times.

La defensa no discutió que Thomas Gilbert Jr. hubiera matado a su padre. Su argumento fue otro: sostuvo que padecía una enfermedad mental grave y que, en el momento del crimen, actuó bajo una psicosis que no le permitía comprender plenamente lo que hacía. La discusión atravesó el caso desde antes de que comenzara el juicio. Dos psiquiatras designados por el tribunal consideraron inicialmente que Gilbert no estaba en condiciones de enfrentar el proceso. Sin embargo, un especialista convocado por la fiscalía llegó a una conclusión distinta y la jueza Melissa Jackson resolvió que podía ser juzgado.
El juicio comenzó en 2019 y duró cinco semanas. Para la fiscalía, Thomas Gilbert Jr. había actuado de manera calculada: ideó una excusa para quedarse a solas con su padre, llevó un arma al departamento y preparó la escena para simular un suicidio. En cambio, para la defensa, el asesinato no podía separarse de los años de enfermedad mental, delirios y tratamientos fallidos.
Shelley, citada como testigo por la fiscalía, quedó atrapada entre esas dos miradas: había encontrado muerto a su marido y sabía que su hijo lo había matado, pero seguía convencida de que Tommy necesitaba un hospital psiquiátrico y no una cárcel. En junio de 2019, el jurado rechazó la defensa por enfermedad mental y declaró a Thomas Gilbert Jr. culpable de asesinato en segundo grado y de cargos vinculados con la posesión del arma.

El 27 de septiembre de 2019, Thomas Gilbert Jr. fue condenado a prisión perpetua por el asesinato de su padre, con posibilidad de pedir libertad condicional después de cumplir 30 años de cárcel. Antes de la sentencia, su madre y pidió clemencia para su hijo y remarcó que padecía una enfermedad mental grave.
El caso también llamó la atención de Hollywood. En 2019, mientras Gilbert era juzgado, se anunció una película basada en el perfil que Vanity Fair había publicado sobre la historia. El proyecto, titulado Gilded Rage, iba a ser producido por Jake Gyllenhaal y tendría a Bill Skarsgård en el papel de Tommy. El rodaje estaba previsto para 2020, pero la película nunca llegó a estrenarse y tampoco existe confirmación de que haya sido filmada.

Actualmente, Tommy cumple su condena en Clinton Correctional Facility, una cárcel de máxima seguridad ubicada en Dannemora, cerca de la frontera con Canadá.
Recientemente, en mayo de 2026, más de una década después del crimen, Tommy dio su primera entrevista televisiva desde la cárcel. Aunque la entrevista duró pocos minutos y el joven habló con frases cortas y evasivas, negó haber matado a su padre por dinero y aseguró ser inocente.






























