Mel Gibson, el hombre que sabía demasiado
Más de medio millón de personas ya vio, en la Argentina, Lo que ellas quieren. Y, más allá de la calidad de una excelente comedia, lo que queda es la puerta abierta hacia un divertido debate: ¿se convierte un hombre en ideal cuando aprende a escuchar los pensamientos de las mujeres y les cumple sus deseos? Justo a Gibson le tocó el papel protagónico: al más sexy de Hollywood y al... padre de siete hijos
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La primera vez que vi a Mel Gibson fue en una prueba de pantalla de El patriota, en los sets de Sony. Me consternó la manera en que la película pintaba a los ingleses: eran la maldad encarnada, falsos y crueles. Le dije a mi amiga: "Será mejor que no abra la boca. ¡Si se enteran que soy inglesa, me linchan!" En cuanto pronuncié esas palabras, me encontré en el suelo, mientras Mel Gibson, con fingido error, me daba unos golpecitos en el estómago.
Me atrapó con fuerza, y me gustó mucho. Alguien le susurró que yo era periodista, pero a él no le importó. Ya se sabe que le encantan las bromas pesadas, y que adora darles ratas congeladas a sus coprotagonistas, sólo porque le gusta oír gritar a las mujeres.
Conversamos un rato, y él no dejó de dedicarme esa adorable mirada de soslayo con sus ojos increíblemente eléctricos. No por lo que dijo, sino por su apariencia y por el enorme carisma que difunde, me hizo pensar: "Sí, claro que vale 25 millones por película".
Supuestamente, no es mujeriego. Es el más casado de los astros cinematográficos, un católico devoto con siete hijos. Puede bromear con las mujeres, pero no coquetea. ¡Oh!, no, prefiere la camaradería viril. Le gusta jugar al pool, al póquer. Está mucho más cómodo rodeado de testosterona... Sabe que las mujeres venimos de otro planeta.
Durante el año últi-mo hizo dos films-monstruo: El patriota, una historia de la guerra de la independencia norteamericana, llena de venganza, machismo, coraje y violenta búsqueda de justicia. Y también fue el galán de las gallinas, al darle voz al gallo de Pollitos en fuga, en una mezcla de cobardía y valor y locura.
Sin duda, todos esos atributos son muy Mel. Sin embargo, la idea de un Gibson ídolo de la matiné, Mel el romántico, Mel el hombre que entiende lo que piensan las mujeres, parece al principio un poco incongruente.
Lo que ellas quieren (en realidad, una cita de lo que dijo Freud en su lecho de muerte, cuando le preguntaron si había algo que no sabía) reinventa a Gibson como maestro de la comicidad, y le ha hecho ganar una nominación al Globo de Oro. Allí lo vemos seducir con su vulnerabilidad. Su actuación es absoluta e impecablemente encantadora. Los espectadores son transportados a las décadas del 40 y 50.
Interpreta a un soltero, bastante brutal, que ama demasiado a demasiadas mujeres, adora un buen bikini y las canciones de Frank Sinatra y que, tras un shock eléctrico, adquiere la espantosa capacidad de leer la mente femenina. De repente se da cuenta de que sus toscas bromas rara vez son apreciadas. No sabe conectarse con su hija y su técnica sexual es muy limitada.
"En realidad -dice-, ahora sé tan poco lo que ellas quieren como cuando empecé. Y llegué a la conclusión de que es algo intencional, y muy inteligente: hay aspectos de los hombres y las mujeres que deben resultar misteriosos. La psiquis masculina y la femenina tienen sus propios sistemas. Estoy seguro de que hay cosas que hacen los hombres que siempre volverán completamente locas a las mujeres, y viceversa. Es molesto, pero agradable. No quiero saber todo lo que piensan las mujeres: si lo descubriera, me desilusionaría... Existe ese misterio implícito. Gibson, no obstante, generaliza a partir de sí mismo: el hombre necesita misterio, por lo tanto también lo necesitan las mujeres.
Su oficina, donde nos hemos reunido, está llena de premios por todos sus films, desde Mad Max y Arma mortal hasta Corazón valiente. Dice que lamenta no tener a mano una rata disecada y congelada para mostrarme. Suele tenerlas. Pero tiene, en cambio, café y torta en una bandeja apoyada sobre las obras completas de Shakespeare. Eso me recuerda lo que dijo una vez Jodie Foster: "Es un tipo que, por un lado, tiene esas ratas congeladas para torturar a la gente. Y, por otro, puede hablar del lenguaje de Shakespeare, del pentámetro yámbico. Es en algunos aspectos una persona increíblemente oscura, un tipo iracundo. No es un santo, pero espero que sea mi amigo para siempre".
Por cierto, es alguien muy apegado a los extremos. Es franco y reservado, vulnerable y agresivo, conversador y contemplativo.
"Cuando era chico alguien me dijo que los hombres fingen amor para tener sexo y las mujeres fingen el sexo para tener amor. Y creo que así funciona en la juventud. Después todo se mezcla. Por suerte, durante el proceso de maduración, esa regla, que parece tan dura, cambia. No creo que sea toda la verdad".
¿Cree que los hombres prefieren perseguir y no ser perseguidos?
"No, sólo creo que tiende a ser así. Hay algo divertido en la persecución. Y las mujeres quieren que las persigan, sin duda. En realidad, lo que ellas quieren es algo que nunca podremos averiguar, porque no se trata de una comprensión completa, sino más bien del intento de averiguarlo, y para eso es la persecución. ¿Estoy diciendo tonterías?" Me gusta su inseguridad cuando habla en serio. ¿Quién de nosotros no se levanta a la mañana y, al cabo de una hora más o menos, no está metido en algún tipo de dinámica sexual? Es algo que afecta a todo el mundo, de manera saludable o insalubre. Y ésa es la premisa de la película. Pero también cuenta otra historia, más elevada, más profunda. Nancy Meyers, la directora, estaba buscando una verdad profunda.
Yo había leído que Mel Gibson se negaba a hacer papeles románticos. "No es que no me gusten. Es que quería asegurarme de que no fueran argumentos cursis. Y el de esta película lo es en muchos aspectos, por supuesto, pero es profundamente cursi".
Gibson solía ser un tipo de cinco tequilas antes del desayuno, y su desayuno eran varias rondas de cerveza. Pero perdió el control y, desde hace más de una década, desde que su esposa Robyn lo instó a la sobriedad, dejó de beber.
¿Todavía asiste a las reuniones de Alcohólicos Anónimos? "No hablo de eso -dice con una súbita mirada helada-. La única razón por la que la gente sabe de eso es porque alguien publicó una foto mía saliendo de una reunión. No quiero que el asunto llegue al nivel de la prensa, es contra las reglas. Digamos solamente que soy miembro de un programa en doce etapas, y que ha sido muy exitoso. No soy adicto a esto -agrega señalando la cajetilla de Marlboro-. Simplemente me gusta fumar. Siempre estamos llenando un vacío, ¿no? Todos tenemos que llenarlo."
Yo creo que se invierte mucha energía en llenar el vacío de Mel Gibson, y que gran parte de su terapia es la actuación. Una vez declaró: "Si obedeciera a mi naturaleza, estaría matando gente. Es una locura, y uno no puede hacer eso". No, no puede, y sobre todo si es un católico devoto. Entre los best sellers que atestan los anaqueles de la oficina, hay una Biblia. En un momento incluso consideró la posibilidad de ser sacerdote.
"Fue un momento, típico de alguien educado en la religión y en busca de una vocación. Lo pensé durante cinco minutos y me dije: No, no puedo ir allí, es trabajo demasiado duro. Algo me dijo que no".
Lo que en realidad ocurrió es que su hermana mayor lo inscribió en la escuela dramática, pensando que como él siempre había sido el bromista de la familia, las clases le permitirían canalizar esa afición.
Casi todo el mundo supone que es australiano, pero nació como Mel Columcille Gerard Gibson en Peekskill, Nueva York, el 3 de enero de 1956. Su padre, Hutton, era un empleado ferroviario que se jubiló tempranamente por una lesión de trabajo. Hutton y Anne Gibson eran gente de trabajo, religiosos, pobres pero muy bien educados, particularmente el padre. En la casa de los Gibson eran comunes las discusiones teológicas y los debates filosóficos. Mel era el sexto de once hijos. Dice que nunca padeció el síndrome de demanda de atención que suelen sufrir los hijos del medio, porque tenía cuatro hermanas mayores que lo mimaban. Tres de ellas le llevaban más de diez años.
En 1968, cuando Mel tenía 12 años, su padre tuvo la oportunidad de asistir al concurso de un programa de televisión. Ganó 21.000 dólares, y con ese dinero trasladó a su familia a Sydney, porque temía que sus hijos fueran alistados para combatir en la guerra de Vietnam. Lejos de considerarlo un nuevo comienzo, Mel se sintió intimidado por el cambio de entorno. "Tenía 12 años y llegué a Australia y a la pubertad al mismo tiempo. Ya tenía que enfrentar suficientes cambios como para tener que soportar también un cambio cultural. Aunque las culturas no son, en realidad, tan diferentes".
¿Los hombres australianos no son más duros? "Creo que no tienen tanta parafernalia. Parecen hacer lo mismo con menos. No hablan demasiado, no se jactan, son agresivos, pero silenciosos".
Fue a una escuela católica de varones, donde lo atormentaban por su acento yanqui. Fumaba mucho y vagueaba mucho, lo que significa que se pasaba medio día en la piscina. Dejó la escuela para encerar tablas de surf y trabajar en una planta de jugo de naranja. La actuación fue idea de su hermana. Ella le pagó la inscripción en el Instituto Nacional de Arte Dramático, y lo aceptaron porque su actuación de prueba los dejó a todos con la boca abierta.
En su primera producción, fue el Romeo para la Julieta de Judy Davis. En esa época, Gibson compartía un departamento con Geoffrey Rush. Se presentó a la audición de Mad Max con resaca y demacrado después de una noche de juerga. Y ése fue su ingreso a las audiencias de todo el mundo.
En la actualidad, sus honorarios son mayores que los de cualquier actor: 25 millones por película. ¿Los vale? Joel Silver, el productor de las cuatro Arma mortal, dice: "Es el mejor socio que uno podría desear en la vida. No tiene problemas, es listo, es capaz. Mel es el astro de cine soñado".
El actor británico Jason Isaacs, su co-protagonista en El patriota, quedó hipnotizado por él. "He trabajado con unas cuantas estrellas, y supongo que subestimé a Mel. Resultó ser un fantástico actor, y eso me sorprendió, porque no siempre ocurre que un gran astro sea, además, buen actor".
A pesar de la fama, y de los 25 millones por película, Gibson ha decidido a favor de una vida normal. Ha tomado la firme decisión, por ejemplo, de no hablar demasiado de su esposa, Robyn, y hay que buscar mucho para encontrar alguna foto de los dos juntos. Tuve que revisar enormes cantidades de material de prensa para hallar una, en la cena de un premio, donde ella se ve morena y elegante, con una mirada penetrante y aguda. Debe ser difícil para ella ir del brazo del hombre varias veces proclamado como el más sexy del mundo. Y debe ser más difícil aún para él conservar ese título sin tener historias amorosas.
Se conocieron cuando él era estudiante y ella enfermera. ¿Cuál es el secreto, la química que funciona entre los dos?
"No lo sé. Simplemente funciona, no necesita ningún análisis. Ella tiene muchas cualidades que yo no poseo. Es diez veces más responsable, sistemática, verdaderamente organizada. Yo siempre llego tarde y nunca sé dónde están las cosas".
¿Cree que es posible tener pasión y armonía al mismo tiempo?
"No lo sé -responde, momentáneamente desconcertado-. Como dije, es un crimen analizar. Ella me odiaría si hablara demasiado de su vida".
¿A usted no le gusta analizar las cosas?
"No me molesta. Pero no me gusta hacerlo en público".
Está muy seguro de quién es. Las celebridades no suelen ser tan seguras, y en las entrevistas se esfuerzan por desnudar sus almas y expresarse a la perfección para que la gente admire sus palabras. Necesitan elevarse. A Gibson, en cambio, no parece importarle lo que yo piense de él. No le gusta que se escriban mentiras, pero ya no se preocupa.
Hay gente que piensa que es una persona violenta. Se lo ha responsabilizado del resurgimiento del nacionalismo escocés, gracias a su film Corazón valiente. Ha sido atacado por las escenas de El patriota donde les entrega armas a sus hijos, pero Gibson niega estar a favor de la campaña proarmas. "Creo que la gente desea verme así. Todo el tiempo me envían cosas como ésta -agrega, señalando una daga de aspecto feroz-. ¿Qué creen que haré con esto? ¿Arreglarme las uñas? No soy un tipo de armas llevar, ni siquiera tengo una pistola. Y en realidad, no sé cuál es la respuesta al debate de portación de armas".
Es difícil reconstruir la imagen de Mel Gibson. Nos enredamos en una difícil discusión acerca de cómo se puede ser provida y a la vez propena de muerte. Como católico, cree que "la vida empieza en el momento de la concepción. Una práctica que destruye al ser humano, no importa cómo se la encubre, está mal". Pero después de hablar de las drogas y de la violenta escalada del crimen, el actor dice: "Creo que en ciertos casos se justifica la pena de muerte". Cuando uno empieza a creer que es una persona blanda, suelta la frase dura.
Lo mismo ocurre a la inversa. En Lo que ellas quieren, hay escenas que son una especie de ritos en una turbulenta relación con una hija adolescente, que realmente lo perturbaron. "Es un vínculo estrecho y absolutamente necesario. Quiero decir, ellas aprenden cómo relacionarse con los hombres a través de sus padres. Algunas chicas tienen mala suerte, porque les tocan malos padres."
Mel Gibson tiene una sola hija y seis hijos. Su hija, Hannah, tiene 20 años y ya no vive en casa. Con gran facilidad, el actor cae en la chochera, pero es tan sólo una de sus muchas facetas. Las tiene todas, desde la faceta más primitiva hasta la hipersensible, desde las ratas hasta Shakespeare. Cuando termina la entrevista, me gustaría pensar que lo he conocido y entendido un poco más. Pero al igual que en el caso de hombres y mujeres, en el mundo de Mel lo que más atrae es el misterio.
El sol, el cielo y las estrellas
Por Carlos Ulanovsky
Las buenas comedias de Hollywood, como es Lo que ellas quieren (nada casualmente dirigida por una mujer) suelen ofrecer claves de la vida que nos toca transitar y revelan más de un dato significativo del alma de hombres y mujeres. Me he gratificado con muchas de esas comedias, en especial las de Carl Reiner, las de Woody Allen, las de Paul Mazursky, las de Sidney Pollack , las de Neil Simon, las de Walther Matthau y Jack Lemmon, entre otros. En este caso, lo que ellas quieren no se agota en el rollo de una película, porque, de existir, ésa podría constituir una lista tan riesgosa y tentadora como interminable.
Lo que esta nueva comedia propone tiene algo de disparatado, porque de inmediato se sabe que no ancla en nada real, aunque tiene el enorme atractivo de merodear los deseos más clandestinos de la condición humana.
Resulta que por un accidente doméstico, un creativo publicitario de Chicago -chistoso y bromista, algo cínico y machista, al que, en general, las mujeres ven adorable- adquiere un don singular: puede escuchar los pensamientos de las mujeres que lo rodean. Su capacidad es la de leer lo que fluye silenciosamente en la cabeza de sus compañeras de trabajo o de aquellas que circunstancialmente lo cruzan. De un momento para el otro, el hombre recibe un favor sólo comparable con la invisibilidad del ser humano; éste le posibilita intervenir, adelantarse, jugar con ventajas, apropiarse de lo útil (antes que de lo malo), defender su interés, erigirse ante el sexo opuesto en aquel ser sensible que le saca las palabras de la boca a las damas, que se anticipa a sus deseos, que adivina sus necesidades, que se convierte en un genio ideal, de aquellos que las mujeres demandan cada minuto y lamentan no encontrar, que ofrece lo que verdaderamente ellas quieren.
Nick Marshall -el personaje que hace Mel Gibson- fue un niñito privilegiado, porque se crió en un cabaret de Las Vegas en el que su madre trabajaba de corista y en donde, como si fuera un pequeño príncipe oriental, las compañeras de la mamá le festejaban el cumpleaños a pura pluma, lentejuela y pechos al aire. Se ve en la película que fueron muchas y tentadoras sus madres sustitutas y que ahora sigue siendo un adulto algo consentido, surgido de aquel gineceo frívolo y nutricio. No son pocas las mujeres, empezando por sus dos secretarias con aspecto de Barbis, que lo siguen viendo como un admirable chico a festejar. Aunque su ex esposa (que acaba de volver a casarse), su hija adolescente (que se queja de él con argumentos conocidos por cualquier padre) y su mucama (a la que llama Babe, como el chanchito valiente, y que parece conocerlo como nadie) lo exhiben en sus rincones más vulnerables. Como es sencillo advertir, Lo que ellas quieren es una película sobre hombres y mujeres de este tiempo. Y ése es su atractivo más fuerte.
"Los hombres no me entienden", junto a "Los hombres no me prestan atención" y a "Los hombres no me escuchan" constituyen la trinidad de demandas más comunes dentro del universo femenino. La interesante vuelta de tuerca que ofrece esta película es que, a partir de la posibilidad de volverles parlante el pensamiento, los hombres podemos llegar a sentirnos igual, tan poco o más entendidos, atendidos y no escuchados como las mujeres han proclamado que se sienten desde el fondo de la historia. Cuando el pensamiento se encarna en palabras se hace evidente que los caminos, aspiraciones y soliloquios de hembras y machos casi no tienen puntos de coincidencia.
Recuerdo algo de la vida cotidiana en México. Las mujeres, cansadas de la inestabilidad y de la informalidad de sus hombres, saben, ya cada vez menos secretamente, que todo lo deberán conseguir durante las primeras semanas de noviazgo o de casamiento, que es cuando ellos están dispuestos a cumplir con lo que ellas describen como la promesa básica masculina: "¿Quieres el sol , el cielo y las estrellas, eso es lo que quieres, mi reina? Pues te los bajo, amorcito". Ni más ni menos: lo que ellas quieren, versión azteca. Obviamente, nada de eso llegará, y en cualquier caso cada una de las partes sabrá a qué atenerse.
Y también recuerdo otra charla, en un programa de televisión, que conducía Adolfo Castelo. Allí le confesé que únicamente para algunas cosas, y con carácter estrictamente experimental, me gustaría convertirme en mujer. Para saber, por fin, cómo es aquello de la menstruación, los dolores ováricos, los típicos malestares femeninos, el legendario orgasmo, el épico embarazo. Algo de esto le sucede al protagonista de la película. Decidido a probar en cuerpo propio algunos procedimientos y productos de uso femenino (" En la década de los 90 -afirma uno de los personajes- los hombres dejamos de decidir qué compramos; quienes deciden las compras son chicas de 16 a 24 años; el mundo es femenino"), el personaje de Gibson se topa con la dificultad de calzarse unas medibachas, de esmaltarse las uñas de las manos y de decorarse los párpados sin hundirse el delineador en el globo ocular. Lo peor de todo es cuando atraviesa la prueba de la depilación con cera caliente, una auténtica sesión de tortura políticamente correcta. Qué bueno que no tenemos que volvernos travestis cada noche.
La película es, por suerte, eso: una película. A los que nos toca vivir es a nosotros. Pero acierta en algunas cosas que parecen de la realidad.
Aquí, hoy y siempre las mujeres sólo quieren que las quieran y los hombres están obsesionados por el sexo, como en algún momento menciona el guión.
Un momento sobresaliente es cuando una seducida y abandonada por Nick le descerraja una reflexión, hasta hace poco de exclusiva cosecha masculina: "Admítelo, Nick... Eres totalmente gay... Algún día harás feliz a un hombre", le dice justamente ella, una soñadora tiempo completo que busca y no encuentra al hombre de su vida. Equivale a la sentencia de un macho frustrado que estigmatiza a su pareja tratándola de frígida o lesbiana.
Por suerte, no somos ni invisibles ni adivinadores del pensamiento ajeno. Porque una cosa es lo que se dice y otra lo que se piensa. Y en el caso de las mujeres, mucho de lo que piensan de nosotros es insoportable.
Saberlo significaría ponerse en contacto con una fuente de datos indeseables que provocaría las peores heridas. Y en el caso de los hombres probablemente el poder se diluiría, porque el subtexto secreto sería: "Pero, qué bárbaro, yo le estoy hablando de algo importantísimo... ¿Cómo puede ella estar pensando semejante tontería?" Celebro sinceramente que, todavía, lo que nos decimos siga pasando por el filtro de la convivencia.Y de la piedad. Gracias, chicas. Después de todo, la vida no es una sesión de psicoanálisis continua en la que hay que decir toda la verdad.
¿Saber de antemano el pensamiento alejaría o uniría a hombres y mujeres? ¿Sería un recurso para ampliar el entendimiento acerca del conocimiento sobre los géneros? Lo desconozco. E, igualmente, lo dudo. Lo que también la película dice es que en el Mundo Nick, poblado de minas histéricas, enamoradizas, dificilongas y ultraprofesionales, a la única que verdaderamente el tipo le alcanza a leer el pensamiento es a quien le llamó la atención y lo angustió con un mensaje tanto de vida como de muerte. O, en el fondo, de amor.
Cuando corre detrás del destino de la chica menos trascendente de la oficina, Nick vuelve a ser normal y mata al apuntador loco que se le había instalado en su cabeza. Deja de escuchar lo que las mujeres piensan. Por suerte, volverá a equivocarse con ellas, como nos pasa a todos. Así es la vida, Nick. En todo caso, ofréceles bajarles el sol, el cielo y las estrellas. Parece que a las mexicanas eso las ilusiona una barbaridad.
Así no vale
Por Leila Guerreiro
Lo que ellas quieren, parte del supuesto de que ellas quieren algo. Y que ese algo es, claro, más o menos igual para todas. Y yo con eso tengo un problema, y mi problema es que las generalizaciones me dan sarpullido. Claro que, en todo caso, antes que una generalización, Lo que ellas quieren es una película, una comedia divertida, y sería un error atribuirle alturas de ensayo sociológico o mapa del corazón humano. Si eso se buscara, supongo que sería mejor leer a Freud. O incluso ver Orlando, una película casi perfecta de Sally Potter que se metía soberanamente con el caos del corazón humano enamorado.
En todo caso, Lo que ellas quieren, es una película que parece haber aprovechado bien la leyenda que reza que ellas, sí, quieren algo. Y que es muy difícil saber qué. A esta altura ya todos saben de qué va el film: Mel, el hombre más sexy de Hollywood -eso dicen-, sufre un accidente doméstico que le regala de yapa el don de poder escuchar los pensamientos de las mujeres. Y él, que comienza siendo un compulsivo seductor, termina siendo un gato asustado ante la cruda verdad: descubre que muchas mujeres lo desprecian; que no es ni la mitad de bueno de lo que supone en la cama y, más importante aún, el acceso directo a los padecimientos, tristezas e inseguridades de las féminas, provoca en Mel una metamorfosis que no hubieran logrado los cientos de libros de autoayuda que se escribieron sobre el tema en los años noventa. Porque Mel deviene, sí, mejor ejemplar jamás logrado de el-varón-sensible-de-fin-de-siglo. Algo que, como todos saben, a las mujeres les encanta. O debería encantarles, si es que están dispuestas a seguir al pie de la letra el son del saber popular.
Si bien las muchachas que adornan la película son independientes chicas de estos años de hierro, parecen seguir queriendo más o menos lo mismo de siempre (y todas lo mismo): un hombre que las comprenda, las proteja, las aconseje, las lleve a cenar a lugares románticos, las bese hastas los huesos, les respete la integridad física como si fueran nenas de quince y sea capaz de poner en juego su propia autoestima con tal de no dañar la de ellas. Las mujeres, cuenta la leyenda, "sólo quieren alguien que las comprenda". Y la película les da eso. Y en la platea ellas sueñan con ser la mujer especial de ese hombre especialmente mujeriego que depone sus armas para siempre a los pies de su reina. La parte cruel -aporte directo de la realidad- es que el hombre que arrastraron al cine bosteza en las escenas que a ellas le parecen en-can-ta-do-ras y ellas no se ríen ni un poco en las partes que a ellos les parecen gra-cio-cí-si-mas.
Lo que ellas quieren parte de la premisa de que sí existe un hombre ideal, y que ese hombre es más o menos igual para todas.
Y que se parece bastante a Mel.
Dulce, tierno, contenedor, comprensivo, sexy, pícaro, de ojos azules y brazos como sogas. Ya sea con la cara de Sean Connery, Ralph Fiennes, Brad Pitt, Iván Noble, Chayanne o la Mona Jiménez, se supone que todas quieren, con algunas variantes, más o menos lo mismo. Preferiría no poner mi firma al pie. De hecho, para poner un ejemplo simple: hay quienes los buscan héroes, y quienes los buscan villanos. Hace años una profesora de filosofía de mi colegio secundario me dijo que ella no podía enamorarse de alguien a quien no admirara. Unos meses atrás escuché a una abogada de treinta decir que si por ella fuera, viste, se casaba con un hombre que la mantuviera, sin ninguna culpa. Y ahora parece que para muchas mujeres empieza a ser difícil convivir con un hombre que gane más dinero que ellas. No parece haber mucho espacio en ese abanico para hombres -o mujeres- ideales con denomiador común.
Yo no sé si las mujeres, todas las mujeres, quieren algo. Sospecho que no serán pocas las que quieren una vida feliz y alguien con quien compartirla. Sospecho, también, que la película da en el clavo de una fantasía universal, común a muchas personas: espiar los pensamientos del otro, para poder adelantarse a sus deseos y aparecer ante sus ojos como la persona ideal. Y aquí viene mi otro problema: la sola idea de meterme en la cabeza de otro, como le sucede a Mel, me parece un castigo. Estar condenada a no hacer el más mínimo esfuerzo para intuir lo que alguien pueda querer, me parece una idea digna de Belcebú, una maldición engendrada en las tripas del averno. Si, por el contrario, alguien pudiera adivinar lo que yo quiero momento a momento, y cumpliera uno por uno todos mis deseos sin que yo abriera la boca, cual obediente monito predecible, me conduciría a una fosa de pánico y aburrimiento de la que no podría rescatarme ni el Bardo con todos sus sonetos de amor. Las batallas en las que uno descarta la victoria son glorias chiquititas. Es mejor apostar a unas cartas peligrosas que correr con ventaja exagerada.
Claro que estar frente a otro en igualdad de condiciones, sin estrategia, desamparados de nosotros mismos, sabiendo que el otro tiene derecho a ser feliz -a veces muy a pesar nuestro y hasta en contra de nuestros propios deseos- no es una tarea para andar idealizando. A lo mejor por eso para estas cosas, más que encontrar hombres o mujeres ideales, hace falta encontrar un corazón valiente. Pero sin ponernos sesudos, podríamos decir que en lo que la directora Nancy Meyers acertó (claro que sin ninguna inocencia) es en que ellas, sí, morían por ver una de Mel Gibson.
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