
Un simple sobre de papel con un topo en la portada, un chupetín y un regalo sorpresa fue el combo perfecto de la golosina estrella que reinó durante casi dos décadas.
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Por José Montero
¿Cómo una cosa tan sencilla y básica podía generarte semejante dosis de ilusión y felicidad? ¿Cuántos sueños depositabas en ese sobre? Ya sabías que la mitad del contenido era un chupetín bastante lavado, con gusto a poco. ¿Qué poder le conferías a la otra mitad, a la sorpresa? La intriga duraba segundos. El tiempo que te tomabas para tantear lo que había adentro y destrozar el papel. Y lo que había adentro era un trompo, un soldadito, una diligencia del oeste tirada por un solo caballo (limitaciones de la matricería de plástico), un muñequito que podía ser tanto un extraterrestre como un buzo, una hélice que volaba si la girabas entre tus manos en la dirección correcta, un avión que no hacía nada y la división astilleros para jugar en la bañadera: un velero, una lancha, una canoa con indio incluido. ¿Acaso lo que más te importaba no era el chiche, sino el cariño de tu abuela, habitual portadora del regalo? El Topolín reinó en los años 70 y 80, cuando la oferta de los kioscos era más inocente y acotada. Resultaba la opción barata frente al lujo ocasional de otra golosina con sorpresa, el chocolatín Jack. El huevo foráneo Kinder y su ingeniería para encapsular pequeñas maravillas llegaría recién en 1994. ¿Existe todavía el Topolín? Los mails al fabricante vuelven rebotados y su número de teléfono no corresponde a un abonado en servicio. Pero un mayorista del ramo y vendedores de Mercado Libre que ofrecen golosinas retro para fiestas certifican que sí, que el topo sigue vivo. Hallarlo en kioscos, igual, es complicado. Si lo ves, fijate. Tal vez, mirando dentro del sobre, encuentres eso que buscabas de chico.





