
En Florence, bajo las órdenes de Stephen Frears, interpreta a Florence Foster Jenkins, una cantante decididamente insoportable.
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Por Leonardo M. D’Espósito
Esta historia es real, aunque ni usted ni muchos otros puedan creerla. Había una vez una riquísima mujer de Pensilvania llamada Nascina Florence Foster. En su adolescencia decidió que sería una gran cantante de ópera, pero su padre decidió que no, jamás. Se casó entonces con un señor mucho mayor, el tal Jenkins, que le legó su apellido, le contagió sífilis, y fue expulsado del lecho y de la vida. Pero de esa experiencia nació Florence Foster Jenkins, quien se esforzó, con toda dedicación, con todo empeño, en volverse un mito absoluto del bel canto. Y lo logró: Florence es considerada la peor cantante de la historia. Puede comprobarlo usted mismo, querido lector, tratando de soportar más de tres segundos alguno de los fragmentos de su obra que pululan por internet. Sí, bueno, lo sentimos.
La historia es famosa y fue contada por varios artistas. Hace un par de años, la gigantesca Karina K la interpretó en una pequeña obra y fue maravillosamente mala. Porque, pequeño secreto, para cantar mal a propósito hay que ser una cantante excepcional, una gran artista. Karina K, como deben saber –y si no saben, vayan a verla donde esté–, lo es.
Otra gran artista es Meryl Streep. Cuando comenzó su carrera, todos creímos que era, sobre todo, una tragediante (horrible término, pero hay quien lo usa), y que lo suyo era arrancarnos lágrimas y ser nominada vitalicia al Oscar. Y, entonces, al finalizar los 80 y empezar los 90, hizo una comedia (La diabla), y otra comedia (Recuerdos de Hollywood). En la segunda, cantaba al final muy bien, muy lindo. Y ahí nos dimos cuenta de que no, de que todo gran tragediante es, sobre todo, un gran comediante. Meryl hace reír como pocas personas. Así llegó La muerte le sienta bien, esa película que creció con el tiempo. Allí arranca el film siendo una excéntrica diva obsesionada por la edad que interpreta una versión musical de Dulce pájaro de juventud, de Tennessee Williams. Lo que hace tía Meryl en esos cinco minutos de títulos, bailando horrible y cantando peor, es digno de figurar en la cumbre de lo cómico. Por cierto, siguió cantando, como lo saben por Mamma Mia! y por la reciente y hermosa Ricki and the Flash, donde era toda una rocker. Dicho de otra manera: Meryl Streep estaba destinada no a ser Margaret Thatcher sino a convertirse en Florence Foster Jenkins. Y parece que a veces los planetas se alinean y, voilà, aparece la actriz correcta en la película adecuada.
Por estas semanas –quiera el cielo que no cambie el asunto, vieron cómo viene de caótica la grilla– se estrena en nuestro país Florence, la historia de la Peor Cantante del Mundo protagonizada por Meryl Streep, y secundada por Hugh Grant, Simon Helberg y Rebecca Ferguson, elenco britaniquísimo. Uno podría esperar una biografía más o menos cómica, más o menos dramática de un personaje cuyo patetismo hace que se corra el riesgo de reírnos de ella y no con ella (y esas comedias son las peores, las que se burlan sin piedad de sus personajes). Pero resulta que detrás de la cámara hay un director inteligente llamado Stephen Frears. Frears, el hombre que hizo Ropa limpia, negocios sucios; Ambiciones prohibidas; Relaciones peligrosas; Héroe accidental, y que le permitió a Helen Mirren tener su Oscar con la brillante La reina, conoce la ironía y es de los pocos que pueden tomar una historia tan ridícula como la de Foster Jenkins, y sin perder un ápice de humor, dotarla de humanidad, permitir que eludamos la risa boba y la lágrima fácil. No es un realizador brillante (bueno, a veces lo es), pero sí es personal y comprende que el mundo es mucho más amplio que una anécdota personal, que las personas son mucho más que un detalle. Que detrás de todo carácter patético suele esconderse la nobleza. Esta nota, sabe el lector, es un adelanto: uno escribe pensando lo mejor. Pero dada la combinación de nombres y lo que uno sabe de ellos, en este caso la apuesta es bastante segura.
Así que si gusta de las películas sobre esas personas tan concentradas en sus deseos que son capaces de concretarlos a pesar de no contar con el talento (¿recuerda Ed Wood?: sí, por ahí va el asunto), esta película es para usted. Ver cómo la mejor actriz del mundo es la peor cantante del mundo, y ver el puro juego de la ironía y también del drama. Después de todo, es casi seguro que usted también canta bajo la ducha. Y, en esos momentos, todos somos Florence Foster Jenkins. Y Meryl Streep, también.
<b>UN MUNDO PROPIO </b>
Florence Foster Jenkins tenía como norte lograr un gran recital en esa catedral neoyorquina llamada Carnegie Hall y, finalmente, lo logró. Mientras tanto, solo cantó en eventos a los que se llegaba por invitación, y curiosamente –o no tanto–, todos los invitados asistían. Así de excepcional era su arte (por qué no llamarlo así). Hay quienes creen que mucho de lo que hacía era a propósito, que exageraba su incapacidad para cantar. Y, aparentemente, la querían mucho porque los pocos artículos que salieron sobre ella en medios de música muy específicos fueron escritos por sus amigos. O incluso por ella misma. La historia es la de alguien que se inventó un mundo propio, una especie de cuento de hadas que, obviamente, merece una película.





