
Mignogna: el escritor
Aunque es un prestigioso cineasta, su pasión primera fue otra. Sus tres novelas fueron premiadas y una de ellas, Cuatrocasas, acaba de editarse después de una amarga censura. Bienvenidos a la cara no tan conocida de un cuentero amigable
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Hubo una plaga de polio y Eduardo murió. Tenía trece años, o quizá catorce. Tenía también un amigo llamado Eduardo, y cuando el primer Eduardo murió de polio, el segundo Eduardo escribió un poema. Un hachazo, casi. Un profundo dolor sin métrica ni nada.
-Era un compañero de basquet que yo quería mucho. No encontré otra manera de expresar la angustia que tenía y escribí una especie de oda, un exabrupto, una primera y fuerte transgresión a la literatura que me permitió entender que eso que estaba ahí escrito expresaba un sentimiento que yo guardaba. Desde entonces busco eso: que las cosas que escribo y dirijo muestren algo que tengo adentro.
El chico del poema llagado y tierno creció. Se hizo director de cine, pero mucho antes se hizo escritor. Eduardo Mignogna es conocido por sus películas y series de televisión (entre otras Evita, Flop, Sol de otoño, El faro, un documental sobre Facundo Quiroga y próximamente La Fuga), pero poco se sabe de sus libros. Fueron tres, y a cada uno de ellos le cayó encima esa mágica lluvia de estrellas fugaces que son los premios. Su primera obra, En la cola del cocodrilo -escrita bajo un insomnio de diez días y diez noches- ganó el reconocimiento de la revista Marcha, otorgado nada menos que por Juan Carlos Onetti. Su segundo libro, Cuatrocasas -que acaba de ser editado por primera vez en la Argentina- fue premiado por la Casa de las Américas de Cuba, ganó el concurso de guiones en el Festival de La Habana y uno de sus capítulos (Lastenia, que puede leerse como cuento aislado) recibió el premio Air France, con un jurado integrado por Borges y Roa Bastos. La Fuga, su historia más reciente -que fue llevada al cine y se estrena en mayo- ganó el premio Emecé y fue elegida como mejor libro por la Feria del Libro del año último.
El escritor Mignogna, entonces. Un hombre feliz.
-La fuga fue escrita no hace mucho y se publicó pronto. Pero con Cuatrocasas fue distinto: había sido editado por Losada, pero yo se lo había dedicado a Salvador Allende y me pidieron que retirara la dedicatoria. Y no quise. Tuvieron que pasar más de veinte años para que se publicara acá. Y es cierto lo que decía Malcolm Lowry: no hay nada que tenga aspecto más desesperado que un manuscrito no publicado. A mí me pasaba eso. Pero ahora está todo bien, estoy feliz, filmando, y apareció esto que era una deuda que yo tenía.
Es Cuatrocasas un pueblo manso, herrumbroso y patagón. Cuenta la leyenda que está sobre el Salado, a la sombra de un cerro con forma de lobo y que cada tanto se inunda. ¡Ay!, cómo se inunda. El agua lo lleva todo: cardos, hamacas, patos, pianos y enfermos que pasan despidiéndose.
Es Cuatrocasas un pueblo con dueño: Eduardo Mignogna. Un señor capaz de escribir poesía en clave de prosa, un hombre de letras dulces, con gusto a cebada y mieles.
-El lenguaje del libro lo saqué de oír hablar a un chilote, con las mañas del disque y el asisque. Y cuando trabajaba en Colombia, durante seis años, escuché historias y además me gustaban mucho los nombres. Iba a la guía telefónica para ver nombres de colombianos.
Llegó a Colombia contratado para dirigir comerciales. Tuvo que aprenderse de memoria las artes de una máquina de coser, los huesos de un carburador, la chispa infeliz de una gaseosa. Y después olvidó todo prolijamente y se dedicó a los documentales institucionales. Tenía 32 años cuando le encargaron realizar la presentación de La mala hora, la novela de García Márquez que -en ese momento- había sido donada por su autor a la televisión pública para hacer una miniserie. Y entonces sí: llegó el tour guiado por el mundo alucinado del Señor Macondo.
-Me encontré con él en Cartagena y me dijo dónde tenía que ir para ver la inundación, porque La mala hora habla de las inundaciones generadas por el desborde del río Magdalena. Fui a las zonas donde curiosamente se inunda este río, a orillas de Magangué, que es donde vive el coronel que no tiene quien le escriba. Y el Magdalena después de recorrer Magangué llega a Aracataca, el lugar donde nació García Marquez, y pasa por Madrid y San Pedro, que son dos zonas inundables que se cree que es Macondo. Es tan loco este mundo que cuando el Magdalena se inunda tapa los plantíos de yuca, las casas, los techos y los muertos, pero cuando baja la gente vuelve a sus casas, el río desaparece del cauce y se transforma en carretera. ¡Es el mundo de García Márquez! Y en uno de los relatos de Cuatrocasas, en el que hablo de la inundación como metáfora del golpe militar que asesinó a Allende, pongo todo eso que yo vi: los cementerios y pueblos inundados, la inundación como presagio de mal, que viene matando.
Fue la dedicatoria a Allende, y la mala hora en que llegó el premio de la Casa de las Américas (en pleno 1976) los que arrastraron a Mignogna al exilio. El nunca dejó de escribir, a pesar del odio y de la pena. Escribió Tigres y Alondras, nouvelle de caballería que -curiosamente- trataba sobre un ejército que perseguía la forma invisible de otro ejército que en realidad no existía. Hasta que de tanto matar, perseguir y maltratar iba creándose a la retaguardia del ejército perseguidor una insurrección de verdad. Esta historia también ganó un premio de Plural, en México.
-Y por ahí anda nomás. No escribí mucho en esos años. Tener que vivir en un lugar que uno no ha elegido da dolor y preocupación. Pero no esquivé ese dolor. Lo que hice fue no participar de guetos políticos melancólicos. "Juntémonos para pasarnos información fresquita de Buenos Aires", no me gustó. Firmé todo lo que había que firmar para colaborar, pero me dediqué a estar solo, a vivir con mi mujer y mis hijos, al esfuerzo tremendo que es buscar trabajo.
Como esas publicidades horrendas que aprendió y olvidó con rapidez de estornudo, Mignogna supo parir y olvidar muchas cosas. Escribió sobre anticonceptivos, ajedrez, la vida de los papagayos, cómo criar canarios, dos libros sobre Nostradamus y alguno de brujería. Y después los desconoció, como se desconoce a un hijo no querido.
-Tengo una regla sagrada que es antinemotécnica: olvido las pavadas que hago, prefiero aprovechar lo poco que me queda de lucidez en lugares útiles. De esos libros me queda el recuerdo de ocho horas diarias de trabajo que me permitían seguir viviendo frente a una ventana deliciosa del Mediterráneo, en un pueblo llamado Sitges, viendo crecer a mis hijos frente a la playa y el mar, que es donde seguramente voy a terminar mi vida. Ya te dije que me gustan los pueblos y que me crié en Los Cardales.
Ya lo dijo. Dijo que vivió su infancia en ese villorrio provinciano, próximo a Capilla del Señor, jugando entre las vías de la estación de tren y esperando el cornetazo nasal, humeante, que anunciaba la llegada de la gente.
-Recuerdo el perfume de los boletos, el aroma de los compartimientos y asientos de tren. Era una gran expectativa porque pasaba una vez por día, entonces todo el mundo iba a la estación a canjear información. Los Cardales era un pueblo sin luz ni electricidad, y los diarios no llegaban todo el tiempo, entonces las novedades las daban el maquinista, el guarda, los viajeros...
-¿Qué tipo de novedades daban? ¿Sobre la situación del país?
-Del país de cada uno. Qué estaba pasando en la vida de ellos, qué les pasaba a sus hermanas, quién estaba internado y quién no... La vida giraba alrededor de la transmisión oral, sentarse mansamente a oír lo que se decía, a preguntarse y oírse. Recuerdo las voces de mis tíos, que contaban historias... Recuerdo el color de la voz de mis abuelos.
Era 1890 cuando los abuelos, gente per bene que sabía leer y escribir, migró hacia la Argentina inexplicablemente. Cuerpos extraños en la ola inmigratoria, los Mignogna pisaron suelo porteño con los bolsillos llenos. Venían de Campobasso, pueblo abrucense con características muy propias. Mignogna nieto las conoce.
-Cuando viví en Italia visité la casa de donde partieron, un pueblo fascista, como es el sur italiano, un pueblo de lobos, buen jamón, frío y gente muy buena. En Italia se reconocen los apellidos y se los involucra con los lugares de nacimiento. Y cada vez que digo Mignogna me contestan: ¡De Campobasso! ¡Abrucezze! ¡Ah! ¡Sí! ¡Brava gente! Ma (toc toc) un po´ testone. Los de Campobasso tenemos fama de buenos, pero también de burros. Qué se le va a hacer.
Su recuerdo más antiguo es de fuego. Una casa en la calle Jorge Newbery. Un niño de dos años corriendo por un patio pobre y cayéndose sobre un brasero. Quemándose. La primera es una de las pocas imágenes tristes. El resto, jura Mignogna, es de una felicidad luminosa.
-Soy hijo único y los recuerdos de mis padres son de carcajadas. Tuve una infancia muy pobre y muy feliz. A mi padre, pianista de tango, no le iba bien económicamente, pero igual estábamos contentos.
-¿Y tu mamá?
-Fue ama de casa. Yo tenía que decir eso en la escuela. Cuando en la primaria me decían profesión del padre yo decía comerciante, porque me daba un poco de aprensión decir que era pianista de tango. Eso después se transformó en adoración por él. Y cuando me preguntaban sobre mi madre decía ama de casa. Y creo que mi madre fue eso: una ama de casa que llegó a la simpleza de la vida cotidiana y a la sabiduría que sólo confiere la prudencia. He terminado conmovido por ella. Y he terminado muy dolorido con su muerte. Muy dolorido.
-¿Llegó a leer tus libros?
-Ella sí. Y mi padre decía que sí. Pero yo creo que mi padre no los leyó nunca. Mi madre una vez me dijo: no insistas. El los tenía en la mesa de luz, un día me encontré con Edmundo Rivero y me dijo: leí tu libro, me lo pasó Mario. Mi padre le recomendaba Cuatrocasas a todo el mundo, los compraba y regalaba. Creo que hubo secretos dolores que intuyó que podían aparecer en la escritura de los que no quiso enterarse. Tampoco vio ninguna película mía. Mamá sí.
-¿Eso te apena?
-No. El me dio otras cosas. Recuerdo cuando me llevaba a la hora del vermut al único bar que había en Los Cardales, y ahí yo escuchaba historias que nadie ponía en duda. Desde entonces, cuando me cuentan soy un buen cliente, un buen receptor, una cara ansiosa y que no cuestiona si esto será verdad o no. Detesto las personas que eligen el momento indicado para ponerte en ridículo o al descubierto, cuando te han oído contar más de una vez de manera distinta el mismo episodio. Me lo han hecho. El otro día habías contado otra cosa... Y bueno, el otro día era otro día.
Mignogna tenía un hobbie mientras rodaba El faro: silenciosamente, se escapaba al Archivo de la Nación a buscar fotos viejas e inventarles epígrafes. De esa maña inofensiva, de esa transgresión juguetona y valiente de la realidad, nació un libro. La fuga es de mentira. Esa novela, que narra el escape de la cárcel de Las Heras de quince malhechores no tan malos; esa novela que viene sazonada con fotos viejas y muy serias, sí señor, éste es Laureano Irala, estafador, mire usted qué bigotes y qué presencia el hombre; esa novela es un truco de magia. La cárcel existió, también las fugas a principios de siglo, pero las historias son billetes falsos que nacen en la mente fabuladora de ya saben quién. Miren a Tabita, castaña y pizpireta, enigmática mujer de tahúr recién fugado. Ahí está Tabita, posando para la foto. Quién diría tan linda y tan malvada.
-Esa es mi tía. También hay una foto de un amigo suyo. Son claves secretas. Por una cuestión de protección legal, Emecé puso en la última página que las fotos no eran verdaderas, pero yo no lo hubiera puesto. A mí me gustan mucho los relatos de mitos urbanos. La gente de antes decía: "me va a contar un boleto". Un tipo que mentía, no sé por qué, era un boletero. Y creo que yo soy un gran boletero.
-¿Consultaste a tu tía antes de poner su foto?
-Sí, ella es muy inteligente y no tuvo problema. Ahora está en un geriátrico. La voy a ver los sábados y tomo vermut con ella y me está contando unas historias preciosas de su adolescencia que me sirven para una novela que estoy escribiendo. El protagonista también tiene a la mamá en un geriátrico, y muchos de los diálogos inteligentes de mi tía aparecen. Los restos verdaderos de la ficción son asombrosos e irreconocibles. Es difícil pesquisarlos, y creo que es una mala tarea hacerlo. Si te dicen que uno puede caminar por el agua, uno debe intentar caminar por el agua. Porque yo creo que si te lo creés, caminás.
Juega Mignogna y detrás suyo una pileta lacia, sin viento, brilla con una calma burlona. Con una provocación que huele a flores.





