
No hay paraguas contra el desamor
En el torneo de quién quiere más a quién, él sale beneficiado. Hasta que pierde un objeto de su mujer
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El domingo tomé una cerveza en Palermo Soho y me deleité viendo cómo los turistas extranjeros compraban ropa a cuatro manos. Trapos carísimos y poco elegantes que en Europa no le aceptarían ni a un artesano de porro y mostacillas en una playa de Marbella. Pero que aquí abonan sin chistar con sus tarjetas de diamante y se llevan lo más divertidos para mostrar a su regreso: "Mira, Maruja, lo compré en Buenos Aires. Allí los nativos lo usan para salir a la calle. ¿No mola?" Mola, seguro, por eso cuando un turista sudamericano camina por cualquier ciudad europea se siente de inmediato un andrajoso frente a gente que no ha perdido la costumbre de la distinción ni de la sobriedad, y que va y vuelve del trabajo empilchada como para ir de fiesta.
Un oyente de mi programa me reconoció en una mesa que daba a la plazoleta Cortázar, y se acercó a preguntarme si había encontrado el paraguas. Días atrás, una tarde de tormenta y trámites rápidos, olvidé en un taxi tomado al azar un hermoso paraguas blanco y negro estampado con una página del New York Times que mi mujer había comprado en Manhattan hace más de veinte años. Desesperado, lancé una campaña desde el micrófono para que algún alma caritativa me lo devolviera, pero el llamado resultó infructuoso. Aquel oyente me habló de un amigo a quien le había sucedido algo similar con un paraguas que su esposa había traído de México y que venía con un colorido autorretrato de Frida Kahlo y con la extravagante firma de un viejo artista callejero. La historia que comenzó a contarme era tan buena que lo invité a sentarse con nosotros, y cuando terminó no tuve siquiera que pedirle permiso para reproducirla. "Usted cambie los nombres y las circunstancias –se adelantó, orgulloso–. Además, ellos ya no viven en la Argentina."
Le hago caso. Es más o menos así. La pareja en cuestión orilla los 40 años. No tiene hijos y son casados en segundas nupcias. Desde el comienzo se hace evidente que en el injusto torneo de quién quiere más a quién, ella rinde diez y él mide cinco. Ese escalón convierte al muchacho en un jugador seguro y a la chica, en una mujer ansiosa y esforzada. Esa ventaja masculina le permite a él dedicarse confiado y por entero a su pasión voraz: la arquitectura. En ese terreno, no busca tanto el oro como la gloria, y sabiendo que la retaguardia romántica está cubierta, con el confort de no tener que luchar día a día por el amor de su esposa, el tipo avanza despreocupadamente sobre los horarios y las competencias, y se vuelve un trabajador adicto e incansable. Al principio, ella goza con el fuego y el bronce, y procura ser su madre y asesora, el reposo del guerrero, la geisha. Pero con el correr del tiempo, la distracción del muchacho se hace más profunda y el empeño de la malquerida va aflojando. Hay un momento en que los tantos quedan empardados, y entonces ella comienza secretamente a darse algunos permisos, como disfrutar de la independencia a la que ha sido confinada. El arquitecto está demasiado ocupado como para registrar el cambio. Si se aviva, por el simple método de la acción y la reacción, esa pareja se salva. Pero él realmente ignora cuánto se ha perdido y qué nivel de quiebra tiene esa empresa mutua. Está tan ciego que el tren lo toma de frente y por sorpresa. Al regreso de una convención en Mar del Plata, después de tres días de lluvia y granizo, y de un vuelo accidentado, el paraguas de Frida desaparece. Recién lo advierte en el taxi que lo lleva a casa, y no sabe a ciencia cierta si fue en el hotel, si lo dejó anoche en el restaurante, si lo traía en el avión o si lo olvidó en el Aeroparque. Es un sábado plomizo y su mujer le pone la mejilla para el beso de bienvenida: está cocinando un risotto de pollo y verdeo, y viendo en la televisión a Federer. Tarda bastante su marido en comunicarle la novedad. Recién cuando se sientan frente a frente a almorzar, él deja caer cómicamente el tema. Lo hace en medio de un monólogo sobre los debates de la convención, y no percibe que ella está tensa y lo mira con el plato intocado y los ojos en llamas. Hasta que pega un insólito puñetazo en la mesa y le pregunta: "¿En serio perdiste mi paraguas?" El arquitecto se queda perplejo frente al enojo y apenas balbucea una excusa, y entonces ella hace algo más raro todavía: arroja la servilleta, camina por el pasillo y se encierra en su dormitorio dando un sonoro portazo. El esposo deja la comida e intenta seguirla, pero la puerta está cerrada con llave y se contenta con llenarse de excusas y pedirle perdón.
Varias veces reclama que su mujer salga del cuarto; le parece completamente ridículo su tremendismo. Se sienta en el living a hacer zapping, y a cada rato vuelve a golpear y a pedirle que abra. Pero no hay respuesta. Finalmente, toma su celular y comienza a hacer llamadas: el hotel, el restaurante, la oficina de informes del aeropuerto. Nada. El paraguas de Frida Kahlo se evaporó, y el arquitecto lava los platos y trata de hacer una siesta sin conseguirlo. A la tardecita, su esposa por fin abre: está pálida y vestida como para salir. Tiene hechas dos valijas y se dedica rápidamente a llenar un bolso con sus cosméticos y productos. El esposo la intercepta en el comedor y trata de razonar con ella. "No me hables", le ladra, y llama por teléfono a un remise. "¡Es solamente un paraguas!", le grita él, indignado. Ella se vuelve como un rayo y le pone el dedo índice frente a los ojos. "No es un paraguas, es la gota que rebalsa el vaso", le responde. El arquitecto se siente dentro de una pesadilla, y se rasca la cabeza. La estupidez de la situación lo desarma. Para peor, cuando llega el remise quiere impedir que ella se marche y hasta se traba en un forcejeo. Al final se queda solo y larga una carcajada. Y después se tira en la cama a llorar. Toda su retaguardia se ha incendiado y no sabe qué hacer. Cartesiano como es, piensa dos cosas: esta rabieta pronto se le pasará y yo debo concentrarme en recuperar el paraguas. Un símbolo reparará al cabo una herida simbólica. Pero el asunto no resulta nada fácil. Busca a un amigo de un amigo que es un locutor marplatense, y logra irradiar una fuerte recompensa para quien se lo restituya. Organiza una cadena de mails. Se mete en Twitter y taladra a toda la costa atlántica. Y más tarde busca afanosa y vanamente en Mercado Libre, pero no perdió un paraguas estándar, sino un producto de autor. Ella lo compró hace quince años en la calle, posiblemente en el Zócalo, a un anciano que quizá ya esté muerto. Le escribe a un ex compañero que vive en el DF y le pide una gauchada. Pero su contacto no demuestra demasiado interés, y termina sugiriéndole que compre un paraguas típico que se vende en la casa-museo de la calle Altavista. El arquitecto está seguro de que una imitación no hará más que enfurecer a la dama, y entonces abandona la búsqueda y se dedica a intentar reencontrarse con ella cueste lo que cueste. Pero su familia política le avisa que la chica no quiere atenderle el teléfono, y sus amigos le sugieren que haga terapia. Todos le dan a entender que ha caído en desgracia, y que cuando una mujer baja la persiana el hombre puede cantar serenatas o ponerse un disfraz que no logrará levantarla ni un milímetro. Es precisamente en esos momentos cuando el sufrimiento se vuelve didáctico: uno se examina, indaga en qué falló y va detectando con lúcido dolor el rosario de errores evitables. Quien quiere menos corre el riesgo de confiarse y de ir comprando inconscientemente todos los boletos del hartazgo y también de una explosiva despedida, que puede detonar hasta por un pequeño detalle, puesto que viene cocinándose desde hace largo tiempo. Cuando el polvorín estalla por los aires, ya es demasiado tarde para lágrimas.
Todo eso le sucede al abandonado, que vaga por su hogar vacío y pasa horas improductivas frente a su tablero. A los tres meses, un primo de su ex mujer se siente en la obligación de informarle que ella está saliendo con su novio de la adolescencia, y que parece muy enganchada. El arquitecto no puede dejar de pensar que el asunto viene desde hace rato, e intenta calmar sus culpas pensando que hubo un tercero.
El paraguas de Frida se perdió para siempre.
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