
Lilian Almada (28) se preparaba para otro día de trabajo. Había sido mamá hacía tres meses, en mayo, y se había reincorporado después de su licencia el 20 de julio. Ese 9 de agosto de 1995 era un día laboral más, nada fuera de lo cotidiano: como siempre, saldría del Aeropuerto Internacional Ingeniero Ambrosio Taravella, en Córdoba, rumbo a Mendoza. Era un viaje corto que trasladaba a 40 pasajeros.
Era azafata y había llegado al puesto de comisaria de abordo de Inter Austral, la aerolínea que operaba el vuelo que saldría a las 17.45. Lilian llegó a horario, como correspondía, pero esa vez estaba un poco reacia a ir: todavía le costaba dejar a Constanza, su hija, al cuidado de la abuela. Pero debía hacerlo. La amamantó, se despidió y fue al aeropuerto.

En un principio, todo parecía normal. Más tarde, varios tripulantes y pasajeros contarían que la puerta del CASA 235-200 hacía tiempo que tenía problemas. Que todos lo sabían, dijeron. Que había que pedir ayuda para cerrarla y que, a veces, tenían que sujetarla con cadenas.
Como era un vuelo vespertino, se ofrecía a los pasajeros un refrigerio. Lilian era la encargada de preparar el café y de anunciar el momento. Pero no llegó a levantar el teléfono cuando, de golpe, se oyó un ruido que muchos pasajeros compararían con el estruendo de una bomba. La puerta trasera se había abierto y la despresurización violenta de la cabina succionó a Lilian en ese mismo instante.
No tuvo tiempo de agarrarla
Héctor Alejandro Andreucchi iba en la fila 12, al lado de la puerta. Desde su lugar veía los movimientos de la azafata. Escuchó la “explosión” y vio cómo Lilian “salió despedida”. Su testimonio fue incorporado al juicio y figura en la sentencia judicial.

Venía hablando con la azafata mientras ella preparaba el café. “La explosión fue muy fuerte, y cree [Andreucchi] que la puerta se abrió toda. También ‘chupó’ su bolso. El cuerpo de la azafata salió encorvado por la abertura. No tuvo tiempo de agarrarla”, se lee. Él atinó a sostenerse del asiento de enfrente por miedo a que la fuerza lo succionara.
La reacción del piloto tuvo que ser casi automática. El comandante Eduardo Javier Rozzi compartió durante el proceso su punto de vista: habían pasado entre 16 y 20 minutos desde el despegue, según el testimonio que se tome. De repente, las luces y las alarmas de la cabina del piloto se encendieron. Anunciaban algún problema con la puerta. La reacción fue rápida. El avión inició un descenso de emergencia para perder altura y alejarse de la ruta de vuelo mientras volvían a Córdoba.
“[Rozzi] Manifiesta que una vez que el avión estaba normal, se trasladó hacia atrás y observó que las mamparas se habían salido. Afirma que los pasajeros estaban preocupados, la mampara del avión no estaba y la comisario tampoco. [...] Sostiene que en el vuelo anterior de ese día, que también fue a Mendoza, habían sentido un ruido en la puerta, e hizo reubicar al pasajero que estaba cerca de la misma, por las dudas. Que también en ese vuelo habían tenido un problema de presurización”.

A los pasajeros no les explicaron demasiado. Pero varios de los que tomaban ese vuelo con frecuencia estaban acostumbrados a los problemas. Andreucchi también detalló que las azafatas solían atar la puerta con “una piola o una cadena, tirando para levantarla”. A veces, como la puerta no hacía tope con el piso, tenían que poner una caja de cartón en el borde.
Otro pasajero, Ignacio Manuel Crowder, declaró que ese día, antes del vuelo, la azafata había advertido un ruido en la puerta, por lo que tuvieron que hacer un Registro Técnico de Vuelo (RTV): se había desplazado el capuchón, una pieza que formaba parte del mecanismo de cierre. Lilian había tenido dificultades para cerrarla. Lo intentó varias veces, pero no conseguía trabarla. Tuvo que pedir ayuda hasta que se acercaron trabajadores de la pista.
“Si no fuera por tanta negligencia...”
Dada la altura, cuando la despresurización de la cabina la succionó, Lilian perdió enseguida el conocimiento, la “actividad sensorial”, como estableció la autopsia. Cayó unos 3000 metros en las Altas Cumbres cordobesas. Dos días después pudieron recuperar su cuerpo en el paraje La Posta. Alrededor había pedazos de mampara que se habían desprendido de la puerta. En ese punto de las sierras, Mirtha Murúa, la madre, y sus amigas colocarían más tarde una cruz. Y volverían a visitarla constantemente.

Pero antes de eso, tuvieron que traspasar la angustia, la bronca y el juicio. En aquel entonces, Mirtha dijo en diálogo con canal El Doce de Córdoba: “Esto no lo digo yo, toda la tripulación lo sabía, los comandantes saben de estas averías constantes. Las fallas existen. No es verdad que los aviones estaban en perfectas condiciones [...]. ¿Ustedes creen que en un avión puede salirse una puerta? Yo no me puedo resignar ante la negligencia, es una palabra grave, es una palabra asesina, hay culpables, yo quiero la cárcel [...], basta de los empresarios inescrupulosos”.
Tuvo que esperar, sin embargo, cinco años y siete meses hasta que arrancó el juicio en los tribunales federales de Córdoba. En la primera audiencia, las abogadas de la familia de Almada contaron que Alberto Muñoz, responsable de la gerencia de Aseguramiento de Calidad, no era ingeniero aeronáutico, como estipula el reglamento de la Dirección Nacional de Aeronavegabilidad, sino ingeniero mecánico. Asimismo, hicieron foco en las constantes irregularidades que el avión había registrado con la puerta en varias ocasiones. Todo esto contradecía la teoría de la defensa de que había existido un “vicio oculto”.

“La de Lilian fue una muerte anunciada, porque desde que vinieron los aviones al país tuvieron ese tipo de problemas. Hay documentación suficiente para probar que tales vicios ocultos no lo eran tanto, puesto que se venían reiterando y nadie buscó elementos para resolver el problema. No están todos los que tienen que estar. No están procesados los máximos directivos de la empresa sino solo los gerentes técnicos. El accidente es responsabilidad del fabricante del avión, del propietario y de la empresa que lo explota”, remarcaron.
El fiscal Miguel Rizzotti dio que hablar con su alegato final. “Si no fuera por tanta negligencia, esa maldita puerta no se hubiera abierto”, dijo antes de tener que interrumpir el discurso porque se puso a llorar. Después cuestionó el informe final de la Junta Investigadora de Accidentes de Aviación: este aseguraba que el avión “estaba en perfectas condiciones” y no decía, en ningún lugar, que la puerta se había abierto en pleno vuelo.

Hubo cinco imputados, pero solo dos fueron condenados en abril de 2001: Adolfo José Luna, jefe de mantenimiento del Aeropuerto de Córdoba, fue sentenciado a dos años de prisión en suspenso e inhabilitación para ejercer su profesión por un plazo igual; y Jorge Belarmino Fernández, gerente de Mantenimiento de Inter Austral, recibió una pena de un año y ocho meses de prisión en suspenso, con la misma inhabilitación por ese período.
Con el tiempo, Mirtha aprendió a celebrar la vida de Lilian. Lo hace a través de la página de Facebook que creó con el nombre de su hija, pero también visitando esa cruz que recuerda el último lugar donde estuvo su cuerpo. Deja mensajes escritos en presente. Le dice que la quiere y que, cada vez que visita el paraje La Posta, siente que el vuelo bajo de los cóndores que la reciben le quiere decir: “Acá está”.



