Entre el fuego, el humo y los restos del fuselaje, los equipos de rescate lograron sacar con vida a decenas de pasajero

“No vamos a llegar a ningún aeropuerto”: la proeza del avión que sufrió una falla imposible y la maniobra que inventaron en vuelo

El 19 de julio de 1989, un DC-10 con 296 personas a bordo perdió sus controles en pleno vuelo; sin un procedimiento que seguir la tripulación improvisó una salida

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El 19 de julio de 1989, el vuelo 232 de United Airlines despegó de Denver rumbo a Chicago. A bordo viajaban 296 personas, entre ellas 52 niños. Muchos estaban allí gracias a una promoción de la empresa aérea, “Children’s Day”, que permitía que los niños viajaran por un centavo, asociados a la compra de un pasaje adulto.

En la cabina del McDonnell Douglas DC-10 viajaban el capitán Al Haynes, de 57 años, el primer oficial William “Bill” Records y el ingeniero de vuelo Dudley Dvorak. Entre los tres acumulaban décadas de experiencia. Nada parecía fuera de lo normal. Todo indicaba que sería un vuelo más. Hasta que, sobre Iowa, un estruendo sacudió el avión. En cuestión de segundos, los pilotos descubrieron que el DC-10 seguía en el aire, pero ya no respondía como debía. En medio de esa situación que parecía imposible, apareció entre los pasajeros un hombre que podía ayudarlos. Lo que ocurrió después convertiría al vuelo 232 en una de las historias más extraordinarias de la aviación.

Un McDonnell Douglas DC-10 de United Airlines operaba el vuelo 232 (Foto  Werner Fischdick; Denver-Stapleton International Airport, CO (DEN/KDEN); 31 July 1988)
Un McDonnell Douglas DC-10 de United Airlines operaba el vuelo 232 (Foto Werner Fischdick; Denver-Stapleton International Airport, CO (DEN/KDEN); 31 July 1988)Aviation Safetynet

Un avión que no respondía

El avión llevaba un poco más de una hora en el aire cuando, a las 15.16, una explosión lo sacudió. El motor número dos, ubicado en la cola del DC-10, había sufrido una falla grave.

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Los DC-10 tenían tres motores: dos bajo las alas y uno en la cola. Perder uno era una emergencia seria, pero no necesariamente fatal. Todavía quedaban otros dos.

Tras la explosión, en la cabina sonaron las alarmas. La tripulación siguió los procedimientos previstos para esos casos. Pero enseguida comprendió que el problema era mucho mayor.

Gráfico de radar de la trayectoria de vuelo del avión, del informe de la NTSB
Gráfico de radar de la trayectoria de vuelo del avión, del informe de la NTSB

Records intentó mover los controles pero no respondían. Haynes tomó el mando y volvió a probar. Nada. El avión seguía inclinado hacia la derecha y el giro se hacía cada vez más pronunciado. No había presión hidráulica. Sin ella, los pilotos no podían controlar de la forma habitual el rumbo ni la altura.

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Todavía no lo sabían, pero al destruirse, el motor había lanzado fragmentos que dañaron los tres sistemas hidráulicos. Lo que ocurrió fue una combinación de fallas tan improbable que no existía un procedimiento específico para enfrentarla. El piloto automático tampoco podía ayudarlos.

Como el DC-10 seguía inclinándose decidieron probar algo distinto. Al cambiar la potencia de los dos motores que aún funcionaban, descubrieron que el avión reaccionaba. Apenas, pero reaccionaba. Si aceleraban uno más que el otro, podían hacerlo girar lentamente. Si aumentaban o reducían la potencia de ambos, podían intentar controlar el ascenso o el descenso. Era una forma rudimentaria e imprecisa de volar. El avión respondía con demora y oscilaba constantemente. Pero era lo único que tenían y sin saber si lo lograrían, pusieron rumbo a Sioux City.

Al Haynes, capitán del vuelo 232 de United Airlines. Tras sobrevivir al accidente y recuperarse de sus heridas, volvió a volar, se retiró en 1991 y luego se dedicó a dar charlas sobre seguridad aérea
Al Haynes, capitán del vuelo 232 de United Airlines. Tras sobrevivir al accidente y recuperarse de sus heridas, volvió a volar, se retiró en 1991 y luego se dedicó a dar charlas sobre seguridad aérea

Mientras Haynes, Records y Dvorak intentaban mantener el DC-10 en el aire, se abrió la puerta de la cabina. Una azafata dijo que entre los pasajeros viajaba otro piloto de United Airlines. Y no era cualquier piloto.

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El pasajero que podía ayudar

Entre los pasajeros estaba Dennis “Denny” Fitch. Tenía 46 años, era piloto de United Airlines e instructor y examinador de DC-10. Había acumulado 23.000 horas de vuelo y conocía muy bien ese tipo de avión. Pero ese día no estaba trabajando.

Fitch había terminado unos cursos de entrenamiento en Denver y regresaba a su casa, en Chicago. Se sentó en el 5F, junto a la ventanilla, en la última fila de primera clase. El vuelo había sido tranquilo. Habían servido el almuerzo y acababa de pedir una taza de café cuando ocurrió la explosión.

“El avión dio una violenta sacudida hacia la derecha. Todo el fuselaje se desplazó bruscamente. La taza de café quedó vacía: el contenido terminó en el plato, sobre la mesa y por todas partes. Yo estaba sentado en el centro de un asiento de cuero y, de pronto, terminé golpeado contra el apoyabrazos de la izquierda. Fue algo brusco y violento. Durante unos diez segundos, la estructura del avión tembló. Después, simplemente se detuvo. Todo volvió a sentirse suave. Pero el ala derecha comenzó a inclinarse. Cada vez más. Diez grados. Quince. Veinte. En nuestro trabajo hay una regla de oro, aunque probablemente no esté escrita en ninguna parte: nunca llevamos deliberadamente a los pasajeros a una inclinación superior a 30 grados. Se considera mala publicidad. Asusta a la gente. Este avión superó los 40 grados”, recordó tiempo después Fitch.

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Poco después, Fitch escuchó lo que decían desde la cabina: habían apagado el motor dos, el de la cola. Pero algo no le cerraba. La pérdida de ese motor no debía hacer que el avión se inclinara de esa manera. Miró por la ventanilla. Estaban a 37.000 pies y, con dos motores, necesitaban descender para seguir volando con seguridad. Sin embargo, al comparar el fuselaje con el horizonte, advirtió lo contrario. El avión estaba subiendo.

A su alrededor, el anuncio de la tripulación había calmado a los pasajeros. Cuando pasó la azafata, Fitch la frenó e intentando tranquilizarla le dijo que el avión podía volar perfectamente con dos motores pero que necesitaban bajar la altura. La respuesta de la auxiliar lo dejo sin palabras: “No, Denny. Están tratando de volar el avión, el capitán nos dijo que perdimos todos los sistemas hidráulicos”.

Fitch entendió enseguida la gravedad de la situación: un DC-10 necesitaba sus sistemas hidráulicos para ser controlado. Sin dudarlo se ofreció a ayudar y el capitán Haynes aceptó.

La maniobra inventada

En la cabina, el capitán le pidió a Fitch que mirara por las ventanillas para comprobar si los alerones se movían cuando accionaban los mandos. Fitch observó que ni estos ni las alas se movían. Entonces le encargó controlar la potencia de los dos motores que aún funcionaban, una tarea clave.

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Para hacerlo Fitch se arrodilló detrás de los pilotos y tomó las palancas de potencia, una con cada mano. Mientras Haynes y Records intentaban controlar el avión y Dvorak vigilaba los sistemas, él aceleraba o reducía cada motor por separado para corregir el rumbo.

Recreación de la tarea de Fitch en la cabina del vuelo 232, mientras controlaba la potencia de los dos motores que aún funcionaban para intentar mantener el avión en rumbo
Recreación de la tarea de Fitch en la cabina del vuelo 232, mientras controlaba la potencia de los dos motores que aún funcionaban para intentar mantener el avión en rumbo

Todo era prueba y error. El DC-10 respondía con demora, subía, bajaba y se inclinaba. No seguían un procedimiento. Lo estaban inventando en el aire “Creo que no vamos a llegar a ningún aeropuerto, muchachos”, dijo Haynes en un momento. Aun así, siguieron. Para el aterrizaje eligieron Sioux City, en Iowa. En tierra, los equipos de emergencia empezaron a prepararse. En la cabina nadie sabía si era posible aterrizar un DC-10 sin controles hidráulicos.

Una sola oportunidad

A medida que se acercaban a Sioux City, el desafío era cada vez mayor. Haber llegado hasta allí ya parecía extraordinario, pero todavía les faltaba aterrizar. En tierra, bomberos, ambulancias y equipos de rescate esperaban al avión. En la cabina, los cuatro hombres seguían luchando para mantenerlo en rumbo. El DC-10 subía, bajaba y respondía con demora. Cada corrección podía provocar un nuevo desvío. Haynes tenía otra preocupación: evitar la ciudad. “Hagan lo que hagan, manténgannos alejados de la ciudad”, le dijo a los controladores.

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En medio de la tensión también hubo lugar para el humor. Cuando los controladores le dijeron que podía utilizar cualquier pista, respondió: “¿Quieren ponerse exigentes y que además sea una pista?“, les respondió. Hubo risas en la cabina. Después volvieron al trabajo.

Ubicación de los pasajeros según la gravedad o ausencia de lesiones y la causa de muerte, según el informe de la NTSB
Ubicación de los pasajeros según la gravedad o ausencia de lesiones y la causa de muerte, según el informe de la NTSB

A bordo, las azafatas prepararon a los pasajeros para un aterrizaje que podía ser muy duro. Fitch seguía moviendo las palancas de potencia, acelerando un motor y reduciendo el otro para intentar mantener el avión nivelado. La pista estaba cada vez más cerca, pero el DC-10 descendía demasiado rápido. En los últimos segundos, los hombres de la cabina hicieron una última corrección. Pero no alcanzó. El ala derecha golpeó primero. Después tocó el tren de aterrizaje. El DC-10 se inclinó, se partió y giró envuelto en fuego. La cabina y la cola se desprendieron. El fuselaje quedó dividido en varios pedazos, esparcidos entre la pista y un campo cercano.

“Golpeamos tan fuerte que mis manos salieron volando de los aceleradores, como si una mano gigante estuviera detrás de mi cabeza y hubiera golpeado mi cara contra la radio... mi cuerpo rebotó como un muñeco de resorte”, recordó Fitch luego.

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El vuelo 232 se partió en varios pedazos y se incendió al tocar tierra en Sioux City
El vuelo 232 se partió en varios pedazos y se incendió al tocar tierra en Sioux CityAviation Safetynet
Bomberos, médicos, ambulancias y equipos de emergencia acudieron al aeropuerto de Sioux City apenas el avión tocó tierra
Bomberos, médicos, ambulancias y equipos de emergencia acudieron al aeropuerto de Sioux City apenas el avión tocó tierraAviation Safetynet
El instante en que el DC-10 intentó aterrizar sin controles hidráulicos. El ala derecha tocó primero la pista y el avión terminó envuelto en fuego
El instante en que el DC-10 intentó aterrizar sin controles hidráulicos. El ala derecha tocó primero la pista y el avión terminó envuelto en fuegoAviation Safetynet

Desde afuera, parecía imposible que alguien hubiera sobrevivido. Sin embargo hubo sobrevivientes que intentaban salir entre el humo, el fuego y los hierros. Algunos pudieron hacerlo por sus propios medios, mientras que otros fueron rescatados. En la cabina de los pilotos los rescatistas encontraron a Haynes, Records, Dvorak y Fitch gravemente heridos. De las 296 personas que viajaban en ese vuelo, 112 murieron. Las otras 184 sobrevivieron.

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“Fue lo peor que vi en mi vida. Había cuerpos esparcidos por todas partes”, recordó Marshall Silk, uno de los primeros médicos en llegar al lugar.

La imagen de la tragedia

Entre las imágenes que dejó el accidente, hubo una que se volvió símbolo de la tragedia. El fotógrafo Gary Anderson, del Sioux City Journal, captó al teniente coronel Dennis Nielsen, de la Guardia Nacional Aérea de Iowa, mientras llevaba en brazos a Spencer Bailey, un niño de tres años que había sobrevivido al impacto. La escena resumía, en una sola fotografía, el caos y la esperanza.

El teniente coronel Dennis Nielsen lleva en brazos a Spencer Bailey, de tres años, después del accidente del vuelo 232. La fotografía, tomada por Gary Anderson, se convirtió en uno de los símbolos del rescate
El teniente coronel Dennis Nielsen lleva en brazos a Spencer Bailey, de tres años, después del accidente del vuelo 232. La fotografía, tomada por Gary Anderson, se convirtió en uno de los símbolos del rescate
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Ese día, Spencer viajaba junto a su madre, Frances “Francie” Bailey, de 36 años, y su hermano Brandon, de seis. Brandon sufrió fracturas en las piernas y quedó gravemente herido. Spencer tuvo un traumatismo craneoencefálico y permaneció cinco días en coma. Francie, maestra, artista y diseñadora de ropa infantil, murió en el accidente después de proteger a sus hijos durante el impacto.

“Tengo la sensación de que siempre nos estuvo cuidando. Me resulta increíble pensar que éramos lo último a lo que se aferraba. A veces me pregunto: si no nos hubiera puesto a salvo, si no nos hubiera abrazado por detrás, ¿alguno de nosotros estaría aquí?”, dijo Spencer años después según People.

Frances "Francie" Lockwood Bailey con sus hijos Spencer (izquierda) y Trent en 1988
Frances "Francie" Lockwood Bailey con sus hijos Spencer (izquierda) y Trent en 1988

Qué había pasado

La investigación determinó que el origen de la tragedia estuvo en una pieza del motor número dos: un disco de titanio que tenía una grieta por fatiga que nadie había detectado. Y ese día finalmente se rompió. Cuando explotó lanzó fragmentos contra la cola del avión y dañó los tres sistemas hidráulicos. Fue por eso que la falla de un motor terminó dejando al DC-10 casi sin control.

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La fractura es claramente visible en el disco del ventilador recuperado del motor central del 232 de UAL
La fractura es claramente visible en el disco del ventilador recuperado del motor central del 232 de UAL

Sobre la grieta en el disco, NTSB concluyó que se había originado en un defecto del material y que pasó inadvertida en las inspecciones. El accidente obligó a revisar procesos de fabricación, controles y sistemas de seguridad.

Además, el vuelo 232 dejó una lección: cuando no hubo un procedimiento al que aferrarse, la tripulación tuvo que improvisar, inventar una salida. Durante más de cuarenta minutos, cuatro hombres lograron mantener en el aire y llevar hasta un aeropuerto un avión que, según los manuales, no podía controlarse.

El monumento al vuelo 232 fue levantado a orillas del río Misuri, en Sioux City, como homenaje a la tripulación y a quienes participaron en las tareas de rescate después del accidente
El monumento al vuelo 232 fue levantado a orillas del río Misuri, en Sioux City, como homenaje a la tripulación y a quienes participaron en las tareas de rescate después del accidente
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Miembros de la tripulación del vuelo 232 durante una aparición pública posterior al accidente
Miembros de la tripulación del vuelo 232 durante una aparición pública posterior al accidente