Obligada a comer sano y variado por semanas

Lucía Marroquín
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22 de septiembre de 2012  

Cuando me trajeron el cajón de verduras que había comprado por Internet, tuve que pedir ayuda para subirlo a mi departamento. El chico de la huerta orgánica fue sacando bolsas y yo las apoyaba en el piso. Cuando cerré la puerta y miré hacia la cocina me di cuenta de que era demasiado. La verdura no en-traba en la heladera, sobresalían hojas de todos los estantes.

No se me ocurría cómo, yo sola, me iba a comer un atado de acelgas, dos de espinacas, tres morrones, cebollas, papas, dos zapallos, dos atados de rúculas, lechuga, zanahorias, repollo, tomates, rabanitos, remolachas y un atado de perejil. Pero estaba preparada para la abundancia: el amigo que me había recomendado el lugar me avisó que tenía que organizarme y comer las verduras en orden para que nada se pusiera feo. Primero, las hojas; después los tomates, rabanitos y morrones. Al final el repollo, que dura muchísimo.

Empecé por las rúculas. Ahí encontré la primera diferencia entre las verduras que me habían traído con las que compro siempre enfrente de casa: el sabor. Lo mismo me pasó con los tomates, las zanahorias y todo lo que se come fresco. Era más rico. Además de apegarme al plan, decidí compartir algunos de los paquetes.

Como me había anticipado mi amigo, aprendí recetas que nun-ca se me habían ocurrido. Tener la heladera repleta de verduras me obligó a comer sano y variado. Todavía no encargué otro cajón, pero voy a hacerlo cuando consiga un socio para comer a medias.

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