
Oscar Martínez: "Siempre elegí conservar la libertad"
En un momento brillante de su carrera, es reconocido dentro y fuera del país. Su pasión por actuar convive con la de escribir: ahora repasa su trabajo en los escenarios en un libro de ensayos. Lejos de los oficialismos, prioriza "la importancia de poder decir" lo que piensa
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Fue su abuela materna la que le cortó el cordón al nacer. Oscar no le dio tiempo a su madre de llegar al hospital. En la cama de sus padres y con apuro asomó primero su cabeza hasta que el resto de su cuerpo se hizo presente en una casa típica de clase media de la Argentina, en el barrio de Devoto. “Enloquecidos salieron a buscar ayuda. No les di tiempo –reconoce y repite la situación que tantas veces le contaron–. La que sí llegó fue mi abuela. Asistió a mi madre y como la partera no apareció, cortó el cordón [hace una pausa sentida, esas que están invadidas de recuerdos, de sensaciones profundas]. El cordón lo tuve con mi abuela. Fue con ella que tuve y tengo un vínculo entrañable, como el que no tuve con nadie.” Oscar tenía 15 años cuando ella falleció. Aquel vínculo lo había marcado para siempre.
En retrospectiva, uno puede imaginar la situación en aquella casa, en Devoto, un día de octubre de 1949, como si se tratase de una escena filmada por el propio Vittorio De Sica o algún otro maestro del cine italiano, ese cine que también marcó a Oscar para siempre y que homenajeó en su discurso en el Festival de Venecia cuando, con la Copa Volpi en manos (fue reconocido como mejor actor por El ciudadano ilustre) y el moñito que usaba Tato Bores (que le regaló su mujer, Marina Borensztein) hacía historia. Martínez se convirtió en el primer actor argentino en quedarse con este prestigioso galardón, el mismo que alguna vez alzaron Marcello Mastroianni, Gerard Depardieu, Isabelle Huppert, Jack Lemon, Catherine Deneuve, Sean Penn y Philip Seymour Hoffman.
“Para mí no hay dudas de que el italiano fue el mejor cine del siglo XX. Se dio algo muy singular, y es lo que dije en ese momento, no sé bien con qué palabras, pero se dio una constelación de grandísimos cineastas que producían simultáneamente: Scola, Pasolini, Fellini, De Sica, Antonioni y la lista sigue. Además, había un conjunto de actores y actrices maravillosos y grandes guionistas. Fueron maestros de una generación. Toda mi adolescencia, mi formación, la atravesé mirando ese cine magnífico. Lo que dije fue verdad. Se me ocurrieron esas palabras momentos antes de subir al escenario. Pensé, estoy en Italia, en Venecia, soy parte del festival más antiguo de Europa y es uno de los más prestigiosos. Entre el público estaba la hija de Marcello Mastroianni, con la que me crucé varias veces, simpatiquísima. Yo por Mastroianni tuve veneración, admiración. Lo sentía tan próximo.”
¿Llegaste a conocerlo?
Lamentablemente, no. Cuando estuvo en la Argentina [rodó con María Luisa Bemberg De eso no se habla, en 1993] no tuve la suerte de verlo. Pero lo siento un hermano, un amigo. Él tenía, y quizá de ahí mi debilidad, una humanidad arrasadora, una humanidad a flor de piel, su alma estaba en todos sus trabajos, podías tocarla. Recuerdo películas muy puntuales que me marcaron, como El extranjero [Luchino Visconti, 1967], por ese entonces estaba enamorado de Camus [Albert , autor de la obra] y a pesar del temor que me generaba la adaptación sentí que fue perfecta, por lo menos la recuerdo así. Otra inolvidable con Marcello fue I Compagni [Mario Monicelli, 1963], la habré visto a los 18. Haber ganado este premio, el de Venecia, fue para mí un regalo de la vida.
Catorce años tenía Oscar cuando tomó la decisión de dejar el secundario y abrazar la que sentía ya era su vocación: la actuación. “Una bendición. Tener una vocación siendo tan chico fue una bendición porque es algo que te es dado, como un don y sobre todo, en un período tan difícil como es la adolescencia.”

Yo no mantengo vagos vas a tener que ir a laburar. Fue lo primero que respondió su padre cuando le comunicó la decisión. “No escuchó lo que quería escuchar, pero tampoco se opuso. Debe haber sido duro para ellos en ese momento, porque lo mejor que tenían para ofrecernos a mí y a mis hermanos era una carrera universitaria. Eran hijos de inmigrantes. Ellos querían que sus hijos los superasen.”
Fue también su padre quien le consiguió su primer trabajo como cadete en una agencia de publicidad y el que llevó a casa un diario en el que se hacía mención a la Escuela Municipal de Arte Dramático. “Le estoy muy agradecido, siendo tan chico me hizo salir del ámbito familiar, barrial, me hizo conocer el mundo. Trabajar y tener una vocación definida me organizó, me dio un sentido.”
¿Qué fue lo que te llevó a tomar esa decisión, tan definitoria, a los 14 años?
Una obra de teatro que vi en Mar del Plata con mi hermana. Estábamos de vacaciones y con la plata que me dio mi viejo compré dos entradas. Esa noche vi a Ernesto Bianco y a Osvaldo Miranda y sentí que me atravesó un rayo. Fue una certeza, sentí en el cuerpo que eso era lo que yo tenía que hacer. Pocos años después se lo pude decir a ambos.
¿Recordás el momento?
Por supuesto, porque también lo vivo como un regalo de la vida. En el 76, 77, años difíciles, Bianco tenía intención de comprar los derechos de Equus [obra de Peter Shaffer], creo que la había visto en los Estados Unidos y quería hacerla conmigo. Hasta ese entonces no nos conocíamos personalmente. A Osvaldo me lo crucé en la vieja Asociación de Actores, que quedaba en la calle Santa Fe, donde está el teatro Regina. A los dos pude decirles: «yo hago esto por ustedes», entre otras cosas. Sin duda, fue un regalo de la vida, porque podría no haber sucedido nunca.
Aquel observador indiscreto, que desde niño miraba atento las reacciones de los otros, fue formando al actor sin siquiera sospecharlo. “Estaba en mi naturaleza ese indagar, ese ir más allá de la apariencia. Simplemente lo hacía, al igual que hacía las imitaciones.”

¿A quiénes imitabas?
A los actores de la época, sobre todo a Sandrini, al Pato Donald, a los actores que veía en la televisión. También imitaba a gente que no era notoria. Tenía esa facilidad. No necesitaba observar a alguien mucho tiempo, lo hacía con facilidad. En ese entonces, la vocación estaba en una forma embrionaria, yo no me daba cuenta de que eso iba a ser mi destino.
“Oscar Martínez es un actor austero y profundo, dueño de una enorme variedad de recursos dramáticos –escribió en La Nación Andrés Duprat, el guionista de El ciudadano ilustre–. Sólo él era capaz de desplegar una ferocidad implacable.”
“Le agradecí mucho a Andrés. Fue muy generoso. Poner el cuerpo a Daniel Mantovani fue una panzada. Gastón [Duprat] y Mariano [Cohn] me otorgaron el personaje cinematográfico que más satisfacciones me ha dado en mi carrera. “
Andrés también destaca que sólo vos podías encarnar a este personaje tan contenido, sutil y cerebral.
En mis trabajos trato de ser económico, por lo general me gustan los actores que no son pirotécnicos, que trabajan con la singularidad. La grandeza de lo pequeño.
Hubo un antes y un después de tu actuación en Relatos salvajes. Tu actuación llamó la atención de muchos productores y directores de cine...
Me sorprendió su repercusión; Mauricio no era tan pirotécnico como otros de la película, pero pegó muy fuerte. Fue un personaje estupendo. El éxito de Relatos salvajes me volvió visible en cine y disparó que me convocaran para una seguidilla de películas [salvo El ciudadano ilustre, que lo llamaron antes, La Patota, Kóblic, Inseparables]
Y así cumpliste un anhelo esperado.
Un anhelo que esperé largamente: tener continuidad en el cine. Yo trabajaba, tenía logros, como el premio al mejor actor en el Festival Internacional de Cine de San Sebastián por El nido vacío, por ejemplo, pero después pasaban seis años sin filmar, como los que pasaron entre El nido...y Relatos... Además, tuve la suerte de trabajar con grandes directores: Damián Szifron, Santiago Mitre, Sebastián Borensztein, Marcos Carnevale, Gastón Duprat y Mariano Cohn, todos muy talentosos y con un mundo y un lenguaje propio. Es un privilegio hacer cine con todos y cada uno de ellos. Por ejemplo, mi encuentro con Damián, fue un encuentro en todo el sentido de la palabra. Es un director extraordinario y una persona deliciosa. Nos entendimos como si nos conociéramos de toda la vida y de vidas anteriores. Creo que ambos deseamos volver a trabajar juntos. Marcos, por su parte, me regaló a Felipe en Inseparables, yo había quedado enamorado del personaje en la versión francesa.

Y Sebastián te desafió con el comisario Valverde en Kóblic [el director, además de hermano de su mujer].
Cuando me mandó el libro, casi me desilusioné. Fuimos a tomar un café en la esquina de su casa. Lo primero que le dije fue por qué me había llamado a mí para esto. Ninguna de las características del personaje iban conmigo: un tipo de campo, básico, violento. Hoy estoy muy agradecido del riesgo que Sebastián corrió y que me haya ayudado a correr ese riesgo. La verdad es que el comisario Valverde me paralizaba un poco, le tenía mucho temor a esta composición tan extrema en cine. Creo que si me lo hubiera propuesto otro director, a lo mejor no me tiraba a la pileta. Confié mucho en Sebastián.
La película de Borensztein que también protagoniza Ricardo Darín transcurre en la Argentina, en 1977, en plena dictadura militar, años en los que el nombre de Oscar Martínez estuvo en una lista. Por aquel entonces, en 1976, estaba en Canal 13 haciendo La batalla de los Ángeles, con Pepe Soriano y Leonor Manso, cuando ya no pudo ingresar al canal. “Sí pude trabajar en el Teatro San Martín y en el 7, porque las fuerzas se habían repartido los medios. Canal 13 pertenecía a la Marina y al parecer y de manera insólita yo estaba marcado en los servicios de inteligencia de la Marina, no así en el ejército. Kive Staiff me llamó para el San Martín y estuve casi por dos años en el cuerpo estable.”
Oscar no se fue del país, protegió a los suyos sin perder la consciencia de lo que ocurría, lo que se vivía en esos años, lo que se veía y escuchaba también por las calles de Almagro, barrio en el que vivía. “Siempre había algo de ruido. A Antonio Berni, que tenía su casa estudio a la vuelta de la mía, le pusieron una bomba. También estaba cerca la Unión Obrera Metalúrgica. Había mucho ruido.”
En varias oportunidades destacaste que no servís para la militancia política.
Siempre me importó la independencia de poder decir lo que pienso, conservar la libertad. Siempre me propuse no ser oficialista. Me ha tocado muy poco simpatizar con alguien en el poder. Alguna vez lo he hecho con el doctor Raúl Alfonsín. Simpatizaba con su gobierno, con su figura. Compartí momentos con él, nunca en actos oficiales. Cuanto más pasa el tiempo, más se me agiganta su figura. No es que no quiera mostrarme con el político de turno, traté de cuidarme siempre, para no ser utilizado y poder decir siempre lo que pienso.
LA PASION POR ACTUAR
“¿Lo comprendió con el cuerpo?”, preguntaba Juan Carlos Gené, el gran maestro de actores y que Oscar Martínez rescata en su libro Ensayo general. Apuntes sobre el trabajo del actor que acaba de editar Emecé. “Siempre quise escribir un ensayo sobre el trabajo del actor que reuniera mis propias reflexiones y conceptos técnicos adquiridos en más de cincuenta años de experiencia en la representación de ficciones. La mayor parte la escribí en 2012. En 2016 lo releí, lo terminé de escribir y decidí editarlo. No es un texto autorreferencial, porque en función pedagógica la experiencia personal no es muy útil. Salvo en algunos pasajes, utilicé mis experiencia para ilustrar determinadas situaciones. Intenté no abundar demasiado en las anécdotas personales”, detalla.

Me parece fascinante que un autor, director y actor nos muestre los senderos que ha recorrido para crear el cuerpo y el alma de los personajes que los actores transformamos en personas, destacó Norma Aleandro en la contratapa del libro, publicado este mes. “Las palabras de Norma y las de Agustín Alezzo, quien escribió el prólogo, me honraron. Son dos personas que respeto y por las que siento la más alta estima y admiración. Son dos referentes indiscutidos. Agustín es un gran maestro de varias generaciones, un patriarca en la formación de actores en la Argentina.”
¿Escribir es una vocación paralela?
A la que recién a los 53 años pude darle cabida. Escribí Ella en mi cabeza, mi primera obra, y fue un éxito rotundo [premio ACE a la mejor comedia de 2005, estuvo tres largas temporadas en cartel y se estrenó en Chile, México, Uruguay, España e Israel]. Luego escribí Días contados y Pura ficción, que además interpreté. A las tres las dirigí yo.
¿Qué pasaba por tu cabeza al ser testigo de lo que despertaban tus obras?
Algo extraordinario, no sé si es algo que pueda verbalizar. Recuerda que con Ella en mi cabeza iba escondido al teatro, me metía en la cabina o me quedaba en la última fila. No quiero que me malinterpreten, pero en un punto es superador de la actuación, porque todo lo que está pasando ahí, salió de uno, lo imaginaste vos. Fue una de las experiencias más hermosas que me tocó vivir y sin tener que poner el cuerpo. Disfruté mucho de esos años. Hasta llegué a pensar que como actor iba a hacer cosas esporádicamente.
¿Dirigir cine es un tema pendiente?
Es un pendiente que no tengo atragantado, que me deja tranquilo. No lo descarto, pero no es algo que tenga en carpeta. Admiro mucho a quienes están preparados para hacerlo. También admiro la entereza y la paciencia que hay que tener para poder hacer una película en este país. Es complejísimo y eso que escribí, dirigí y actué. También es un medio cruel.
¿Por qué?
Ya en el primer día del estreno sabés si salvaste o no la plata de quienes la pusieron. Es una ruleta rusa. Es muy duro y el esfuerzo que se pone es gigantesco. A Sebastián el guión de Kóblic le llevo tres años de su vida; El ciudadano ilustre, cinco, para poder hacerla. Y a veces, te destruyen con una crítica en veinte líneas, con frivolidad y hasta con perceptible placer. Entiendo de todos modos que el resultado se juzga. Hay una frase que aprendí desde jovencito: las excusas no se filman, frase que muchas veces aplico a la vida misma. Pero a veces hay una crueldad excesiva o una vara para criticar el cine que hacemos nosotros que no es la misma que se tiene con el cine industrial.
En estos días comenzó a rodar Las grietas de Jara, la novela de Claudia Piñeiro que protagoniza junto a Joaquin Furriel y que dirige Nicolás Gil Lavedra. “Yo soy Jara”, dice Martínez sobre el personaje que le toca interpretar en esta adaptación que indaga sobre el precio que hay que pagar para vivir los propios sueños.
En España filmaste la versión cinematográfica de la exitosa pieza Toc Toc [en ese país ya lleva 8 años en la cartelera de teatro].
Fue una gran experiencia [con dirección de Vicente Villanueva y un elenco encabezado por Rossy De Palma, Paco León e Imma Cuevas]. En España se va a estrenar en septiembre. Imagino que acá también se conocerá este año. Mi personaje es el del psicoterapeuta [el que interpreta en la versión local Mauricio Dayub]. Antes de irme a filmar, hablé con Mauricio sobre el personaje. Fue muy amable y generoso su aporte.
¿Te llegan muchos guiones?
Muchos. Desde Relatos salvajes para acá tuve las más variadas propuestas. Son más los guiones que no me seducen que los que me interpelan, pero no me puedo quejar, al contrario.
Más allá de los guiones, ¿tenés tiempo para leer? Hubo un tiempo en el que te considerabas un lector voraz.
Leo, pero no con la voracidad que tenía. Disfruto mucho de los libros. Recientemente leí a Juan José Millás, me fascinó su último libro, y me gusta mucho Haruki Murakami.
¿Seguís marcando párrafos?
Sí, aunque menos que antes.
¿Cuál fue el libro que más marcaste?
Seguramente Rayuela. Ese libro fue una revolución en la vida de todos nosotros. Recuerdo que tenía una edición, que ya no poseo, que estaba leída, releída, subrayaba y que llevaba conmigo a todas partes. Era un libro que compartía, que siempre tenía que leerle a alguien. Formaba parte de mi vida, como lo fue el cine italiano o Bergman.
¿Tenés pensado volver a escribir?
Hay una fantasía que circula tenuemente en mi cabeza: en mi retiro, si es que se produce, en cuyo caso no estará tan lejos, dedicarme exclusivamente a escribir. Tal vez quede sólo en el plano de la fantasía. Es una fantasía recurrente que puede llegar a la categoría de deseo. Y los deseos, por costumbre, los cumplo.
1949
El 23 de octubre nace en la casa de sus padres en Devoto. Su abuela corta el cordón umbilical
1963
A los 14 años decide dedicarse a la actuación. Al poco tiempo trabaja de manera profesional
1974
Sergio Renán lo dirige en La Tregua. Interpretó a un joven homosexual, tema tabú para la época
1983
Se pone en la piel de Mozart en la obra Amadeus. En 2013 vuelve a protagonizarla, pero esta vez como Salieri
2005
Debuta como autor y director en teatro con Ella en mi cabeza. Le sigue Días contados y Pura ficción.
2008
Gana en San Sebastián el premio como Mejor actor por El nido vacío
El futuro
En septiembre estrenará en España la versión cinematográfica de Toc Toc. Está rodando en nuestro país Las grietas de Jara, Tiene varios proyectos para cine.
Asistente foto: Juan Pablo Soler. Asistente de producción: Camila Pepa, Maki Dell. Make up: Karina Cots para ID Estudio. Pelo: Ximena García Botana. Agradecimiento especial: Loi Suites Recoleta Hotel, Vicente Lopez 1955. Agradecimiento: Rochas, Giesso, Mancini, Grimoldi y Paso de hombre.
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