
¿Para qué sirven los "buenos modales"?
Tener buenos modales ayuda a vivir mejor. No se trata de tener conocimiento de muchas reglas arbitrarias, sobre, por ejemplo, cómo hay que comportarse a la hora de sentarse a la mesa o en las diferentes reuniones sociales, sino de tener una actitud amable, que contemple algo más que el propio impulso y dé lugar al otro al momento del compartir en comunidad.
No es la idea restaurar un viejo orden, sino resignificar lo genuino de lo que se llama "la buena educación", en clave de lo que eso significa en el hoy y sin nostalgias por el pasado. Los "modales" se dejaron de lado como parte de una rebelión ante la falta de espontaneidad, el elitismo de baja estofa, la banalidad formal, y en tal sentido se entiende que hayan caducado formas que llevaban en sí "viajando de coladas" intenciones poco generosas que hacían sentir mal y disminuidos a los que no habían aprendido en el manual adecuado.
De hecho, se dejó de tener presente que es una guarangada hacer sentir inferior al otro por no conocer algunos códigos, sin percibir que esos códigos se subordinan a valores sin los cuales pierden absolutamente sentido y pasan a ser una farsa.
Esa rebelión contra lo que algunos llamaban "pacatería", como toda rebelión, si queda en eso y nada más, se vuelve vacía y grosera. En este sentido, más que abolir los buenos modales, habrá que encontrar su sentido profundo, ese que permite que las cosas ocupen el lugar que realmente les corresponde, ordenando las conductas para poder actuar con la libertad del caso, sin que el caos y el mero impulso se adueñen del diario vivir.
Porque ser espontáneos es una cosa y ser esclavos de los impulsos es otra. Es por eso que tanto daño hace la idea de que los chicos dejados "a la bartola" son chicos libres (recordemos la frase que decía que "no es lo mismo ser libre que andar suelto") a tal punto que, pasados los años, se percibe la angustia de quienes fueron educados de esa forma cuando tienen que conducirse en lugares en los cuales es necesario algún dominio sobre la propia conducta.
Los buenos modales apuntan, entre otra cosa, a distinguir los lugares. Por ejemplo, si somos invitados a casa ajena, es importante aceptar el lugar del dueño de casa y no apropiarse del espacio que no es el de uno. Asimismo, es un buen modal el tocar la puerta antes de entrar, respetando el lugar del otro, marcando espacios que, justamente por ser respetados, permiten valorar el intercambio.
Otro valor a destacar de los buenos modales es su eficacia funcional. Dejar los cubiertos de una forma sobre el plato facilita la funcionalidad de la mesa, mientras que la cortesía genuina habilita un fluir social mucho más eficaz por cuanto evita rispideces y malentendidos.
Dejar pasar primero a los mayores genera una vivencia social de armonía y respeto porque es un acto que simboliza que la vehemencia juvenil debe atemperarse ante la sabiduría de los años, lo que ayuda a madurar a los jóvenes y permite a los grandes vivir con dignidad su tiempo.
Es bueno reconocer a los espontáneos y distinguirlos de los maleducados y groseros. Los primeros reconocen al otro y no por ello dejan de ser genuinos, mientras que los segundos se manejan de atropellada, sin resto como para conducir sus maneras en armonía con los demás.
Vale entonces distinguir los buenos modales con un prestigio que nunca debería faltarles, sabiendo que no es para ser "más" que los otros que se los cultiva, sino para que sean lo que permita estar con esos otros de la mejor manera posible, generando un clima de intercambio que hace que la vida en común sea grata, y no una pesadilla en la que el egoísmo haga de las suyas.
El autor es psicólogo y psicoterapeuta
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